Mi amor, ¿pero qué tontería es esta que me estás diciendo? contestó mi prometido apenas echando un vistazo a las fotos. Yo solo te quiero a ti, no necesito a nadie más. Eso es, fijo, un montaje.
¿Ah, sí? ¿Y a quién crees tú que le interesa hacer esto? Me hirió que Jaime tratara todo el asunto con tanto desprecio. Ni siquiera se molestó en defenderse en serio.
Mi abuela me dejó en herencia una peluquería en el centro de Salamanca, pero la verdad es que nunca me interesó demasiado.
Lo mío siempre ha sido dar clases de pintura a niños en la escuela municipal de Bellas Artes. Aunque rechazar la herencia, por supuesto, no lo iba a hacer.
El negocio iba muy bien, bien gestionado por una mujer responsable y de confianza.
Gracias a eso, podía vivir tranquila, dedicarme a mi vocación y no pasar necesidades. Solo tenía una carencia: la familia.
Tras la muerte de mi abuela, a mis 27 años, me sentía muy sola. Todo eso hasta que, al año siguiente, conocí a Jaime en una exposición de arte.
Atractivo, con una sonrisa un tanto tímida, me conquistó por su educación, amabilidad y cuidados.
A los dos meses de salir juntos, me invitó a su casa para presentarme a su padrastro, Don Ernesto.
Mi padre murió cuando yo tenía cuatro años me contó Jaime. Diez años después, mamá volvió a casarse.
Nunca llegué a llamarle papá a Ernesto, pero nos llevamos bien.
Cuando mi madre falleció hace dos años, me quedé viviendo con él.
Don Ernesto me cayó muy bien. Era un hombre elegante, de mirada vivaz y palabra precisa, y apenas parecía tener los 56 años que ya contaba.
Creo que yo también le agradé.
¡Mucha suerte ha tenido aquí nuestro mozo! dijo galante, besándome la mano. Espero que no te lo pongas difícil.
¿Por qué “mozo”, Ernesto? hizo el amago de ofenderse Jaime.
Porque un hombre de verdad no se dedica a vender artículos de modelismo, hijo. Pero bueno, lo importante es que has tenido suerte con tu novia.
Primero me corté, pero al rato me reía una barbaridad con las bromas de Don Ernesto, e incluso puse algo celoso a Jaime aquella noche.
Medio año después, Jaime me pidió matrimonio. Estaba tan enamorada, tan feliz e ilusionada con mi futuro, que ni me fijé enseguida en las fotos que me enviaron al móvil.
Cuando caí en la cuenta, se me encogió el corazón.
En las imágenes, Jaime abrazaba y besaba con ternura a otra chica, siempre con esa sonrisa un poco vergonzosa que le caracteriza.
Las fechas indicaban que las fotos se habían hecho solo unas semanas antes.
Mi amor, ¿pero qué tontería es esta que me estás diciendo? se encogió de hombros Jaime al ver las fotos. Yo solo te quiero a ti, no hay nadie más. Eso seguro que es un montaje, mujer.
¿Y quién se tomaría tanta molestia según tú? Ya solo su desgana me ofendía.
Ni idea contestó él, tan pancho. Gente rara hay a montones.
Sentí rabia. Otro habría intentado defenderse, jurar amor eterno, prometer castigar al que se cebaba en su novia… Pero Jaime, no solo me traicionaba, sino que ni lo lamentaba.
¡Eres un traidor! ¡La boda NO se va a celebrar! salí llorando de su piso, dejando al atónito de Jaime con la palabra en la boca.
Me pasé tres días llorando en casa, una semana sin salir, pidiendo la baja en la escuela. Le di vueltas a todo Jaime, por cierto, ni me llamó ni nada hasta que me forcé a recomponerme.
¿Y si de verdad las fotos eran falsas? ¿Y si alguien nos quería separar? Ahora, con las inteligencias artificiales, cualquiera puede hacer lo que quiera con unas imágenes… Y yo me lo había creído tan rápido.
Para mi sorpresa, la chica de las fotos era real. Lo averigüé pronto gracias a las redes: tenía cuentas en tres sitios. Se llamaba Alba, y aceptó quedar conmigo sin problemas.
Esas fotos son viejas se encogió de hombros cuando le expliqué la situación y le enseñé las imágenes. Hace más de un año de eso.
Imposible, mira la fecha protesté, desconcertada.
Mujer, es que ponerle la fecha que quieras es sencillísimo me dijo Alba con una sonrisa triste. Si alguien de verdad quiere hacer daño…
¿Fuiste tú la que me envió las fotos?
Uy, qué va. Después de Jaime no quise saber nada. Solo duramos un par de meses, no encajamos. De hecho, me caso dentro de poco.
¿Ah, sí? En tu perfil no se ve ningún novio… me aventuré a ponerla en duda.
La dicha va de puntillas… cuando me case ya subiré las fotos, claro.
Así que de verdad habían levantado falsas acusaciones contra Jaime, y yo me lo había tragado. Tocaba arreglar esto.
Le escribí y lo llamé, pero no recibí respuesta. Pasaron dos días y me planté en su casa.
Llegué sobre las ocho, segura de encontrarle, y justo vi cómo se bajaba del coche de mi enemiga de siempre: Patricia.
Patricia y yo crecimos en el mismo barrio, pero nunca fuimos exactamente amigas. Más bien la soportaba, por su carácter impulsivo, directo y llamativo.
La relación se limitaba a un hola y adiós, y solo volvimos a hablar tras la muerte de mi abuela, porque Patricia quería comprar la peluquería.
Decía que ese local era ideal para abrir un centro de masajes. Ya tenía dos y buscaba expandirse.
Yo bien sabía a qué se dedicaban sus centros… Y lo cierto es que no pensaba vender ni por todo el oro del mundo.
Me había negado muchas veces a sus jugosas ofertas. Y ahora, ¿me robaba al novio por venganza?
Mientras pensaba esto, vi que se despedían cariñosamente y Patricia se iba.
¿Ves? Ya te lo dije, Jaime es un don nadie me sobresaltó una voz detrás de mí.
Buenas noches, Don Ernesto me puse colorada.
Buenas… Jaime no te echa de menos. Mejor te casas conmigo bromeó, pero su mirada era seria.
Perdone… tengo prisa dije cortante, y salí huyendo casi corriendo.
No tardé en encontrar a Patricia. Había aparcado justo en mi calle al volver.
¿Así que me quitas al novio y encima lo niegas? le solté de sopetón. Solo que con las fotos te pillé. Ya sé toda la verdad.
¿Qué fotos? me miró sincera, perpleja. ¿De qué hablas?
No me digas que no fuiste tú la que me mandaste las de Jaime besando a otra. ¿De verdad no llevabas eso entre manos?
Anda, ¿estás bien? Yo no te mandé nada. Jaime empezó a buscarme hará una semana. ¿No os habíais dejado ya?
Le miré a los ojos: no parecía mentir. Lo mejor era digerir todo esto en casa y en calma.
Yo pensaba que ya vendías la peluquería me gritó Patricia al irme, pero ni me inmuté.
En casa, y tras relajarme un poco, llamé a Jaime. Para mi asombro, me cogió.
Ven si quieres a casa respondió sin entusiasmo ante mi propuesta de vernos. Creo que estoy malo.
No necesitaba más.
Jaime, me equivoqué. Perdóname, por favor, es que te quiero tanto… Todo era muy verosímil. Discúlpame.
Bueno se encogió de hombros él, cosas que pasan.
Eres maravilloso le abracé con fuerza. ¡Cuánto te quiero!
Pero él me apartó suavemente.
Mejor quedamos como amigos.
¿Perdón? Pero si íbamos a casarnos…
Laura puso mala cara, me caso con Patricia.
¿Cómo dices? Pero si jurabas quererme… Si íbamos a casarnos…
No lo hagas más difícil. La verdad, tu manera de ser tan… efusiva, me echa atrás. No quiero más dramas.
Además, Patricia tiene más negocio, mejores ingresos. Tengo que mirar por mi futuro.
Me quedé muda. Literalmente, no podía mover un músculo ni encontrar palabras.
Jaime solo me había usado y ahora, me cambiaba por otra sin remordimiento.
Salí corriendo de su casa, bajé la escalera de dos en dos y, en cuanto pisé la calle, las piernas no me respondieron. Me dejé caer en un banco.
Al poco, Don Ernesto se sentó a mi lado.
Pobre niña me acarició la cabeza con ternura. Mejor que todo haya salido ahora…
Solo quiero saber quién ha hecho todo esto rompí a llorar.
He sido yo susurró Don Ernesto.
¿Usted? ¿Por qué? dejé de llorar de la sorpresa.
Me enamoré de ti la noche que viniste a casa por primera vez. Decidí que te casabas conmigo aunque no me prestaras atención.
Siempre Jaime, Jaime… Pero él no te merece.
Pero usted me dobla la edad, y yo amaba a Jaime… O, bueno, le amaba.
Ya ves. Primero quise desacreditarte ante él, pero luego escuché cómo alardeaba con un amigo de haberse buscado una novia adinerada, así que comprendí que te perdería de todas formas. Aproveché la oportunidad… Bueno, da igual.
¡Usted me ha destrozado la vida!
No, te la he salvado. Habrías sufrido más. Cásate conmigo, Laura.
¡Está usted loco! me marché rápidamente a casa, determinada.
Tiempo después me fui de Salamanca, pero Don Ernesto me localizó y trató de conquistarme. Al final, acabamos siendo amigos.
Un año después, falleció y me lo dejó todo, pero sinceramente, no fue motivo de alegría. Me había acostumbrado a él como a un familiar más que otra cosa.
Jaime, por su parte, se molestó mucho al saber que Don Ernesto me había dejado el piso de la familia, pero ya su opinión ni me importaba.
He aprendido que no todo lo que parece cierto lo es, y que no debemos precipitarnos nunca guiados por el dolor o los celos. La vida siempre da sorpresas, y a veces la peor traición es no escuchar nuestra propia intuición.







