¿ERES TÚ MI FELICIDAD? La verdad, nunca tuve intención de casarme. Si no hubiera sido por el empeñ…

¿ERES MI FELICIDAD?

La verdad es que nunca pensé en casarme. Si no hubiera sido por la insistencia de mi futuro esposo, probablemente seguiría volando libre como un gorrión. Álvaro, como una mariposa desquiciada, revoloteaba a mi alrededor, no me perdía de vista, procuraba agradarme en todo y hasta soplaba el polvo antes de que tocara el suelo… En fin, cedí. Nos casamos.

Álvaro se volvió enseguida un hombre doméstico, cercano y de mi sangre. Era cómodo y sencillo estar con él, como cuando te pones zapatillas mullidas un domingo.

Al año nació nuestro hijo, Gonzalo. Pero Álvaro trabajaba en Barcelona, lejos de nuestro Madrid. Venía a casa solo una vez por semana, trayendo siempre dulces y sorpresas para Gonzalo y para mí. Una de esas veces, al prepararme para lavar su ropa, revisé los bolsillos, por costumbre. Una vez lavé su carnet de conducir Desde entonces, repaso cada pliegue con minuciosa fe antes de meter la ropa en la lavadora. Ese día, de los pantalones cayó un papel doblado en cuatro. Lo abrí y leí. Era una aburrida lista de material escolar (el incidente ocurrió en agosto). Al final, con letra infantil, ponía: Papá, ven pronto.

¡Ah! Así es como se entretiene fuera mi marido… ¡Un bígamo!

Sin armar escándalo, agarré la maleta, a Gonzalo (que no llegaba a tres años) de la mano y tiré para casa de mi madre. Por tiempo indefinido. Mamá nos cedió una habitación:

Vivid aquí hasta que os arregléis.

Se me cruzó por la cabeza cobrarme venganza contra el ingrato. Se me vino a la mente Román, mi compañero del colegio. ¡Con él sí voy a armar el lío! Román no me daba tregua ni cuando éramos niños, ni después. Llamé.

¡Ey, Román! ¿Todavía no te has casado? empecé cauta.

¿Rocío? ¡Qué sorpresa! ¿Qué importa casado, divorciado… Nos vemos? se animó Román.

El romance inesperado duró medio año. Álvaro traía cada mes la manutención de Gonzalo. Se la entregaba a mi madre y se marchaba sin decir palabra.

Sabía que mi esposo vivía con Catalina Eusebio. Ella tenía una hija de un anterior matrimonio. Catalina insistió en que su hija llamara papá a Álvaro. Todos vivían en el piso de Álvaro. Cuando Catalina supo que yo me había marchado, se mudó con su hija desde Valencia a Madrid con él. Catalina lo adoraba. Le tejía calcetines de lana, jerseys gruesos, lo alimentaba con las mejores comidas. Todo esto lo supe tiempo después. Durante años reprocharía a Álvaro lo de Catalina y sus jerseys. Entonces yo sentía que mi matrimonio estaba finiquitado, hundido

…Sin embargo, al quedar con Álvaro en una cafetería (discutíamos el futuro divorcio), nos asaltaron de repente recuerdos dulces. Álvaro confesó su amor de otro mundo y su arrepentimiento. Me dijo que no sabía cómo echar a la incansable Catalina.

Me enterneció hasta lo insoportable. Nos reconciliamos. Por cierto, Álvaro jamás supo nada de Román. Catalina, con su hija, se largó de nuestra ciudad para siempre.

…Pasaron siete años de felicidad doméstica, y entonces Álvaro tuvo un accidente de tráfico. Operaciones en la pierna, rehabilitación, bastón para andar. Tardó dos años en recuperarse. Todo el proceso dejó a mi marido exhausto. Álvaro empezó a beber fuerte. Perdió el semblante humano. Se volvió huraño. Era duro verle así. Mis ruegos no funcionaban. Nos agotaba a Gonzalo y a mí. Rechazaba toda ayuda.

En mi trabajo apareció un hombro para llorar: Pablo. Me escuchaba en la sala de fumadores, caminaba conmigo al salir, me consolaba y animaba. Pablo estaba casado. Su esposa esperaba el segundo hijo. No entiendo cómo acabamos en la misma cama. Absurdo. Era bajo de estatura, frágil, nada mi tipo.

¡Y empezó la locura! Pablo me arrastró a exposiciones, conciertos, ballets. Cuando su mujer dio a luz a una niña, Pablo paró la fiesta. Se despidió de la empresa y buscó otro trabajo. Quizá pensó en mí: lejos de la vista, lejos del corazón. Yo no le reclamé nada, lo solté sin esfuerzo. Solo tapó mi dolor durante un tiempo. Nunca pensé en invadir su amor.

Mi esposo seguía ahogándose en el vino.

…Cinco años después, me encontraré por casualidad con Pablo y, con toda seriedad, me pedirá que me case con él. Me reiré.

Álvaro se repondrá un poco, irá a trabajar una temporada a Praga. Mientras tanto, yo seré la esposa ejemplar y madre atenta. Todos mis pensamientos giraban ya sólo en torno a mi familia.

Álvaro volverá de tierras checas seis meses después. Haremos reformas en el piso, compraremos electrodomésticos nuevos. Álvaro por fin arreglará su coche alemán. Parecía que la vida se enderezaba. ¡Pero no! Mi marido recaerá y volverá a la bebida. Volvieron las vueltas al infierno. Los amigos de Álvaro lo arrastraban a casa. Él solo apenas podía, salvo gateando… Yo recorría calles y plazas del barrio buscando a mi marido perdido. Lo encontraba dormido en un banco, con los bolsillos dados la vuelta y vacíos, arrastrándolo conmigo a casa. De todo hubo.

Cierta primavera, me encontraba triste en la parada del autobús. Alrededor, los gorriones trinaban, el sol se desperezaba y me hacía cosquillas, pero yo no sentía ni pizca de alegría. Y de pronto, alguien me susurró al oído:

¿Puedo ayudarle con su desgracia?

Me giré. ¡Dios mío! ¡Qué hombre tan galán y perfumado! Yo tenía entonces 45 años, ¿sería posible que iba a rejuvenecer como una fruta madura? Me inundó la timidez, casi como si fuera una adolescente. Por suerte llegó el autobús, salté dentro y huí. Más vale prevenir. El hombre me despidió con la mano. Todo el día siguiente sólo pensaba en él. Así estuve varias semanas, por disimular

Pero Egor (así se llamaba el desconocido), era persistente como una locomotora. Todas las mañanas aguardaba en la misma parada. Yo procuraba no llegar tarde. Caminaba mirando si veía a mi donjuán a lo lejos. En cuanto me divisaba, Egor lanzaba besos al aire y sonreía.

Un día trajo un ramo de tulipanes rojos. Le dije: ¿Cómo voy a ir al trabajo con flores? Me van a descubrir las chicas de la oficina, me van a sacar los colores.

Egor se encogió de hombros:

¡Anda! No pensé en tamaño drama.

De inmediato regaló el ramo a una anciana que observaba nuestro teatro con atención. La señora rejuveneció de repente: ¡Gracias, chiquillo! ¡Te deseo una amante ardiente!. Me sonrojé. Menos mal que no pidió una jovencita para él, me tragaba la tierra.

Egor siguió:

Vamos, Rocío, seamos ambos culpables. No te vas a arrepentir.

Lo cierto es que su propuesta era tentadora y me llegó en el momento justo. Además no tenía relación con Álvaro en aquel tiempo. Mi marido, un madero estático, yacía en la cama sumido en el olvido del alcohol.

Egor resultó ser abstemio, exdeportista (tenía 57 años), buen conversador, divorciado. Poseía una extraña energía magnética.

Me entregué de lleno a esa relación. Acabé atrapada entre el hogar y Egor durante tres años. Mi alma se volvía turbia.

No tenía fuerzas, ni voluntad para parar. Cuando al fin deseé terminar, no tenía energías. Como dice el refrán: cuando la moza manda al galán, no se va muy lejos. Egor inundó mi vida entera. Dicen que donde entra el amor, la razón se va. Si Egor se me acercaba, me faltaba el aire. Era un eclipse mental. Pero intuía que esa pasión acabaría por destruirme. No amaba a Egor.

Al regresar a casa agotada (del huracán del amante), deseaba abrazar fuerte a mi marido, aunque borracho, maloliente, pero tan mío y tan puro. Un mendrugo propio vale más que un pastel ajeno. Me parecía esa la verdad de la vida. La pasión viene de padecer, y yo ansiaba ya concluir mi dolor, curarme de Egor y volver a mi familia, no abandonarme al placer. Así pensaba mi mente, pero mi cuerpo se tiraba directo al abismo. Seguía presa de la pasión abrasadora, sin poder dominarme.

Mi hijo sabía lo de Egor. Nos vio en un restaurante, cuando vino con su novia. Tuve que presentarles. Se dieron la mano y se despidieron educadamente. Esa noche Gonzalo me miró esperando una explicación. Salí del paso con un chiste: que Egor era colega y hablábamos de un nuevo proyecto. Claro, sí en un restaurante, asintió mi hijo. Gonzalo no me juzgó. Sólo me pidió no divorciarme de papá. Que tuviera paciencia, que igual volvía en sí.

Me sentía una oveja perdida, extraviada. Mi amiga divorciada me insistió en echar al cuerno esos amantes y estar en paz. Escuchaba sus consejos; su experiencia era grande después de su tercer marido. Pero sólo cuando Egor intentó levantarme la mano pude frenar.

Ese fue el final. No por nada dice el refrán: el mar está tranquilo mientras pisas la orilla. Se me cayó la venda de los ojos, el mundo recuperó el color. ¡Tres años de tormento! ¡Por fin libre! Llegó la paz tan ansiada.

Egor siguió mucho tiempo buscándome, aguardando en esquinas, pidiéndome perdón de rodillas ante todos Yo me mantuve firme. Mi amiga me llenó de besos y me regaló una taza que decía ¡Eres sensata!

En cuanto a Álvaro, él supo todo lo de Egor. El amante llamaba y se lo contaba todo. Egor estaba convencido de que yo dejaría la familia. Álvaro me confesó:

Mientras escuchaba las tonterías de tu galán, sólo quería desaparecer silenciosamente. Yo fui el culpable de todo. Te cambié por el vino. Un burro. Tenía que callar.

…Ya han pasado diez años. Tenemos dos nietas. Un día, sentados a la mesa después de comer, con el café, miro por la ventana. Álvaro me toma la mano con ternura:

Rocío, no mires alrededor. Yo soy tu felicidad, ¿lo crees?

Por supuesto, mi únicoSonreí, apreté su mano entre las mías, miré a Gonzalo y a sus hijas correteando por el pasillo, y respondí:

No lo sé, Álvaro. Quizá la felicidad nunca tuvo nombre propio. Quizá llegó disfrazada de domingo, de calcetines tejidos y de paradas de autobús. Pero lo que sí sé es que, en este momento, tu pregunta me hace feliz.

Él se rió suave y, sin soltarme, murmuró:

Entonces sigamos preguntando juntos.

Aferrados el uno al otro, escuchamos el bullicio de los niños, el tintinear de las cucharillas, y el rumor ligero de la vida. Y aunque el futuro seguiría impredecible y mundano, yo sentí que por fin había aprendido a volar, aun con las alas algo rotas, pero siempre junto a mi gorrión.

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