Eres más acomodado que los demás, así que tus regalos deberían estar a la altura, rezongaba la suegra entre dientes.
Era una noche templada en Salamanca, cuando Rodrigo se dejó caer en el sofá, junto a su esposa Inés.
¿Qué le regalamos a tu madre? No tengo ni la menor idea dijo él en voz baja, mientras jugueteaba con un cojín bordado.
Inés, resignada, suspiró profundamente. Elegir un regalo para su suegra siempre acababa trastocando su ánimo, como si fuera un acertijo cuyas piezas nunca terminaban de encajar.
La relación con Pura Vargas había marchado torcida desde el primer día, como un olivo cargado de ramas secas.
Rodrigo, muy pronto, entendió la distancia de su madre y juntos, él e Inés, pactaron mantener el trato en mínimos: llamadas fugaces, apenas un par de reuniones familiares al año, y ningún compromiso más allá de lo estrictamente necesario.
Nadie debía nada al otro. La convivencia era una danza lenta, a veces fantasmal, bajo la luz sombría de las lámparas de la casa de Pura.
Este año, sin embargo, Pura decidió celebrar su setenta cumpleaños con un banquete enorme e invitó a casi toda la parentela, incluidos los recién casados.
Por cierto dijo Rodrigo de repente, como si recordara una botella de vino olvidada en la bodega, mamá ha dicho que le hace ilusión cualquier regalo.
Eso lo dice siempre, pero luego pone cara de haber olido vinagre gruñó Inés, frunciendo el ceño. A tu hermana le acepta cualquier cosa, pero nosotros no tenemos tanta suerte.
Inés no podía olvidar cómo Pura torcía la boca cada vez que abría los regalos hechos con esmero.
Acuérdate del último Día de la Madre añadió Inés. Le regalamos un lote de cremas carísimas y acabó llorando, que si la hacíamos sentir vieja y fea. ¿Algún regalo nuestro ha recibido una sonrisa? Solo lo que es oro o aparatos electrónicos, porque se puede medir lo que valen.
Quizá debería llamarla y preguntarle sin rodeos balbuceó Rodrigo, con cara de querer desvanecerse tras el respaldo.
Haz lo que te parezca soltó Inés, con un leve movimiento de hombros.
Rodrigo buscó el móvil y marcó el número de su madre, imaginando que una palabra suya podría señalar el sendero hacia el regalo adecuado.
Ay, hijo, no necesito nada. Solo con que vengáis ya tengo bastante susurró Pura, casi como si estuviera hablando para un espejo empañado.
¿De verdad, mamá? ¿Y no te enfadarás si no es algo grande? insistió Rodrigo, arrastrando las palabras como una sábana húmeda.
Claro que no, hijo. Me hace ilusión cualquier detallito rio Pura, y Rodrigo decidió, sin más dudas, creerla por esta vez.
Según mamá, podemos regalarle lo que queramos le contó a Inés.
Ella lo miró de reojo, sin mucha fe, como quien escucha que va a llover y ve en el cielo solo nubes de algodón.
A regañadientes, y porque Rodrigo lo imponía como ley sagrada, Inés cedió.
Propongo un robot aspirador. Así no tendrá que recorrer la casa arrastrando el tubo como una condenada sugirió tras calcular el presupuesto.
Así lo hicieron. Compraron un robot por más de mil euros y partieron rumbo a la fiesta, con los corazones ligeros e ingenuas esperanzas.
Pura recibió a Rodrigo y a su nuera con palabras dulces, aunque su rostro se ensombreció como la antesala de una tormenta cuando vio la caja cuadrada y reluciente.
¿Y esto por qué? musitó, dejando escapar un suspiro largo. Déjalo en la habitación, hijo.
Inés se quedó, entre las alfombras y relojes de pared, paralizada, porque Pura no valoró ni por asomo su regalo.
Poco después, llegaron la cuñada y su marido. Saltó sobre su madre y, con voz aguda, le ofreció un paquetito.
¡Mamá, esto es para ti!
¡Gracias, cariño mío! ¡Sois maravillosos! exclamó Pura, abrazando a su hija.
Inés, muerta de curiosidad, se acercó con disimulo, esperando sorprender un regalo brillante y caro.
Para su asombro, no era más que un neceser de cremas baratas, comprado en un supermercado por diez euros.
Muda, Inés miró a Rodrigo, quien también había vislumbrado la simplicidad del presente.
Del ceño fruncido de Rodrigo, Inés leyó la decepción y un temblor de rabia bajo la superficie.
Aguantó Rodrigo durante el banquete, pero cuando oyó a Pura elogiar por cuarta vez las cremas, dio un golpe en la mesa invisible y se levantó.
Mamá, ¿podemos hablar? le dijo, con la voz hecha un ovillo de lana.
¿Pasa algo, hijo? ¿Hay algún problema?
Sí, mamá. ¿Te acuerdas de lo que me dijiste sobre el regalo? inquirió Rodrigo, con el timbre algo quebrado.
Me acuerdo, claro.
¿Por qué entonces despreció nuestro regalo mientras alabas este estuche de cuatro duros? ¿No me digas que son cosas mías?
No te lo diré contestó Pura, con sorna. Pero vosotros tenéis más posibles que Lucía y deberíais regalar algo que esté a la altura gruñó entre dientes.
¿Y cómo debe ser eso, según tú? ¿Barato? ¿Hace falta poner el ticket en cada regalo para que lo valores? preguntó Rodrigo, con la ceja en alto.
Ay, ya estamos otra vez. Si a mí los regalos de Lucía me gustan más, ¿qué quieres que haga? cortó Pura, deseando acabar.
¿Te gustan más porque no sabes lo que cuesta lo nuestro? Pues que lo sepas, el robot vale más de mil euros insistió Rodrigo, al borde del temblor.
¿Tan caro? soltó Pura, fingiendo asombro, aunque sus ojos parecían mirar ya por la ventana.
Pero la mujer encontró la vía de escape en el laberinto de la conversación.
¿Sabes por qué prefiero los regalos de Lucía? Porque regalan lo que pueden, y vosotros cumplís como si fuera un trámite. Falta calidez sentenció, erguiendo la cabeza.
¿De verdad crees eso, mamá? dijo Rodrigo, llevándose la mano al cabello.
¿Te parece que es broma? Con lo que ganáis, mejor me hubierais regalado un viaje a la costa para descansar respondió, con una media sonrisa orgullosa.
Rodrigo se quedó mirándola, boquiabierto, como un turista que descubre que el edificio de enfrente se ha desvanecido.
¿Crees que el dinero crece en olivos, mamá? acertó a decir cuando recuperó el habla.
Los reproches de Rodrigo arrastraron a Inés y a Lucía, que, desde la puerta, intentaron comprender la pesadilla que se desplegaba ante ellas.
Lucía, rápida como un mirlo al vuelo, apoyó a su madre.
Mamá no necesitaba un robot, sino un humidificador. El suyo se rompió hace tres días. Si os interesara la vida de mamá, lo sabríais añadió Lucía, cruzando los brazos.
¡Pero si pregunté qué quería de regalo! protestó Rodrigo, conteniendo la rabia. ¿Os estáis quedando conmigo? Basta de regalos. Se acabó, mamá. Nos quitamos de líos, intentamos hacerlo bien y solo recibimos reproches. El robot no era suficiente, ahora el humidificador… ¡Perdona por no cumplir tus expectativas! ¡Vámonos, Inés! y salió, arrastrando a su esposa.
Pura rompió a llorar sobre un pañuelo de encaje mientras Lucía trataba de consolarla. Rodrigo e Inés echaron a andar por el patio, con el rostro endurecido como estatuas iberas.
Rodrigo había hecho un juramento silencioso. Para evitar más bochornos y no sentirse nunca más un invitado tonto en su propio sueño, decidió no acudir a más reuniones familiares, buscando así dejar atrás tanta maleza de enfados absurdos y olvidados.







