25 de abril
Hoy he estado reflexionando mucho, quizá porque la boda de mi prima Carmen está a la vuelta de la esquina y toda la familia está revolucionada de emoción. Una boda en casa es siempre motivo de alboroto, alegría y emociones a flor de piel para todos.
Sin embargo, me doy cuenta de que solemos mirar estas cosas desde un solo ángulo, como si el matrimonio solo tuviera una cara, cuando en realidad es como una moneda: siempre hay dos lados.
No es que piense que casarse sea algo terrible, ni muchísimo menos. Pero sí creo que todavía hay muchas mujeres que están convencidas de que la felicidad solo llega con el matrimonio y la familia, como si la realización estuviera sumamente ligada a esos pasos. A menudo veo a chicas jóvenes como lo fui yo que no comprenden realmente qué implica casarse, lo que significa en el día a día.
Sueñan con casarse y piensan que después todo se acomodará como por arte de magia.
Yo pensaba igual. Creía que si me casaba con Jorge, el hombre al que amaba, y formaba una familia a su lado, tendría la vida resuelta, sería la mujer más feliz de Madrid.
Pero la vida me enseñó lo contrario. El matrimonio vino acompañado de muchas complicaciones que nunca imaginé. Aún no habíamos empezado a ahorrar para comprar un piso cuando me enteré de que estaba embarazada. Hoy en día, criar un hijo en España es caro, muy caro, y nosotros apenas llegábamos a fin de mes.
Al principio la noticia nos hizo mucha ilusión. Jorge estaba volcado en su pequeño negocio familiar y yo, embarazada y de baja, sentía como nunca la inseguridad económica. Ahorrar para una casa era impensable. Y para colmo, la maternidad se me hizo cuesta arriba. Mi hijo Alejandro era muy inquieto, siempre enfermo, yo sin apenas dormir, con los nervios destrozados. Pensaba incluso en salir corriendo de casa algunas noches. No todas las mujeres sirven para ser el pilar de la familia, esa es la verdad.
Ojalá hubiera entendido esto antes. Cuando Alejandro tenía dos años, Jorge perdió el negocio y se vino abajo. Cayó en una depresión profunda, y con ella, le dio por el whisky y el ron. No tuve más remedio que tomar las riendas. Apunté al niño a la guardería y busqué dos trabajos en jornada completa. Trabajaba sin parar, tratando de sacar adelante la casa, mientras Jorge no salía de la cama, borracho. Era tan duro y agotador que a veces sentía ganas de gritar. Creo que hubiera llevado mejor la vida sola, con mi dinero, mi agotamiento, incluso mi ansiedad.
Un día, desesperada, le pedí a mi suegra que hablase con su hijo, a ver si conseguía hacerle reaccionar. No es común en nuestra cultura que un hombre se rinda ante los problemas económicos. Le confesé, casi llorando, que estaba al límite, que no podía más, que la vida se me hacía cuesta arriba.
Pensé que me abrazaría, que me apoyaría, que me diría alguna palabra de cariño. Pero me soltó: Hija, no eres la única que pasa por momentos difíciles. Eres mujer: te toca aguantar, porque no queda bien que una mujer sea débil.
El sostén de la familia siempre ha sido la mujer, así que cierra la boca si tienes ganas de gritar y sécate las lágrimas sin que nadie te vea. Así es la vida; acéptala y sigue adelante. Nada de quejas.
Sinceramente, sus palabras me dolieron como un puñal. Ella, que también es mujer, debería entenderme. Su marido fue siempre un vago, pero en vez de consolarnos unas a otras, prefirió aconsejarme que mirase hacia otro lado y aguantase. ¿Pero hasta cuándo tengo que soportar? La vida solo se vive una vez, y una quiere que sea lo más apacible y alegre posible. Obstáculos habrá, pero no deberían consumir nuestro ánimo. La verdadera misión de una mujer es ser feliz, sentirse querida y reír sin miedo.





