Eres el error de mi juventud.
La chica, que se llamaba Nuria, tuvo un hijo con tan solo dieciséis años. El padre del niño, Miguel, también tenía dieciséis, y bueno, no hace falta detallar la magnitud del cotilleo que corrió por las calles de Valladolid. Lo que sí hay que decir es que, apenas nació el bebé, ambos jóvenes se separaron más rápido de lo que uno pierde el billete de metro entre los asientos. Cuando Nuria se dio cuenta de que Miguel no tenía ni pizca de interés por ella ni por el niño, se le evaporó la maternidad como el último cubata en una noche de fiesta. Así que el pequeño Lucas fue criado por los abuelos, es decir, los padres de Nuria, los cuales, si bien no ganaron la lotería, al menos se llevaron un nieto inesperado a casa.
A los dieciocho años, Nuria se largó con otro chaval a Madrid, y los amigos de Facebook ni la vieron ni la escucharon. Sus padres tampoco se molestaron en buscarla. Había reproches, mucha incomprensión, y, claro, el ¿cómo ha podido abandonar a su hijo? colgando entre los azulejos de la cocina. Les dolía el orgullo, dos veces, porque ¿cómo es que criaron a alguien capaz de semejante falta? Era tragedia y comedia, todo junto.
Y ellos mismos sacaron adelante al nieto. Lucas, hoy por hoy, piensa en sus abuelos como sus verdaderos padres, y si algo no le falta nunca es gratitud: por el cariño, por el bocata de jamón, por el bachillerato y hasta por los domingos en El Retiro.
Cuando Lucas cumplió dieciocho años, le tocó boda familiar: su prima Cristina se casaba en Segovia. Allí estaban todos, desde el tío Manolo hasta la bisabuelita que nunca se separa del abanico. Entre los invitados apareció su madre biológica. Nuria ya estaba en su tercer matrimonio, con dos hijas más: la mayor, Alba, de diez años; y la pequeña, Carmen, que apenas gateaba.
Lucas no cabía en sí de nervios. Quería conocer a su madre, a sus hermanas, y sobre todo quería preguntarle: Mamá, ¿por qué me dejaste?
Fue curioso (y un poco irónico): Por muy buenos que fueran los abuelos, el recuerdo de su madre le pinchaba a veces, así que guardó la única foto que le quedaba de ella, porque el abuelo, en un ataque de furia digna de telenovela, había quemado todas las demás.
Nuria charlaba con una tía, alardeando de lo fantásticas que eran sus hijas.
¿Y yo, qué, mamá? saltó Lucas.
¿Tú? Tú eres el error de mi juventud. Tu padre tenía razón, debería haber abortado le soltó ella con una frialdad que congelaba hasta el gazpacho, y se giró para seguir su conversación.
Siete años después, Lucas vivía en un cómodo piso de dos habitaciones en Salamanca, con su mujer y su hijo, gracias a los abuelos y los padres de su esposa. Un día, le sonó el móvil, número desconocido.
Hola, hijo escuchó una voz. Soy tu madre. Tu tío Paco me pasó tu número. Sé que vives cerca de la universidad adonde va tu hermana Alba. ¿Puede quedarse en tu casa una temporada? Es familia, y no soporta el colegio mayor, ni tenemos dinero para alquilar nada. Mi último marido me ha dejado, estoy desbordada con una en la facultad, otra en el instituto, y la pequeña a punto de entrar en la guardería ¿Me ayudas?
Se ha equivocado de número contestó Lucas, y colgó.
Se acercó a su hijo, lo cogió en brazos y dijo:
¿Nos preparamos para ir a ver a la abuela y el abuelo? ¿Y luego todos juntos a comprar churros?
¿Y el finde vamos a la casa de los abuelos en el pueblo, verdad? preguntó el pequeño.
Por supuesto, que no podemos saltarnos las costumbres familiares, ¡ni que hubiera huelga de tren!
Algunos familiares pusieron el grito en el cielo y le criticaron: Podrías haber ayudado a tu hermana. Pero Lucas lo tiene clarísimo; para él, solo debe ayudar a los abuelos, y no a esa desconocida que siempre lo consideró un simple error.







