Tú eres Alicia. A partir de este momento, vives en el cine.
Carmen llevaba más de una hora paseando con su hija por el Madrid al atardecer. Entraron en un par de tiendas, no para comprar nada, solo para sentirse una familia normal. Solo se llevaron un helado y un zumo. Después, se sentaron en un banco cerca del portal, bajo un cerezo en flor. Laura adoraba estos paseos y no tenía prisa por volver a casa—le parecía que aquí, bajo el cielo, estaba un poco más cerca de la libertad.
De repente, un coche con el letrero «CINE» aparcó frente al portal. De él salió un hombre alto, miró alrededor y, sonriendo, se acercó a ellas. Se detuvo justo delante de Laura:
—¿Eres Laura?
—Sí… —la niña se quedó desconcertada.
—He venido a buscarte a ti.
—¿A mí? —repitió ella, y el corazón le latió más rápido.
—¿Quieres actuar en una película?
Laura miró a su madre, luego al desconocido, y en su voz se notó el enfado:
—¿Por qué se burla?
—No me burlo. Me llamo Javier, soy director. Buscamos a la protagonista. Eres perfecta para el papel.
Carmen al principio no lo creyó, pero al ver cómo los ojos de su hija brillaban, cómo aparecía en su rostro una esperanza auténtica, simplemente asintió:
—Si no es una broma, vamos a probar.
Así llegaron a los estudios de cine. Pusieron a Laura en el centro del plató, luces brillantes, cámaras, silencio. De pronto apareció un chico—alto, carismático, con una sonrisa de película:
—Hola. Soy David. En la película, soy tu pareja. Y tú eres Alicia.
Laura no respondió. No podía creer que estuviera pasando de verdad. No era una actriz—solo una chica en silla de ruedas a la que, de repente, quisieron convertir en parte de una historia.
El rodaje comenzó. La enseñaron, le explicaron, la guiaron. Primero escenas con sus padres, luego con David. Toma tras toma, frase tras frase, pero lo más importante era que Laura no actuaba. Vivía. Lloraba cuando, según el guión, la abandonaban; reía cuando el héroe bromeaba. Y cuando David la cogía en brazos y la miraba a los ojos, su corazón latía como loco. No era solo una película. Era su vida, pero en pantalla.
Javier, el director, la adoraba. Decía:
—Eres auténtica. Eres mi Alicia. No actúas, lo vives.
Ella creció como una flor. Cada día tenía sentido. Su primer beso—en pantalla, pero para ella fue real. Incluso cuando usaban dobles para las escenas difíciles—saltos al agua, tomas en brazos—Laura no se enfadaba. Porque su alma estaba en la pantalla.
Pasaron semanas. El rodaje terminó. Todos se marcharon. Laura volvió a su portal, bajo el mismo cerezo. Pero ahora tenía un nombre en los créditos. Experiencia. Y un corazón lleno de emociones.
Carmen decía orgullosa:
—Imagínate, en dos meses ganaste casi cincuenta mil euros. Compraremos lo que quieras.
—No soy una princesa, mamá… —miró triste sus piernas.
—Pero lo fuiste. Y lo serás otra vez.
Y de repente, otra vez, un coche. Un taxi. De él salió David. Con un ramo de flores. De verdad. Sin cámaras. Sin guion.
—¿Esto es para mí? —susurró ella.
—Para ti, Laura. Quiero estar contigo. De verdad. Sin películas.
…Y en algún despacho de un médico conocido, Javier servía una copa y decía:
—Gracias por Laura. No solo cambió la película, sino también a mí.
—Me alegra ayudar —sonrió el médico—. ¿A qué has venido?
—En la secuela, Alicia tiene que levantarse de la silla.
—¿Cuánto tiempo tenemos?
—Dos años.
—Llegaremos.
Y en ese momento, el destino ya escribía un nuevo guion—no en papel, sino en la vida de Laura, que dejó de ser solo una chica en silla de ruedas para convertirse en la protagonista de su propia película.






