«Eres Alicia: Desde ahora vives en una película»

«Tú eres Alicia. A partir de ahora, vives en el cine.»

Ana llevaba más de una hora paseando con su hija por las calles del anochecer en Bilbao. Habían entrado en un par de tiendas, no para comprar, sino solo para sentirse una familia normal. Solo adquirieron un helado y un zumo. Después, se sentaron en un banco cerca del portal, bajo el aroma de un cerezo en flor. A Marta le encantaban estos paseos y no tenía prisa por volver a casa—bajo el cielo abierto, sentía que estaba un poco más cerca de la libertad.

De repente, un coche con el letrero «CINE» aparcó frente al edificio. De él bajó un hombre alto, escudriñó el patio y, sonriendo, se dirigió hacia ellas. Se detuvo justo frente a Marta:

—¿Tú eres Marta?

—Sí… —balbuceó la niña, desconcertada.

—Vengo por ti.

—¿Por mí? —repitió, mientras su corazón latía más rápido.

—¿Quieres actuar en una película?

Marta miró a su madre, luego al desconocido, y en su voz se coló un dejo de resentimiento:

—¿Por qué se burla?

—No me burlo. Me llamo Adrián, soy director. Buscamos a la protagonista. Tú encajas perfectamente.

Al principio, Ana no lo creía, pero al ver cómo los ojos de su hija brillaban, cómo la esperanza florecía en su rostro, asintió con la cabeza:

—Si esto es en serio, podemos intentarlo.

Así llegaron a los estudios. Colocaron a Marta en el centro del plató, bajo luces brillantes, cámaras y un vacío expectante. De pronto, apareció un chico—alto, carismático, con una sonrisa de película:

—Hola. Soy Javier. En la película, soy tu pareja. Y tú… eres Alicia.

Marta no respondió. No podía creer que esto fuera real. No era una actriz—solo una chica en silla de ruedas a quien, de pronto, quisieron convertir en parte de una historia.

Las grabaciones comenzaron. Le enseñaron, le explicaron, la guiaron. Primero, escenas con sus padres; luego, con Javier. Toma tras toma, frase tras frase, pero lo más importante era que Marta no actuaba. Vivía. Lloraba cuando el guión la abandonaba, reía cuando el héroe bromeaba. Y cuando Javier la alzaba en brazos y la miraba a los ojos, su corazón latía como loco. No era solo una película. Era su vida, pero en pantalla.

Adrián, el director, la adoraba. Decía:

—Eres auténtica. Eres mi Alicia. No interpretas, lo respiras.

Ella florecía como una flor. Cada día tenía sentido. El primer beso—ante la cámara, pero para ella fue real. Incluso cuando usaban dobles para escenas difíciles—saltos al agua, levantamientos—Marta no se enfadaba. Porque su alma estaba en la pantalla.

Pasaron semanas. Las grabaciones terminaron. Todos se marcharon. Marta volvió a su patio, bajo el mismo cerezo. Pero ahora tenía un nombre en los créditos. Experiencia. Y un corazón lleno de emociones.

Ana decía con orgullo:

—Imagina, en dos meses ganaste casi cincuenta mil euros. Podemos comprar lo que quieras.

—No soy una princesa, mamá… —respondió Marta, mirando con tristeza sus piernas.

—Pero lo fuiste. Y lo volverás a ser.

Y de pronto, otra vez el coche. Un taxi. De él bajó Javier. Con un ramo de flores. De verdad. Sin cámaras. Sin guión.

—¿Esto es para mí? —susurró ella.

—Para ti, Marta. Quiero estar contigo. De verdad. Sin películas.

…Y en algún lugar, en el despacho de un médico conocido, Adrián servía vino en dos copas y dijo:

—Gracias por Marta. Cambió no solo la película, sino también a mí.

—Fue un placer ayudar —sonrió el médico. —¿A qué has venido?

—En la secuela, Alicia debe levantarse de la silla.

—¿Cuánto tiempo tenemos?

—Dos años.

—Lo lograremos.

Y en ese instante, el destino ya escribía un nuevo guión—no en papel, sino en la vida de Marta, que dejó de ser solo una chica en silla de ruedas para convertirse en la protagonista de su propia película.

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