Envejecer no es algo contra lo que debamos luchar, sino algo que debemos honrar.

En el sueño, en una plaza cubierta de adoquines antiguos de Toledo, entendí que envejecer no es algo contra което debas luchar; en realidad es un rito misterioso que has de celebrar. La edad no apaga tu belleza, ni tu valor, ni esa luz interior que centellea bajo las sombras de los olmos. Si algo ocurre, es que esas cualidades se manifiestan con mayor fulgor, destiladas como un perfume secreto entre los pliegues de los años.

Mientras el tiempo se desenrolla como un abanico hecho de nubes sobre la ciudad, notas cómo las pesadas capas de expectativas ajenas se desprenden poco a poco y quedas desnuda y transparente, mujer ante el rumor del mundo: eres quien siempre fuiste, María del Sol, bajo la música de las campanas.

El paso de los días no merma tu esencia; más bien, la destila. Como el viento que pule las esquinas de una vieja estatua en la Plaza Mayor de Salamanca, suaviza los bordes ásperos que antes te cercaban y fortalece esos retazos de ti que importan verdaderamente. El tiempo te enseña a soltar amarras ya no tienes por qué sostener en tus brazos el peso de intentar agradar a todos, de caber en cada fiesta, de ser la respuesta y la esperanza de todos los rostros.

Es justo ahí, en ese instante de liberación, cuando sucede lo insólito. Te vuelves tú misma más que nunca, como si el reflejo en los escaparates de la Gran Vía por fin contuviera tu verdadero nombre.

Las líneas que surcan tu rostro esos senderos dibujados por el sol en el espejo al amanecer no marcan la huida de la juventud, sino el mapa de tus carcajadas, tus inviernos, tu osadía bajo cielos de verano y los inviernos en que latía bajo la suela de sus zapatos tu ternura inquebrantable. Las hebras plateadas en tu cabello no son ausencia, sino corona templada por el invierno y el temple de mil pasados vividos: un relicario de historias, la prueba de batallas libradas, de instantes saboreados como el chocolate caliente en una cafetería madrileña.

Con los años, la claridad desciende sobre ti como una brisa de la sierra en agosto. Amas más conscientemente, con la precisión de quien oye el ruido secreto de las fuentes en los jardines de La Alhambra. Hablas con la verdad desnuda de una guitarra en manos de una niña llamada Cayetana bajo la lluvia de octubre. Aprecias lo que cuenta, aferras fuerte el tesoro de lo esencial y aprendes, serena, a dejar ir aquello que no tiene peso propio ni sentido.

Envejecer no significa que seas menos.

Te hace más honda, más sabia, más entera.

Recibe, pues, cada año nuevo no con miedo, sino con un brindis de gratitud: por la sabiduría que has conquistado, la fuerza que has encontrado en los bancos de piedra de tu camino, y por la persona extraordinaria y soñadora en que no dejas de convertirte entre los azahares y las sombras difusas de este extraño y bellísimo sueño.

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Envejecer no es algo contra lo que debamos luchar, sino algo que debemos honrar.