**8 de octubre, 2024**
Entre yo y su pasado hay una niña a la que él nunca quiso querer.
Nos casamos con Tadeo cuando ya no éramos jóvenes. Yo tenía treinta y dos, él treinta y tres. A nuestras espaldas no fue solo experiencia, sino toda una galería de errores, decepciones y expectativas rotas. Él llevaba un divorcio y una hija. Yo, un pasado tranquilo, sin hijos ni tempestades. Nunca me opuse a que viera a la niña; al contrario, lo animaba, lo empujaba… pero Tadeo no quería ese vínculo. Para nada.
Su primer matrimonio no fue por amor, sino por la insistencia de su madre. Cuando ella supo que la chica estaba embarazada, le espetó: «¡Te casarás con ella! ¡No dejarás que sus padres pasen vergüenza!» Los padres de la muchacha lloraron, suplicaron, presionaron… y Tadeo cedió. Firma rápida en el registro, una la maleta, y directo a la carretera. Acababa de terminar la escuela náutica, y se fue a trabajar en un mercante. Ni fiesta, ni anillo, solo un papel frío.
Mientras navegaba por el Atlántico, su mujer dio a luz a una niña. Cuando volvió, la tomó en brazos… y no sintió nada. Ni alegría, ni cariño, ni conexión. Solo cansancio y vacío. Pero, habiendo aceptado el papel de padre y marido, siguió cumpliendo. Viajaba en barco, volvía, traía dinero, hacía negocios, mantenía a la familia. Vivían en un piso regalado por el Estado, un premio por “salvar el honor” de su hija. Pero en esa casa no había amor. Ni siquiera intimidad. Como él mismo contaba, en años enteros se contaban con los dedos las veces que fueron realmente marido y mujer.
Algo tenía que romperse. Y se rompió: volvió de un viaje y descubrió que su esposa le había sido infiel. Ella no lo negó. Lloró, le pidió perdón, dijo que fue un error. Pero Tadeo lo vio como una salida. Cogió sus cosas y se fue. Sin gritos, sin dramas. Sencillamente, cerró la puerta. Los padres de ella ni siquiera intentaron convencerlo de quedarse. Todos lo entendieron.
Hizo dos viajes más y luego dijo: basta. Montó su propio negocio. En tres años, ya iba viento en popa; su ex y la niña recibían una buena pensión, y todo parecía encarrilado. Hasta que aparecí yo.
Nos conocimos por trabajo. Vino a comprar materiales de construcción y empezamos a hablar. A los días, un repartidor me trajo un ramo de flores y una invitación a cenar. Todo fue rápido, sincero, bonito. Nos casamos. Pero yo ya sabía que su madre, Doña Carmen, era una mujer de carácter. Desde el principio sospechó que nuestro matrimonio era por obligación. Dudaba, desconfiaba. Pero la tranquilicé: «No queremos niños todavía, primero queremos conocernos».
Ella suspiró aliviada… y empezó a traernos todos los fines de semana a esa niña: **Almudena**. La niña que mi marido, perdónen, ni siquiera ve como su hija. Ni a ella ni a su madre. Es distante, frío, casi indiferente. Y Doña Carmen, como si lo hiciera a propósito, me susurra: «Ojalá algún día la quiera». Pero la niña lo nota. Entra en casa y corre hacia mí. ¿Y su padre? Se pone los auriculares, se sienta frente al ordenador y se hunde en sus “juegos de guerra”.
Y yo me quedo con Almudena. Caprichosa, resentida, irritable. Por más que me esfuerzo, nada está bien. No quiere estar aquí. No quiere estar con él. Y la entiendo. A las dos horas, yo misma estoy al límite y llamo a Doña Carmen para que la recoja. Cuando llega, cruza la puerta y pregunta: «¿Y? ¿Hablan? ¿Se llevan bien?» ¿Qué le respondo? ¿Que su hijo pasó tres horas disparando a pantallas mientras yo hacía de niñera, maestra y pañuelo de lágrimas?
Doña Carmen cambia el tono al instante. Me culpa. Dice que yo tengo la culpa, que no sé ayudarlo a conectar. Que “todo depende de la mujer, es el cemento de la familia”. ¿Y yo? Estoy harta de ser el cemento que sostiene culpas ajenas, errores ajenos, frío ajeno. Lo intento. Pero no tengo una varita mágica para obligar a un hombre a querer a su hija. Y si él no quiere… por mucho que me desviva, por mucho que lo intente, nada cambiará.
Y, claro, la culpa siempre es mía.
**Lección del día:** El amor no se forza. Ni el de un padre por su hija, ni el de un hombre por su pasado. Y quien pretenda que cargues con responsabilidades que no son tuyas, solo te está pidiendo que ahogues tus propios sueños en silencio.







