Entré en la oficina media hora antes de lo habitual, porque había olvidado mi portátil, y sobre la mesa de mi compañera se encontraba el cuaderno de cuero rojo de mi madreel mismo que siempre guardaba bajo llave en el cajón de su habitación.
Me quedé de pie junto al escritorio, contemplándolo durante unos segundos sin atreverme a tocarlo. Era antiguo, con una de las esquinas gastadas y una pequeña mancha de tinta en la esquina inferior derecha. Recordaba perfectamente esa manchala había hecho yo, con dieciséis años, mientras hurgaba a escondidas entre las cosas de mi madre.
Ah, has venido temprano escuché una voz tras de mí.
Me giré. Mi compañera, Inés, estaba en la puerta con un vaso de agua en la mano. Sonreía con tranquilidad, pero al ver hacia dónde miraba, su sonrisa se tensó discretamente.
Eso ¿de dónde lo has sacado? pregunté.
Miró el cuaderno y luego a mí.
Lo compré.
Aquel fue el primer indicio de que algo no encajaba.
No dije en voz baja. Ese es el cuaderno de mi madre.
Inés se acercó al escritorio y lo cerró con suavidad.
Quizá se le parezca.
No se parece contesté. Es el mismo.
Guardamos silencio unos segundos. Luego, señalé la mancha de tinta.
Eso lo hice yo hace quince años.
Su rostro perdió el color.
Vale susurró al fin. No lo compré.
¿Entonces, de dónde lo has sacado?
Suspiró y se sentó en su silla.
De tu hermano.
Sus palabras me golpearon tan fuerte que durante un instante me quedé sin reacción.
¿De quién?
De tu hermano repitió, más bajo. Me lo dio ayer.
Mi cabeza empezó a encajar las piezas a toda velocidad. Mi hermano había estado en casa dos días antes. Mi madre le había dado una copia de las llaves del piso porque iba a arreglar algo en la cocina.
¿Por qué te entregaría el cuaderno de mi madre? pregunté.
Inés me miró con una expresión extraña.
Me dijo que era tuyo.
¿Cómo?
Que era un diario antiguo tuyo. Que lo habías olvidado aquí.
En ese instante supe que las cosas eran mucho más graves de lo que parecían.
Porque ese cuaderno no era mío. Era el diario personal de mi madre. Y dentro había cosas que nadie más debía leer.
¿Lo abriste? pregunté.
Guardó silencio.
No hacía falta más respuesta.
Sólo un poco susurró.
¿Qué leíste?
Me miraba atentamente, dudando si debía decirme la verdad.
La primera página.
¿Y?
Mi voz ya no me reconocía.
Tragó saliva.
Ahí pone que tu padre no es realmente tu padre.
De repente la habitación se hizo más pequeña.
¿Qué?
Eso es lo que pone murmuró. Que tu madre nunca se lo contó a nadie.
En ese momento comprendí la razón por la que mi hermano se había llevado el cuaderno.
Él lo había leído.
Y había decidido que yo también debía saberlo pero de la peor manera posible.
Me quedé de pie junto al escritorio mirando el cuaderno, incapaz de abrirlo.
Porque si aquellas palabras eran verdad, toda mi vida cambiaba.
Y si no lo eran mi hermano acababa de destrozar nuestra familia por algo que no era seguro.
Así que ahora no sé qué sería peor: volver a casa y preguntarle a mi madre directamente o no abrir nunca ese cuaderno.
¿Tú qué harías?




