¿Entonces, el libro de familia vale más que vivir juntos?
se burlaron de Inés los hombres del barrio.
Yo no pienso ir a la reunión de los treinta años del instituto, después siempre me deprimo.
Que vayan los de siempre, que no notan ni el paso de los años gritó Inés al teléfono, a la única amiga que la llamaba.
¿Y cómo estás ahora que tanto temes?
se sorprendió Pilar.
Si hace cinco años que nos vimos y estabas estupenda, ¿qué ha pasado, has echado tripita o qué?
No es eso, Pilar, simplemente no quiero ir, no insistas, ¡de verdad!
Inés estuvo a punto de colgar, esperando que Pilar entendiera y siguiera llamando a los demás excompañeros.
Pero su amiga esta vez no cedió, se aferró al auricular con fuerza,
Inés, cada vez quedamos menos.
¿Alguien ha fallecido?
preguntó Inés casi estremeciéndose, porque, aunque ya no se consideraba tan joven, tampoco se veía para que sus compañeros estuviesen “al otro barrio”.
No, mujer, algunos simplemente se han ido del país.
El único que falta, y hace ya veinticinco años, fue Andrés Cuesta, aquel chico delgaducho, ¿te acuerdas?
Ya te lo conté antes.
Así que no te escaquees, que al final vamos a ser solo treinta, las cuatro clases de todo nuestro año.
¿Por fin has casado a tu hijo?
Mira, pues ahora puedes salir un poco y disfrutar.
Pilar continuaba hablando, pero Inés volvía una y otra vez en su memoria a Andrés, el tímido del grupo, con esas ojeras profundas y la mirada perdida.
Siempre le llamaban flojo por su aspecto, pero nadie sabía que tenía el corazón endeble.
Andrés soñaba con construir un gran puente atirantado para su pueblo, pero se fue joven, sin poder llegar a nada.
Y ella, ¿qué había hecho, Inés?
Había tenido un romance largo con Sergio, el capataz de obras al que conoció nada más terminar la carrera y empezar a trabajar en la construcción.
Él siempre decías, delante de todos, que ella era su mujer, que el amor verdadero no necesitaba papeles, que solo los que se quieren de verdad viven juntos por amor y no por posesión
Pero cuando Inés supo que esperaba un bebé, Sergio dejó de aparecer por la obra.
Supe entonces que tenía tres hijos y una esposa enferma lejos de Madrid.
Renunció y ni avisó.
Y ella, ¿qué iba a exigir a un hombre con semejante carga?
También Inés dejó la obra.
A tiempo, antes de alborotar.
Algún obrero, al despedirse, le soltó una de esas bromas crueles:
Ya ves, el libro de familia, será que sí pesa más que la convivencia
No le importó.
Una vecina del portal la arregló para trabajar media jornada en un colmado cercano, incluso después de nacer el pequeñín planeaban turnos.
Su madre accedió a cuidar de Dani porque, según ella, su hija había echado su vida a perder.
¡Pero si tú misma creaste este carácter en mí!
le gritó Inés a su madre un día, en plena discusión.
Yo pensaba que serías decente, y mírame, rompiéndome el lomo para que estudiaras y…
¡para este final!
replicaba la madre, fuera de sí.
Pues de aquellos polvos, estos lodos, mamá, ¿qué querías?
y al decirlo, Inés se sintió mal por su madre
Después terminaron abrazadas y llorando juntas, preguntándose adónde habían llegado.
Así que cuando cinco años más tarde Pilar la llamó para la reunión de exalumnos, Inés, por supuesto, no fue.
Total, iban a lucir familias, trabajos, mostrar fotos unos a otros ¿y ella?
Trabajaba limpiando escaleras en cuatro comunidades y en un colegio, ¿qué tenía que contar?
¿Y en realidad, qué podrían decirle los otros a ella?
Dani era su único consuelo.
Todo por él.
Y la madre de Inés, en cuanto el niño empezó el cole, decidió irse a vivir con la hermana al pueblo, alegando mala salud y necesidad de aire puro.
Durante años, nada cambió para Inés, hasta que un día, casi por sorpresa, la llamaron para ofrecerle media jornada como técnica en una pequeña empresa de ingeniería.
Ahora Dani iba solo al cole y ella podía estar más presente, recogiendo a su hijo nada más terminar la jornada.
Las madres envidiaban al niño por tener a su madre siempre que salía del colegio.
Un compañero de trabajo trató de cortejarla, pero Inés cortó la situación de raíz.
No quería traer otro hombre a casa y a su hijo.
Nadie iba a ocupar el vacío del padre ni quería problemas nuevos.
Por fin, Inés empezó a despegar profesionalmente y, cuando su hijo creció, consiguió la jornada completa como proyectista.
Pero seguía sintiéndose incompleta.
Se vestía con modestia, jamás se teñía el pelo, y cuando aparecieron las primeras canas dejó de cuidarse del todo.
No se creía digna de ser feliz, no después de haberse involucrado con un hombre casado.
No podía ir maquillada o elegante, ¿y si atraía nuevamente problemas?
Y mucho menos creía ya en finales felices.
A su alrededor todo eran divorcios, madres solteras; ella no se veía mejor.
Dani fue creciendo y, para sorpresa de todos, era un hijo agradecido.
Iba cada verano al pueblo de la abuela Isabel y ayudaba en casa junto a su tía abuela Lucía.
Araba el huerto, plantaba patatas, remolachas, zanahorias con ellas, las ayudaba en las cosechas, en los encurtidos y conservas del otoño.
Fuertes brazos de niño, partía leña y almacenaba astillas.
Incluso la madre de Inés empezó a decir que, con un nieto así, la vida tenía sentido.
Así que, ¿para qué ir a cafés y cenas de aniversario con los antiguos del instituto?
Todos estos recuerdos cruzaron por la mente de Inés en un suspiro.
Y entonces escuchó a Pilar insistiendo firme al teléfono:
¿Te has enterado bien?
Es el cafetín frente a la residencia universitaria, el viernes que viene a las tres de la tarde.
Ven, que así tengo con quién charlar.
¿Vendrás, Inés?
La voz de Pilar titubeó, e Inés, sin saber por qué, contestó:
Iré Sí.
Al colgar, se arrepintió de la promesa.
Fue al espejo, se miró largo rato y luego cogió el móvil queriendo cancelar a Pilar, mentir, decir que vería imposible ir.
Pero el teléfono comunicaba, y a Inés le dio reparo insistir
Esa noche, abrió el armario y sacó el vestido azul que su hijo le regaló para la boda.
Dani y Natalia casi la arrastraron entonces de tiendas, la nuera buscaba con ella y acabó probando docenas hasta que eligieron aquél vestido.
También le compraron los zapatos, y después, Natalia la llevó a la peluquería, la maquillaron y le peinaron el cabello con brillo.
Eso fue un año atrás, en la boda de Dani, que ahora vive feliz con Natalia.
Las canas han vuelto, y a Inés le da vergüenza arreglarse si no es para nadie.
Pero esa tarde se peinó, se puso el vestido azul, se dio un toque de barra de labios, aunque luego lo retiró con una servilleta, demasiado atrevido para ella.
En el café había bullicio y alegría cuando Inés llegó puntual.
Pilar la reconoció en seguida y corrió a su encuentro.
¡Pero qué guapísima estás, Inés!
¡Qué felicidad verte!
Pilar estaba un poco más robusta, pero eso le sentaba hasta bien, le daba un aire juvenil.
Conversaron largo rato en la mesa; luego Pilar quedó atrapada en otro corrillo y Inés se quedó escuchando la música y observando a los demás.
Alguien se había tomado la molestia de poner las canciones de sus años universitarios, cuando soñaban con arreglar el mundo y ser felices.
¿Puedo invitarte a bailar?
escuchó Inés detrás de la música.
Levantó la vista y lo reconoció enseguida.
Era Luis Serra, el de la clase paralela.
Se casó en tercero de carrera, y a Inés siempre le había gustado en secreto.
Inés, estás preciosa, nadie te reconoce, pero yo sí, has cambiado pero sigues igual
Luis le alargó la mano y ella aceptó.
Bailaron varios temas seguidos en silencio, hasta que él susurró:
Inés, ¿te puedo acompañar a casa?
Te lo diré claro, estoy divorciado hace años, pero si tienes a alguien esperándote, te acompaño igual, sólo por galantería.
Es tarde ya
Luis acompañó a Inés a casa, y al día siguiente ya no dejaban de verse jamás.
El vestido y los zapatos de la boda se los volvió a elegir Natalia, ya un poco redondeada por la tripa: Inés sería abuela en poco tiempo.
Se sentía extraña siendo “la novia” a esa edad, pero
Y una tarde, Natalia le susurró:
¡Inés!
¡Pero si eres guapísima!
Dani y yo estamos felices por ti, es precioso ser feliz a cualquier edad.
No está prohibido, ¿sabes?
Es cierto pensó Inés, sentada en la boda mirando a su ya marido, Luis .
Quizá yo también pueda permitírmelo.
Por fin Inés se perdonó a sí misma y, tímidamente, se concedió ser feliz.





