Encuentro con el destino

**Encuentro con el Destino**

La aldea de Valdemoro, escondida entre olivos centenarios cerca de Toledo, me recibió con una mañana helada. Al día siguiente conocería a mi futura suegra, y yo, Rocío, no podía estar más nerviosa. Mis amigas casadas, queriendo animarme, solo lograron asustarme:

—Mantén la cabeza alta, ¡no eres cualquier criada!
—No dejes que tu suegra te mande, demuéstrale carácter desde el principio.
—Las buenas suegras no existen, recuérdalo siempre.
—¡Tú les haces un favor al casarte con su hijo, no al revés!

La noche pasó sin dormir, y al amanecer parecía una muerta viviente. Me encontré con Andrés, mi prometido, en la estación. Las dos horas en el tren se hicieron eternas. Al bajarnos, caminamos por un pueblecito y luego atravesamos un bosque nevado. El frío olía a pino y a Navidad, la nieve crujía bajo los pies y los árboles susurraban a nuestro alrededor. Casi me congelo, pero al fin divisé los tejados de Valdemoro.

En la puerta nos esperaba una viejecita con un chal descolorido y un abrigo raído. Si no hubiera hablado, habría pasado de largo.

—Rocío, cariño, soy Carmen, la madre de Andrés. ¡Encantada! —Se quitó un guante gastado y apretó mi mano con fuerza. Sus ojos, vivos y penetrantes, parecían leerme el alma. Por un sendero entre la nieve, entramos en una vieja casa de adobe y vigas oscuras. Dentro hacía calor, el hogar ardía al rojo vivo.

Era como viajar al pasado. A ochenta kilómetros de Toledo, sin agua corriente ni baño decente, solo un agujero en el corral. ¿Radio? No en todas las casas. Una bombilla mortecina luchaba contra la penumbra.

—Mamá, enciende la luz —pidió Andrés.

Carmen frunció el ceño:

—No somos marqueses, para gastar luz. ¿O acaso tienes miedo de no darle al plato, niña? —Pero al verme palidecer, se suavizó—. Bueno, hijo, ahora la enciendo, me despisté.

Giró la bombilla sobre la mesa y un resplandor amarillento iluminó la cocina.

—Habréis llegado muertos de hambre. Os he hecho sopa, ¡a comer se ha dicho! —Se afanó sirviendo unos platos humeantes de cocido.

Comimos bajo su mirada escrutadora, que diseccionaba mis gestos como un bisturí. Cada vez que la miraba, se distraía cortando pan o avivando el fuego.

—Pondré el café —canturreó—. No es cualquiera, es de achicoria. Con mermelada de membrillo, que cura el alma y ahuyenta los males. ¡Sirveos, que sois mis invitados!

Me sentía en un cuento de otra época. Cualquier momento y gritarían: ¡Corten! El calor, la comida y el dulzor del café me adormecieron. Quería caer en la cama, pero Carmen tenía otros planes.

—Id a la tienda y traed un par de kilos de masa. Haremos empanadas para la cena, que viene la familia: las hermanas de Andrés, Isabel y Martina, y la prima Lola de Toledo con su novio. Yo mientras freiré pimientos y haré puré.

Mientras nos abrigábamos, ella sacó una col enorme de debajo de la cama y, picándola, murmuró:

—A la col le gusta el peine, pero no le des con el revesín.

Por el pueblo, todos saludaban a Andrés, los hombres se quitaban la boina y nos seguían con la mirada. La tienda quedaba en el pueblo vecino, cruzando el monte. La nieve brillaba al sol, pero el día era corto y pronto oscureció. Al volver, Carmen anunció:

—Ahora te toca a ti, Rocío. Yo iré al corral a espantar ratones. Andrés me ayuda con la pala.

Me dejó sola con la montaña de masa. ¡Si hubiera sabido que tocaría cocinar, no habría comprado tanto! *«Lo empezado, medio acabado»*, me animó mi suegra. *«Al principio cuesta, al final sabe».* Las empanadas me salieron torcidas: unas gordas, otras flacas, algunas rebosantes, otras vacías. Sufrí lo suyo hasta terminarlas. Después Andrés me confesó que su madre me estaba poniendo a prueba.

Llegó la familia, y la casa se llenó hasta los topes. Todos rubios, de ojos azules, sonrientes, mientras yo me escondía tras Andrés, roja de vergüenza. Sacaron la mesa al centro y me sentaron en la cama con los niños. La cama crujía, las rodillas casi me llegaban a la barbilla, los niños saltaban… Me mareaba. Andrés trajo un baúl, lo tapó con una manta y allí me senté, como una reina en un trono. No suelo comer pimientos, pero allí devoré como si no hubiera mañana.

Anocheció. Carmen dormía en una cama estrecha junto al hogar, los demás en el suelo. *«Donde caben dos, caben tres»*, decía ella. A mí, como invitada, me tocó la cama. Del armario tallado por el difunto padre de Andrés sacaron sábanas almidonadas. Me daba miedo acostarme, como si me tumbara en un museo. Mi suegra extendía las mantas y murmuraba:

—La casa es amplia, la cama estrecha, y la pobre dueña, ni eso.

La familia se acomodó en el suelo, sobre montones de mantas viejas. De pronto, me entraron ganas de ir al corral. Salí a tientas, tratando de no pisar a nadie. En el patio reinaba la oscuridad. Algo peludo rozó mi pie. Chillé, convencida de que era una rata. Todos se despertaron riendo—era el gato, que de día vagabundeaba y de noche volvía a casa.

Andrés me acompañó. No había puerta, solo un tabique. Él se dio la vuelta mientras yo hacía mis necesidades, alumbrándome con una cerilla para que no cayera al pozo. Volví, me desplomé en la cama y me dormí al instante. Aire puro, silencio… la aldea.

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