Encontró la felicidad tras la infidelidad de su esposa

Me voy, Andrés… Te lo digo claro: me he enamorado. A su lado me he sentido mujer de nuevo: Cómo un hombre encontró la felicidad tras la infidelidad de su mujer

Andrés conducía por una vieja carretera llena de baches, que serpenteaba entre pueblos donde cada árbol recordaba su infancia. No había vuelto en casi diez años. Desde que sus padres fallecieron, nunca más visitó la casa familiar. Siempre había excusas—el negocio, los contratos, las reuniones. Construía, ganaba dinero, ascendía en su carrera. Pero ahora era libre de verdad. Por primera vez en años. Y esa libertad era como respirar aire fresco después de una tormenta.

El coche saltaba en los hoyos, las ruedas resbalaban por el arcén embarrado, cubierto de hierbas silvestres. Un conejo cruzó de pronto la carretera, desapareciendo entre las ortigas. Andrés detuvo el coche, salió y respiró el aire húmedo del atardecer mientras contemplaba un cielo teñido de rojo intenso. Parecía que la naturaleza misma se detenía para darle tiempo de entender: estaba empezando una nueva vida.

Atrás quedaban treinta años de matrimonio con Inés. Ella era doce años más joven—vibrante, hermosa, encantadora. La había amado con locura, la había consentido, levantado una casa, pagado viajes, construido un imperio para ella y sus hijos. Pero cuando los niños crecieron y él pasaba más tiempo en reuniones y obras, Inés sintió que se perdía a sí misma. Hasta que dejó de llegar a casa a tiempo.

Al principio, Andrés ignoró los rumores. Sus amigos le advirtieron con cuidado, pero él no quiso creerlo. Hasta que un día, Inés le dijo sin rodeos:

—Me voy, Andrés… Me he enamorado. Es más joven, libre, y a su lado me siento viva otra vez. Perdóname, pero no quiero seguir viviendo así.

No pidió perdón ni dio explicaciones. Y Andrés no la retuvo. Simplemente le dejó el piso, no discutió por los bienes, no llevó el caso a los tribunales. Quiso conservar su dignidad, sin pisar el pasado.

Siguió al frente de su exitosa empresa de construcción, pero se mudó de Madrid a un pequeño pueblo, a la misma casa que había construido para sus padres. Donde todo era silencio y autenticidad. La casa estaba al borde del bosque, rodeada de pinos, y olía a madera y pan recién hecho. Allí no había lujos ni fingimientos. Solo tierra, cielo y recuerdos.

Al principio, la soledad era densa. Sus antiguos colegas llamaban cada vez menos, Madrid parecía otro planeta. Pero poco a poco, empezó a encontrarse a sí mismo. Paseos mañaneros por campos de trigo, pesca en un estanque abandonado, setas en el bosque otoñal, el crepitar de la chimenea—todo curaba su alma. Inés se convirtió en un sueño lejano que ya no dolía.

Hasta que, en el cementerio del pueblo, donde fue a visitar las tumbas familiares, vio a un perro. Flaco, triste, con mirada apagada.

—Es Canelo —le explicó un vecino—. Vivía con Patricia, pero ella murió. Desde entonces, no se aleja de su tumba. Espera… sigue esperando.

Andrés se agachó a su lado.

—Hola, Canelo. ¿Vienes conmigo?

El perro dudó, pero al final se levantó. Y lo siguió. Desde entonces, fueron inseparables. Los vecinos murmuraban:

—Andrés debe de tener buen corazón. Si el perro lo eligió, es por algo.

En invierno, quitaban la nieve juntos—él con la pala, Canelo revolcándose entre los copos. Pronto llegaría su nieto—su hija había prometido visitarlo con la familia. Andrés decoró la casa con luces y preparó un trineo. Canelo jugaría con los niños, y la casa volvería a llenarse de risas.

Miró al horizonte, donde el sol se abría paso entre las nubes, y por primera vez en años no sintió dolor ni angustia, sino una calidez auténtica: la felicidad. No anhelaba nuevas mujeres, no buscaba venganza, no hacía planes. Simplemente vivía. En su casa. Con su perro. En su pueblo. Y sabía que todo estaba bien.

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Encontró la felicidad tras la infidelidad de su esposa