Encontré el diario de mi madre. Al leerlo, entendí por qué me trató de manera diferente al resto de …

Encontré el diario de mi madre. Al leerlo comprendí por qué, durante toda su vida, me trató de manera distinta a mis hermanos.

Siempre sentí que algo no encajaba. Como una pieza de puzle mal colocada en el cuadro familiar. Mis hermanos el hermano mayor Miguel y la hermana menor Nieves parecían ajustarse perfectamente al corazón de mamá. Con ellos siempre había palabras dulces, paciencia y cuidados.

Conmigo, en cambio, había una distancia fría que me dolía desde niño. Nunca supe por qué, y durante años me lo explicaba de mil maneras distintas.

¿Tal vez no cumplí sus expectativas? ¿Quizá cometí algún error? Estas preguntas me acompañaron toda la vida, hasta el día en que descubrí algo que cambió para siempre mi visión de la familia.

Mi madre falleció hace unos meses. Sólo ahora reuní la fuerza necesaria para ordenar sus cosas. Miguel y Nieves se encargaron de los documentos y los trámites. Yo me quedé con la parte más dura: revisar los objetos personales que nadie quería tocar.

El armario, lleno de vestidos viejos, aún olía a los perfumes que ella usaba. Tocaba las telas con dolor, recordando las noches frías de la infancia, cuando anhelaba su cercanía y sólo recibía una mirada helada y un silencioso Ahora no tengo tiempo.

En el fondo del cajón encontré lo que no esperaba: un cuaderno viejo, cubierto de polvo y atado con una cinta. Lo abrí con cautela, sintiendo el corazón latir con más fuerza. En la primera página estaba sólo el nombre de mi madre, Cruz, y el año 1978, el año de mi nacimiento.

Las primeras páginas estaban llenas de sueños juveniles y anotaciones cotidianas. Las leía con una mezcla de tristeza y curiosidad. Cuando llegué a los escritos de otoño, sentí que el suelo se me iba bajo los pies.

Hoy le dije a Javi que estoy embarazada. Calló mucho y al final soltó: No puedo, Cruz. Sabes que tengo familia. Nunca te prometí nada más. Se fue, dejándome sola en el banco del parque. Pensé que moriría de desconsuelo. ¿Cómo le contaré esto a mi marido? ¿Cómo lo diré a mis hijos?

Seguí leyendo, cada vez más devastado. Cada entrada destapaba una verdad que, sin saberlo, había temido toda mi vida. El padre que conocía no era mi padre biológico. El hombre al que mi madre amó sin ser correspondida la abandonó, dejándola sola. Su matrimonio, aunque sobrevivió, quedó marcado por mi llegada al mundo.

Di a luz a una niña. Cuando la miro, veo su rostro. No sé si alguna vez podré amarla como a los demás niños. Es la prueba viva de mi debilidad, de mi vergüenza. Cada mirada hacia ella duele.

Releí esa frase una y otra vez, sin poder contener las lágrimas. Por fin comprendí por qué mamá siempre había sido distinta conmigo. Yo era el recuerdo inconsciente de su mayor error, de un amor que nunca se consumó. No supo separar el dolor del ser del niño que había engendrado.

Pasé mucho tiempo en su habitación, con el cuaderno en el regazo, llorando por nuestro destino. Sentía ira, resentimiento, tristeza y sobre todo una enorme pérdida: todos esos años en los que, en vez de cariño, sólo recibí indiferencia. Pero, por primera vez, también sentí compasión por ella. Cuánto debía haber sufrido al ocultar aquel secreto durante tanto tiempo.

En los días siguientes empecé a ver mi vida con otros ojos. Siempre temí al rechazo, jamás creí merecer amor; ahora sabía la razón. Mi propia madre cargaba una culpa que, inconscientemente, había transferido a mí. Ese descubrimiento me obligó a replantearme quién era realmente una hija no deseada o una mujer que, pese a todo, podía amar?

Decidí hablar con mis hermanos. Les conté lo del diario. Quedaron conmocionados. Miguel me abrazó, Nieves lloró desconsolada. Admitieron que siempre sintieron que me trataban de modo distinto, aunque no supieran ponerle nombre. Su amor por mí no cambió; quizá incluso se volvió más fuerte.

Hoy, aunque las heridas siguen frescas, ya no me atormenta la pregunta ¿por qué?. Sé que mamá nunca pudo superar su propia trauma. La perdoné, porque entiendo lo difícil que es vivir con un secreto que sangra a cada paso. Yo mismo he decidido no permitir que el pasado defina el resto de mi vida. Empecé terapia, intento reconstruir mi autoestima. Aprendo a quererme, algo que nunca había sentido.

Porque, aunque nací de un error ajeno, mi vida vale tanto como la de cualquier otro ser. Tengo derecho a ser feliz, a aceptarme y a amar, aunque mi madre nunca supo amarme.

Quizá ahora, con la verdad clara, pueda aprender a vivir de verdad, sin miedo, sin vergüenza, en armonía conmigo mismo.

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MagistrUm
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