El viento salado jugaba con los cabellos de Marisol mientras ella, entornando los ojos contra el sol, daba otra pincelada al lienzo.
El azul se fundía suavemente en el añil, creando esa tonalidad única del mar al borde del ocasotan cercana y, sin embargo, inalcanzable, como si intentara sujetar la luz entre las manos.
Tenía ya veinte años, pero el mar seguía siendo para ella un misterioun secreto que la llamaba y la inspiraba.
Isabel se acercó por detrás, silenciosa como una sombra, y apoyó la barbilla en el hombro de su hija, respirando el aroma familiar de la pintura mezclado con el del mar. Olía a melocotón maduro y al consuelo de un hogar.
Está demasiado oscurodijo con dulzura, sin reproche, solo con una tierna preocupación. Hoy el mar está tranquilo.
Marisol esbozó una leve sonrisa sin apartar los ojos del lienzo.
No estoy pintando el mar. Estoy pintando el sonido que tenía en mis recuerdos.
Isabel le acarició el pelo con ternura. Habían pasado quince años desde aquel día en que ella y Vicente encontraron a una niña en la playaempapada, asustada, con los ojos como el reflejo de un cielo en tormenta. Una niña que no recordaba ni su nombre, ni su pasado, ni cómo había llegado allí, arrojada por las olas como un trozo de barco.
La llamaron Marisol. Ese nombre echó raíces. Se convirtió en parte de su alma.
Habían esperado. Una semana, un mes, un año. Publicaron anuncios, avisaron a la policía, preguntaron a todo el mundo. Pero nadie buscaba a una niña de cabellos claros y ojos de tormenta.
Era como si el mar la hubiera olvidado allí.
Tu padre ha vuelto con la pescadijo Isabel señalando hacia la casa. Dice que los lenguados saltaban solos a las redes.
Vicente ya estaba ocupado junto a la parrilla, su risa alegre resonaba en el patio. Quería a Marisolno solo como a una hija, sino como un regalo que el mar le había devuelto después de arrebatarle un sueño de infancia.
Su vida transcurría en calma, como un arroyo entre las rocas de la costa. El verano significaba cuidar el jardín, cenas en el porche al sonido de los grillos. El invierno era reparar redes, calentarse junto a la chimenea, escuchar a Marisol leer en voz alta, llevándolos a mundos lejanos.
También había discusionespor flores olvidadas, por un joven médico del hospital, por futuros soñados de manera distinta. Vicente deseaba que se quedara cerca; Isabel ahorraba en secreto para la escuela de bellas artes. Sabía que el talento de Marisol no podía quedarse encerrado en un pueblo.
Pero todas las tensiones se disolvían al reunirse alrededor de la misma mesa.
Marisol dejó el pincel y se volvió hacia su madre.
Mamá ¿alguna vez te has arrepentido?
Isabel la miró largo rato, con dulzura. En sus ojos aún quedaba el miedo de los primeros días y un amor infinito.
Ni un solo segundo, tesoro mío. Ni uno.
La abrazó fuerte, respirando el olor del óleo y la sal marina. En ese instante, tuvo la impresión de que todo su mundola casa, el jardín, esa hijaera frágil como un cuadro. Y se sintió dispuesta a protegerlo de cualquier tormenta.
La idea del concurso «Talentos de Nuestra Tierra» fue de Vicente. Había golpeado con el dedo el anuncio del periódico:
Mira, Marisol. Esta es tu oportunidad. Muéstrales lo que sabes hacer.
Al principio, Marisol se negó. Exponer sus sentimientos en público era como desnudarse ante todos. Pero Isabel la miró con una chispa de esperanza y súplica en los ojos.
Inténtalo. Solo por nosotros.
Y Marisol cedió.
No salió de su taller en una semana entera. Luego, en plena noche, la inspiración la alcanzó.
No pintaría lo que veía. Pintaría lo que sentía.
Dos pares de manos. Las palmas callosas de Vicente sosteniendo con delicadeza una pequeña concha. Y las manos suaves de Isabel, cubriéndolas, protegiendo ese frágil tesoro.
El cuadro se tituló «El Refugio».
Ganó el primer premio. Por unanimidad.
El periódico local publicó una foto: Marisol, tímida pero radiante, junto a su obra. El periodista alababa su talento y mencionaba brevemente su historiala de la niña hallada en la playa, adoptada por un pescador y su esposa.
Todo el pueblo celebró su victoria.
Pero pocas semanas después, Marisol empezó a notar cosas extrañas. Un coche de lujo que pasaba despacio frente a la casa. La sensación de ser observada mientras pintaba en su acantilado preferido. Y luego, una tarde, al volver a casa, encontró a Isabel en el porchepálida, temblorosa, con un gran sobre sin remitente entre las manos.
Es para timurmuró.
Marisol abrió el sobre. Dentro, un papel perfumado a azahar, con una letra elegante:
«Hola. Tu nombre es Marisol, pero al nacer tu padre y yo te llamamos Anaís. Me llamo Elena. Soy tu madre.»
Releyó la frase. Otra vez. Y otra. Las letras se difuminaban. Su pecho se oprimió.
Alzó la vista hacia Isabel pero solo encontró el mismo terror.
La carta contaba una historia irreal: un yate, una tormenta, una pérdida de conciencia. Marisol había sido encontrada dos días después. Traumatismo, coma, amnesia parcial. La memoria regresó en fragmentos. La búsqueda duró añoshasta que un asistente sugirió revisar archivos de periódicos locales.
Así descubrieron el artículo sobre el concurso.
«No quiero alterar tu vida. Solo quiero verte. Saber que estás viva. Que eres feliz. Te esperaré dentro de tres días, al mediodía, en tu muelle. Si no vienes, me iré. Para siempre.»
Cuando Vicente regresó, encontró a dos mujeres pálidas y una carta arrugada.
La leyó, la arrojó al suelo.
¡Nadie irá a ninguna parte!rugió. ¡Quince años! ¿Y ahora que es alguien, se acuerda? ¿Quiere reclamar una herencia o qué?
Vicente, cálmatedijo Isabel, aunque su corazón latía desbocado.
Irédijo Marisol con voz suave pero firme. Tengo que ir.
El día acordado, los tres fueron al viejo muelle de madera. Un bote se acercó al yate. Bajó una mujeralta, elegante, con un traje claro. Sus ojos, tan parecidos a los de Marisol, estaban llenos de lágrimas.
Anaíssusurró.
Marisol permaneció inmóvil. Sintió la mano de su padre en el hombro. La de su madre en la espalda.
Buenos díaslogró decir. Me llamo Marisol.
La conversación fue titubeante. Elena mostró fotos: un padre sonriente, ella embarazada, una niña en brazos. Anaís. Un mundo entero desconocido amenazaba con derrumbarse.
No te pido que vengas conmigodijo Elena. Pero eres todo lo que me queda. Quiero estar cerca. Ayudarte con tus estudios. Abrirte puertas que no pude. Mostrarte el mundo que te faltó.
Vicente apretó los puños.
¡No necesita tu dinero ni tus academias! ¡Tiene un hogar! ¡Nos tiene a nosotros!
Papá, por favor.
Marisol se volvió hacia Elena. En su cabezaun caos. En su corazónuna ruptura.







