Encontrarás tu destino. No hace falta correr, cada cosa a su tiempo.
A Teresa la acompañaba una antigua y peculiar costumbre. Todos los años, justo antes de Nochevieja, se encaminaba a visitar a una adivinadora. Vivir en Madrid tenía sus ventajas: encontrar una adivinadora nueva era como buscar churros en San Ginés, imposible no tropezar con alguna.
La cuestión era que Teresa estaba más sola que un bocadillo de mortadela en la nevera. Por más que intentaba conocer a algún caballero decente, nada de nada. Se ve que los príncipes hace tiempo que pasaron a mejor vida o por lo menos a otras manos.
Este año sí, ¡encontrarás tu media naranja! proclamó la adivinadora de ojos oscuros, mirando fijamente una bola de cristal que brillaba como la Gran Vía en Navidad.
¿Dónde? ¿Dónde lo voy a encontrar? preguntó Teresa, con el ansia del que ve la última rebaja del Corte Inglés. Cada año lo mismo. El tiempo pasa y sigue sin aparecer esa dichosa media naranja.
Me han dicho que usted es la más potente de Madrid. ¡Exijo información exacta! Si no, le mando un comentario en Google Maps que va a temblar la calle entera amenazó la chica.
La adivinadora resopló como si le hubieran puesto fútbol en vez de la novela de la tarde. Entendía que, con esta clienta, las excusas no eran opción. Si no se inventaba algo pronto, iba a tenerla en el sofá hasta la cabalgata de Reyes.
¡En el tren! sentenció cerrando los ojos teatralmente. Lo veo clarísimo alto, rubio, apuesto. El príncipe azul sin casting ni nada.
¡Vaya, qué bien! se iluminó Teresa como un árbol en Sol. ¿En qué tren y cuándo?
¡Antes de Nochevieja! improvisó la adivinadora con una sonrisa pícara. Tú vete a la estación. Déjate guiar por el corazón y compra el billete que te pida el alma.
¡Mil gracias! respondió Teresa, casi saltando de alegría.
Nada más salir del portal, Teresa cogió un taxi rumbo a Atocha. Ya en las taquillas, su entusiasmo se fue apagando como el WiFi del vecino: no tenía ni idea de adónde ir.
¡Diga! la interrumpió el taquillero, más agobiado que camarero en fiestas.
Córdoba para el treinta de diciembre Coche cama, por favor balbuceó Teresa, cruzando los dedos.
Ya se imaginaba tomando su té en un compartimento cálido, y de pronto, la puerta se abre y entra ÉL, su futuro marido con traje y corbata
Al volver a casa, Teresa comenzó a preparar rápidamente lo esencial para el viaje nocturno, sin pensar demasiado en el absurdo de la aventura ni en cómo acabaría Nochevieja en una ciudad desconocida. Lo único importante era que la profecía se cumpliese cuanto antes.
Después de todo, sentirse prescindible era un drama, especialmente en fiestas. Todos correteaban comprando gambas y regalos para sus familias, menos ella
A las pocas horas Teresa estaba ya sentada con su vaso de té, esperando al príncipe. Pero en vez del galán apareció una señora mayor arrastrando una maleta tamaño crisis económica.
¡Buenas noches y buena suerte! saludó la señora, cargando su maleta como si de una misión imposible se tratara. ¿Dónde está el segundo asiento?
Aquí musitó Teresa, señalando con timidez la litera de enfrente. ¿Seguro que es su vagón?
Sí, hija, no me he confundido sonrió la abuela, acomodándose en la litera libre.
Disculpe quiero salir, ¡me he arrepentido! intentó Teresa, recapacitando ante el disparate.
Espera, que guardo la bolsa respondía la señora sin entender del todo el lío.
En fin el tren se ha puesto en marcha suspiró Teresa. ¿Y ahora qué?
¿Te pasa algo? ¿Olvidaste algo importante? preguntó la abuela de forma natural.
Teresa se giró hacia la ventana, buscando consuelo en las luces de la ciudad. Sabía que la abuela no tenía culpa y que los líos, como siempre, se los montaba ella sola.
Mientras tanto, Carmen Mercedes sacó de su bolsa unos pestiños caseros y empezó a convidar a su compañera de viaje.
He estado con mi hija, ahora vuelvo a casa que mi hijo y su prometida vienen a pasar Nochevieja conmigo explicó Carmen Mercedes.
Qué suerte Yo este año me toca cenar en la estación, seguro lamentó Teresa, jugando a ver quién tenía la peor suerte.
Poco a poco, la conversación fluyó y Teresa se animó a contarle toda la historia de su cita con la adivinadora.
Ay, hija, ¡qué cosas! ¿Para qué pierdes tiempo y euros con charlatanas? regañó la señora. Tranquila, que ya encontrarás tu destino. No corras, que aquí todo pasa cuando tiene que pasar.
Al día siguiente, Teresa bajó del tren en una ciudad que parecía sacada de otra vida. Ayudó a Carmen Mercedes a desembarcar maletas y se quedó parada sin saber ni por dónde empezar.
Gracias, Teresa, ¡Feliz Año Nuevo adelantado! le agradeció Carmen Mercedes.
Igualmente contestó Teresa con una sonrisa blandita.
La señora la miró, dudando cómo animarla. Sabía que esperar las campanadas en la estación no era para escribirle a los Reyes Magos
Teresa, ¿por qué no vienes conmigo? propuso de golpe. Montamos el árbol, preparamos cena ¡te haces hueco!
Bueno no quiero molestar titubeó Teresa.
¿Y en la estación no molestas? sonrió la abuela, resuelta. Anda, vente, no te lo discuto.
Al final Teresa aceptó. Carmen Mercedes tenía razón: con la ventisca que había fuera, solo los valientes se quedarían en Atocha
Ya están Luis y Alba en casa dijo Carmen Mercedes contenta.
Luis había visto desde la ventana la llegada de su madre en taxi. Bajó raudo al portal para ayudar con la maleta y, al ver a la invitada, su madre no perdió el momento.
Luis, cariño, tengo compañía. Es la hija de una amiga de toda la vida, Teresa guiñó la señora a su hijo de manera conspiratoria.
¡Encantado! saludó Luis con hospitalidad. Adelante, Teresa, pasa por favor.
Al encontrarse con Luis, un mozo alto, guapo y rubio, Teresa se puso colorada como la Feria de Abril. Era justo el tipo que había imaginado en el tren. Claramente, el destino se reía de ella por segunda vez
¿Y Alba? preguntó la madre.
Mamá, Alba se ha ido Definitivamente. Ya no quiero hablar más de eso, ¿vale? respondió Luis algo serio.
Bueno vale musitó la madre, con mirada de cordero.
Esa noche todos cenaron juntos, despidiendo el año viejo entre risas y anécdotas.
Teresa, ¿te quedarás unos días más? preguntó Luis, llenándole el plato de ensaladilla rusa.
No, en cuanto amanezca me voy respondió Teresa con cierta nostalgia.
No tenía ninguna gana de irse tan deprisa. Sentía que conocía a Carmen Mercedes y a Luis de toda la vida.
Pero ¿adónde vas con tanta prisa? protestó Carmen Mercedes Teresa, quédate un poquito más.
Es verdad, Teresa, mejor quédate. Tenemos una pista de hielo fantástica; mañana podemos ir a patinar. No te vayas tan rápido insistió Luis.
Me habéis convencido se rió Teresa. Me encantaría quedarme.
Y así, el año siguiente celebraron las campanadas ya en familia: Carmen Mercedes, Luis, Teresa y el pequeño Jaime
¿Y tú, sigues creyendo en los milagros de Nochevieja?







