**En una jaula dorada**
María entró en el piso y comenzó a desvestirse en silencio, intentando no despertar a su madre. Soltó un suspiro al quitarse los zapatos nuevos que le habían destrozado los pies.
—¿Tan pronto? ¿Te escapaste? ¿No te gustó la boda? —su madre asomó en el recibidor.
—¿Tú qué haces despierta? ¿Esperándome? —respondió María con brusquedad.
Su madre apretó los labios y regresó a su habitación. María sintió un pinchazo de culpa. Su madre la esperó despierta, preocupada, y ella le contestó mal. Entró en la habitación, se sentó en el sofá junto a ella y la abrazó.
—No te hagas la buena ahora. Si no quieres contarme, no lo hagas. Ya me enteraré por la madre de Lucía.
—Mamá, perdón. Estoy agotada, los zapatos me han matado. El restaurante era increíble, había como cincuenta invitados. Mucho ruido, mucha fiesta. Y Lucía, con su vestido blanco, estaba preciosa. El novio también es guapo… —enumeró María.
—¿Y entonces por qué te fuiste antes? —la interrumpió su madre.
—Mamá, todos eran tan importantes, tan engreídos, pavoneándose. No era gente normal. Y mañana tengo que madrugar.
—¿A dónde? Mañana es domingo —su madre la miró fijamente.
—Mejor. Mañana te lo cuento. Voy a ducharme —María le dio un beso en la mejilla y se fue a su cuarto a cambiarse.
Dejó caer el vestido de fiesta con asco, que comparado con los de los demás, parecía barato y modesto. Se duchó y se frotó con fuerza la espalda, donde las manos sudorosas de aquel tipo la habían tocado.
Él la había arrastrado a bailar, ignorando sus excusas. No podía pelearse con él en medio de la fiesta. La apretó contra su enorme barriga; las correas de los zapatos le arañaban los pies. Aguantó como pudo hasta que terminó la canción.
Luego, se sentó a su mesa y no paró de servirle vino. Nadie se fijó en ella. La única conocida, Lucía, estaba ocupada con los invitados y su flamante marido. Solo una vez notó que alguien la miraba, pero aquel hombre no hizo nada para salvarla del pesado.
Dijo que iba al baño y escapó. Tomó un taxi y se fue a casa. No, no quería una boda así. Todo ensayado, como una obra de teatro donde cada uno tenía su papel. Ella solo fue comparsa.
Le costó dormirse. En su cabeza seguían sonando la música, las risas, los brindis… Recordó a aquel hombre. «Ojalá me hubiera invitado a bailar él y no ese cerdo obeso. Pero mejor no pensar en él», se dijo, girándose en la cama hasta que al fin se durmió.
El cálido septiembre dio paso a un octubre frío y lluvioso. Lucía volvió del viaje de novios y la invitó a su casa para contarle todo.
A María también le picaba la curiosidad por ver cómo vivían los ricos, pero no iba a ir con las manos vacías. Después de clase, entró en una pastelería y compró los dulces favoritos de Lucía. Al salir, chocó en la puerta con un hombre. Él retrocedió para dejarla pasar.
—¿Eres tú? —dijo de repente.
María levantó la vista y reconoció al misterioso hombre de la boda. La sorpresa la dejó clavada en el umbral.
—Sal, que estamos molestando —él rio y la tomó de la mano para apartarla de la puerta.
—Te escapaste de la boda como una Cenicienta. Ni siquiera pude conocerte —sonrió, mostrando unos dientes perfectos.
—Pero no perdí el zapato —María también sonrió.
—¿Vas a casa? Déjame que te lleve —propuso él.
—No, voy a casa de mi amiga, la novia. ¿Ya no vas a comprar? —María arqueó una ceja.
—Estoy tan contento de encontrarte que sacrificaría todos los pasteles del mundo —dijo al ver la caja que llevaba. Vamos —la tomó del brazo y la guió hacia su todoterreno.
Nunca había viajado en un coche tan lujoso. Él conducía sin preguntar la dirección. María se inquietó.
—Sé dónde vive tu amiga. Su marido y yo somos socios —explicó al notar su mirada.
Durante el trayecto, le contó que se llamaba Javier, que estaba divorciado y que tenía un labrador…
«Rico, guapo, exitoso. Y agradable. Justo lo que quería mamá», pensó María.
—¿Tan tarde? Ya me preocupaba —le recriminó su madre al llegar.
—Fui a casa de Lucía. Vive ahora… —ante el entusiasmo de su madre, describió la mansión y a su amiga, bronceada en pleno otoño gris.
—¿Y cómo llegaste allí? Vive en “La Colina de los Ricos”, como le dicen.
—Me llevó un conocido —respondió María, molesta por haber dado pie a más preguntas.
—¿Os conocisteis en la boda? ¿Es de los nuestros? ¿Le diste tu número?
—Sí, mamá, se lo arrojé a la cara —respondió irritada.
—¿Por qué eres así? Un hombre serio se fija en ti y tú… ya te conozco.
—Le di mi número. ¿Ya está? ¿Fin del interrogatorio?
—¿Qué te pasa?
—Estoy harta de tus preguntas. ¿Tan**En una jaula dorada**
… Y mientras observaba a su hijo corretear feliz por el parque, María comprendió que la verdadera riqueza no estaba en el oro ni en el lujo, sino en la libertad de amar y ser amada sin cadenas.







