En un antiguo edificio de Madrid, una señora regordeta sacudía una manta por la ventana, sin percatarse de que el polvo caía sobre su vecina del piso de abajo, una mujer delgada llamada Lucía.
¡Oye, Carmen, cuidado con eso! ¡Me estás llenando el pelo de polvo! protestó Lucía, furiosa.
La señora Carmen respondió con ironía:
Cariño, con ese peinado, un poco más de polvo no se notará.
La discusión subía de tono cuando la madre de Lucía, Doña Rosario, apareció con una escoba y golpeó el marco de la ventana de Carmen.
¡Casi rompes el cristal, espárrago! le espetó Carmen.
Doña Rosario, con voz firme, replicó:
Siempre armando jaleo, ¿eh? ¡Ballena!
Mientras se lanzaban insultos, un ratero que pasaba por la calle las observó con malicia. Sonrió y pensó:
“Mujeres, siempre en guerra. Esto me viene de perlas”.
Esa misma noche, Lucía regresaba a casa cuando el ladrón la interceptó. Le cerró el paso y le susurró con voz siniestra:
Ni un grito. Ven conmigo.
¿Adónde me llevas? preguntó ella, temblorosa.
El hombre sonrió, mostrando unos dientes amarillentos.
A ese callejón. Vamos a pasar un rato divertido.
Sus ojos brillaban como los de un lobo al acecho. Lucía intentó gritar:
¡Ayuda!
Al instante, él le tapó la boca y le tiró del pelo.
Otra palabra y te rompo la cara rugió.
Las luces del edificio se encendieron y algunos vecinos asomaron, pero al ver la escena, cerraron las persianas rápidamente.
¿Lo ves? se burló el ratero. Nadie se atreve a enfrentarme. ¡Sois todas unas cobardes!
El aire se volvió espeso, como si algo terrible estuviera a punto de ocurrir. Pero entonces…
Un golpe seco resonó en la cabeza del ladrón. Al girarse, vio a Carmen, empuñando una escoba con determinación.
¡Suéltala ahora mismo, o te arrepentirás! exclamó, furiosa.
El ladrón soltó una carcajada burlona.
¿Tú sola? Antes os insultabais, ¿y ahora te haces la heroína?
Carmen lo miró con firmeza.
Podemos discutir entre nosotras, pero nunca permitiré que le hagas daño a una mujer. ¡No estoy sola!
El ladrón comenzó a reír, pero su risa se cortó al ver que, tras Carmen, aparecían Doña Rosario y otras vecinas, armadas con cacerolas, cuchillos y escobas. Sus miradas eran pura determinación.
El ratero sintió que el miedo le atenazaba.
“¿Por qué me asustan? He lidiado con policías y matones… ¿Por qué estas mujeres me dan miedo?”.
El ambiente era eléctrico, como si en cualquier momento pudieran abalanzarse sobre él como un enjambre de avispas.
¡Vamos, chicas! gritó Carmen.
Avanzaron con paso firme, y el ladrón, presa del pánico, salió corriendo como alma que lleva el diablo. Tropezó con una papelera, cayó en un charco y, sin mirar atrás, huyó a toda prisa.
Las mujeres se detuvieron, jadeantes, y empezaron a vitorear, agitando sus armas improvisadas. Parecían listas para comérselo vivo.
Cuando todo terminó, Carmen se acercó a Lucía y le preguntó:
¿Estás bien?
Sí… Gracias. Pensé que nadie vendría musitó Lucía, con lágrimas en los ojos.
Carmen sonrió.
Si las mujeres nos uniéramos más, seríamos imparables. Juntas, podemos con todo.
Aquel día, la unión de unas cuantas vecinas venció al miedo que un solo cobarde intentó sembrar. Y demostraron que, cuando las mujeres se apoyan, no hay obstáculo que no puedan superar.