En Nochebuena puse la mesa para dos, aunque sabía que cenaría sola. Coloqué las dos copas de cristal…

En la Nochebuena, preparé la mesa para dos, aun sabiendo bien que cenaría sola. Saqué del aparador dos copas de cristal esas que sólo usábamos en ocasiones especiales y las coloqué con todo el cuidado sobre el mantel. Retrocedí un paso para observar.

Dos cubiertos.
Dos platos.
Dos servilletas almidonadas y perfectamente planchadas, con ese crujido que siempre me recordaba la Navidad en casa de mi madre.

Como si en cualquier momento él fuese a entrar y a decirme que ya era hora de sentarnos, que en la calle hacía un frío de esos que te calan hasta los huesos, y que la Nochebuena no aguarda esperas. Pero él no cruzaría esa puerta. Hacía un año que faltaba.

El teléfono, mudo en el aparador, no se inmutaba.
Tampoco mi hija vendría esa noche.
Mis nietos, ocupados en Madrid, ni siquiera llamarían.

Pasé la mano lentamente sobre el mantel blanco, bordado de flores que yo misma cosí cuando aún era joven, en aquellos veranos interminables en Toledo. A él le encantaba. Decía que le recordaba el brillo de mis ojos de antaño. Aquellas palabras me regalaron una sonrisa fugaz, la primera del día.

Cociné sus platos favoritos. No porque esperara visita, sino porque ha sido el ritual de mi vida entera, porque mi corazón aún se resiste a entender que el sitio frente a mí permanecerá vacío.

Me senté frente a la mesa, envolviéndome en el aroma del cordero asado y el dulzor del turrón. La mesa estaba preciosa, tan perfecta como en cada Navidad pasada.

No pude evitar recordar la última Navidad juntos. Él, ya frágil, se sentó frente a mí, me sonrió y me pidió con esa voz que aún guardo que no dejara de vivir cuando él ya no estuviera. Que siguiera adelante. Que nunca me rindiera.

Yo entonces se lo prometí.

El reloj de pared marcaba las horas con su viejo tic-tac. A través de la ventana podía ver las luces encendidas de la plaza, escuchar risas lejanas y ver a los niños jugando sobre la escarcha. Había celebración en toda la ciudad, menos en esa silenciosa sala.

Muy avanzada la noche, el teléfono finalmente sonó. Fue una conversación breve; palabras alegres y apresuradas. Sin preguntas, sin tiempo siquiera para el silencio. Y, de nuevo, sólo quedé yo.

Cogí la copa del sitio frente a mí, la alcé, y casi en un susurro, di las gracias por los años, por el cariño, por haber pertenecido a alguien en este mundo.

Después comencé a recoger la mesa, sin prisa, con esa calma que acompaña a lo irremediable, sabiendo que hay cosas que no volverán.

Me senté junto a la ventana, dejando que la noche me envolviera. Afuera la Navidad seguía su curso, pero dentro sólo quedaba el eco del pasado.

La mesa para dos permanecía puesta.
Pero el otro sitio, ese año, quedó vacío.

¿Habéis preparado alguna vez un sitio para alguien que ya no volverá? No porque esperéis su regreso, sino porque el corazón aún no sabe cómo dejarle marchar.

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En Nochebuena puse la mesa para dos, aunque sabía que cenaría sola. Coloqué las dos copas de cristal…