Te cuento, fue justo antes de Nochevieja, cuando mi madre y yo fuimos a El Corte Inglés en el centro de Madrid. Íbamos solo a comprar algo pequeño, que si unas guirnaldas o espumillón para el árbol… Pero de repente vi un vestido que me dejó loca: rojo, de punto, con un ribete azul eléctrico precioso en las mangas y el bajo. No podía quitarle la vista de encima.
Yo sabía que solo íbamos a por las típicas cosas de adorno, pero me emperré y empecé a suplicarle a mi madre que me dejara probar el vestido. Cuando me lo puse, parecía que estaba hecho a medida para mí, no podía creérmelo. Empecé a imaginarme en la fiesta del colegio, soñando con que Alejandro que me encantaba me vería con ese vestido y fliparía.
Pues ahí estaba yo, con el vestido puesto, que casi me pongo a llorar, diciendo que no quería quitármelo. Mi madre me vio tan ilusionada que al final me dijo: Mira, cariño, en unos días me pagan la nómina, venga, lo cogemos. Salí de la tienda que no cabía en mí de alegría.
Cuando llegamos a casa, pusimos los adornos, decoramos el piso y montamos el árbol. Pero, te soy sincera, en la nevera solo quedaba media pastilla de mantequilla y algo de hielo, nada más.
Esperábamos con ansia la nómina de mi madre. Claro, en aquellos años, todavía se trabajaba el 31 de diciembre y la dejaban salir antes de la oficina. Pero esa vez, llegó a casa súper triste: no les habían pagado aún, que se retrasaba la paga.
Se le notaba en la cara y la voz que estaba a punto de llorar, y sobre todo le dio vergüenza por no poder ponerme una cena especial de Nochevieja. Pero, mira, lo recuerdo perfectamente: yo no me sentí ni un poco decepcionada. Total, el espíritu festivo ya lo teníamos. Me senté con ella delante de la tele, viendo las pelis y especiales de Año Nuevo que ponían por entonces, que eran un evento porque en la televisión solo había dos canales y no había tanto donde elegir como ahora.
Mi madre hizo unas patatas cocidas, les puso mantequilla, ralló zanahoria y le echó un poco de azúcar. Esa era toda la cena. Nos sentamos juntas y, al poco, mi madre rompió a llorar. Intenté animarla, pero al final acabé llorando yo también, pero no por la cena. Me dio una pena tremenda verla así, con un nudo en la garganta.
Al acabar, nos acurrucamos juntas bajo la manta en el sofá y vimos la gala de Nochevieja abrazadas.
Cuando dieron las doce campanadas, se notaba la alegría en la escalera: los vecinos salían con las copas de cava a brindar y felicitarse el año, cantando y gritando. Pero nosotras ni nos asomamos.
De repente, suena el timbre, insistente. Mi madre va a abrir y ahí aparece la señora Consuelo, nuestra vecina gruñona de toda la vida siempre se quejaba de que hacía ruido, de que no limpiaba bien el portal, de lo que fuera. Vamos, que en el barrio los niños no la tragaban porque siempre nos estaba regañando.
La señora Consuelo entró, medio tambaleándose ya de lo animada que venía, miró nuestra mesa donde solo había patatas cocidas, no dijo ni pío y se fue tal cual.
Veinte minutos después, en vez de llamar, empiezan a dar patadas a la puerta. Yo me asusté, pero mi madre, aunque me dijo que no saliera, abrió para ver qué pasaba. Y, de pronto, entra la señora Consuelo hecha una furia, con bolsas llenas de botes, tuppers y platos; bajo el brazo traía una botella de cava.
Regañando a mi madre, la manda moverse y empiezan a sacar de las bolsas: ensaladilla, chorizo, un tarro de pepinillos en vinagre, medio pollo asado, caramelos y hasta unos cuantos mandarinas.
Mi madre se puso a llorar otra vez, pero esta vez de otra manera. Consuelo la llamó tonta, le limpió las lágrimas con la manga gorda de su abrigo, se giró y se marchó.
Después de esa Nochevieja, la señora Consuelo siguió mandando en el portal y en la calle, igual de gruñona y estricta, y jamás volvió a mencionar aquella noche.
Y, cuando años después enterramos a Consuelo entre todos los vecinos del edificio, nos dimos cuenta de que la bruja gruñona en realidad había ayudado, en algún momento, a todos nosotros Y que sí, la queríamos más de lo que pensábamos.







