En el viejo caserón de Salamanca todo olía a colonia francesa y a una soledad gélida. La pequeña Inés apenas conocía unos brazos cálidos: los de Remedios, la criada. Un día, al desaparecer una suma considerable de euros del despacho de su padre, aquellos brazos dejaron de arroparla para siempre. Veinte años después, Inés, con un niño en brazos y una verdad que le quemaba la garganta, cruzaba el umbral de una casa desconocida.
***
El aroma de la masa recién hecha le recordaba hogar.
Pero no aquel piso señorial con la escalera de mármol y la lámpara de cristal de tres alturas, donde se perdió su infancia. No, aquello era un hogar real, inventado en su imaginación mientras se sentaba en un taburete de madera junto a la enorme cocina y veía cómo las manos de Remedios, rojas y ásperas por el agua fría, amasaban la harina con fuerza.
¿Por qué la masa está viva? preguntaba Inés, con apenas cinco años.
Porque respira, chiquilla contestaba Remedios sin dejar de dar vueltas. Mira cómo burbujea, se alegra porque sabe que pronto irá al horno. Parece raro, ¿verdad? Alegrarse del fuego
Inés no lo comprendía entonces. Ahora lo entendía perfectamente.
De pie, sobre la cuneta de una carretera rural salmantina machacada por los inviernos, apretaba contra su pecho a su hijo Martín, de cuatro años. El autobús se alejaba vomitándolos a la tarde gris de febrero, envolviéndolos en ese silencio de pueblo en el que se escucha crujir la escarcha bajo cada paso ajeno, aunque sea en la otra punta de la calle.
Martín ni lloraba. Hacía meses que no lo hacía, había aprendido a callar. Solo la miraba con sus ojos oscuros y serios, tan parecidos a los de su padre. Los mismos ojos. La misma barbilla. El mismo silencio denso que siempre ocultaba algo.
No, Inés no podía permitirse pensar en él. No ahora.
Mamá, tengo frío.
Lo sé, mi vida. Busquemos dónde cobijarnos.
No sabía la dirección exacta, ni siquiera si Remedios seguía viva tras dos décadas. Solo recordaba un nombre: “Aldea de los Pinares, provincia de Salamanca”. Eso y el olor de la masa, el calor de aquellas manos que en el enorme piso solo la acariciaban porque sí, sin razón ni condiciones.
El camino, flanqueado por vallas descuadradas, la llevó hasta una casa a las afueras, simplemente porque ya no podía dar un paso más y Martín se le hacía un peso insoportable.
El portón chirrió. Dos peldaños cubiertos de nieve la llevaron hasta una puerta vieja, hinchada, desconchada.
Llamó.
Silencio.
Después, pasos arrastrados. El cerrojo que se descorre. Y una voz áspera, envejecida, pero tan familiar que a Inés se le detuvo el corazón:
¿Quién llama a estas horas, con la que está cayendo?
La puerta se abrió.
En el umbral, una anciana menuda envuelta en una rebeca de lana sobre el camisón. La cara arrugada, como una manzana asada, pero los ojos azules, vivos, intactos.
Remedios
Ella se quedó paralizada. Luego alzó la mano esa mano cansada, llena de nudos y rozó la mejilla de Inés.
Virgen Santa ¿Inesilla?
A Inés le temblaron las piernas. Sostenía a su hijo contra el pecho y solo le caían lágrimas ardientes sobre las mejillas heladas.
Remedios no preguntó nada: ni ¿de dónde? ni ¿por qué? ni ¿qué ocurrió?. Solo sacó el viejo abrigo de paño del clavo de la entrada y lo echó sobre sus hombros. Después tomó a Martín entre sus propios brazos el niño ni pestañeó y lo abrazó suave.
Ya estás en casa, pajarillo susurró. Entra, mi niña. Entra.
***
Veinte años.
Tiempo suficiente para levantar y perder un imperio, para olvidar la lengua materna, para enterrar a los padres aunque los de Inés seguían vivos, aunque extraños, como muebles alquilados.
De niña creía que su hogar era el mundo: cuatro plantas de felicidad. El salón con chimenea, el despacho de su padre empapado de humo de habano y disciplina, la habitación de su madre con cortinas de terciopelo oscuro y, en el sótano, la cocina. El reino de Remedios.
No te quedes aquí, Inesilla le reprendían institutrices y niñeras. Sube con tu madre.
Pero su madre, arriba, siempre hablaba por teléfono. Con amigas, socios, amantes palabra que entonces no comprendía, pero sí sentía aquella risa impostada por el auricular y el rostro que se apagaba cuando aparecía su padre.
En la cocina, todo era verdadero. Remedios le enseñaba a hacer empanadillas, torcidas y con los bordes abiertos. Juntas esperaban que la masa subiera Calla, Inesilla, no la molestes, que se enfada y no crece. Cuando los gritos estallaban arriba, Remedios la sentaba en su regazo y le cantaba coplas del pueblo, apenas un murmullo sin palabras.
Remedios ¿tú eres mi mamá? preguntó una vez Inés, a los seis.
Ay niña, qué ocurrencia. Solo soy la criada.
¿Y entonces por qué te quiero más que a mamá?
Remedios calló durante un largo rato, acariciándole el pelo. Hasta que susurró:
El amor no pide permiso, mi vida. Llega, sin más. Tú también quieres a tu madre, solo que de otra forma.
Inés sabía que no. Ya entonces, con una lucidez brutal de niña, sabía que no. Su madre era hermosa, importante, la vestía de puntillas y la llevaba de compras a París. Pero nunca estuvo a su lado cuando enfermó. Eso lo hizo Remedios: noches enteras con la frente fresca apoyada sobre la suya.
Y entonces, llegó aquella noche.
***
Ochenta mil euros oyó Inés tras la puerta entreabierta. Del despacho. Estoy segura de haberlos guardado.
¿No los habrás gastado sin darte cuenta?
¡Javier!
La voz de su padre, cansada, mustia:
Vale, vale. ¿Quién tenía acceso?
Remedios limpió el despacho. Sabe la combinación; se la di yo para que limpiase bien.
Silencio. Inés, en el pasillo, sintió cómo dentro de ella comenzaba a romperse algo fundamental.
Su madre está muy enferma dijo el padre. El tratamiento cuesta dinero. Me pidió un adelanto.
No se lo di.
¿Por qué, Lola?
Porque es la criada, Javier. Si damos a cada criada para su madre, para su hermano
Lola.
¿Qué, Lola? Lo ves: necesitaba dinero y tenía acceso
No está probado
¿Vas a llamar a la Guardia Civil? ¿Montar un escándalo? ¿Que todo el barrio se entere de que aquí se roba?
Silencio de nuevo. Inés cerró los ojos. Tenía nueve años: suficiente para comprender, demasiado pequeña para impedirlo.
A la mañana siguiente, Remedios hacía su maleta.
Inés la miraba desde la puerta: pequeñita, en pijama, descalza sobre el mármol frío. Remedios guardaba el batín, unas zapatillas, el escrito de la Virgen del Rocío de su mesilla.
Remedios
Se volvió; su rostro en calma, pero con los ojos rojos y hinchados.
Inesilla, ¿qué haces despierta?
¿Te vas?
Me voy, mi niña. A cuidar de mi madre, está muy malita.
¿Y yo qué haré?
Remedios se arrodilló despacio, poniéndose a su altura. Aún olía a masa, aunque no hubiese horneado en días.
Vas a crecer, mi vida, y serás buena persona. Quién sabe: igual un día vienes a verme a los Pinares. ¿Recuerdas?
Aldea de los Pinares.
Muy bien, muñeca.
Le besó la frente rápido, como sin permiso y se marchó.
La puerta se cerró de golpe. El portazo fue como el apagón del olor a masa y hogar.
***
La casa de Remedios era minúscula.
Un cuarto, estufa en el rincón, la mesa con hule, dos camas tras una cortina de flores. En la pared, la misma estampa de la Virgen del Rocío, oscurecida ya por las velas.
Remedios iba y venía, poniendo agua a hervir, rebuscando mermelada del sótano, haciendo la cama a Martín.
Siéntate, mujer, que en los pies no crece la verdad. Calienta la tripa antes de hablar.
Pero Inés no podía sentarse. Allí, en esa pobreza tan digna, ella hija de los dueños de un caserón con cuatro alturas sentía algo nuevo:
Paz.
Por primera vez, en muchos años, la paz. Como si una cuerda tensa finalmente hubiera cedido.
Remedios murmuró, con la voz trémula. Perdóname.
¿Por qué, mi vida?
Por no defenderte entonces. Por callar veinte años. Por Se le atragantaban las palabras.
Martín ya dormía, nada más rozar la almohada. Remedios se sentó frente a ella, sujetando la taza de té, esperando.
Y entonces Inés habló.
Contó cómo, tras la marcha de Remedios, la casa finalmente dejó de ser suya. La separación de sus padres dos años después, al descubrir que el negocio del padre era humo y que el banco terminó por quitarles casa, coche, todo. La madre, marchándose con otro a Alemania. El padre bebiendo hasta morir en un piso de alquiler cuando ella tenía veintitrés. La soledad final.
Y después llegó Sergio dijo, mirando la mesa. De pequeños venía siempre a casa. ¿Te acuerdas? Delgadito, pelo alborotado, siempre robando caramelos.
Remedios asintió.
Le recuerdo, sí.
Creí que por fin sería familia. Pero era jugador. Cartas, tragaperras Lo ocultó hasta que ya no pudo. Deudas, prestamistas Martín
Calló. En la estufa crepitaban leños. La lamparita temblaba y arrojaba sombras en la pared.
Cuando decidí divorciarme, me lo confesó todo. Pensó que así le perdonaría, que valoraría su sinceridad.
¿Qué te confesó, cariño?
Inés alzó la mirada.
Fue él. El que robó aquellos euros del despacho. Sabía la combinación la vio alguna vez en casa. Los usó ni sé en qué. ¿En su juego? Pero te acusaron a ti.
Silencio intenso.
Remedios se quedó quieta. El rostro pétreo. Solo las manos, sujetando la taza, se pusieron blancas de tensión.
Remedios, perdona. Si puedes. Lo supe hace una semana. Yo no lo sabía, te lo juro
Anda, calla un poco.
Remedios se levantó, lento, y se arrodilló como hacía veinte años, con dificultad, pero con decisión, hasta quedar a la altura de su cara.
Mi niña ¿De qué te culpas?
De tu madre te hacía falta ese dinero
Mi madre murió al año siguiente. Que Dios la tenga en su gloria. Remedios se santiguó. Yo sigo aquí. Tengo mi huerto, mi cabra, mis vecinos. No necesito gran cosa.
¡Pero te echaron! ¡De ladrona!
A veces, por el camino de la mentira llegamos a la verdad Si no me hubieran echado, quizás no habría estado con mi madre sus últimos meses. Así que fui afortunada.
Inés calló. En el pecho ardía una mezcla de vergüenza, dolor, amor, gratitud.
Claro que tuve rabia prosiguió Remedios. Mucha. Nunca había cogido ni un céntimo ajeno y me señalaron como a una vulgar ladrona. Pero al final todo se cura. Tardé, pero lo conseguí. Porque si cargas con el rencor, te pudre por dentro. Yo quería vivir.
Le cogió las manos: frías, rugosas, llenas de surcos.
Has venido. Con tu hijo. A esta ruina con esta vieja. Eso vale más que cualquier caja fuerte.
Inés rompió a llorar. No como los adultos, sino como los niños: dejando que el dolor se desbordara, hundiendo la cara en el hombro enjuto de Remedios.
***
Por la mañana, Inés despertó con un aroma conocido:
Masa fermentada.
Abrió los ojos. Martín resoplaba a su lado, desparramado en la cama. Detrás de la cortina se oía a Remedios trajinando.
¿Remedios?
Despierta, chiquilla, que se enfrían los bollos.
Bollos.
Inés se levantó, salió medio dormida. Sobre la mesa, encima de papel de periódico, estaban los bollos: dorados, torcidos, con los pliegues mal cerrados igual que en su infancia. Y olían a casa.
He pensado dijo Remedios, llenando su taza astillada: en el pueblo hay una biblioteca, buscan ayuda. Pagan poco, pero tampoco necesitas mucho aquí. A Martín lo puede cuidar Valentina la directora de la guardería. Es muy buena mujer. Luego ya veremos.
Lo decía todo sencillo, sin darle importancia, como si el futuro dependiera solo de recomenzar.
Remedios Inés dudó. Yo ya no soy nadie para ti. Han pasado tantos años ¿Por qué me recibes así? Sin preguntas. ¿Por qué?
¿Por qué qué?
¿Por qué me has abierto la puerta?
Remedios la miró, con esa mirada sabia y transparente de siempre.
¿Te acuerdas que preguntaste por qué la masa vive?
Porque respira
Eso es. Y el amor también. Respira. No se puede despedir. Donde se quedaba, allí sigue. Aunque pasen veinte o treinta años.
Le puso delante un bollo caliente, relleno de manzana.
Venga, come algo. Que estás en los huesos.
Inés mordió. Por primera vez en muchísimo tiempo, sonrió.
El día despuntaba. Fuera, la escarcha centelleaba bajo el primer sol. Y el mundo enorme, duro, injusto por un instante se volvía sencillo y bueno. Como los bollos de Remedios. Como sus manos. Como ese amor que nadie puede expulsar.
Martín apareció, frotándose los ojos.
Mamá, huele muy rico.
La abuela Remedios lo ha hecho.
¿A-bue-la? degustó la palabra, mirando a Remedios. Ella le sonrió; las arrugas se esparcieron por el rostro, los ojos brillaron.
Abuela, abuela. Siéntate, hijo. Vamos a comer.
Se sentó y comió. Y por primera vez en medio año soltó una carcajada cuando Remedios le enseñó a moldear monigotes de masa.
Inés los contemplaba a su hijo, a la mujer a la que un día llamó madre y entendía al fin: allí estaba el hogar. No en paredes de mármol ni lámparas de cristal. Solo brazos templados, olor a bollo horneado.
Un amor sencillo, humilde, sin tronos ni anuncios. Un amor que no tiene precio ni se compra. Un amor, simplemente, que existe mientras viva un corazón.
Misterios de la memoria del corazón: olvidamos fechas, nombres, años pero el olor de los bollos de nuestra infancia nos acompaña hasta el último aliento. Quizá porque el amor no se guarda en la memoria, vive mucho más dentro. Allí donde el olvido ni el dolor lo pueden alcanzar. Y hace falta perderlo todo la posición, el dinero, el orgullo para recordar el camino de vuelta a casa. A esos brazos que, cómo no, siempre esperan.







