En la vieja casa olía a perfume francés y a desamor. La pequeña Elisa solo conocía unas manos cálidas: las de la asistenta, la señora Nuria. Pero un día desapareció dinero de la caja fuerte, y esas manos se esfumaron para siempre. Veinte años después, Elisa regresa a una aldea de la provincia de Soria, con su hijo en brazos y una verdad que le arde en la garganta… *** La masa olía a hogar. No al hogar de la escalera de mármol y la lámpara de cristal de tres alturas donde Elisa creció. No, al verdadero, al que ella se inventó, sentada en un taburete de una cocina amplia, observando las manos de Nuria, enrojecidas por el agua, amasando con fuerza. —¿Por qué la masa está viva? —preguntaba la Elisa de cinco años. —Porque respira —respondía Nuria, sin dejar de trabajar—. ¿Ves cómo burbujea? Se alegra porque pronto irá al horno. Qué cosas, ¿verdad? Alegrarse del fuego. Entonces Elisa no lo entendía. Ahora sí. De pie a la vera de una carretera secundaria, abrazaba con fuerza a su hijo Miguelito, de cuatro años. El autobús, al marcharse, los dejó entre las penumbras de un febrero castellano, y sólo quedaba el silencio —ese silencio especial del campo, donde se oye crujir la nieve bajo pasos ajenos a tres casas de distancia. Miguelito no lloraba. En los últimos seis meses apenas había llorado —había aprendido. Solo miraba con sus ojos oscuros, extrañamente serios para un niño, y a Elisa se le encogía el alma: los ojos de su padre, la barbilla de su padre, el mismo silencio tras el que siempre se escondía algo. No pensar en él. No ahora. —Mamá, tengo frío. —Lo sé, pequeño. Ya buscaremos. No conocía la dirección. Ni siquiera si Nuria vivía aún —habían pasado veinte años, toda una vida. Solo recordaba: “Pueblo de Pinares, provincia de Soria”. Y el olor de esa masa. Y el calor de aquellas manos que, en toda esa casa enorme, eran las únicas que la acariciaban sin motivo alguno. El camino bordea vallas torcidas. En algunas ventanas brilla la luz amarillo opaca de la vida. Elisa se detiene ante la última casita —sus piernas ya no aguantan y Miguelito pesa cada vez más. La cancela rechina. Dos peldaños cubiertos de nieve. La puerta, vieja y astillada, saluda con el olor de los años. Elisa llama. Silencio. Al cabo, pasos arrastrados. Un cerrojo. Y una voz, gastada y mayor, pero inconfundible, que le corta la respiración: —¿Quién anda por ahí en esta noche tan oscura? La puerta se abre. En el umbral, una anciana en rebeca de lana sobre el camisón. El rostro —como una manzana asada, surcado de arrugas, pero los ojos… los mismos. Azules, desteñidos, vivos todavía. —Nuria… La anciana se queda inmóvil. Luego alza la mano —esa mano trabajada, nudosa— y roza la mejilla de Elisa. —Virgen Santa… ¿Elisita? A Elisa se le doblan las rodillas. No consigue responder —sólo le brotan lágrimas calientes en las mejillas heladas. Nuria no pregunta nada. Ni de dónde, ni por qué, ni qué pasó. Solo le pone el abrigo del perchero sobre los hombros. Luego toma a Miguelito —el niño ni se inmuta— y lo estrecha contra sí. —Ya estás en casa, golondrina —murmura—. Pasa, pasa hija. *** Veinte años. Suficiente para alzar un imperio y caer en la ruina. Para olvidar un idioma, enterrar padres —aunque los de Elisa vivían, eran tan ajenos como los muebles de un piso de alquiler. De niña creía que su casa era el mundo. Cuatro plantas de felicidad: el salón con chimenea, el despacho de su padre —a tabaco y solemnidad—, el dormitorio de mamá con cortinas de terciopelo y, abajo, la cocina: su territorio, el reino de Nuria. —Elisita, no estés aquí —intentaban las niñeras—. Tienes que ir arriba, con mamá. Pero mamá hablaba siempre por teléfono —con amigas, socios, amantes (de eso entonces Elisa no era consciente, pero sentía que algo no estaba bien). La cocina, en cambio, era el lugar correcto. Allí Nuria le enseñaba a hacer empanadillas —torcidas, desiguales, llenas de cariño. Esperaban juntas a que subiera la masa —“Shh, Elisi, no hagas ruido, que se ofende y se viene abajo”. Si arriba gritaban, Nuria la sentaba en su regazo y le cantaba una nana campesina. —Nuria, ¿tú eres mi mamá? —le preguntó una vez. —Qué cosas tienes, señorita. Yo solo soy la criada. —¿Entonces por qué te quiero más que a mamá? Nuria calló, alisándole el pelo. Luego susurró: —El amor no pregunta; llega, y se queda. A mamá la quieres, solo de otra manera. Elisa lo sabía: no quería a su madre. Era bella, importante, le compraba vestidos y la llevaba a París, pero nunca le estaba al lado cuando enfermaba. Eso sólo lo hacía Nuria —por las noches, con la mano fresca en la frente. Luego, aquella tarde… *** —Ochenta mil —escuchó Elisa tras una puerta entornada—. De la caja fuerte. Lo recuerdo bien. —¿No será que los has gastado y no te acuerdas? —¡Ildefonso! La voz del padre, cansada, sin brillo. —A ver. ¿Quién tenía acceso? —Nuria limpió en el despacho. Sabe el código, yo se lo di una vez. Silencio. Elisa, con nueve años, entiende demasiado, pero no lo suficiente para cambiarlo. —Su madre tiene cáncer —dice su padre—. El tratamiento cuesta dinero. Pidió adelanto el mes pasado. —No se lo di. —¿Por qué? —Porque es la asistenta, Ildefonso. Si a cada asistenta le damos para sus padres, sus hermanos… —Marina. —¿Qué, Marina? Ya lo ves. Tenía acceso, necesitaba dinero… —No lo sabemos. —¿Quieres llamar a la policía y que todos se enteren de que aquí se roba? Más silencio. Por la mañana, Nuria preparaba su bolsa: su bata, zapatillas, la estampa de San Nicolás que tenía en la mesilla. —Nuria… El rostro sereno, pero los ojos hinchados. —Elisita, ¿no duermes? —¿Te vas? —Me voy, hija. Con mi madre. —¿Y yo? Se arrodilla para mirarla de igual a igual. Huele a masa, a ese calor que nunca se olvida. —Vas a crecer, Elisita. Serás buena persona. Vete a visitarme, si algún día puedes. A Pinares. ¿Te acuerdas? —Pinares. —Eso es. Un beso furtivo en la frente… y se va. La puerta se cierra. El pestillo suena. El aroma de la masa y del hogar desaparece para siempre. *** La casita era minúscula: una sola habitación, la estufa en el rincón, la mesa forrada con hule y dos camas tras la cortina de flores. En la pared, la misma estampa de San Nicolás, oscurecida por el tiempo. Nuria pone a hervir el agua, saca un tarro de mermelada, prepara la cama de Miguelito. —Siéntate, Elisa. No tiene sentido estar de pie. Enseguida entras en calor y hablamos. Pero Elisa no logra sentarse. Hijos de antiguos señores de un palacete, se siente, extrañamente, en paz en esa pobreza. Por primera vez en años, en paz. —Nuria —le tiembla la voz—, perdóname. —¿Por qué, hija? —Por no defenderte. Por no hablar en veinte años. Por… No sabe cómo decirlo. Miguelito duerme. Nuria, sentada enfrente, espera mientras sujeta una taza. Y entonces Elisa cuenta cómo, tras la marcha de Nuria, la casa se volvió completamente ajena. Sus padres se divorciaron, el negocio quebró, la madre se fue a Alemania con otro, el padre se hundió en la bebida y murió. Elisa quedó sola. —Luego conocí a Samuel —explica, mirando la mesa—. Desde niños venía a casa, ¿te acuerdas? Flaco, desgarbado, siempre robando caramelos. Nuria asiente. —Le recuerdo. —Creí tener, por fin, una familia. Y resultó… Es ludópata, Nuria. Apostaba a todo. Yo no lo sabía. Cuando lo supe, era tarde. Deudas, acreedores, Miguelito… Calla. El fuego chisporrotea. —Cuando le pedí el divorcio, quiso confesarme algo, pensando que así le perdonaría. —¿El qué, hija? —Ese robo. El dinero de entonces. Sabía el código de la caja, lo había visto de pequeño. Usó ese dinero… Y te culparon a ti. Silencio. Nuria no mueve un músculo. Solo los nudillos en la taza se ven blancos de apretar. —Nuria, perdóname. Si puedes. Solo lo he sabido hace una semana. Yo no… —Calla. Nuria se levanta, se arrodilla a su lado —con esfuerzo, con dolor en las articulaciones— para mirarla a los ojos, como hace veinte años. —Mi niña. ¿Qué culpa tienes tú? —Pero… tu madre. Necesitabas ese dinero. —Mi madre murió un año después. Descansa en paz. Yo estoy bien. Tengo mi huerta, mi cabra, buena gente. No necesito nada más. —¡Pero te echaron! ¡Como una ladrona! —¿Y no será que a veces Dios nos lleva hacia la verdad a través de la injusticia? Si no me hubiesen echado, no habría tenido ese último año con mi madre. El más importante. Elisa no puede evitarlo: arden dentro de ella la culpa, el dolor, el amor y el agradecimiento. —¿Me dolió? Muchísimo. Nunca robé un céntimo en mi vida. Pero después… se pasa. No enseguida, con los años. Porque quedarse con el rencor dentro te come viva. Y yo quería vivir. Toma las manos de Elisa entre las suyas, frías, ásperas, nudosas. —Has vuelto. Con tu niño. A mi pobre casita de vieja. Eso ¿sabes cuánto vale? Más que cualquier caja fuerte. Elisa rompe a llorar, como una niña, en el delgado hombro de Nuria. *** Por la mañana, Elisa se despierta por el olor. Masa. Abre los ojos. Miguelito duerme al lado. Tras la cortina, Nuria se afana entre ruidos y papeles. —¿Nuria? —¿Ya te has despertado? Venga, Elisa, que se enfrían las empanadillas. Empanadillas. Elisa sale, casi soñando. Sobre la mesa, en papel de periódico, empanadillas doradas, irregulares, como en su infancia. Y huelen… a hogar. —Pienso —dice Nuria, sirviéndole té en una taza desconchada— que podrías buscar trabajo. En la biblioteca del pueblo necesitan ayudante. Pagan poco, pero aquí tampoco se gasta mucho. A Miguelito lo ponemos en la guardería; allí está doña Valentina, que es un sol. Ya veremos. Lo dice con la naturalidad de quien sabe a dónde pertenece todo. —Pero, Nuria —duda Elisa—, yo no soy nada tuyo. Han pasado tantos años. ¿Por qué me has acogido? ¿Sin preguntas? ¿Así, sin más? Nuria le mira como siempre, con esa transparencia cálida y sabia. —¿Te acuerdas que me preguntaste por qué la masa está viva? —Porque respira. —Eso es. El amor es igual. Respira, y respira. No lo puedes despedir, no se va. Donde se instala, ahí se queda. Veinte años o treinta, da igual. Le ofrece una empanadilla. —Anda, come. Estás en los huesos, hija. Elisa muerde y, por primera vez en muchos años, sonríe. Fuera amanece. La nieve brilla bajo el primer sol y el mundo —grande, duro, injusto— parece por un instante sencillo y bueno. Como las empanadillas de Nuria. Como sus manos. Como ese amor que no se despide. Miguelito asoma de la cortina, frotándose los ojos. —Mamá, qué bien huele. —La abuela Nuria las ha hecho. —¿A-bue-la? —repite el niño, mirando a Nuria. Ella le sonríe y los ojos le relucen. —Abuela, sí. Siéntate, hijo, vamos a comer. Y él se sienta. Y come. Y por primera vez en medio año, se ríe, de la mano de Nuria haciendo figuritas de masa. Elisa los mira —a su hijo y a la mujer que fue como madre— y lo comprende: esto es el hogar. No los muros, ni el mármol, ni las lámparas. Sólo manos cálidas. Solo olor a masa. Solo amor, sencillo y callado. Amor que no se paga. Que no se compra. Que simplemente está, mientras lata algún corazón. Curiosa memoria la del corazón. Olvidamos fechas, rostros, años enteros, pero el olor de las empanadillas de mamá lo llevamos hasta el último día. Tal vez porque el amor no vive en la cabeza, sino más hondo, allí donde ni el tiempo ni el rencor pueden alcanzar. Y a veces hay que perderlo todo —estatus, dinero, orgullo— para volver a encontrar el camino a casa. A esas manos que siempre esperan.

En el viejo caserón de Salamanca todo olía a colonia francesa y a una soledad gélida. La pequeña Inés apenas conocía unos brazos cálidos: los de Remedios, la criada. Un día, al desaparecer una suma considerable de euros del despacho de su padre, aquellos brazos dejaron de arroparla para siempre. Veinte años después, Inés, con un niño en brazos y una verdad que le quemaba la garganta, cruzaba el umbral de una casa desconocida.

***

El aroma de la masa recién hecha le recordaba hogar.

Pero no aquel piso señorial con la escalera de mármol y la lámpara de cristal de tres alturas, donde se perdió su infancia. No, aquello era un hogar real, inventado en su imaginación mientras se sentaba en un taburete de madera junto a la enorme cocina y veía cómo las manos de Remedios, rojas y ásperas por el agua fría, amasaban la harina con fuerza.

¿Por qué la masa está viva? preguntaba Inés, con apenas cinco años.

Porque respira, chiquilla contestaba Remedios sin dejar de dar vueltas. Mira cómo burbujea, se alegra porque sabe que pronto irá al horno. Parece raro, ¿verdad? Alegrarse del fuego

Inés no lo comprendía entonces. Ahora lo entendía perfectamente.

De pie, sobre la cuneta de una carretera rural salmantina machacada por los inviernos, apretaba contra su pecho a su hijo Martín, de cuatro años. El autobús se alejaba vomitándolos a la tarde gris de febrero, envolviéndolos en ese silencio de pueblo en el que se escucha crujir la escarcha bajo cada paso ajeno, aunque sea en la otra punta de la calle.

Martín ni lloraba. Hacía meses que no lo hacía, había aprendido a callar. Solo la miraba con sus ojos oscuros y serios, tan parecidos a los de su padre. Los mismos ojos. La misma barbilla. El mismo silencio denso que siempre ocultaba algo.

No, Inés no podía permitirse pensar en él. No ahora.

Mamá, tengo frío.

Lo sé, mi vida. Busquemos dónde cobijarnos.

No sabía la dirección exacta, ni siquiera si Remedios seguía viva tras dos décadas. Solo recordaba un nombre: “Aldea de los Pinares, provincia de Salamanca”. Eso y el olor de la masa, el calor de aquellas manos que en el enorme piso solo la acariciaban porque sí, sin razón ni condiciones.

El camino, flanqueado por vallas descuadradas, la llevó hasta una casa a las afueras, simplemente porque ya no podía dar un paso más y Martín se le hacía un peso insoportable.

El portón chirrió. Dos peldaños cubiertos de nieve la llevaron hasta una puerta vieja, hinchada, desconchada.

Llamó.

Silencio.

Después, pasos arrastrados. El cerrojo que se descorre. Y una voz áspera, envejecida, pero tan familiar que a Inés se le detuvo el corazón:

¿Quién llama a estas horas, con la que está cayendo?

La puerta se abrió.

En el umbral, una anciana menuda envuelta en una rebeca de lana sobre el camisón. La cara arrugada, como una manzana asada, pero los ojos azules, vivos, intactos.

Remedios

Ella se quedó paralizada. Luego alzó la mano esa mano cansada, llena de nudos y rozó la mejilla de Inés.

Virgen Santa ¿Inesilla?

A Inés le temblaron las piernas. Sostenía a su hijo contra el pecho y solo le caían lágrimas ardientes sobre las mejillas heladas.

Remedios no preguntó nada: ni ¿de dónde? ni ¿por qué? ni ¿qué ocurrió?. Solo sacó el viejo abrigo de paño del clavo de la entrada y lo echó sobre sus hombros. Después tomó a Martín entre sus propios brazos el niño ni pestañeó y lo abrazó suave.

Ya estás en casa, pajarillo susurró. Entra, mi niña. Entra.

***

Veinte años.

Tiempo suficiente para levantar y perder un imperio, para olvidar la lengua materna, para enterrar a los padres aunque los de Inés seguían vivos, aunque extraños, como muebles alquilados.

De niña creía que su hogar era el mundo: cuatro plantas de felicidad. El salón con chimenea, el despacho de su padre empapado de humo de habano y disciplina, la habitación de su madre con cortinas de terciopelo oscuro y, en el sótano, la cocina. El reino de Remedios.

No te quedes aquí, Inesilla le reprendían institutrices y niñeras. Sube con tu madre.

Pero su madre, arriba, siempre hablaba por teléfono. Con amigas, socios, amantes palabra que entonces no comprendía, pero sí sentía aquella risa impostada por el auricular y el rostro que se apagaba cuando aparecía su padre.

En la cocina, todo era verdadero. Remedios le enseñaba a hacer empanadillas, torcidas y con los bordes abiertos. Juntas esperaban que la masa subiera Calla, Inesilla, no la molestes, que se enfada y no crece. Cuando los gritos estallaban arriba, Remedios la sentaba en su regazo y le cantaba coplas del pueblo, apenas un murmullo sin palabras.

Remedios ¿tú eres mi mamá? preguntó una vez Inés, a los seis.

Ay niña, qué ocurrencia. Solo soy la criada.

¿Y entonces por qué te quiero más que a mamá?

Remedios calló durante un largo rato, acariciándole el pelo. Hasta que susurró:

El amor no pide permiso, mi vida. Llega, sin más. Tú también quieres a tu madre, solo que de otra forma.

Inés sabía que no. Ya entonces, con una lucidez brutal de niña, sabía que no. Su madre era hermosa, importante, la vestía de puntillas y la llevaba de compras a París. Pero nunca estuvo a su lado cuando enfermó. Eso lo hizo Remedios: noches enteras con la frente fresca apoyada sobre la suya.

Y entonces, llegó aquella noche.

***

Ochenta mil euros oyó Inés tras la puerta entreabierta. Del despacho. Estoy segura de haberlos guardado.

¿No los habrás gastado sin darte cuenta?

¡Javier!

La voz de su padre, cansada, mustia:

Vale, vale. ¿Quién tenía acceso?

Remedios limpió el despacho. Sabe la combinación; se la di yo para que limpiase bien.

Silencio. Inés, en el pasillo, sintió cómo dentro de ella comenzaba a romperse algo fundamental.

Su madre está muy enferma dijo el padre. El tratamiento cuesta dinero. Me pidió un adelanto.

No se lo di.

¿Por qué, Lola?

Porque es la criada, Javier. Si damos a cada criada para su madre, para su hermano

Lola.

¿Qué, Lola? Lo ves: necesitaba dinero y tenía acceso

No está probado

¿Vas a llamar a la Guardia Civil? ¿Montar un escándalo? ¿Que todo el barrio se entere de que aquí se roba?

Silencio de nuevo. Inés cerró los ojos. Tenía nueve años: suficiente para comprender, demasiado pequeña para impedirlo.

A la mañana siguiente, Remedios hacía su maleta.

Inés la miraba desde la puerta: pequeñita, en pijama, descalza sobre el mármol frío. Remedios guardaba el batín, unas zapatillas, el escrito de la Virgen del Rocío de su mesilla.

Remedios

Se volvió; su rostro en calma, pero con los ojos rojos y hinchados.

Inesilla, ¿qué haces despierta?

¿Te vas?

Me voy, mi niña. A cuidar de mi madre, está muy malita.

¿Y yo qué haré?

Remedios se arrodilló despacio, poniéndose a su altura. Aún olía a masa, aunque no hubiese horneado en días.

Vas a crecer, mi vida, y serás buena persona. Quién sabe: igual un día vienes a verme a los Pinares. ¿Recuerdas?

Aldea de los Pinares.

Muy bien, muñeca.

Le besó la frente rápido, como sin permiso y se marchó.

La puerta se cerró de golpe. El portazo fue como el apagón del olor a masa y hogar.

***

La casa de Remedios era minúscula.

Un cuarto, estufa en el rincón, la mesa con hule, dos camas tras una cortina de flores. En la pared, la misma estampa de la Virgen del Rocío, oscurecida ya por las velas.

Remedios iba y venía, poniendo agua a hervir, rebuscando mermelada del sótano, haciendo la cama a Martín.

Siéntate, mujer, que en los pies no crece la verdad. Calienta la tripa antes de hablar.

Pero Inés no podía sentarse. Allí, en esa pobreza tan digna, ella hija de los dueños de un caserón con cuatro alturas sentía algo nuevo:

Paz.

Por primera vez, en muchos años, la paz. Como si una cuerda tensa finalmente hubiera cedido.

Remedios murmuró, con la voz trémula. Perdóname.

¿Por qué, mi vida?

Por no defenderte entonces. Por callar veinte años. Por Se le atragantaban las palabras.

Martín ya dormía, nada más rozar la almohada. Remedios se sentó frente a ella, sujetando la taza de té, esperando.

Y entonces Inés habló.

Contó cómo, tras la marcha de Remedios, la casa finalmente dejó de ser suya. La separación de sus padres dos años después, al descubrir que el negocio del padre era humo y que el banco terminó por quitarles casa, coche, todo. La madre, marchándose con otro a Alemania. El padre bebiendo hasta morir en un piso de alquiler cuando ella tenía veintitrés. La soledad final.

Y después llegó Sergio dijo, mirando la mesa. De pequeños venía siempre a casa. ¿Te acuerdas? Delgadito, pelo alborotado, siempre robando caramelos.

Remedios asintió.

Le recuerdo, sí.

Creí que por fin sería familia. Pero era jugador. Cartas, tragaperras Lo ocultó hasta que ya no pudo. Deudas, prestamistas Martín

Calló. En la estufa crepitaban leños. La lamparita temblaba y arrojaba sombras en la pared.

Cuando decidí divorciarme, me lo confesó todo. Pensó que así le perdonaría, que valoraría su sinceridad.

¿Qué te confesó, cariño?

Inés alzó la mirada.

Fue él. El que robó aquellos euros del despacho. Sabía la combinación la vio alguna vez en casa. Los usó ni sé en qué. ¿En su juego? Pero te acusaron a ti.

Silencio intenso.

Remedios se quedó quieta. El rostro pétreo. Solo las manos, sujetando la taza, se pusieron blancas de tensión.

Remedios, perdona. Si puedes. Lo supe hace una semana. Yo no lo sabía, te lo juro

Anda, calla un poco.

Remedios se levantó, lento, y se arrodilló como hacía veinte años, con dificultad, pero con decisión, hasta quedar a la altura de su cara.

Mi niña ¿De qué te culpas?

De tu madre te hacía falta ese dinero

Mi madre murió al año siguiente. Que Dios la tenga en su gloria. Remedios se santiguó. Yo sigo aquí. Tengo mi huerto, mi cabra, mis vecinos. No necesito gran cosa.

¡Pero te echaron! ¡De ladrona!

A veces, por el camino de la mentira llegamos a la verdad Si no me hubieran echado, quizás no habría estado con mi madre sus últimos meses. Así que fui afortunada.

Inés calló. En el pecho ardía una mezcla de vergüenza, dolor, amor, gratitud.

Claro que tuve rabia prosiguió Remedios. Mucha. Nunca había cogido ni un céntimo ajeno y me señalaron como a una vulgar ladrona. Pero al final todo se cura. Tardé, pero lo conseguí. Porque si cargas con el rencor, te pudre por dentro. Yo quería vivir.

Le cogió las manos: frías, rugosas, llenas de surcos.

Has venido. Con tu hijo. A esta ruina con esta vieja. Eso vale más que cualquier caja fuerte.

Inés rompió a llorar. No como los adultos, sino como los niños: dejando que el dolor se desbordara, hundiendo la cara en el hombro enjuto de Remedios.

***

Por la mañana, Inés despertó con un aroma conocido:

Masa fermentada.

Abrió los ojos. Martín resoplaba a su lado, desparramado en la cama. Detrás de la cortina se oía a Remedios trajinando.

¿Remedios?

Despierta, chiquilla, que se enfrían los bollos.

Bollos.

Inés se levantó, salió medio dormida. Sobre la mesa, encima de papel de periódico, estaban los bollos: dorados, torcidos, con los pliegues mal cerrados igual que en su infancia. Y olían a casa.

He pensado dijo Remedios, llenando su taza astillada: en el pueblo hay una biblioteca, buscan ayuda. Pagan poco, pero tampoco necesitas mucho aquí. A Martín lo puede cuidar Valentina la directora de la guardería. Es muy buena mujer. Luego ya veremos.

Lo decía todo sencillo, sin darle importancia, como si el futuro dependiera solo de recomenzar.

Remedios Inés dudó. Yo ya no soy nadie para ti. Han pasado tantos años ¿Por qué me recibes así? Sin preguntas. ¿Por qué?

¿Por qué qué?

¿Por qué me has abierto la puerta?

Remedios la miró, con esa mirada sabia y transparente de siempre.

¿Te acuerdas que preguntaste por qué la masa vive?

Porque respira

Eso es. Y el amor también. Respira. No se puede despedir. Donde se quedaba, allí sigue. Aunque pasen veinte o treinta años.

Le puso delante un bollo caliente, relleno de manzana.

Venga, come algo. Que estás en los huesos.

Inés mordió. Por primera vez en muchísimo tiempo, sonrió.

El día despuntaba. Fuera, la escarcha centelleaba bajo el primer sol. Y el mundo enorme, duro, injusto por un instante se volvía sencillo y bueno. Como los bollos de Remedios. Como sus manos. Como ese amor que nadie puede expulsar.

Martín apareció, frotándose los ojos.

Mamá, huele muy rico.

La abuela Remedios lo ha hecho.

¿A-bue-la? degustó la palabra, mirando a Remedios. Ella le sonrió; las arrugas se esparcieron por el rostro, los ojos brillaron.

Abuela, abuela. Siéntate, hijo. Vamos a comer.

Se sentó y comió. Y por primera vez en medio año soltó una carcajada cuando Remedios le enseñó a moldear monigotes de masa.

Inés los contemplaba a su hijo, a la mujer a la que un día llamó madre y entendía al fin: allí estaba el hogar. No en paredes de mármol ni lámparas de cristal. Solo brazos templados, olor a bollo horneado.

Un amor sencillo, humilde, sin tronos ni anuncios. Un amor que no tiene precio ni se compra. Un amor, simplemente, que existe mientras viva un corazón.

Misterios de la memoria del corazón: olvidamos fechas, nombres, años pero el olor de los bollos de nuestra infancia nos acompaña hasta el último aliento. Quizá porque el amor no se guarda en la memoria, vive mucho más dentro. Allí donde el olvido ni el dolor lo pueden alcanzar. Y hace falta perderlo todo la posición, el dinero, el orgullo para recordar el camino de vuelta a casa. A esos brazos que, cómo no, siempre esperan.

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MagistrUm
En la vieja casa olía a perfume francés y a desamor. La pequeña Elisa solo conocía unas manos cálidas: las de la asistenta, la señora Nuria. Pero un día desapareció dinero de la caja fuerte, y esas manos se esfumaron para siempre. Veinte años después, Elisa regresa a una aldea de la provincia de Soria, con su hijo en brazos y una verdad que le arde en la garganta… *** La masa olía a hogar. No al hogar de la escalera de mármol y la lámpara de cristal de tres alturas donde Elisa creció. No, al verdadero, al que ella se inventó, sentada en un taburete de una cocina amplia, observando las manos de Nuria, enrojecidas por el agua, amasando con fuerza. —¿Por qué la masa está viva? —preguntaba la Elisa de cinco años. —Porque respira —respondía Nuria, sin dejar de trabajar—. ¿Ves cómo burbujea? Se alegra porque pronto irá al horno. Qué cosas, ¿verdad? Alegrarse del fuego. Entonces Elisa no lo entendía. Ahora sí. De pie a la vera de una carretera secundaria, abrazaba con fuerza a su hijo Miguelito, de cuatro años. El autobús, al marcharse, los dejó entre las penumbras de un febrero castellano, y sólo quedaba el silencio —ese silencio especial del campo, donde se oye crujir la nieve bajo pasos ajenos a tres casas de distancia. Miguelito no lloraba. En los últimos seis meses apenas había llorado —había aprendido. Solo miraba con sus ojos oscuros, extrañamente serios para un niño, y a Elisa se le encogía el alma: los ojos de su padre, la barbilla de su padre, el mismo silencio tras el que siempre se escondía algo. No pensar en él. No ahora. —Mamá, tengo frío. —Lo sé, pequeño. Ya buscaremos. No conocía la dirección. Ni siquiera si Nuria vivía aún —habían pasado veinte años, toda una vida. Solo recordaba: “Pueblo de Pinares, provincia de Soria”. Y el olor de esa masa. Y el calor de aquellas manos que, en toda esa casa enorme, eran las únicas que la acariciaban sin motivo alguno. El camino bordea vallas torcidas. En algunas ventanas brilla la luz amarillo opaca de la vida. Elisa se detiene ante la última casita —sus piernas ya no aguantan y Miguelito pesa cada vez más. La cancela rechina. Dos peldaños cubiertos de nieve. La puerta, vieja y astillada, saluda con el olor de los años. Elisa llama. Silencio. Al cabo, pasos arrastrados. Un cerrojo. Y una voz, gastada y mayor, pero inconfundible, que le corta la respiración: —¿Quién anda por ahí en esta noche tan oscura? La puerta se abre. En el umbral, una anciana en rebeca de lana sobre el camisón. El rostro —como una manzana asada, surcado de arrugas, pero los ojos… los mismos. Azules, desteñidos, vivos todavía. —Nuria… La anciana se queda inmóvil. Luego alza la mano —esa mano trabajada, nudosa— y roza la mejilla de Elisa. —Virgen Santa… ¿Elisita? A Elisa se le doblan las rodillas. No consigue responder —sólo le brotan lágrimas calientes en las mejillas heladas. Nuria no pregunta nada. Ni de dónde, ni por qué, ni qué pasó. Solo le pone el abrigo del perchero sobre los hombros. Luego toma a Miguelito —el niño ni se inmuta— y lo estrecha contra sí. —Ya estás en casa, golondrina —murmura—. Pasa, pasa hija. *** Veinte años. Suficiente para alzar un imperio y caer en la ruina. Para olvidar un idioma, enterrar padres —aunque los de Elisa vivían, eran tan ajenos como los muebles de un piso de alquiler. De niña creía que su casa era el mundo. Cuatro plantas de felicidad: el salón con chimenea, el despacho de su padre —a tabaco y solemnidad—, el dormitorio de mamá con cortinas de terciopelo y, abajo, la cocina: su territorio, el reino de Nuria. —Elisita, no estés aquí —intentaban las niñeras—. Tienes que ir arriba, con mamá. Pero mamá hablaba siempre por teléfono —con amigas, socios, amantes (de eso entonces Elisa no era consciente, pero sentía que algo no estaba bien). La cocina, en cambio, era el lugar correcto. Allí Nuria le enseñaba a hacer empanadillas —torcidas, desiguales, llenas de cariño. Esperaban juntas a que subiera la masa —“Shh, Elisi, no hagas ruido, que se ofende y se viene abajo”. Si arriba gritaban, Nuria la sentaba en su regazo y le cantaba una nana campesina. —Nuria, ¿tú eres mi mamá? —le preguntó una vez. —Qué cosas tienes, señorita. Yo solo soy la criada. —¿Entonces por qué te quiero más que a mamá? Nuria calló, alisándole el pelo. Luego susurró: —El amor no pregunta; llega, y se queda. A mamá la quieres, solo de otra manera. Elisa lo sabía: no quería a su madre. Era bella, importante, le compraba vestidos y la llevaba a París, pero nunca le estaba al lado cuando enfermaba. Eso sólo lo hacía Nuria —por las noches, con la mano fresca en la frente. Luego, aquella tarde… *** —Ochenta mil —escuchó Elisa tras una puerta entornada—. De la caja fuerte. Lo recuerdo bien. —¿No será que los has gastado y no te acuerdas? —¡Ildefonso! La voz del padre, cansada, sin brillo. —A ver. ¿Quién tenía acceso? —Nuria limpió en el despacho. Sabe el código, yo se lo di una vez. Silencio. Elisa, con nueve años, entiende demasiado, pero no lo suficiente para cambiarlo. —Su madre tiene cáncer —dice su padre—. El tratamiento cuesta dinero. Pidió adelanto el mes pasado. —No se lo di. —¿Por qué? —Porque es la asistenta, Ildefonso. Si a cada asistenta le damos para sus padres, sus hermanos… —Marina. —¿Qué, Marina? Ya lo ves. Tenía acceso, necesitaba dinero… —No lo sabemos. —¿Quieres llamar a la policía y que todos se enteren de que aquí se roba? Más silencio. Por la mañana, Nuria preparaba su bolsa: su bata, zapatillas, la estampa de San Nicolás que tenía en la mesilla. —Nuria… El rostro sereno, pero los ojos hinchados. —Elisita, ¿no duermes? —¿Te vas? —Me voy, hija. Con mi madre. —¿Y yo? Se arrodilla para mirarla de igual a igual. Huele a masa, a ese calor que nunca se olvida. —Vas a crecer, Elisita. Serás buena persona. Vete a visitarme, si algún día puedes. A Pinares. ¿Te acuerdas? —Pinares. —Eso es. Un beso furtivo en la frente… y se va. La puerta se cierra. El pestillo suena. El aroma de la masa y del hogar desaparece para siempre. *** La casita era minúscula: una sola habitación, la estufa en el rincón, la mesa forrada con hule y dos camas tras la cortina de flores. En la pared, la misma estampa de San Nicolás, oscurecida por el tiempo. Nuria pone a hervir el agua, saca un tarro de mermelada, prepara la cama de Miguelito. —Siéntate, Elisa. No tiene sentido estar de pie. Enseguida entras en calor y hablamos. Pero Elisa no logra sentarse. Hijos de antiguos señores de un palacete, se siente, extrañamente, en paz en esa pobreza. Por primera vez en años, en paz. —Nuria —le tiembla la voz—, perdóname. —¿Por qué, hija? —Por no defenderte. Por no hablar en veinte años. Por… No sabe cómo decirlo. Miguelito duerme. Nuria, sentada enfrente, espera mientras sujeta una taza. Y entonces Elisa cuenta cómo, tras la marcha de Nuria, la casa se volvió completamente ajena. Sus padres se divorciaron, el negocio quebró, la madre se fue a Alemania con otro, el padre se hundió en la bebida y murió. Elisa quedó sola. —Luego conocí a Samuel —explica, mirando la mesa—. Desde niños venía a casa, ¿te acuerdas? Flaco, desgarbado, siempre robando caramelos. Nuria asiente. —Le recuerdo. —Creí tener, por fin, una familia. Y resultó… Es ludópata, Nuria. Apostaba a todo. Yo no lo sabía. Cuando lo supe, era tarde. Deudas, acreedores, Miguelito… Calla. El fuego chisporrotea. —Cuando le pedí el divorcio, quiso confesarme algo, pensando que así le perdonaría. —¿El qué, hija? —Ese robo. El dinero de entonces. Sabía el código de la caja, lo había visto de pequeño. Usó ese dinero… Y te culparon a ti. Silencio. Nuria no mueve un músculo. Solo los nudillos en la taza se ven blancos de apretar. —Nuria, perdóname. Si puedes. Solo lo he sabido hace una semana. Yo no… —Calla. Nuria se levanta, se arrodilla a su lado —con esfuerzo, con dolor en las articulaciones— para mirarla a los ojos, como hace veinte años. —Mi niña. ¿Qué culpa tienes tú? —Pero… tu madre. Necesitabas ese dinero. —Mi madre murió un año después. Descansa en paz. Yo estoy bien. Tengo mi huerta, mi cabra, buena gente. No necesito nada más. —¡Pero te echaron! ¡Como una ladrona! —¿Y no será que a veces Dios nos lleva hacia la verdad a través de la injusticia? Si no me hubiesen echado, no habría tenido ese último año con mi madre. El más importante. Elisa no puede evitarlo: arden dentro de ella la culpa, el dolor, el amor y el agradecimiento. —¿Me dolió? Muchísimo. Nunca robé un céntimo en mi vida. Pero después… se pasa. No enseguida, con los años. Porque quedarse con el rencor dentro te come viva. Y yo quería vivir. Toma las manos de Elisa entre las suyas, frías, ásperas, nudosas. —Has vuelto. Con tu niño. A mi pobre casita de vieja. Eso ¿sabes cuánto vale? Más que cualquier caja fuerte. Elisa rompe a llorar, como una niña, en el delgado hombro de Nuria. *** Por la mañana, Elisa se despierta por el olor. Masa. Abre los ojos. Miguelito duerme al lado. Tras la cortina, Nuria se afana entre ruidos y papeles. —¿Nuria? —¿Ya te has despertado? Venga, Elisa, que se enfrían las empanadillas. Empanadillas. Elisa sale, casi soñando. Sobre la mesa, en papel de periódico, empanadillas doradas, irregulares, como en su infancia. Y huelen… a hogar. —Pienso —dice Nuria, sirviéndole té en una taza desconchada— que podrías buscar trabajo. En la biblioteca del pueblo necesitan ayudante. Pagan poco, pero aquí tampoco se gasta mucho. A Miguelito lo ponemos en la guardería; allí está doña Valentina, que es un sol. Ya veremos. Lo dice con la naturalidad de quien sabe a dónde pertenece todo. —Pero, Nuria —duda Elisa—, yo no soy nada tuyo. Han pasado tantos años. ¿Por qué me has acogido? ¿Sin preguntas? ¿Así, sin más? Nuria le mira como siempre, con esa transparencia cálida y sabia. —¿Te acuerdas que me preguntaste por qué la masa está viva? —Porque respira. —Eso es. El amor es igual. Respira, y respira. No lo puedes despedir, no se va. Donde se instala, ahí se queda. Veinte años o treinta, da igual. Le ofrece una empanadilla. —Anda, come. Estás en los huesos, hija. Elisa muerde y, por primera vez en muchos años, sonríe. Fuera amanece. La nieve brilla bajo el primer sol y el mundo —grande, duro, injusto— parece por un instante sencillo y bueno. Como las empanadillas de Nuria. Como sus manos. Como ese amor que no se despide. Miguelito asoma de la cortina, frotándose los ojos. —Mamá, qué bien huele. —La abuela Nuria las ha hecho. —¿A-bue-la? —repite el niño, mirando a Nuria. Ella le sonríe y los ojos le relucen. —Abuela, sí. Siéntate, hijo, vamos a comer. Y él se sienta. Y come. Y por primera vez en medio año, se ríe, de la mano de Nuria haciendo figuritas de masa. Elisa los mira —a su hijo y a la mujer que fue como madre— y lo comprende: esto es el hogar. No los muros, ni el mármol, ni las lámparas. Sólo manos cálidas. Solo olor a masa. Solo amor, sencillo y callado. Amor que no se paga. Que no se compra. Que simplemente está, mientras lata algún corazón. Curiosa memoria la del corazón. Olvidamos fechas, rostros, años enteros, pero el olor de las empanadillas de mamá lo llevamos hasta el último día. Tal vez porque el amor no vive en la cabeza, sino más hondo, allí donde ni el tiempo ni el rencor pueden alcanzar. Y a veces hay que perderlo todo —estatus, dinero, orgullo— para volver a encontrar el camino a casa. A esas manos que siempre esperan.