En la tristeza y en la alegría

En las buenas y en las malas

—Javi, ¡mira qué vestido me he comprado! ¿Te gusta?
Javier alzó la mirada y sonrió.

—Dale una vuelta, a ver. Muy bonito. ¡Te queda de maravilla! —dijo con ternura.
—A mí también me encantó… Revolví toda la tienda, pensé que me iría sin nada. ¡Y al final lo vi! Fue amor a primera vista. Me lo pondré para el cumpleaños de Lucía este verano.

—No, no te lo pongas —respondió Javier, fingiendo seriedad.
—¿Por qué no? —preguntó Laura, desconcertada.
—Porque vas a ser más guapa que la cumpleañera. Y eso no se hace.
Laura se rio, y Javier pensó qué hermosa risa tenía su mujer.
—¡Vaya tonto eres!

Ella se acercó al espejo, admirando su nueva adquisición. El vestido azul cielo le sentaba de verdad, haciendo que sus ojos grises brillaran como el mar. Javier la contemplaba con orgullo, pero un nudo le apretaba el estómago. Seguía sin contárselo… No sabía cómo hacerlo. Esperaba que todo se solucionara solo.

—Oye, ¿cuándo decíamos que íbamos de vacaciones? —preguntó Laura, mirándolo a través del reflejo.
—En septiembre… —contestó él con voz ronca por la tensión.
—En septiembre… Tendré que buscar bañadores. Solo tengo dos, y no son suficientes.
Javier cerró los ojos. No podía seguir ocultándolo. Quería protegerla, pero sabía que era imposible. Debía hablar.
—Lauri, siéntate un momento —dijo con calma.

Ella se giró, aún sonriente, pero al ver su expresión seria, la sonrisa se desvaneció.
—¿Qué pasa, Javi? —preguntó, preocupada, mientras se sentaba a su lado.
—Tengo malas noticias…

—Dios mío… No me asustes así. ¿Está bien tu madre? ¿Alguien de la familia?
—¡Todo el mundo está bien! —la tranquilizó él. Luego, tomándole las manos, añadió—: La empresa ha quebrado.
Laura lo miró fijamente, tratando de asimilarlo.

Se habían casado hacía cinco años. Javier era diez años mayor, pero ella se había enamorado perdidamente. Y la edad nunca fue un problema. Por entonces, su negocio comenzaba a despegar, y nadie podría acusarla de estar con él por interés. Quienes los conocían veían el amor que se tenían.
Dicen que algunos matrimonios están hechos en el cielo. Ese era el suyo. Eran como dos mitades de un todo. Su relación no tenía fisuras. Ni mentiras, ni engaños.

Tras la boda, el negocio de Javier prosperó. Ganaban bien, y pronto cambiaron su pequeño piso por una casa amplia. Compraron coches, viajaban a menudo. Su vida, ya feliz, se volvió aún mejor.
Javier creía que un hombre casado debía asumir el sustento del hogar. Su mujer podía trabajar, pero su sueldo no era la prioridad. Por eso, ni siquiera sabía cuánto ganaba Laura. Ella gastaba en sí misma: tratamientos de belleza, ropa, caprichos. A veces compraba la comida o pagaba facturas menores, pero por voluntad propia. El peso económico recaía en él. Y así le gustaba.

Ahora debía confesar su fracaso. Y su debilidad.
Por un momento, pensó que si Laura decidía dejarlo tras la quiebra, lo entendería. No había cumplido su promesa.
—¿Cuánto tiempo llevaba yendo mal? —preguntó ella en voz baja.
—Meses. Creí que lo sacaría adelante, pero no. Hoy se declaró oficialmente en bancarrota. Lo siento…

Javier bajó la cabeza. Le daba vergüenza mirarla a los ojos.
—¿Por qué no me lo contaste antes? —reprochó ella, dolida.
—No quería cargarte con esto. Pensé que lo resolvería solo.
—¡Javi! —exclamó ella—. Somos familia. ¿En las buenas y en las malas, recuerdas? ¿De verdad creíste que solo estaría para lo bueno?
—No quería que mis problemas pesaran sobre ti —suspiró él.
—Bueno —dijo Laura, sonriendo mientras le acariciaba el hombro—. Lo superaremos. ¿Qué piensas hacer?

—No lo sé —admitió Javier—. Revisaré cuentas, veré cuánto nos queda. Buscaré trabajo. Quizá en el futuro pueda montar algo nuevo…
—Vale —dijo ella, levantándose—. Devolveré el vestido.
—¡Ni lo sueñes! —protestó él—. Te queda precioso, y te encanta.
—No importa —repuso Laura—. Tengo un armario lleno de vestidos. Además, sería feo eclipsar a Lucía en su cumple, como bien dijiste.
Javier sonrió, sintiendo un dolor en el pecho.

—Su precio equivale a la comida de dos semanas. Ahora necesitamos eso más —añadió ella—. Cuando todo mejore, me compraré otro, incluso mejor.
Esa noche revisaron sus finanzas. Ajustando gastos y contando con el sueldo de Laura, podrían aguantar unos seis meses.
—Si hace falta, venderemos uno de los coches —propuso ella.
—Mañana mismo empiezo a buscar trabajo —aseguró Javier—. Si no encuentro algo decente, me haré repartidor, mozo de almacén, lo que sea. No quiero cargarte a ti.

Laura guardó silencio. Parecía calcular algo en su mente.
—Javi, dijiste que querías emprender otra cosa…
—Sí, tengo ideas, pero sin dinero es imposible. Y da miedo volver a fracasar.

—Bueno, lo pensaremos —repuso ella.
Pasó la noche en vela. Sabía que Javier tenía madera de emprendedor. Si ahora se rendía, acabaría trabajando de cualquier cosa, pero no era eso lo suyo. Necesitaba crear, construir, innovar.
No era solo el dinero. Era la satisfacción de hacer lo que amaba.

Por la mañana, le pidió que le explicara su idea. Tras escucharlo, decidió que valía la pena.
—¿Cuánto necesitas para empezar?
La cifra que mencionó no era pequeña.

—Y no habrá beneficios en meses. Solo gastos al principio —reconoció él.
—Vendamos los dos coches. Con eso tendremos suficiente —propuso Laura con firmeza.
—No, tú necesitas el coche para ir a trabajar —se opuso él.

—Oye, Javi —sonrió ella—, de pequeña iba a la escuela de música al otro lado de la ciudad. Tres días a la semana, tomaba un autobús, luego un tranvía… Y jamás me quejé. Porque no había otra opción. Ahora tampoco me moriré por ir en transporte público. Solo son media hora.
—Y veinte minutos andando hasta la parada —refunfuñó él.
—Engordé cinco kilos este invierno. Necesito moverme. Si crees en tu idea, hazlo.

—¿Y si sale mal? —preguntó, asustado. Era un hombre seguro en los negocios, pero ahora temblaba como un niño. No por el dinero, sino por no defraudarla.
—Si sale mal, probarás otra cosa. Yo creo en ti, mi amor.

Sus amigas, al enterarse, no aprobaron su decisión.
—No es cosa tuya mantener a un hombre. ¡Que trabaje! —decían—. Ya arruinó un negocio, ¿y ahora le das todo?
—¿Vender los coches? Yo nunca lo haría. Él se metió en esto, que se las apañe.

—Ay, chicas —respondió Laura, sonriente—, yo amo a mi marido y lo apoyaré siempre. Y confío en él como empresario. Si habláis así, parece que el matrimLo peor de todo es que vosotras jamás entenderíais lo que significa luchar juntos por lo que vale la pena.

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