En la salud y en la adversidad

Y mira, te voy a contar una historia de esas que parecen sacadas del pueblo de tus abuelos, una historia que le pasó a una mujer llamada Eulalia, de un pueblecito cerca de Salamanca. Resulta que Eulalia enviudó muy joven, con tan solo 42 años. Para entonces, su hija, Inés, ya se había casado con un buen chico del pueblo de al lado y se había ido a Bilbao con el marido, a ver si allí conseguían ganar unas buenas perras.

Inés llamaba de vez en cuando, todo muy rápido, para decirle a su madre que no se preocupara, que todo iba viento en popa: trabajo, amigos, la familia política, que no le podía ir mejor. En esos momentos, a Eulalia le daba un pellizco el corazón, consciente de lo lejos que estaba ya su hija, como si fuera un trozo de pan separado del resto.

El problema era que Eulalia, ahora sola, se quedó sin trabajo porque el colegio donde ayudaba en la cocina cerró el año anterior. Pero no se vino abajo, que va. Cogía el autobús dos veces a la semana y se iba al pueblo de al lado a vender leche, queso fresco y requesón a las vecinas que ya le conocían.

Lo poco que sacaba le daba justo para ir tirando, pero tampoco tenía muchas necesidades. Vivía de la leche y el queso y de las verduras que cultivaba en su huerto. Ni tiempo tenía para ponerse a pensar en la soledad, porque tenía el patio lleno de gallinas, patos y ocas, una vaca llamada Aurora que mugía en el establo y un gato, Lorenzo, que no se separaba de sus tobillos. Entre dar de comer a los animales y limpiar aquí y allá, se le pasaban los días volando.

Siempre después de comer, Eulalia se sentaba en su taburete junto a la ventana y se quedaba contemplando los almendros y los chopos que había alrededor de la casa. Había una fuente natural justo detrás de los árboles, de la que brotaba agua fresca y pura, y formaba una charquita preciosa.

Y claro, aquel rincón tan bonito no pasó desapercibido. Así que un buen día, Eulalia se despierta con el ruido de las máquinas y furgonetas acercándose a la casa. Se pone encima la bata de franela de su madre, sale al porche y ve un grupo de gente inspeccionando el terreno.

Se acerca a uno de ellos, un hombre con pinta de trajeado de ciudad, y le pregunta:

Buenos días, ¿y toda esta movida?

El hombre gira, la estudia de arriba abajo y le pregunta:

¿Vive usted aquí? Acabo de comprar el terreno para hacer una casa. Parece que vamos a ser vecinos.

Eulalia se quedó ahí, pasmada, volvió dentro y decidió que tenía que informarse un poco de quién era ese empresario que se iba a instalar al lado. Así que se vistió rápido y fue al ultramarinos.

Allí la recibía la charlatana Matilde, la dependienta, que era un pozo de información y le contó que un empresario de Madrid había comprado el terreno para hacerle una casa a su hermano gemelo, que por lo visto estaba enfermo y los médicos le habían recomendado trasladarse al campo.

Vaya, dijo Eulalia pensativa quien sabe, a lo mejor abre alguna tienda nueva y da trabajo

Anda, Eulalia, sueñas despierta, se echó a reír Matilde.

Al salir, Eulalia se topó con Manolo, el panadero, que descargaba un cesto enorme de barras.

¡Eulalia! Sujétame la puerta, hija.

Le abrió y él, que llevaba años tonteando con ella, le ofreció una barra de pan calientito y le guiñó un ojo. Eulalia se sonrojó y le gritó a Matilde:

Apúntame la barra, que te la pago luego.

El caso es que todos en el pueblo sabían que a Manolo le gustaba Eulalia, aunque él era más joven y la gente decía que Eulalia era demasiado mayor para él. Y ella por eso, por lo que pudieran decir, nunca se permitió devolverle las atenciones, aunque tampoco se le veían ganas de buscar a nadie más.

Bueno, pues las obras del nuevo chalet fueron rápidas. Cuando ya estuvo construido, con las luces encendidas y todo, Eulalia se acercó con un bizcocho de manzana casero para hacer la visita de rigor.

Abrió la puerta de la casa nueva, marcada por ese olor tan especial a madera recién puesta, se quedó un poco cortada, pero entró, y allí vio a dos hombres y a unas mujeres con mono de trabajo.

Perdonad, soy la vecina, vivo en la casita de ahí al lado. Os traía un bizcocho.

Gracias, le dijeron, pero enseguida vio que no le hacían mucho caso.

Oye, ¿y no sabréis si necesitáis alguna mano? Mira que yo le doy bien a los rodillos, la llana, la escoba; lo que haga falta preguntó Eulalia. Los obreros negaron con la cabeza.

Así que volvió a su casa con el corazón mustio. Le dio por mirar su vieja casa con otros ojos. Daba pena, con el tejado hundido y las paredes llenas de humedad. Pero lo que más le dolió fue sentir que a los nuevos vecinos parecía no importarles tenerla al lado. En otros tiempos, la gente del pueblo no tardaba en presentarse cuando llegaba un vecino; era lo natural. Pero ahí, ni hola.

Con el tiempo, decorar el chalet se volvió un espectáculo: luces de Navidad, camiones de mudanza, cajas y muebles, una chica joven vestida de punta en blanco entrando en la casa.

Eulalia la miraba desde la ventana: Menuda reina de la belleza, será parienta del empresario, pensaba.

Pero al supuesto hermano enfermo ni lo veía salir jamás, solo a la muchacha, que apenas le dirigía la palabra al cruzársela en el súper del pueblo: ni hola bien dado.

Así pasó más de un año, y Eulalia dejó de intentar ser amable.

Hasta que un día, la chica tocó a su puerta.

Hola, he visto que tienes vaca, gallinas ¿No me venderías carne o leche? También me interesarían huevos, patatas, mantequilla te lo pago, claro.

A Eulalia se le alegró el día y le sacó carne de la nevera, que justo había sacrificado un ternero hacía poco.

¿Cómo se hace esto? preguntó la chica.

Pues hay que cocerlo un buen rato, hija, o bien freírlo en la sartén.

Es que no sé cocinar. ¿No podrías tú prepararme la comida y yo me la llevo hecha?

Eulalia, que veía las uñas impecables de la chica, se la quedó mirando y le preguntó el nombre.

Marisol, dijo la joven.

Yo soy Eulalia, puedes llamarme Lali.

Así empezaron; Eulalia cocinaba y Marisol le pagaba unas cuantas pesetas por los guisos y la faena. El amo de la casa, don Rafael, era un hombre seco al principio, muy en su mundo. Pero en cuanto probó la comida de Eulalia, se le ablandó el carácter.

Pero, claro, en casa nunca había nada recogido; ni la cama hecha ni los suelos limpios. Total, Eulalia cogió la fregona y dejó la casa reluciente. El dueño se molestó:

Yo solo pago por cocinar, no por limpiar.

Como quieras contestó Eulalia, pero no pudo evitar sentirse herida.

A partir de entonces el hermano empresario dejó de venir y Marisol ya ni pasaba por el súper, y empezó a tratar a Eulalia con bastante frialdad. Al poco, Marisol le soltó de sopetón:

No limpies más los platos, ni traigas carne. Solo tráenos huevos, patatas y leche.

Y, una tarde, Eulalia encontró el chalet patas arriba, cosas tiradas por todas partes, el armario hecho trizas, el suelo lleno de botellas. En la cocina, don Rafael se había dado a la bebida.

Marisol se ha marchado, me ha dejado, le contó apesadumbrado y, totalmente borracho, le pidió que le cocinara un filete y se lo friera.

Eulalia, que en el fondo era una buena mujer, así lo hizo, y entre el olor a carne, Rafael, emocionado por el trato, le soltó de repente:

Eres maravillosa, Lali. No te vayas. Quédate conmigo.

Ella sintió que le sonrojaban aquellas palabras. Al final, acabó recibiendo miradas y comentarios en el pueblo, y Matilde la abordó en el súper:

¿Y eso que ahora ya hasta duermes en casa de don Rafael? Mira que ese tiene fama de mujeriego, te lo digo por tu bien, Lali.

Ella se encogió de hombros:

Bah, deja que hablen. Lo mío con Rafael es serio, hay amor, Matilde.

Y desde entonces Rafael le prometió boda y casa en propiedad. Así fue, la llevó al registro civil de Salamanca, y se casaron. Hasta anillo de oro le regaló.

Eulalia, que al principio se sintió reina, no tardó en ver el otro lado. Rafael se dedicaba a beber como un cosaco y lo único que hacía era comer carne; ni siquiera le daba importancia al cuidado de la casa ni de los animales. Al final, hasta el gato Lorenzo le molestaba.

Un día fue Inés a verla y le soltó:

¿Y esto es casarse, mamá? ¡Si pareces la criada del hombre ese!

Eulalia intentó defenderlo, diciendo que pobre Rafael estaba estresado por el cambio de ciudad al campo, pero Inés, lista, le dijo que el chalet seguía a nombre de otra persona, que tuviera cuidado porque Rafael podía echarla en cualquier momento.

Y así pasó: el hermano murió, la casa pasó a la viuda y Rafael le puso cara de póker cuando se lo contó:

Habrá que pelearle el piso a la viuda, Lali; ten un hijo, mejor dos, me encierras aquí y que nos saquen con Guardia Civil si hace falta.

Eulalia lo miraba alucinada.

Pero tú me quieres, ¿no, Rafael?

Rafael solo se rió y masculló: Lo tuyo conmigo es lo mismo que lo mío contigo: conveniencia, Lali.

El día que Eulalia decidió que ya estaba hasta el moño, abrió la despensa y vio que el poco embutido y carne que le quedaba se había cambiado por cajas de vino barato. Rafael se había fundido todo.

Pues nada, ahí te quedas, Rafael, yo me largo.

Pidió el divorcio, volvió a su pequeña casa y, al poco, Rafael intentó entrar por la fuerza a buscarle cobijo, pero Eulalia se fue al refugio de Matilde, quien la acogió como a una hermana.

Con el tiempo, Rafael acabó marchándose de la aldea. Eulalia volvió a casa casi sin nada, las despensas vacías, ni gatos ni animales, todo lo había perdido. Entonces se presentó Manolo, el panadero, que le traía a Lorenzo, el gato, en brazos.

Lali, he echado a ese sinvergüenza de tu casa y he rescatado a Lorenzo, le dijo con cariño.

Eulalia, emocionada, le dio las gracias. Manolo la cuidó y, al final, acabaron casándose. Inés, al ver que su madre volvía a ser feliz, les visitó de vez en cuando y la familia volvió a unirse.

¿Lo mejor? La nueva dueña del chalet resultó ser una mujer maja, que el primer verano fue a visitar a Eulalia con una empanada de regalo. Hasta se hicieron amigas.

Y mira, Rafael, el gran seductor, dicen que se fue a Madrid, se casó con una viuda y sigue dándole al tinto como siempre. El pobre hombre nunca supo lo que era tener un verdadero hogar. Al final, la vida, Eulalia la vivió de verdad junto a los suyos, en las buenas y en las malas, con los pies en la tierra y el corazón en el sitio.

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