En la hormiguera vivía una pequeña hormiga. No era la más fuerte, la más ágil ni la más lista. Pero tenía una cualidad que la distinguía de las demás: no podía pasar por alto el dolor ajeno.

En el hormiguero de la sierra de Guadarrama vivía una hormiga diminuta llamada Begoña García.
No era la más fuerte, la más ágil ni la más lista, pero poseía una cualidad que la distinguía entre sus compañeras: no podía pasar de largo ante el sufrimiento ajeno.

Cuando algún camarada se cansaba y no lograba arrastrar una semilla, ella lo ayudaba.
Si alguno tropezaba, ella lo levantaba.
Cuando la lluvia derrumbó los túneles, ella fue la primera en ponerse a repararlos.

Con el tiempo, las demás hormigas se acostumbraron a verla siempre cerca:
si una semillita caía, ella la recogía;
si el trabajo se acumulaba, ella lo terminaba;
si alguien se agotaba, le ponía el hombro.

Nadie le preguntó jamás: «¿Y tú, Begoña, no estás cansada?»
Cada día trabajaba no solo por sí misma, sino también asumiendo todo aquello que los demás no alcanzaban. ¿Descansar? No. Se decía en voz baja: «Aguanta un poco más. Lo importante es que a los demás les resulte más fácil».

Un día sintió que sus piernas temblaban, la espalda le dolía y la semilla que llevaba se había vuelto más pesada que nunca.
¿Qué haría si dejaba abandonado el hormiguero?

Un colega le pidió ayuda y ella accedió.
Otro apretó los dientes y también aceptó.
Un tercero comentó: «Siempre encuentras tiempo», y ella, sin rechazar, volvió a decir que sí.

Entonces ocurrió lo que ella misma no había previsto: se desplomó bajo el peso de tantas preocupaciones ajenas.
Los demás hormiguitas pasaban al lado sin percatarse, convencidas de que «pronto se pondrá en pie».

Pasaron los días; las semillas se amontonaban, los túneles se derrumbaban y el hombro solidario desapareció.
Fue entonces cuando las hormigas comprendieron que Begoña había hecho mucho más de lo que cualquiera imaginaba. La buscaron, pero no la hallaron.

Al fin, el viejo hormiguero de la colina, Don José López, suspiró agotado:
—Se ha ido. Se dio cuenta de que su labor no se valoraba mientras estaba aquí.
—¿Por qué no lo dijo? —se indignaron las demás.
—¿Alguna vez le preguntaron cómo estaba? —repuso Don José.

Un silencio cayó sobre el hormiguero. Todos entendieron que su ayudante siempre había estado al lado, pero cuando ella necesitó apoyo, nadie lo notó.

MORALEJA: en todo grupo hay quien carga más que los demás, quien dice «sí» cuando ya está al borde y ofrece su hombro sin pedir nada a cambio. Cuando esas personas desaparecen, solo entonces se percibe su valor incalculable.

Pregúntate: ¿lo reconocerás a tiempo? ¿Volverán si se marchan?

Si en tu vida hay alguien así, no guardes silencio. Pregunta hoy mismo: «¿Te cuesta mucho? ¿En qué puedo echarte una mano?». Un simple «gracias» o un gesto de reconocimiento puede cambiarlo todo.

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MagistrUm
En la hormiguera vivía una pequeña hormiga. No era la más fuerte, la más ágil ni la más lista. Pero tenía una cualidad que la distinguía de las demás: no podía pasar por alto el dolor ajeno.