En el hormiguero de la sierra de Guadarrama vivía una hormiguita llamada Lola.
No era la más fuerte, la más veloz ni la más lista de la colonia, pero poseía una cualidad que la distinguía: no podía pasar por alto el sufrimiento ajeno.
Cuando alguna hormiga se cansaba y no lograba arrastrar una semilla, Lola la ayudaba.
Si alguna tropieza, ella la levantaba.
Cuando la lluvia destruyó los túneles, fue la primera en lanzarse a repararlos.
Con el tiempo, las demás hormigas se acostumbraron a su presencia constante:
si una semilla caía, Lola la recogía;
si alguien se quedaba corto, ella terminaba la tarea;
si otro se agotaba, le ponía su hombro.
Nadie le preguntó jamás: «¿Y tú, pequeña, no estás cansada?»
Cada día trabajaba no sólo por sí misma, sino también por todo aquello que los demás no podían terminar. ¿Descansar? No. Se murmuraba a sí misma: «Un poco más, que lo importante es que a los demás les sea más fácil».
Un día sintió que sus patitas temblaban, su espalda dolía y la semilla que llevaba se había vuelto más pesada que nunca. ¿Cómo podría seguir sosteniendo al hormiguero?
Uno pidió ayuda y Lola accedió.
Otro apretó los dientes y también aceptó.
Un tercero comentó: «Siempre encuentras tiempo», y ella, como siempre, no dijo que no.
Entonces sucedió lo inesperado: bajo el peso de tantas preocupaciones ajenas, Lola se desplomó.
Los demás hormiguitos pasaron corriendo a su lado sin percatarse, seguros de que «pronto se levantará».
Los días siguieron pasando, las semillas se acumulaban, los túneles se derrumbaban y el hombro que siempre estuvo allí desapareció.
Al fin las hormigas comprendieron que Lola había hecho mucho más de lo que imaginaban. La buscaron, pero no la hallaron. Solo el viejo hormiguero que vivía al borde de la colmena suspiró, cansado:
—Se ha ido. Se dio cuenta de que su esfuerzo no se valoraba mientras estaba.
—¿Por qué no lo dijo? —se quejaron las demás.
—¿Alguna vez le preguntaron cómo estaba? —respondió el anciano.
El hormiguero quedó en silencio. Todos entendieron que su ayudante siempre estuvo cerca, pero cuando ella necesitó apoyo, nadie lo notó.
MORALEJA: En cualquier equipo hay quienes cargan más que los demás. Ayudan en silencio, dicen «sí» cuando ya están al límite y nunca piden nada a cambio. Sólo cuando desaparecen, la gente se da cuenta de lo imprescindibles que eran.
Pregúntate: ¿lograrás reconocer su esfuerzo a tiempo? ¿Volverán si se van?
Si conoces a alguien así, no te quedes callado. Pregúntale hoy: «¿Te cuesta mucho? ¿En qué puedo ayudarte?». A veces, una sola pregunta cambia todo.