En espera del encuentro

**Esperando el Encuentro**

Septiembre había sido cálido, seco y soleado. El sol bajo del otoño cegaba, sobre todo al atardecer. Román bajó la visera del coche para protegerse. Él era alto, así que le servía, pero ¿y Dámaris?

Cuántas veces le había insistido en que dejara el coche en casa. Él mismo la llevaría al trabajo y la recogería. Pero sus horarios no coincidían.

—Me encanta que te preocupes por mí— decía Dámaris, acurrucándose contra él—. Pero conduzco con cuidado, tú mismo lo sabes. No puedo vivir sin mi coche.

—Vale, pero al menos prométeme que usarás gafas de sol. La próxima semana empezarán las lluvias y bajarán las temperaturas. Aunque, la verdad, el asfalto mojado tampoco es mejor que el sol cegador. En ambos casos puede haber peligro.

—Eres tan protector. Todo irá bien. Te lo prometo— contestó ella con solemnidad.

Román aparcó frente al edificio y, por costumbre, miró hacia las ventanas del tercer piso. El sol se reflejaba en los cristales; no distinguía si las persianas estaban bajadas o no. Si no lo estaban, el piso estaría asfixiante, convertido en un horno tras horas de calor.

Notó que el coche de Dámaris no estaba. Extraño, no había avisado de que se retrasaría. Revisó el móvil por si acaso: ni una llamada perdida ni un mensaje. Ella solía terminar una hora antes que él. Para cuando él llegaba, ella ya había preparado la cena.

Guardó el teléfono, cerró el coche con llave y entró en el portal.

***

Se habían conocido hacía año y medio. Román volvía del trabajo y vio un coche detenido en el arcén, con la puerta abierta, y a una chica menuda y perdida junto a él. Rueda pinchada, supuso. Se detuvo y le ofreció ayuda. Así empezó todo.

Dámaris vivía de alquiler. Pequeña, frágil, orgullosa e independiente. Junto a ella, él se sentía fuerte, protector. Pero ella se enfadaba cuando la trataban como si no pudiera cuidarse sola. Al poco, él le propuso mudarse juntos. ¿Para qué pagar dos alquileres si ella pasaba las noches en su casa?

El piso de Román, antes una madriguera de soltero, cambió por completo. Aparecieron mantas, cojines de colores, lámparas cálidas. El aroma a bollos recién horneados, guisos y vainilla lo llenaba todo. Ya no era un simple estudio, sino un hogar.

Un día, Dámaris llegó con un cachorro sucio y tembloroso que se refugiaba de la lluvia bajo un arbusto raquítico.

—¿Qué haces con eso? Está sucio, huele mal y tiene pulgas. Encima nos lo dejará todo perdido— se quejó Román. Nunca le habían gustado las mascotas.

—Míralo, Román, es adorable. No tiene pulgas, solo frío. Morirá si lo dejamos. Lo bañaré y mañana lo llevaré al veterinario. No te preocupes, yo me ocuparé— dijo, abrazando al animalito mojado.

—Sabes que no me gustan los perros. Déjalo en la clínica si quieres.

La mirada de Dámaris fue tan firme que Román supo: si insistía, ella se iría con el perro. Y eso no podía permitirlo. Estaba perdidamente enamorado. Así que no le quedó más que aceptar.

Al inocente cachorro, Dámaris le puso el nombre más épico posible: Rex. Y el perro, como si lo entendiera, levantó la cabeza y movió las orejas.

—¡Mira, le gusta!— se rió ella.

—¡Rex!— llamó Román, pero el perro ni se inmutó.

Con buena comida, Rex creció rápido. En seis meses se convirtió en un perro mediano de pelaje dorado y suave. Una mezcla de razas, pero con algo innegable de retriever.

Aunque Román lo acariciaba y jugaba con él, Rex solo obedecía a Dámaris. La seguía a todas partes, ignorando las órdenes de Román, quien hasta sentía ciertos celos.

Así vivían los tres. Román estaba contento, había aceptado a Rex e incluso lo sacaba a pasear por las mañanas. No pensaba en hijos. Algún día, tal vez, pero por ahora eran felices así.

***

Antes de llegar al piso, Román ya oyó los ladridos y aullidos de Rex. Al abrir la puerta, el perro se escabulló hacia las escaleras.

Román suspiró, cerró y salió tras él.

—Tranquilo, amigo— masculló, viendo cómo Rex arañaba la puerta principal.

Normalmente esperaba a que le pusieran la correa, pero hoy actuaba extraño, impaciente. Al salir a la calle, corrió hacia delante, mirando atrás como invitando a Román a seguirlo.

—Voy, voy. ¿Adónde vas?— refunfuñó, acelerando el paso.

El perro movió las orejas y, de pronto, salió disparado.

—¡Para!— gritó Román—. ¿Dónde demonios vas?

Rex se detenía de vez en cuando, asegurándose de que lo seguía, y volvía a correr, guiado por un instinto invisible.

Román entendió que no era una carrera sin motivo. Rex solo corría así cuando iba hacia Dámaris. Un mal presentimiento lo hizo apretar el paso, la angustia del animal contagiándole.

Atravesaron el parque donde paseaban, luego callejones. Román jadeaba, el corazón a punto de estallarle. Al fondo, oyó los ladridos de Rex. Corrió con las últimas fuerzas, maldiciendo la vitalidad del perro y prometiéndose empezar a hacer ejercicio.

Salió a una carretera serpenteante entre casitas bajas, supervivientes de otra época en medio de la ciudad. Rex estaba en el arcén, olfateando el suelo. Solo al acercarse, Román vio los cristales rotos esparcidos. El perro lanzó un ladrido ronco.

Román lo supo al instante: algo le había pasado a Dámaris. ¿Por qué había tomado esta ruta? Rex aulló, luego ladró de nuevo. Un niño, tras una valla, jugaba con algo.

—Oye, ¿sabes qué pasó aquí?— preguntó Román, esperando a que pasara un coche.

—Un accidente. Iba saliendo del colegio y vi cómo se llevaban la ambulancia y luego la grúa— contestó el chico.

—¿De qué color era el coche? ¿Rojo?

—Creo que sí.

Román sacó el móvil y marcó.

—Dígame, ¿ha llegado una llamada reciente…? ¿A qué hospital? Gracias.

Se arrepintió de no haber llevado la correa. Rex no quería irse del lugar. Decidió no insistir y corrió hacia su coche.

El sol se había puesto. Al llegar al hospital, ya era noche cerrada. Preguntó por Dámaris. El médico lo miró cansado.

—¿Usted es?

—Su marido.

—No tengo buenas noticias. Falleció en el camino.

El corazón de Román se detuvo. Su mente giraba en círculos: error, no es ella, nunca venía por aquí, imposible. Debo llamarla…

—¿Puedo verla?— preguntó con voz ronca.

—No hay mucho que ver. El rostro está… dañado.

—¿Y si no es ella?— aún había esperanza.

—Llevaba documentos. Venga— el médico lo guió por pasillos, luego salieron y doblaron una esquina. Las piernas de Román flaquearon al ver la entrada del depósito.

—¿Se encuentra bienRomán cerró los ojos, sintiendo el cálido peso del nuevo cachorro en su regazo, y por primera vez desde la tragedia, creyó que, tal vez, en algún lugar, Dámaris los estaba mirando y sonriendo.

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