En el umbral esperaba un desconocido. Desde el instituto, Víctor estuvo enamorado de Juana. Le escribía notas y buscaba llamar su atención de cualquier modo. Pero a Juana le gustaba Diego, un alto rubio que jugaba al voleibol con ella en el equipo escolar. El torpe Víctor, que además tenía malas notas, no lograba interesarla. Pronto, Diego empezó a salir con Elena, una chica de la clase paralela. Al terminar el colegio, Víctor volvió a intentar conquistar a Juana. Incluso le pidió matrimonio en la fiesta de fin de curso… Pero ella le contestó tajante: “¡No!”. Ni siquiera quería pensar en ese chico. Después de la universidad, Juana empezó a trabajar como contable. Su jefe era un atractivo moreno, diez años mayor. Juana admiraba su profesionalidad, su inteligencia y su carisma. Entre ellos surgió una complicidad especial; a Juana no le preocupaba que él estuviera casado y tuviera un hijo pequeño. Valeriano Borja le prometía separarse y juraba que solo la amaba a ella. Pasaron los años; Juana se acostumbró a pasar fines de semana y fiestas sola, siempre esperando que su amado cumpliera lo prometido y por fin estuvieran juntos. Un día Juana los vio a ambos en el supermercado. Su esposa estaba embarazada y él la sujetaba de la mano con ternura. Después cogió las bolsas y se marcharon juntos en coche. Con lágrimas en los ojos, Juana observó aquella escena familiar perfecta. Al día siguiente se despidió del trabajo… Se acercaba la Nochevieja, y a Juana no le apetecía comprar comida, decorar la casa, ni celebrar nada. Al volver un día encontró la casa helada; la caldera no funcionaba y ella vivía en un chalet a las afueras. Intentó llamar a un técnico, pero las vísperas de las fiestas los precios se disparaban, sobre todo cuando sabían que había que ir a las afueras de la ciudad. Ya casi desesperada, llamó a una amiga. El marido de esta trabajaba en el sector y quizá pudiera ayudar. Larisa prometió avisarle enseguida. Dos horas después, Juana oyó el timbre de la puerta. En el umbral estaba un desconocido… aunque viéndolo bien, reconoció a Víctor, su antiguo compañero de clase. —Hola, Juana, ¿qué te ha pasado por aquí? —¿Eh? ¿Cómo lo supiste? —El jefe me llamó y me pidió que viniera a esta dirección, que aquí hacía frío. ¿Has vaciado el agua para que no se congelen los radiadores? —No… no sé cómo hacerlo. —¡Vaya! Así puedes quedarte sin calefacción. Menos mal que no hace mucho frío afuera. Víctor vació el sistema rápidamente, toqueteó la caldera y se marchó. En menos de una hora regresó con las piezas necesarias. Pronto, la casa de Juana volvió a estar caliente. Víctor se lavó las manos y preguntó: —Juana, tienes un grifo que gotea y la bombilla de la entrada parpadea… ¿No puedes pedirle a tu marido que lo arregle? —No tengo marido… —¿Y eso? ¿Sigues esperando al hombre perfecto? —¿Qué hombre perfecto…? No tengo a nadie —confesó Juana de repente. —¿Y entonces por qué me rechazaste? —sonrió Víctor. Ella no respondió… Arreglando el grifo y cambiando la bombilla, el hombre se fue a casa. Juana recordó su infancia y juventud, a aquel niño regordete que estuvo enamorado de ella. Víctor había cambiado mucho: ahora era alto, atlético y de ojos castaños, pero la sonrisa seguía siendo la misma. Ella ni siquiera había podido preguntarle si estaba casado. La noche del 31 de diciembre alguien volvió a llamar a la puerta. Juana fue a abrir, sorprendida; no esperaba visitas. En el umbral estaba Víctor. Vestía un traje nuevo y llevaba un ramo de flores en la mano. —¡Juana! Te lo pregunto otra vez. ¿Quieres casarte conmigo o vas a esperar a un príncipe hasta la jubilación? Ella se echó a llorar y asintió alegremente. A la segunda, la propuesta por fin fue aceptada…

En el umbral se encontraba un desconocido.

Recuerdo que Álvaro estaba enamorado de Lucía desde los años de colegio. Le enviaba notitas, intentaba llamar su atención de cualquier manera posible.

Pero a Lucía le gustaba Sergio, un muchacho alto y rubio, compañero suyo en el equipo de voleibol.

Al tímido y algo torpe Álvaro, que además nunca destacaba en los estudios, Lucía apenas le prestaba atención.

No pasó mucho tiempo hasta que Sergio comenzó a salir con Marta, una chica de la clase de al lado.

Al terminar el instituto, Álvaro volvió a intentar acercarse a Lucía.

Incluso llegó a pedirle matrimonio durante la fiesta de fin de curso…

La respuesta de Lucía fue tajante «¡No!». No quería ni oír hablar de Álvaro.

Después, Lucía estudió en la universidad y al acabar consiguió trabajo como contable. Su jefe, Don Fernando Gómez, era un hombre atractivo, de pelo oscuro y al menos diez años mayor que ella.

Lucía admiraba su profesionalidad, su porte elegante y su inteligencia.

Acabaron surgiendo sentimientos entre ellos y a Lucía no le importó que él estuviera casado y tuviera un hijo pequeño.

Don Fernando siempre le prometía que se separaría y juraba amarla solo a ella.

Pasaron los años, y la joven se fue acostumbrando a pasar los fines de semana y las fiestas sola. Seguía esperando a que su amado se divorciara y pudieran estar juntos.

Un día, Lucía los vio juntos a él y a su esposa en el mercado.

La mujer estaba embarazada y Don Fernando la tenía cogida de la mano con ternura. Luego él le llevó las bolsas y juntos se dirigieron al coche.

Lucía, con lágrimas en los ojos, contempló esa escena de felicidad.

Al día siguiente, presentó su renuncia…

Se acercaba la Nochevieja y Lucía no tenía ánimos ni de comprar la cena, ni de decorar la casa, ni de celebrar nada.

Pero cierto día al volver al hogar notó un frío extraño. Resultó que la caldera se había averiado. Lucía vivía en una casita a las afueras de Valladolid.

Intentó llamar a un técnico, pero en vísperas de las fiestas todos pedían mucho dinero, sobre todo cuando sabían que debían ir hasta las afueras de la ciudad.

Ya desesperada, llamó a su amiga Carmen. El marido de Carmen trabajaba en ese sector y tal vez pudiera ayudar.

Carmen le prometió llamar enseguida a su marido.

Pasadas dos horas, Lucía oyó el timbre de la puerta.

En el umbral había un desconocido, pero al mirarlo bien reconoció a ¡Álvaro, su antiguo compañero de clase!

¡Hola, Lucía! ¿Qué te ha pasado por aquí?

Ah ¿Cómo lo has sabido?

Mi jefe me dijo que viniera a esta dirección, que te habías quedado sin calefacción. ¿Has vaciado el agua de los radiadores para que no se congelen?

No, la verdad, no sé cómo se hace.

Mujer, si no lo haces puedes quedarte sin calefacción para todo el invierno. Menos mal que no hace frío intenso.

Álvaro vació el circuito y revisó la caldera. Después se marchó.

Una hora más tarde regresó con las piezas necesarias.

En poco tiempo, la casa de Lucía volvía a ser cálida y confortable. Álvaro se lavó las manos y después preguntó:

Lucía, tienes el grifo goteando y una bombilla parpadeando ¿No puede arreglarlo tu marido?

No tengo marido

¿Ah, no? ¿Sigues buscando a tu príncipe azul?

No busco ningún príncipe No tengo a nadie confesó de repente Lucía.

Entonces, ¿por qué me rechazaste aquella vez? sonrió Álvaro.

Ella no supo qué contestar

Arregló el grifo, puso una nueva bombilla y salió rumbo a su casa.

Lucía se quedó recordando los viejos tiempos, su infancia y juventud, al chico regordete que la miraba embelesado.

Álvaro había cambiado mucho, se había convertido en un hombre alto y apuesto, de ojos castaños. Pero la sonrisa seguía siendo la misma.

Ni siquiera le dio tiempo a preguntarle si estaba casado.

Y aquel 31 de diciembre, alguien volvió a llamar a la puerta.

Lucía abrió sorprendida; no esperaba visitas.

Álvaro estaba en el umbral, con un traje nuevo y un ramo de flores en la mano.

¡Lucía! He venido a preguntártelo otra vez. ¿Quieres casarte conmigo, o vas a esperar al príncipe hasta la jubilación?

Lucía rompió a llorar de emoción y asintió felizmente.

A la segunda petición, por fin hubo un síÁlvaro la abrazó con ternura, y el frío del invierno pareció disiparse de golpe. Mientras afuera los primeros fuegos artificiales anunciaban el año nuevo, él le susurró al oído:

Esta vez no pienso dejar que la vida se nos pase esperando.

Lucía sonrió a través de sus lágrimas y, por primera vez en mucho tiempo, sintió que todo encajaba: los recuerdos, los desencuentros, las manos que tendieron ayuda cuando más lo necesitaba.

Cenaron juntos, compartieron risas y miradas nuevas sobre viejas historias. Mientras el reloj marcaba la medianoche, Lucía deseó que aquel instante se repitiera una y otra vez, como un eco cálido ante cualquier invierno.

Y al brindar juntos, comprendió que, a veces, la felicidad no llega montada en corcel blanco, sino en la sonrisa paciente de quien siempre estuvo al otro lado de la puerta.

Rate article
MagistrUm
En el umbral esperaba un desconocido. Desde el instituto, Víctor estuvo enamorado de Juana. Le escribía notas y buscaba llamar su atención de cualquier modo. Pero a Juana le gustaba Diego, un alto rubio que jugaba al voleibol con ella en el equipo escolar. El torpe Víctor, que además tenía malas notas, no lograba interesarla. Pronto, Diego empezó a salir con Elena, una chica de la clase paralela. Al terminar el colegio, Víctor volvió a intentar conquistar a Juana. Incluso le pidió matrimonio en la fiesta de fin de curso… Pero ella le contestó tajante: “¡No!”. Ni siquiera quería pensar en ese chico. Después de la universidad, Juana empezó a trabajar como contable. Su jefe era un atractivo moreno, diez años mayor. Juana admiraba su profesionalidad, su inteligencia y su carisma. Entre ellos surgió una complicidad especial; a Juana no le preocupaba que él estuviera casado y tuviera un hijo pequeño. Valeriano Borja le prometía separarse y juraba que solo la amaba a ella. Pasaron los años; Juana se acostumbró a pasar fines de semana y fiestas sola, siempre esperando que su amado cumpliera lo prometido y por fin estuvieran juntos. Un día Juana los vio a ambos en el supermercado. Su esposa estaba embarazada y él la sujetaba de la mano con ternura. Después cogió las bolsas y se marcharon juntos en coche. Con lágrimas en los ojos, Juana observó aquella escena familiar perfecta. Al día siguiente se despidió del trabajo… Se acercaba la Nochevieja, y a Juana no le apetecía comprar comida, decorar la casa, ni celebrar nada. Al volver un día encontró la casa helada; la caldera no funcionaba y ella vivía en un chalet a las afueras. Intentó llamar a un técnico, pero las vísperas de las fiestas los precios se disparaban, sobre todo cuando sabían que había que ir a las afueras de la ciudad. Ya casi desesperada, llamó a una amiga. El marido de esta trabajaba en el sector y quizá pudiera ayudar. Larisa prometió avisarle enseguida. Dos horas después, Juana oyó el timbre de la puerta. En el umbral estaba un desconocido… aunque viéndolo bien, reconoció a Víctor, su antiguo compañero de clase. —Hola, Juana, ¿qué te ha pasado por aquí? —¿Eh? ¿Cómo lo supiste? —El jefe me llamó y me pidió que viniera a esta dirección, que aquí hacía frío. ¿Has vaciado el agua para que no se congelen los radiadores? —No… no sé cómo hacerlo. —¡Vaya! Así puedes quedarte sin calefacción. Menos mal que no hace mucho frío afuera. Víctor vació el sistema rápidamente, toqueteó la caldera y se marchó. En menos de una hora regresó con las piezas necesarias. Pronto, la casa de Juana volvió a estar caliente. Víctor se lavó las manos y preguntó: —Juana, tienes un grifo que gotea y la bombilla de la entrada parpadea… ¿No puedes pedirle a tu marido que lo arregle? —No tengo marido… —¿Y eso? ¿Sigues esperando al hombre perfecto? —¿Qué hombre perfecto…? No tengo a nadie —confesó Juana de repente. —¿Y entonces por qué me rechazaste? —sonrió Víctor. Ella no respondió… Arreglando el grifo y cambiando la bombilla, el hombre se fue a casa. Juana recordó su infancia y juventud, a aquel niño regordete que estuvo enamorado de ella. Víctor había cambiado mucho: ahora era alto, atlético y de ojos castaños, pero la sonrisa seguía siendo la misma. Ella ni siquiera había podido preguntarle si estaba casado. La noche del 31 de diciembre alguien volvió a llamar a la puerta. Juana fue a abrir, sorprendida; no esperaba visitas. En el umbral estaba Víctor. Vestía un traje nuevo y llevaba un ramo de flores en la mano. —¡Juana! Te lo pregunto otra vez. ¿Quieres casarte conmigo o vas a esperar a un príncipe hasta la jubilación? Ella se echó a llorar y asintió alegremente. A la segunda, la propuesta por fin fue aceptada…