En el umbral se encontraba un desconocido.
Recuerdo que Álvaro estaba enamorado de Lucía desde los años de colegio. Le enviaba notitas, intentaba llamar su atención de cualquier manera posible.
Pero a Lucía le gustaba Sergio, un muchacho alto y rubio, compañero suyo en el equipo de voleibol.
Al tímido y algo torpe Álvaro, que además nunca destacaba en los estudios, Lucía apenas le prestaba atención.
No pasó mucho tiempo hasta que Sergio comenzó a salir con Marta, una chica de la clase de al lado.
Al terminar el instituto, Álvaro volvió a intentar acercarse a Lucía.
Incluso llegó a pedirle matrimonio durante la fiesta de fin de curso…
La respuesta de Lucía fue tajante «¡No!». No quería ni oír hablar de Álvaro.
Después, Lucía estudió en la universidad y al acabar consiguió trabajo como contable. Su jefe, Don Fernando Gómez, era un hombre atractivo, de pelo oscuro y al menos diez años mayor que ella.
Lucía admiraba su profesionalidad, su porte elegante y su inteligencia.
Acabaron surgiendo sentimientos entre ellos y a Lucía no le importó que él estuviera casado y tuviera un hijo pequeño.
Don Fernando siempre le prometía que se separaría y juraba amarla solo a ella.
Pasaron los años, y la joven se fue acostumbrando a pasar los fines de semana y las fiestas sola. Seguía esperando a que su amado se divorciara y pudieran estar juntos.
Un día, Lucía los vio juntos a él y a su esposa en el mercado.
La mujer estaba embarazada y Don Fernando la tenía cogida de la mano con ternura. Luego él le llevó las bolsas y juntos se dirigieron al coche.
Lucía, con lágrimas en los ojos, contempló esa escena de felicidad.
Al día siguiente, presentó su renuncia…
Se acercaba la Nochevieja y Lucía no tenía ánimos ni de comprar la cena, ni de decorar la casa, ni de celebrar nada.
Pero cierto día al volver al hogar notó un frío extraño. Resultó que la caldera se había averiado. Lucía vivía en una casita a las afueras de Valladolid.
Intentó llamar a un técnico, pero en vísperas de las fiestas todos pedían mucho dinero, sobre todo cuando sabían que debían ir hasta las afueras de la ciudad.
Ya desesperada, llamó a su amiga Carmen. El marido de Carmen trabajaba en ese sector y tal vez pudiera ayudar.
Carmen le prometió llamar enseguida a su marido.
Pasadas dos horas, Lucía oyó el timbre de la puerta.
En el umbral había un desconocido, pero al mirarlo bien reconoció a ¡Álvaro, su antiguo compañero de clase!
¡Hola, Lucía! ¿Qué te ha pasado por aquí?
Ah ¿Cómo lo has sabido?
Mi jefe me dijo que viniera a esta dirección, que te habías quedado sin calefacción. ¿Has vaciado el agua de los radiadores para que no se congelen?
No, la verdad, no sé cómo se hace.
Mujer, si no lo haces puedes quedarte sin calefacción para todo el invierno. Menos mal que no hace frío intenso.
Álvaro vació el circuito y revisó la caldera. Después se marchó.
Una hora más tarde regresó con las piezas necesarias.
En poco tiempo, la casa de Lucía volvía a ser cálida y confortable. Álvaro se lavó las manos y después preguntó:
Lucía, tienes el grifo goteando y una bombilla parpadeando ¿No puede arreglarlo tu marido?
No tengo marido
¿Ah, no? ¿Sigues buscando a tu príncipe azul?
No busco ningún príncipe No tengo a nadie confesó de repente Lucía.
Entonces, ¿por qué me rechazaste aquella vez? sonrió Álvaro.
Ella no supo qué contestar
Arregló el grifo, puso una nueva bombilla y salió rumbo a su casa.
Lucía se quedó recordando los viejos tiempos, su infancia y juventud, al chico regordete que la miraba embelesado.
Álvaro había cambiado mucho, se había convertido en un hombre alto y apuesto, de ojos castaños. Pero la sonrisa seguía siendo la misma.
Ni siquiera le dio tiempo a preguntarle si estaba casado.
Y aquel 31 de diciembre, alguien volvió a llamar a la puerta.
Lucía abrió sorprendida; no esperaba visitas.
Álvaro estaba en el umbral, con un traje nuevo y un ramo de flores en la mano.
¡Lucía! He venido a preguntártelo otra vez. ¿Quieres casarte conmigo, o vas a esperar al príncipe hasta la jubilación?
Lucía rompió a llorar de emoción y asintió felizmente.
A la segunda petición, por fin hubo un síÁlvaro la abrazó con ternura, y el frío del invierno pareció disiparse de golpe. Mientras afuera los primeros fuegos artificiales anunciaban el año nuevo, él le susurró al oído:
Esta vez no pienso dejar que la vida se nos pase esperando.
Lucía sonrió a través de sus lágrimas y, por primera vez en mucho tiempo, sintió que todo encajaba: los recuerdos, los desencuentros, las manos que tendieron ayuda cuando más lo necesitaba.
Cenaron juntos, compartieron risas y miradas nuevas sobre viejas historias. Mientras el reloj marcaba la medianoche, Lucía deseó que aquel instante se repitiera una y otra vez, como un eco cálido ante cualquier invierno.
Y al brindar juntos, comprendió que, a veces, la felicidad no llega montada en corcel blanco, sino en la sonrisa paciente de quien siempre estuvo al otro lado de la puerta.







