Diario de Carmen Fernández
Madrid, 12 de mayo
Hoy, por fin, he firmado los papeles del divorcio. Lo más curioso es que he sentido esa paz que solo llega después de una noche en vela, dándole vueltas a cada rincón de tu propia vida. Ni rabia, ni lágrimas, ni súplicas. Solo una extraña resolución.
Así que te has decidido al final, ¿eh? me ha preguntado Javier, con ese tono entre irritado y altivo al que tantas veces estuve acostumbrada. ¿Y ahora qué? ¿Cómo lo repartimos?
Le he mirado a los ojos. Ni rastro de súplica ni de rencor, sólo la determinación que te da el haberte olvidado de ti misma durante demasiados años.
Llévatelo todo he dicho, bajito, pero sin titubear.
¿Todo? ha respondido él, entornando los ojos con desconfianza.
El piso, la casa de la sierra, el coche, las cuentas. Todo. He hecho un gesto con la mano, abarcando todo el despacho del notario. Yo no quiero nada.
Ha intentado reírse. ¿Pero esto qué es, Carmen? ¿Un farol? ¿Un truco de mujer?
No, Javier. Ni juego ni trampa. Treinta años dejando mi vida para después: lavando, cocinando, limpiando, esperando, escuchando cómo los viajes eran un despilfarro, cómo mis aficiones no valían la pena, cómo mis sueños eran tonterías. ¿Sabes cuántas veces quise ir al mar? Diecinueve. ¿Sabes cuántas veces fuimos? Tres. Y siempre quejándote de lo caro y lo inútil que era.
Javier ha esbozado una sonrisa irónica.
Ya empiezas con lo de siempre. Comida en la mesa, un techo seguro
Sí, Javier. Eso había le he cortado. Ahora lo tendrás todo para ti. Enhorabuena.
Hasta el notario se ha quedado con la boca abierta. Qué extraño para él, seguramente acostumbrado a gritos y peleas por cada euro. Yo, en cambio, me sentía como si estuviese por fin soltando una piedra enorme.
¿Entiende lo que está diciendo? preguntó el notario a media voz. Por ley le corresponde la mitad.
Lo entiendo, sí. Y le he sonreído como si acabara de deshacerme de una camisa de fuerza invisible. Pero media vida vacía, sigue siendo vida vacía.
Javier apenas conseguía disimular el brillo en los ojos, mezcla de triunfo y sorpresa. Se veía ya protagonista de la próxima sobremesa con sus amigos, orgulloso de no haber cedido nada en la negociación.
Esto sí que es sensatez dijo, orgulloso, dándole una palmada a la mesa. Por fin lo entiendo todo.
No lo confundas con liberación le dije firmando los papeles.
El trayecto de vuelta en coche fue como ir cada uno en planetas distintos. Él tarareando una vieja copla, satisfecho consigo mismo, el coche brincando por el asfalto, y yo mirando por la ventanilla, distraída en los pinos y el cielo, con el corazón latiendo como un pájaro a punto de echar a volar.
Qué ironía: la misma carretera de siempre, una tarde agotadora y, de repente, la sensación inmensa de espacio por dentro. Como si el peso de todo lo vivido se hubiera deshecho en un parpadeo. Me pasé los dedos por el rostro y pensé: así sabe la libertad.
Basta una mirada tras el cristal, a los árboles que desaparecen, para notar que, aunque la vida haya sido gris, todavía pueden volver los colores.
…
Madrid, 2 de junio
Han pasado tres semanas. Hoy he abierto los ojos en una habitación alquilada en Alcalá de Henares. Paredes impolutas, solo una cama sencilla, armario, mesa y una tele pequeña. En el alféizar, dos macetas de violetas: mi primera compra sola.
De verdad que estás loca, mamá me gruñía por teléfono mi hijo, Lucas. ¿Dejas todo y te vas a esa ciudad donde no conoces a nadie?
No he dejado nada, hijo. He soltado respondí, serena.
Papá dice que le has dado todo voluntariamente. Ya está hablando de vender la casa de la sierra, que para uno solo no merece la pena tanta faena.
Me observé en el pequeño espejo. Hace una semana me corté el pelo como nunca me habría atrevido mientras estaba con Javier. Muy juvenil, qué pensará la gente Las viejas frases resonaban, leves, en mi memoria.
Que la venda dije tranquilamente. A tu padre siempre se le ha dado bien manejar propiedades.
¿Y tú? ¿De verdad no te ha quedado nada?
Me queda lo importante, Lucas. Mi vida. Y quién lo diría, pero casi a los sesenta, puedes empezar de cero.
Encontré trabajo de recepcionista en un centro de día para mayores. Cansado, sí, pero lleno de historias y de gente nueva. Y, sobre todo, mi propio tiempo, libre, por fin mío.
Mientras tanto, Javier saboreaba su victoria.
Al principio, recorría el piso con aire de conquistador, respirando la ausencia de correcciones y de críticas por calcetines en el suelo o platos sin fregar.
Tienes suerte, Javi, le decía su amigo Manolo, mientras apuraba un vaso de coñac en la cocina. A otros los dejan con una mano delante y otra detrás, y tú, piso, casa, coche todo.
Ya te digo sonreía él, mirando ufano alrededor. Al final Carmen ha sido lista. Sin mí, no iba a aguantar.
Durante el primer mes, la euforia cedió ante lo rutinario. Las camisas limpias dejaron de aparecer en el armario como por arte de magia. El frigorífico, antes siempre con tuppers y sobras, se quedó desierto. Cocinar cada día, resultar ser mucho más peliagudo de lo pensado. A la mínima, sus compañeros de trabajo notaron que Javier ya no llevaba la ropa tan bien planchada de siempre.
Te encuentro desmejorado, Javi le soltó su jefe. ¿Todo bien en casa?
Mejor que nunca, ya sabes, reorganizando respondió él, fingiendo alegría.
Una noche, enfrentado al frigorífico vacío – una botella de ketchup, lonchas de queso y poco más – tuvo que llamar a una app de comida a domicilio. Mientras aguardaba, repasó la montaña de facturas, notando por primera vez la cantidad de números que antes pasaban desapercibidos: luz, agua, comunidad, internet Todo eso que automáticamente se resolvía solo.
El timbre le despertó de sus pensamientos.
Son veintiocho euros, dijo el repartidor, educadamente.
¿Perdón? Javier casi tiró las llaves al suelo. ¿Por qué tanto, por un guiso y un agua?
Es lo normal ahora encogió los hombros el chico, como si se lo preguntaran a diario.
Pagó, y quedó parado en la cocina. Todo estaba en calma, hasta la nevera parecía zumbar con soledad. Piso grande, luces de diseño, espejos modernos lo mismo que antes le parecía la cima de la felicidad, le resultaba ahora tan frío que, si soplara el viento, aullaría por el pasillo como dentro de su propio pecho.
…
18 de julio, Benidorm
La brisa del Mediterráneo sopla en mi cara mientras paseo por la orilla con un grupo de amigas. El club de pensionistas ha organizado una semana de excursión. Nunca viajé tanto y tan a gusto. Sin alguien diciendo cuánto vale todo, sin gruñidos sobre lo absurdo de gastar en sueños.
¡Carmen, ven a la foto! me llama Aurora, viuda y vitalista, a la que conocí en el taller de pintura.
Corro a posar con ellas, en mi vestido de flores, pelo corto y suelto. ¿Quién habría pensado que a mi edad una puede reír como una cría? Aurora anuncia: ¡Y ahora selfie! ¡Para subirlo al grupo!
Por la noche, reviso las fotos en la pensión. En ellas hay una mujer con los ojos vivaces y una sonrisa desconocida, fresca. ¿Cuándo han desaparecido aquellos surcos de preocupación? ¿En qué momento mis hombros volvieron a erguirse y mis pasos se hicieron ligeros?
Pienso en compartir alguna imagen en redes, y finalmente lo hago, recordando aquel perfil olvidado hace años.
…
Madrid
Mientras, Javier lucha en su soledad: esa noche le explota una tubería en la cocina. El agua inunda el suelo, el mueble hinchado, el fontanero responde sin prisa que ya no se arreglan esos tubos, que hay que cambiar toda la acometida.
¡Maldita sea! gruñe Javier, empapando trapos viejos en el charco. ¿Dónde está el dichoso teléfono del fontanero? Carmen siempre lo tenía a mano.
A él, poco a poco, se le va cayendo el andamiaje del día a día: el mecánico de confianza, el frutero amable, las recetas, las soluciones, las compras, las ropas Todo ese bienestar invisible sostenido, sin ruido, por unas manos y una presencia que ahora faltan.
Cuando por fin recoge el desastre, decide repasar las redes sociales y, sin querer, se topa con mis fotos en la playa: sonriente, rejuvenecida, con amigas, pintando en el parque, paseando entre flores. Algo le remueve por dentro.
¿Pero cómo puede ? murmura agrandando una imagen. ¡Si no tenía un duro!
Los comentarios le dejan aún más confundido:
¡Carmen, pareces una quinceañera!
¡Qué bien te sienta el mar, amiga!
Recorre el perfil y ve aún más imágenes de mi nueva vida, risas, tertulias, naturaleza
Se sienta en la cocina, rodeado de platos sucios. Al contrario de lo que creía, no sufro. No me falta nada. Ni quiero volver.
…
El drama sigue en la casa de la sierra: tormenta, goteras, Javier suplica a Manolo que acuda a ayudarle con las chapuzas. Pero Manolo tiene a la suegra en el hospital. Menciona ¿Por qué no llamas a Carmen? Era siempre la que echaba una mano. Ella se ha ido responde Javier tajante.
Intentar arreglar la gotera solo termina con un golpe en la pierna. Urgencias, esguince. El médico le receta reposo: Deje que su mujer le cuide. Javier no responde.
Tres días cojeando con muletas por la casa le empujan a llamar a Lucas para pedirle ayuda. Pero Lucas está de viaje de trabajo en Vigo.
Cuando cuelga, lanza el móvil al sofá y siente por fin ese hueco gigante, ese vacío que no es la falta de bienes ni de dinero, sino esa ausencia de cuidados anónimos, de calor de hogar, de cariño latente.
Con esfuerzo, tras una semana, arrastra los pies hasta la casa de la sierra, sólo para descubrir el desastre: humedades, moho, muebles destrozados. Los manzanos del jardín, ya descuidados y mustios. La maleza escondiendo los senderos de canto rodado que yo misma coloqué.
De regreso, para en un bar de carretera. Pide gazpacho y filete empanado. Al probarlo se le atraganta la nostalgia. Nada sabe como antes.
¿Está bien, caballero? le pregunta la camarera.
No sabe qué responder. ¿Cómo explicar que aquel simple gazpacho le recuerda todo lo que perdió?
Ya en casa, contemplo álbumes de fotos. Ahí estamos, sonrientes ante la catedral de Burgos, en la boda de nuestra hija, en nuestro aniversario de plata
Qué tonto he sido susurra al fin.
Se decide y escribe una vez más. Pero la respuesta no llega como él espera.
Hoy, escribo esto frente al mar en Torrevieja. A mi alrededor bailan el sol, la música y risas nuevas. Por fin, después de casi sesenta años, la vida es solo mía.
Y descubro que sí, que a cualquier edad del alma se puede volver a empezar.







