En el confín del mundo. La nieve se colaba en los zapatos, quemaba la piel. Pero Rita no pensaba comprarse botas de felpa, prefería unos botines altos, aunque allí le quedarían ridículos. Además, su padre le había bloqueado la tarjeta. —¿De verdad piensas vivir en el pueblo? —preguntó él, torciendo la boca con desprecio. A su padre le horrorizaba el campo, el turismo rural, cualquier sitio libre de las comodidades urbanas. Goyo era igual, por eso Rita se iba al pueblo. En realidad, no quería quedarse a vivir, aunque sí le gustaba el senderismo, las tiendas de campaña y cierto romanticismo campestre. Pero vivir… no. Aunque a su padre le decía otra cosa. —Quiero. Y lo haré. —No digas tonterías. ¿Qué vas a hacer allí? ¿Atar colas de vaca? Yo pensaba que te casarías con Goyo este verano, que empezaríamos a preparar la boda… La boda. Su padre le encasquetaba a Goyo como una papilla fría y con grumos, tan repugnante que le revolvía el estómago durante horas. No, Goyo no era desagradable por fuera, incluso resultaba atractivo: nariz recta, ojos vivos bajo esas cejas tan finas, pelo cuidadosamente recortado con una leve ondulación, cuerpo fuerte. Era el ayudante de su padre, casi su mano derecha, y desde hacía tiempo solo soñaba con que su hija se casara con ese hombre tan “apropiado”. Rita no soportaba a Goyo. Le exasperaba su voz monótona, esos dedos gordos como salchichas que siempre manipulaban algo, los relatos sobre el precio de su traje, de su reloj, de su coche… ¡Dinero, dinero, dinero! No les interesaba nada más. Rita buscaba amor. Sentimientos de esos que te dejan sin aliento, como en los libros. Nunca los había sentido, pero sabía que llegarían. Se ilusionaba con uno u otro chico, pero eran historias pasajeras, sin huella ni cicatriz. Quiere cicatrices, quiere drama, no a Goyo y su aburrida predictibilidad. Así que irse al pueblo para dar clase parecía una idea fabulosa. Goyo nunca la seguiría. Temería la falta de internet, de agua caliente, de alcantarillado. Buscó adrede un pueblo donde no hubiera nada de eso. El director dudaba que aguantase, pero como la anterior maestra falleció de repente y Rita insistió mucho, terminó en el departamento de educación agitando sus títulos y certificados. —¿Y qué va a hacer una profesora joven tan cualificada en el pueblo? —preguntó la estricta señora pelirroja. —Enseñar a los niños —respondió Rita, igual de seria. Y allí enseñaba. Vivía en una casa sin agua caliente ni alcantarillado, encendía la estufa sola. Tal y como previó Rita, Goyo vino, pasó una noche y huyó. Le llamaba, le rogaba que volviera, pero lo veía como un capricho pasajero. Al principio, Rita estaba encantada. Pero llegó el invierno, y la casa se helaba por la noche, hasta bajo el edredón. Cargar la leña resultó agotador. Quería volver, pero no era de rendirse. Ahora tenía una responsabilidad, y no solo consigo misma. También con los niños. Eran doce en clase. Rita se horrorizó: en el centro creativo de la ciudad donde estuvo año y medio, los niños eran listos y creativos. Aquí parecían perdidos. Tercer curso, y apenas leían. No hacían deberes. Había ruido. Pero eso fue al principio. Después Rita se enamoró de ellos. Simeón tallaba animales de madera dignos de exposición, Nacho siempre limpiaba el aula, Ana escribía poesía blanca, Irene tenía un corderito que la acompañaba como un perro. Saber leer sabían, pero apenas lo intentaban ni les daban libros adecuados. Rita ignoró el currículo y traía otros libros, que tenía que buscar en la capital del municipio: el internet apenas llegaba. Solo no consiguió conectar con una niña. Y justo a su padre lo vio aquel día, cuando se le arrugó la cara por el frío y tenía las manos llenas de leña. —Buenos días, Margarita Eguiluz —dijo él, a unos pasos de la verja. Rita le tenía cierto respeto. Tenía una cara… dura, como de bandido. Nunca sonreía. Y con su presencia, la pulsación se le aceleraba tanto que temía que él lo percibiera. —Buenos días. La voz le salió más aguda de lo que quería. —¿Por qué Tanya saca solo suspensos? —Porque no hace nada. —Pues hágala hacerlos. ¿Quién es la profesora aquí? Profesa era Rita. Pero no pensaba obligar a la niña. Sospechaba autismo: otro especialista haría falta. —¿Siempre fue así? —preguntó. Vladimir titubeó. —No siempre. Antes lo hacía todo con Olga. —¿Y Olga es…? Se arrugó como si también le molestara la nieve en el zapato. —Su madre. Quedaba claro que la siguiente pregunta era mejor no hacerla. —¿Y dónde está? —En el cementerio. Así que tal cual era la historia. Estar con esa leña era incómodo. Pero resultaba embarazoso admitirlo. Cuando un leño cayó directo sobre el pie de Rita, soltó la madera, se mordió las lágrimas. Dolía por partida doble: por el golpe y la vergüenza de fallar ante un adulto. ¡Si ella también era adulta! Pero no se sentía así. —Déjese ayudar —propuso Vladimir. —No hace falta, puedo sola. —Ya veo cómo sola… Le llevó más leña, ajustó el marco de la puerta de un porrazo y se marchó. ¿Pensaría que con unas cargas de leña le iba a poner a Tanya un aprobado? Imposible… No se sacaba a la niña de la cabeza. Intentó acercarse varios días, sufrió por su falta de método y por la situación de la niña. Consultó con la jefa de estudios. —Mira que eso no tiene arreglo. Ponle suspensos, y en verano la mandamos a especial. —¿Cómo? —Una comisión y fuera. Que la declaren retrasada. Qué se le va a hacer si la niña es así. —Pero su padre dice que antes… —Déjalo. Antes no cuenta. La madre se ocupaba, él no sabe. —¿No le gusta ese padre, verdad? La jefa frunció los labios. —Él no tiene que gustarme, no es de azúcar. La niña necesita formación adecuada. Rita no estaba de acuerdo. Dudaba que debiera ir a especial. Por eso consultó con su mentora Lidia y fue a la casa de Tanya. Tenía miedo, y se hizo un té de manzanilla, como su propia madre solía hacer antes de una cita difícil. Su madre también había fallecido. Eso la tocaba. Vladimir la recibió seco, aunque Rita pensó que se alegraría. —Aquí no se atienden visitas. Rita puso cara de jefa de estudios y le informó que la tutora debe comprobar las condiciones de crianza. La habitación de Tanya era preciosa. Papel rosa, peluches y libros. Rita le tenía envidia: su padre era minimalista y no soportaba el color ni los adornos. La primera vez no hubo gran avance. Rita preguntó por los cuentos favoritos, hojeó libros, pidió lápices. La niña los trajo en silencio. Solo al final, preguntó el nombre del conejo rosa: —Plushi. A la siguiente, llevó a Plushi un jersey. Aprendió a tejer con su mamá, y Rita tejía desde entonces para recordarla. No lo hace muy bien, el hilo era grueso. Pero Tanya sonrió, se lo puso, dijo: —Bonito. Rita propuso dibujar a Plushi con el nuevo jersey. Tanya lo dibujó. Rita puso el nombre con error a propósito. Tanya lo corrigió. No era para nada retrasada. —Vendré tres días por semana —le anunció a Vladimir. —No puedo pagar extra. —No quiero dinero —se sintió herida. Y así quedó la cosa. Cuando la jefa supo de esas visitas, se enfadó: —¡Eso es unilateralidad! ¡No se debe destacar a un niño, no es pedagógico! Y es inútil, sé de estos casos. —Yo también sé —la cortó Rita— y hay que luchar. La niña era peculiar: callada, evitaba las miradas, dibujaba en vez de escribir, pero contaba bien y captaba la gramática. Al final de trimestre sacó los aprobados plenamente merecidos. —¿Se va en Navidad? —preguntó Vladimir, sin mirarla. —No, no voy a ninguna parte —Rita se puso colorada. —Tanya quería invitarla. Qué raro, Tanya apenas hablaba. Si era verdad, no quería herirla. Pero no le apetecía celebrar con extraños. —Gracias, lo pensaré —respondió Rita. No durmió bien esa noche. No entendía por qué la había dejado inquieta. Había logrado que Tanya confiara en ella. ¿No era eso lo que quería? ¿Qué más da lo que piense Vladimir… Así se durmió. Por la mañana llamó Goyo. —¿Cuándo vienes? —¿Cómo? —Pues en Navidad. No celebrarás en el pueblo, ¿no? —Claro que sí. —Rita… ¿no basta ya? Papá tiene la tensión alta, está desesperado. Su padre ni le había llamado. —Que vaya al médico —masculló Rita. —O sea, ¿no vienes? —No. —Vaya. ¿Y qué hago? —Lo que quieras. Nunca pensó que Goyo lo haría: apareció con champán, ensaladas y regalos. —Si la montaña no va a Mahoma… Rita quedó sorprendida. No se lo esperaba, Goyo siempre celebraba en restaurantes con música en vivo. Allí no había ni televisión. —Da igual. Lo importante eres tú. Rita buscaba la trampa, pero no la veía. “¿Estaré equivocada con él?”, pensó. Más se emocionó al descubrir sus platos favoritos y, en la caja de regalos, libros de pedagogía, un proyector y un planificador para profesoras. —Gracias —le dijo, emocionada—. Pensé que regalarías joyas o tecnología. Goyo sonrió. —He entendido que tú eres lo más valioso. Si quieres vivir aquí, nos quedamos. También traje joyas. Sacó una caja de terciopelo rojo. Se veía claro lo que era. —¿Puedo no contestar ahora? Goyo no se ofendió. —Pensé que dirías “no” enseguida. Espero lo que haga falta. Rita no sabía qué decir y guardó la cajita en el bolsillo. Vladimir tenía su móvil. Pero llamó al fijo. —¿Ha pensado? —le preguntó. —Perdone, tengo visita. —Ya veo. Colgó. Sintió una punzada. ¿Qué era ese tono? “Ya veo”… ¿Qué ve? ¡No prometí nada!”, pensó. ¿Estará molesto por Tanya? Él no quiere que su hija se disguste. Goyo seguía buscando internet para poner pelis navideñas. Rita oyó un silbido, como para llamar al perro. Recordó que Vladimir silbaba así. Miró por la ventana. Vladimir y Tanya, junto a la verja. Le subió el color al rostro. —¿Quién es? —preguntó Goyo, molesto. —Una alumna —susurró Tanya—. Ahora vengo. Había preparado dos regalos: para Tanya, una amiga para Plushi, otra coneja rosa; a Vladimir, unas manoplas de lana. Cogió los regalos y salió corriendo, sin abrigo ni botas, y se le empaparon los pies de nieve. Pero no le importó. —¡Hola, Tanya! —dijo con cariño— ¡Feliz Año Nuevo! Mira lo que te he traído. Tanya sacó la coneja y la abrazó, miró a su padre. Vladimir le dio dos paquetes, uno grande y uno pequeño. Tanya abrió el grande: una libreta con cómic dibujado, reconoció sus dibujos. —¡Qué cómic tan bonito! En el pequeño, una broche de pajarito, un colibrí dorado. Rita miró a Vladimir, que evitaba la mirada. Tanya dijo: —Era de mamá. Se le hizo un nudo en la garganta. —Bueno, nos vamos —murmuró Vladimir. —Sí, ¡Feliz Año Nuevo! —Igualmente. Rita quiso abrazar a Tanya, pero no se atrevió: la niña solo abrazaba su peluche, en silencio. Rita miró atrás en la puerta. Al ver esas dos figuras, se le contrajo el pecho y entró al hogar parpadeando y con la nariz húmeda. —¿Qué tal? —preguntó Goyo, ceñudo. Rita miró la libreta y la broche en su mano. Recordó que olvidó las manoplas. Recordó lo de “era de mamá” y la sonrisa infecciosa de Vladimir cuando miraba a su hija. Algo se despertó en su pecho. Le compadecía a Goyo, pero mentirse ya no tenía sentido. Sacó la cajita, se la devolvió: —Vuelve a casa. Perdóname, no puedo casarme contigo. Lo siento. A Goyo se le quedó cara de pasmado. No estaba acostumbrado a que le dijeran “no”. Por un momento temió que la fuese a golpear, pero él guardó la cajita, cogió las llaves del coche y salió sin decir una palabra. Rita metió la comida en un tupper, cogió las manoplas de lana y salió corriendo tras aquellos dos, tan ajenos, tan necesarios…

En el confín del mundo.

La nieve se metía por las botas, helaba la piel. Pero Rita ni pensaba comprarse unas botas de montaña; prefería unas de caña alta, aunque allí, en medio de la sierra de Segovia, seguro que haría el ridículo. Además, su padre le había bloqueado la tarjeta.

¿De verdad vas a vivir en el pueblo? preguntó, torciendo el gesto con desdén.
A su padre le resultaba insoportable el campo, las escapadas rurales, cualquier sitio lejos de las comodidades madrileñas. Y Guille era igual, por eso Rita había decidido marcharse al pueblo. La verdad es que ella tampoco quería quedarse allí para siempre; si bien disfrutaba de los campings y la aventura, como buena montañera, lo de vivir en un pueblo era otra historia. Pero, a su padre, le dijo otra cosa.

Quiero vivir aquí. Y lo haré.
No digas tonterías. ¿Qué vas a hacer, ordeñar vacas? Pensaba que este verano te casarías con Guille, que estaríamos preparando la boda…

La boda. Su padre le servía a Guille como si fuera ese gazpacho pasado que tanto odiaba, tan insípido que sólo provocaba náuseas. No, no era feo por fuera; incluso tenía su encanto: nariz recta, ojos vivos bajo unas bonitas cejas, cabello ondulado algo largo, cuerpo atlético. Era el ayudante de su padre, prácticamente su sombra, y desde hacía años, su padre soñaba con casar a Rita con semejante partido.

Pero Rita no soportaba a Guille: le repelía ese tono monótono, los dedos regordetes siempre retorciéndose, los cuentos exagerados del precio de su traje, de su reloj, de su coche…

Dinero, dinero, dinero. Solo les importaba eso. Rita, en cambio, anhelaba el amor. Sentimientos que te quitan el aliento, como en las novelas. Nunca lo había experimentado, pero estaba convencida de que llegaría. Se enamoraba con facilidad, pero esos amores eran fugaces y no le dejaban huella. Ella quería cicatrices y drama, no la calma y previsibilidad de Guille. Por eso le pareció maravilloso irse al pueblo y trabajar como maestra en la escuela. Guille no la seguiría: él temía la falta de wifi, el agua caliente, el alcantarillado.

Rita escogió, a propósito, una aldea donde no hubiera nada de eso. El director dudaba en contratarla, no pensaba que aguantara, pero la anterior maestra falleció de repente y Rita, persistente, recurrió a la Delegación de Educación mostrando todos sus títulos y certificados.

¿Y qué va a hacer una docente tan joven y preparada aquí? inquirió la mujer de pelo cobrizo intenso.
Enseñar a los niños respondió Rita, firme.

Ahora, Rita enseñaba. Vivía en una casita sin agua caliente ni baño propio, calentando la estufa cada mañana. Tal y como sospechaba, Guille vino, pasó una noche y salió corriendo. La llamaba para convencerla de volver, pero igual que su padre, pensaba que era un capricho pasajero.

Al principio, Rita estaba encantada allí; pero llegó el crudo invierno, la casa se enfriaba a tal punto que ni bajo el edredón entraba en calor, y cargar con la leña era una tarea temible. Quería regresar a la ciudad, pero no estaba dispuesta a rendirse. Además, ahora tenía una responsabilidad: los niños.

Su clase era pequeña, solo doce alumnos. Al principio, Rita se llevó un susto: en el colegio de actividades infantiles donde trabajó el último año y medio, los niños eran despiertos y brillantes. Aquí… parecían perdidos. Tercero de primaria y algunos leían por sílabas. No hacían los deberes. En clase, sólo alboroto. Pero eso fue al principio. Luego, Rita acabó enamorándose de ellos.

Sergio tallaba animales de madera tan bonitos zorros, tejones, liebres, osos que Rita pensó que podrían estar en una tienda de juguetes de la Gran Vía. Ana escribía versos libres, Víctor se quedaba después de clase a ayudar con la limpieza, Iria tenía un corderito que la acompañaba hasta la puerta como un perro.

Descubrieron, además, que sí sabían leer; simplemente nunca les dieron libros apropiados. Rita ignoró el temario oficial y traía otros libros, comprados en el pueblo mayor allí apenas llegaba el internet, imposible pedir nada online.

Solo con una niña no logró conectar: fue el padre de esa pequeña, Vladimir, a quien Rita vio mientras cargaba un haz de leña, sintiendo el rostro arder bajo el viento helado.

Buenos días, Margarita García dijo, plantándose a unos pasos de la verja.
Rita, en verdad, le tenía cierto respeto. Tenía el rostro áspero, de hombre curtido. Nunca sonreía. Y su corazón, al mirarle, latía tan fuerte que temía que él descubriera lo nerviosa que estaba. ¿Miedo o otra cosa?

Buenos días.
La voz le salió más aguda de lo esperado.
¿Por qué a Tamara solo le pones suspensos?
Porque no hace nada.
Entonces, haga que lo haga. ¿Quién es la maestra aquí?

Maestra, sí, pero no iba a obligar a nadie. Tamara probablemente tenía autismo; necesitaba otro tipo de profesora.

¿Siempre ha sido así? preguntó Rita, por si acaso.

Vladimir dudó antes de responder.
No cuando estaba Olga, sí hacía las cosas.
¿Y Olga quién es?
Frunció el ceño, como si la nieve le alcanzara los pies.
Su madre.

Quedó claro que no debía preguntar más, pero tenía que hacerlo.
¿Y dónde está ahora?
En el cementerio.

Ah era sencillo, como el dicho que solía decir el padre de Rita: Nadie se libra de abrir la caja de Pandora.

Era incómodo sostener la leña tanto rato. Pero le parecía mal quejarse. Cuando la madera resbaló y cayó sobre su pie, Rita soltó un quejido, tiró todo al suelo y apenas si pudo contener el llanto, de dolor y de vergüenza, por haberse lucido así delante de un hombre mayor. Qué tontería, ella también era adulta. Pero no lo sentía así.

Déjame ayudarte dijo Vladimir.
No hace falta, puedo sola.
Ya veo.

Le llevó la leña, acomodó los troncos y ajustó la puerta para que dejara de atascarse.
Si necesitas algo, avísame y se fue.

¿A qué venía semejante visita? ¿Pensaba que por unas leñas Rita aprobaría a Tamara? No, seguro que no…

Los pensamientos sobre Tamara no la dejaban tranquila. Durante días, intentó acercarse a la niña, sintiendo la frustración pedagógica y lástima por ella. Incluso consultó con la jefa de estudios.

Eso es una causa perdida. Ponle suspensos, la cambiamos en verano a una escuela especial.
¿Cómo?
Sí, la derivaremos a una comisión para que la clasifique como UO (Unidad de Orientación). ¿Qué vamos a hacer, si es así la niña?
Pero su padre dice que antes…
¡Bah, antes! Cuando estaba la madre. Él no puede con eso. No le hagas caso, te contará lo que quiera.
¿No le gusta usted? dedujo Rita.

La jefa de estudios apretó los labios:
No es cuestión de gustos. Esos niños deben estar donde les corresponde.

Rita no lo veía claro. No estaba segura de que Tamara necesitara una escuela especial. Así que llamó a su mentora favorita, Lydia Ortega, para aconsejarse, y fue a visitar a Tamara a su casa. Tenía miedo, mucho, hasta tomó una infusión de manzanilla, como hacía su madre para calmarse. Mamá de Rita murió también, así que aquella historia la tocaba especialmente.

Vladimir la recibió con cierta frialdad. Rita pensaba que estaría contento de que intentara ayudar a su hija.

Normalmente, aquí no recibimos visitas respondió Vladimir.
Rita se plantó, como la jefa de estudios, y explicó que la tutora tiene la obligación de revisar el entorno de sus alumnos.

El cuarto de Tamara era encantador, de papel pintado rosa, peluches y muchos libros. Rita sintió envidia: su padre aborrecía los colores fuertes y los adornos; su cuarto de niña era color arena y los peluches, igual.

La primera vez, no sacó mucho en claro. Rita preguntó qué libros le gustaban, hojeó algunos, pidió lápices. Tamara se los trajo en silencio, nada dijo de los libros. Al final, le preguntó cómo se llamaba el conejo rosa, y Tamara contestó:
Pelusa.

La siguiente visita, Rita llevó un jersey para Pelusa. Aprendió a tejer con su madre, y tejía cada año en memoria suya. No era muy diestra, y escogió una lana demasiado gruesa, pero Tamara se alegró, vistió a Pelusa y dijo:
Bonito.

Rita propuso dibujar a Pelusa con su nueva ropa. Tamara lo hizo. Rita escribió el nombre con una falta de ortografía, a propósito. Tamara la corrigió.

No era ningún caso perdido.

Vendré tres veces a la semana dijo Rita a Vladimir.
No tengo dinero que tirar respondió él, serio.
No quiero dinero replicó Rita, dolida.

Así lo acordaron. La jefa de estudios, al enterarse, se enfadó:

No debes dar trato especial a un alumno; eso no es pedagógico. ¡Y tampoco servirá, ya he visto muchos casos así!
Yo también le cortó Rita, y sé que es pronto para rendirse.

La niña sí era diferente: casi siempre callada, evitaba mirar a los ojos, prefería dibujar antes que escribir. Pero sumaba bien y captaba la gramática al vuelo. Al final del trimestre, los aprobados fueron merecidos, no regalados.

¿Vas a salir de viaje en Navidad? preguntó Vladimir, evitando mirarle, como Tamara.
No, me quedaré musitó Rita, sintiendo cómo se le encendían las mejillas.
Tamara quiere invitarte.

Era raro. Tamara no había dicho nada. Pero no quería hacerla sentir mal. Aunque tampoco deseaba celebrar las fiestas con extraños.

Gracias, lo pensaré contestó Rita.

Esa noche, no durmió bien. No entendía por qué estaba tan alterada. Llevaba un mes con la niña, y era lógico que tuviera confianza. ¿No era eso lo que quería? ¿Qué importaba lo que pensara Vladimir?

Con esos pensamientos, se quedó dormida.

A la mañana siguiente, llamó Guille.
¿Cuándo vas a venir?
¿Cómo?
En Navidad. No irás a pasarla en ese pueblo, ¿verdad?
Pues sí.
Rita, ya basta. Papá está con la tensión alta, está preocupadísimo.

Papá no la había llamado ni una sola vez.

Que vaya al médico replicó Rita.
¿Así que no vienes?
No.
Vaya ¿Y yo qué hago?
Haz lo que quieras.

No pensó que Guille realmente lo haría: apareció allí con cava, ensaladilla y regalos.

Si la montaña no viene a Mahoma…

Rita se quedó boquiabierta. No era desagradable, hasta le sorprendía ver esa faceta en Guille; solía celebrar el fin de año en restaurantes de moda, con música y sorteos. Allí, ni televisión.

No importa, lo esencial es que tú estés aquí.

Rita buscó dobleces, pero no los encontró. Quizá me equivocaba con él, pensó.

La emoción creció al abrir los regalos: sus platos favoritos, libros de pedagogía, un proyector y una agenda de profesora.

Muchas gracias se emocionó Rita. Pensé que me regalarías joyas o móviles, como siempre.

Guille sonrió.
Rita, me he dado cuenta: eres lo más valioso que tengo. Si quieres vivir en el pueblo, viviremos aquí. Aunque traje joyas, también.

Sacó la caja de terciopelo rojo. Ya se sabía lo que contenía.

¿Puedo no responder ahora? preguntó Rita.
Guille no se ofendió.
Temía que rechazaras de inmediato. Espero lo que haga falta.

Rita no sabía qué decir, y guardó la caja en el bolsillo.

Vladimir tenía su móvil, pero llamó al fijo.
¿Lo has pensado?
Perdón. Ha venido un amigo.
Ya veo.

Colgó.

Rita se sintió fatal. ¿Con ese ya veo se había molestado? No le había prometido nada. ¿Pero se había decepcionado? Seguramente, por Tamara. Los padres no quieren ver a sus hijos tristes.

Con esos pensamientos, Rita apenas podía concentrarse. Guille, ajeno, intentaba encontrar cobertura para ver películas navideñas.

Escuchó un silbido: así llamaban a los perros. Recordó que Vladimir silbaba igual. Miró por la ventana. Vladimir y Tamara estaban en la puerta.

Se sonrojó. Guille, con enfado, preguntó:
¿Quiénes son?
Una alumna susurró Tamara. Ya vuelvo.

Rita había preparado un regalo para Tamara: una amiga para Pelusa, otro conejo rosa, esta vez niña. A Vladimir también le tenía un obsequio: unas manoplas tejidas a mano.

Cogió los paquetes y salió corriendo, sin gorro ni medias. Sintió la nieve colarse en los zapatos, pero no le importó.

Hola Tamara, ¡feliz Navidad! Mira lo que te he traído.

Tamara sacó el conejo y lo abrazó, miró a su padre. Vladimir le entregó dos paquetes, uno grande y otro pequeño. Tamara abrió el grande: era un cuaderno con un cómic dibujado, reconoció sus propios dibujos.

¡Gracias, qué cómic tan bonito!

El pequeño era un broche dorado en forma de pajarito: una diminuta colibrí. Rita miró a Vladimir. Él no la miraba. Tamara dijo:
Era de mamá.

A Rita se le hizo un nudo en la garganta.

Bueno, nos vamos murmuró Vladimir.

Claro, ¡feliz Navidad!

Igualmente…

Rita quiso abrazar a Tamara, pero no se atrevió: la niña seguía aferrada al peluche y callada.

Desde la verja, Rita los miró alejarse. El corazón le dolía al verlos, y entró en casa frotándose los ojos y la nariz.

¿Y qué pasa ahí fuera? preguntó Guille, aún molesto.

Rita observó el cuaderno y el broche en su mano. Recordó las manoplas que olvidó entregar. También lo que dijo Tamara: “Era de mamá”… Y la sonrisa de Vladimir, que solo aparecía cuando miraba a su hija. Algo dentro de ella brotaba y se transformaba. Sentía pena por Guille, pero sabía que no podía engañarlo ni engañarse.

Sacó la caja de terciopelo del bolsillo, se la devolvió a Guille y dijo:

Vuelve a casa. Perdóname, no puedo casarme contigo. Lo siento repitió.

La expresión de Guille se endureció. No estaba acostumbrado a los rechazos.

Por un momento, Rita temió que él reaccionase mal. Pero Guille guardó la caja, tomó las llaves del coche y salió sin decir palabra.

Rita recogió rápidamente la comida en tuppers, los regalos y las manoplas tejidas y corrió tras aquellas personas que, siendo extrañas, eran ahora las más necesarias para su corazón.

A veces, hay que alejarse de lo conocido y enfrentarse a la soledad y el frío para descubrir la calidez verdadera: la que nace de cuidar y ser cuidado. Así entendió Rita que la vida merece los pasos valientes, porque al final del mundo puede encontrarse ese pedazo de hogar donde verdaderamente uno pertenece.

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MagistrUm
En el confín del mundo. La nieve se colaba en los zapatos, quemaba la piel. Pero Rita no pensaba comprarse botas de felpa, prefería unos botines altos, aunque allí le quedarían ridículos. Además, su padre le había bloqueado la tarjeta. —¿De verdad piensas vivir en el pueblo? —preguntó él, torciendo la boca con desprecio. A su padre le horrorizaba el campo, el turismo rural, cualquier sitio libre de las comodidades urbanas. Goyo era igual, por eso Rita se iba al pueblo. En realidad, no quería quedarse a vivir, aunque sí le gustaba el senderismo, las tiendas de campaña y cierto romanticismo campestre. Pero vivir… no. Aunque a su padre le decía otra cosa. —Quiero. Y lo haré. —No digas tonterías. ¿Qué vas a hacer allí? ¿Atar colas de vaca? Yo pensaba que te casarías con Goyo este verano, que empezaríamos a preparar la boda… La boda. Su padre le encasquetaba a Goyo como una papilla fría y con grumos, tan repugnante que le revolvía el estómago durante horas. No, Goyo no era desagradable por fuera, incluso resultaba atractivo: nariz recta, ojos vivos bajo esas cejas tan finas, pelo cuidadosamente recortado con una leve ondulación, cuerpo fuerte. Era el ayudante de su padre, casi su mano derecha, y desde hacía tiempo solo soñaba con que su hija se casara con ese hombre tan “apropiado”. Rita no soportaba a Goyo. Le exasperaba su voz monótona, esos dedos gordos como salchichas que siempre manipulaban algo, los relatos sobre el precio de su traje, de su reloj, de su coche… ¡Dinero, dinero, dinero! No les interesaba nada más. Rita buscaba amor. Sentimientos de esos que te dejan sin aliento, como en los libros. Nunca los había sentido, pero sabía que llegarían. Se ilusionaba con uno u otro chico, pero eran historias pasajeras, sin huella ni cicatriz. Quiere cicatrices, quiere drama, no a Goyo y su aburrida predictibilidad. Así que irse al pueblo para dar clase parecía una idea fabulosa. Goyo nunca la seguiría. Temería la falta de internet, de agua caliente, de alcantarillado. Buscó adrede un pueblo donde no hubiera nada de eso. El director dudaba que aguantase, pero como la anterior maestra falleció de repente y Rita insistió mucho, terminó en el departamento de educación agitando sus títulos y certificados. —¿Y qué va a hacer una profesora joven tan cualificada en el pueblo? —preguntó la estricta señora pelirroja. —Enseñar a los niños —respondió Rita, igual de seria. Y allí enseñaba. Vivía en una casa sin agua caliente ni alcantarillado, encendía la estufa sola. Tal y como previó Rita, Goyo vino, pasó una noche y huyó. Le llamaba, le rogaba que volviera, pero lo veía como un capricho pasajero. Al principio, Rita estaba encantada. Pero llegó el invierno, y la casa se helaba por la noche, hasta bajo el edredón. Cargar la leña resultó agotador. Quería volver, pero no era de rendirse. Ahora tenía una responsabilidad, y no solo consigo misma. También con los niños. Eran doce en clase. Rita se horrorizó: en el centro creativo de la ciudad donde estuvo año y medio, los niños eran listos y creativos. Aquí parecían perdidos. Tercer curso, y apenas leían. No hacían deberes. Había ruido. Pero eso fue al principio. Después Rita se enamoró de ellos. Simeón tallaba animales de madera dignos de exposición, Nacho siempre limpiaba el aula, Ana escribía poesía blanca, Irene tenía un corderito que la acompañaba como un perro. Saber leer sabían, pero apenas lo intentaban ni les daban libros adecuados. Rita ignoró el currículo y traía otros libros, que tenía que buscar en la capital del municipio: el internet apenas llegaba. Solo no consiguió conectar con una niña. Y justo a su padre lo vio aquel día, cuando se le arrugó la cara por el frío y tenía las manos llenas de leña. —Buenos días, Margarita Eguiluz —dijo él, a unos pasos de la verja. Rita le tenía cierto respeto. Tenía una cara… dura, como de bandido. Nunca sonreía. Y con su presencia, la pulsación se le aceleraba tanto que temía que él lo percibiera. —Buenos días. La voz le salió más aguda de lo que quería. —¿Por qué Tanya saca solo suspensos? —Porque no hace nada. —Pues hágala hacerlos. ¿Quién es la profesora aquí? Profesa era Rita. Pero no pensaba obligar a la niña. Sospechaba autismo: otro especialista haría falta. —¿Siempre fue así? —preguntó. Vladimir titubeó. —No siempre. Antes lo hacía todo con Olga. —¿Y Olga es…? Se arrugó como si también le molestara la nieve en el zapato. —Su madre. Quedaba claro que la siguiente pregunta era mejor no hacerla. —¿Y dónde está? —En el cementerio. Así que tal cual era la historia. Estar con esa leña era incómodo. Pero resultaba embarazoso admitirlo. Cuando un leño cayó directo sobre el pie de Rita, soltó la madera, se mordió las lágrimas. Dolía por partida doble: por el golpe y la vergüenza de fallar ante un adulto. ¡Si ella también era adulta! Pero no se sentía así. —Déjese ayudar —propuso Vladimir. —No hace falta, puedo sola. —Ya veo cómo sola… Le llevó más leña, ajustó el marco de la puerta de un porrazo y se marchó. ¿Pensaría que con unas cargas de leña le iba a poner a Tanya un aprobado? Imposible… No se sacaba a la niña de la cabeza. Intentó acercarse varios días, sufrió por su falta de método y por la situación de la niña. Consultó con la jefa de estudios. —Mira que eso no tiene arreglo. Ponle suspensos, y en verano la mandamos a especial. —¿Cómo? —Una comisión y fuera. Que la declaren retrasada. Qué se le va a hacer si la niña es así. —Pero su padre dice que antes… —Déjalo. Antes no cuenta. La madre se ocupaba, él no sabe. —¿No le gusta ese padre, verdad? La jefa frunció los labios. —Él no tiene que gustarme, no es de azúcar. La niña necesita formación adecuada. Rita no estaba de acuerdo. Dudaba que debiera ir a especial. Por eso consultó con su mentora Lidia y fue a la casa de Tanya. Tenía miedo, y se hizo un té de manzanilla, como su propia madre solía hacer antes de una cita difícil. Su madre también había fallecido. Eso la tocaba. Vladimir la recibió seco, aunque Rita pensó que se alegraría. —Aquí no se atienden visitas. Rita puso cara de jefa de estudios y le informó que la tutora debe comprobar las condiciones de crianza. La habitación de Tanya era preciosa. Papel rosa, peluches y libros. Rita le tenía envidia: su padre era minimalista y no soportaba el color ni los adornos. La primera vez no hubo gran avance. Rita preguntó por los cuentos favoritos, hojeó libros, pidió lápices. La niña los trajo en silencio. Solo al final, preguntó el nombre del conejo rosa: —Plushi. A la siguiente, llevó a Plushi un jersey. Aprendió a tejer con su mamá, y Rita tejía desde entonces para recordarla. No lo hace muy bien, el hilo era grueso. Pero Tanya sonrió, se lo puso, dijo: —Bonito. Rita propuso dibujar a Plushi con el nuevo jersey. Tanya lo dibujó. Rita puso el nombre con error a propósito. Tanya lo corrigió. No era para nada retrasada. —Vendré tres días por semana —le anunció a Vladimir. —No puedo pagar extra. —No quiero dinero —se sintió herida. Y así quedó la cosa. Cuando la jefa supo de esas visitas, se enfadó: —¡Eso es unilateralidad! ¡No se debe destacar a un niño, no es pedagógico! Y es inútil, sé de estos casos. —Yo también sé —la cortó Rita— y hay que luchar. La niña era peculiar: callada, evitaba las miradas, dibujaba en vez de escribir, pero contaba bien y captaba la gramática. Al final de trimestre sacó los aprobados plenamente merecidos. —¿Se va en Navidad? —preguntó Vladimir, sin mirarla. —No, no voy a ninguna parte —Rita se puso colorada. —Tanya quería invitarla. Qué raro, Tanya apenas hablaba. Si era verdad, no quería herirla. Pero no le apetecía celebrar con extraños. —Gracias, lo pensaré —respondió Rita. No durmió bien esa noche. No entendía por qué la había dejado inquieta. Había logrado que Tanya confiara en ella. ¿No era eso lo que quería? ¿Qué más da lo que piense Vladimir… Así se durmió. Por la mañana llamó Goyo. —¿Cuándo vienes? —¿Cómo? —Pues en Navidad. No celebrarás en el pueblo, ¿no? —Claro que sí. —Rita… ¿no basta ya? Papá tiene la tensión alta, está desesperado. Su padre ni le había llamado. —Que vaya al médico —masculló Rita. —O sea, ¿no vienes? —No. —Vaya. ¿Y qué hago? —Lo que quieras. Nunca pensó que Goyo lo haría: apareció con champán, ensaladas y regalos. —Si la montaña no va a Mahoma… Rita quedó sorprendida. No se lo esperaba, Goyo siempre celebraba en restaurantes con música en vivo. Allí no había ni televisión. —Da igual. Lo importante eres tú. Rita buscaba la trampa, pero no la veía. “¿Estaré equivocada con él?”, pensó. Más se emocionó al descubrir sus platos favoritos y, en la caja de regalos, libros de pedagogía, un proyector y un planificador para profesoras. —Gracias —le dijo, emocionada—. Pensé que regalarías joyas o tecnología. Goyo sonrió. —He entendido que tú eres lo más valioso. Si quieres vivir aquí, nos quedamos. También traje joyas. Sacó una caja de terciopelo rojo. Se veía claro lo que era. —¿Puedo no contestar ahora? Goyo no se ofendió. —Pensé que dirías “no” enseguida. Espero lo que haga falta. Rita no sabía qué decir y guardó la cajita en el bolsillo. Vladimir tenía su móvil. Pero llamó al fijo. —¿Ha pensado? —le preguntó. —Perdone, tengo visita. —Ya veo. Colgó. Sintió una punzada. ¿Qué era ese tono? “Ya veo”… ¿Qué ve? ¡No prometí nada!”, pensó. ¿Estará molesto por Tanya? Él no quiere que su hija se disguste. Goyo seguía buscando internet para poner pelis navideñas. Rita oyó un silbido, como para llamar al perro. Recordó que Vladimir silbaba así. Miró por la ventana. Vladimir y Tanya, junto a la verja. Le subió el color al rostro. —¿Quién es? —preguntó Goyo, molesto. —Una alumna —susurró Tanya—. Ahora vengo. Había preparado dos regalos: para Tanya, una amiga para Plushi, otra coneja rosa; a Vladimir, unas manoplas de lana. Cogió los regalos y salió corriendo, sin abrigo ni botas, y se le empaparon los pies de nieve. Pero no le importó. —¡Hola, Tanya! —dijo con cariño— ¡Feliz Año Nuevo! Mira lo que te he traído. Tanya sacó la coneja y la abrazó, miró a su padre. Vladimir le dio dos paquetes, uno grande y uno pequeño. Tanya abrió el grande: una libreta con cómic dibujado, reconoció sus dibujos. —¡Qué cómic tan bonito! En el pequeño, una broche de pajarito, un colibrí dorado. Rita miró a Vladimir, que evitaba la mirada. Tanya dijo: —Era de mamá. Se le hizo un nudo en la garganta. —Bueno, nos vamos —murmuró Vladimir. —Sí, ¡Feliz Año Nuevo! —Igualmente. Rita quiso abrazar a Tanya, pero no se atrevió: la niña solo abrazaba su peluche, en silencio. Rita miró atrás en la puerta. Al ver esas dos figuras, se le contrajo el pecho y entró al hogar parpadeando y con la nariz húmeda. —¿Qué tal? —preguntó Goyo, ceñudo. Rita miró la libreta y la broche en su mano. Recordó que olvidó las manoplas. Recordó lo de “era de mamá” y la sonrisa infecciosa de Vladimir cuando miraba a su hija. Algo se despertó en su pecho. Le compadecía a Goyo, pero mentirse ya no tenía sentido. Sacó la cajita, se la devolvió: —Vuelve a casa. Perdóname, no puedo casarme contigo. Lo siento. A Goyo se le quedó cara de pasmado. No estaba acostumbrado a que le dijeran “no”. Por un momento temió que la fuese a golpear, pero él guardó la cajita, cogió las llaves del coche y salió sin decir una palabra. Rita metió la comida en un tupper, cogió las manoplas de lana y salió corriendo tras aquellos dos, tan ajenos, tan necesarios…