En el confín del mundo. La nieve se colaba en las botas, quemaba la piel. Pero Rita no pensaba com…

En algún lugar perdido de Castilla.

La nieve se colaba implacable en mis botas, quemando la piel de mis pies. Pero, aunque la lógica dictaba comprarme unas buenas botas de montaña, yo, Margarita, me negaba. Prefería unas botas altas elegantes, aunque aquí, en este pueblecito, parecería ridícula llevándolas. Además, mi padre me había bloqueado la tarjeta.

¿De verdad vas a quedarte a vivir en el pueblo? me preguntó él, torciendo el gesto con desprecio.

Papá nunca soportó el campo, ni el aire puro, ni nada que le alejase de los privilegios urbanos. Y Gonzalo era igual, justo por eso yo me planté en este rincón rural. En realidad, no quería vivir aquí, aunque a diferencia de mi padre siempre me gustaron el senderismo, las tiendas y ese romanticismo de las excursiones. Pero vivir… Vivir aquí, no. Aunque a papá le dije otra cosa.

Quiero. Y lo haré.

No digas tonterías. ¿Qué vas a hacer, atarle la cola a las vacas? Pensé que este verano te casarías con Gonzalo, que estaríamos preparando la boda…

La boda… Papá me ofrecía a Gonzalo como quien sirve un plato de sémola recalentada y llena de grumos, tan repugnante que me dejaba el estómago revuelto horas.

En realidad, Gonzalo no era feo, podía decirse que era hasta atractivo: nariz recta, ojos vivos bajo unas cejas elegantes, pelo ondulado cuidadosamente cortado, buen físico. Era el ayudante de papá, su mano derecha, y desde algún tiempo papá soñaba con verme casada con tan buen partido.

Yo no soportaba a Gonzalo. Su voz monótona me exasperaba, sus dedos rechonchos, siempre jugando con algo, sus historias presumidas sobre el coste de su traje, su reloj, su coche…

¡Dinero, dinero, dinero! No les interesaba nada más. Y yo quería amor. Sentimientos que te cortan la respiración, como los de las novelas. Nunca lo había sentido, pero estaba segura de que llegaría. Me enamoraba, me ilusionaba con chicos, pero nunca quedaban cicatrices. Yo las buscaba, ansiaba drama, no la tranquilidad monótona de Gonzalo. Por eso decidí ir al pueblo y dar clases en la escuelita. Gonzalo jamás vendría hasta aquí: el miedo a la falta de internet, agua caliente o calefacción le espantaría.

Busqué a propósito un pueblo sin nada de eso. El director dudó en contratarme, pensaba que no aguantaría, pero la anterior maestra falleció repentinamente y yo fui tan insistente que acabé con mis diplomas ante el departamento de educación.

¿Y qué va a hacer una profesora tan joven y preparada en un pueblo así? preguntó una funcionaria pelirroja, de gesto severo.

Enseñar a los niños le respondí yo, con el mismo tono.

Y allí estaba. Vivía en una casita sin agua caliente ni desagüe, aprendí a encender la chimenea cada noche. Como era de esperar, Gonzalo vino, pasó una noche y escapó. Llamaba, intentaba convencerme de volver, pero para él y para mi padre todo esto era simple capricho pasajero.

Al principio me gustó el sitio, pero llegó el invierno. La casa se enfriaba tanto por la noche que ni bajo el edredón entraba en calor, y traer la leña resultó una tortura. La nostalgia por la ciudad y mi rutina se asomaba de vez en cuando, pero nunca he sido de rendirme. Además, ahora era responsable no solo de mí, sino de los niños.

La clase era pequeña, solo doce niños. Al principio me quedé de piedra: en el Centro de Creación Infantil donde trabajé el último año, los niños eran listos y creativos. Aquí… parecían casos perdidos. Tercero de Primaria y apenas sabían leer con soltura. No hacían deberes, armaban jaleo en clase. Pero eso fue solo al principio. Acabé encariñándome con ellos.

Samuel tallaba animales en madera, no vulgares figuras, sino zorros, tejones, conejos y osos dignos de una tienda de juguetes de Madrid. Ana escribía poesía libre, Víctor siempre me ayudaba a limpiar el aula tras clases, e Irene tenía un corderito que la acompañaba cada mañana como si fuera un perrito.

Al final aprendieron a leer, solo les faltaban buenos libros y algo de interés. Ignoré el programa oficial y les traía otros libros, viajando hasta el municipio más cercano, porque aquí el internet era casi inexistente y no se podía pedir nada por web.

Solo había una niña con la que no lograba conectar. Y justo a su padre lo vi el día que el frío me caló los pies y venía cargada de leña.

Buenos días, Margarita Fernández dijo, deteniéndose junto a la portera.

Yo le tenía cierto respeto, no sé si miedo. Su cara era dura, parecía un antiguo matón. Nunca sonreía, y mi corazón se aceleraba tanto frente a él que temía que lo notara. ¿Tenía miedo, realmente?

Buenos días…

Mi voz sonó más aguda de lo que quería.

¿Por qué solo ves suspensos en los trabajos de Estrella?

Porque no hace nada.

Haz que lo haga. ¿Quién es la maestra aquí, tú o yo?

Yo era la maestra, pero no iba a forzar a nadie. La niña, probablemente, tenía autismo; hacía falta otro tipo de especialista.

¿Siempre ha sido así? pregunté por si acaso.

Víctor dudó.

No. Antes hacía más cosas con Carmen.

¿Quién es Carmen?

Torció el gesto, como si él también sintiera el frío de la nieve.

Su madre.

Me di cuenta enseguida de que ese tema era delicado.

¿Dónde está ahora?

En el cementerio.

Así era. Todo tiene una explicación sencilla, como dice mi padre.

La leña pesaba mucho, y me costaba seguir la conversación. Cuando un tronco cayó sobre mi pie, gemí, dejé caer todo y tuve que contener las lágrimas, provocadas por el dolor y la vergüenza de mostrarme tan torpe ante un adulto. Una tontería, yo también soy adulta. Aunque no me sentía así del todo.

Déjame ayudarte ofreció Víctor.

No, de verdad, puedo sola.

Ya veo.

Me ayudó con la leña, ajustó un tronco y la puerta dejó de atrancarse.

Si necesitas algo, avísame dijo antes de marcharse.

No entendí entonces por qué venía. ¿Pensaba que por un par de haces de leña le aprobaría los exámenes a Estrella? Lo dudaba…

No dejaba de pensar en la niña. Probé distintos métodos, movida por pena y por desafío profesional. Incluso fui a hablar con la jefa de estudios.

Uf, no hay nada que hacer. Ponle suspensos, en verano la mandamos a una escuela especial.

¿Cómo?

Ya sabes, la pasamos por comisión y que le pongan el informe. ¿Qué se le va a hacer?

Pero el padre dice que antes…

¡Bah! La madre se desvivía con ella, él no podrá. Ni le escuches, siempre cuenta historias…

¿Te cae mal, verdad? adivinó.

La jefa apretó los labios:

No está para caerme bien, ni mal. Pero la niña necesita otra escuela.

Eso no me convencía. No estaba segura de que Estrella tuviese que irse a una escuela especial. Llamé a mi mentora favorita, Lourdes, y tras consultar con ella me planté en casa de Estrella. Me moría del miedo, tomé infusión de manzanilla como hacía mi madre para los nervios. Mamá también murió, por eso la historia de Estrella me tocaba tan hondo.

Víctor no me recibió demasiado cordialmente, pensaba que se alegraría de mi interés en la niña.

No solemos recibir visitas fue su saludo.

Me puse seria, como la jefa de estudios, y le expliqué que como tutora debía examinar el entorno educativo.

La habitación de Estrella era preciosa, con papeles floreados, muchos peluches y una pila de libros. Sentí cierta envidia: mi padre era minimalista y odiaba los colores vivos. Mi cuarto era beige, los peluches, beige.

La primera visita no tuvo gran resultado. Le pregunté sus libros favoritos, hojeé algunos, le pedí rotuladores. Estrella los trajo pero no dijo nada de los libros. Solo al final, cuando pregunté cómo se llamaba el peluche rosa, respondió:

Rosita.

La siguiente vez le llevé un jersey para Rosita. Mi madre me enseñó a tejer, y yo tejía en homenaje a ella. El jersey salió regular y el hilo era muy grueso, pero Estrella se entusiasmó, lo probó al momento y dijo:

Es bonito.

Le propuse dibujar a Rosita con su nueva prenda. Así lo hicimos. Le escribí el nombre mal adrede. Estrella lo corrigió.

No era una niña especial.

Vendré a ver a Estrella tres veces por semana anuncié a Víctor.

No tengo dinero extra dijo, ceñudo.

No me hace falta dinero me dolió su respuesta.

Y así quedó.

La jefa de estudios no se alegró al saberlo.

No se puede favorecer a un solo alumno, no es pedagógico. No sirve de nada, conozco estos casos.

Yo también la corté pero no se debe tirar la toalla demasiado rápido.

La niña era distinta, sí: callada, rehuyendo las miradas, prefiriendo dibujar a escribir. Pero sumaba bien y captaba la gramática al vuelo. Para el final de trimestre, los aprobados eran genuinos.

¿Vas a irte de vacaciones en Navidad? me preguntó Víctor, sin mirarme.

No. Sentí que me sonrojaba.

Estrella quiere invitarte.

Me desconcertó. Ella no lo había dicho. Pero si lo quería, no quería herirla, aunque tampoco me apetecía pasar la Nochevieja con extraños.

Gracias, lo pensaré dije.

Dormí mal esa noche. No entendía por qué estaba tan alterada. Llevaba un mes trabajando con Estrella, era lógico que la niña estuviese más receptiva. justó eso quería. ¿Por qué me importaba tanto la opinión de Víctor…?

Me dormí rumiando pensamientos.

La mañana siguiente llamó Gonzalo.

¿Cuándo vienes?

¿Cómo?

En Navidad. ¿No pensarás pasarla en ese pueblo?

Claro que sí.

Marga… ¿no ves que papá está agobiado? Tiene la tensión por las nubes.

Papá no me había llamado una sola vez.

Que vaya al médico respondí secamente.

¿Entonces no vuelves?

No.

Vaya, ¿y ahora qué haré?

Lo que quieras.

No pensé que Gonzalo se lo tomaría al pie de la letra. Pero apareció, con cava, ensaladilla y regalos.

Si la montaña no va a Mahoma…

Me quedé boquiabierta. Y no para mal, yo no creía que Gonzalo tuviera ese gesto. Amaba los restaurantes chic en Nochevieja, con música y concursos. Aquí, ni televisión había.

Me basta con que estés tú.

Busqué trampa, pero no la hallé. ¿Y si me he equivocado tanto con él?, pensé.

Aún me ablandé más al ver en las cajas mis platos favoritos, y en los regalos libros de pedagogía, un proyector y una agenda escolar.

Gracias me emocioné pensaba que me regalarías bisutería, como siempre.

Gonzalo sonrió:

Marga, eres lo más valioso que tengo. Si quieres vivir en el pueblo, vivamos aquí. Traje también joyas.

Sacó una cajita de terciopelo rojo, y supe de inmediato lo que contenía.

¿Puedo no contestar ahora? pregunté.

No se ofendió:

Temía un rechazo inmediato. Esperaré lo que haga falta.

No sabía qué decir, y guardé la caja en el bolsillo.

Víctor tenía mi móvil, pero llamó al fijo.

¿Has pensado ya? preguntó.

Perdón, ha venido un amigo.

Entendido.

Y colgó.

Me sentí fatal. ¿Qué quería decir con entendido? No le prometí nada. ¿De qué se ofende? Seguro es por Estrella. Ella esperaba que fuera y todo padre quiere que su hijo esté contento.

Me mareaba de pensarlo. Gonzalo, ajeno, intentaba pillar wifi para ver películas navideñas.

Escuché un silbido, de esos para llamar al perro. Recordé que Víctor silbaba así. Miré por la ventana: él y Estrella esperaban en la puerta.

Me subió el color al rostro.

¿Quién es? preguntó Gonzalo, borde.

Es mi alumna susurró Estrella. Ya vuelvo.

Tenía preparado el regalo para Estrella: una amiga para Rosita, otro peluche rosa, esta vez una conejita. Papá diría que era una horterada.

Para Víctor tenía otro obsequio, aunque no sabía si debía hacerlo: un par de mitones tejidos por mí.

Cogí los regalos y salí corriendo, sin bufanda ni medias, la nieve empapando mis botas, pero ni me inmuté.

¡Hola Estrella! dije, dulce ¡Feliz Año Nuevo! Mira lo que te he traído.

Le di el paquete, sacó la conejita y la abrazó, miró a su padre. Víctor le entregó dos paquetes, uno grande y otro pequeño. Estrella abrió el grande: un cuaderno con un cómic dibujado, reconocí sus dibujos.

¡Qué maravilla de cómic! ¡Gracias!

En el pequeño había un broche de oro en forma de alondra. Miré a Víctor. No me miraba. Y Estrella dijo:

Era de mamá.

Un nudo me ahogó la garganta.

Nos vamos gruñó Víctor.

Por supuesto. ¡Feliz Año!

Igualmente…

Quise abrazar a Estrella pero no me atreví: estaba rígida, aferrada a su nueva conejita.

En la verja, me giré una última vez. No sé por qué, una presión me estrujó el pecho al verlos alejarse y entré en la casa parpadeando y sonándome la nariz.

¿Y qué ha pasado ahí fuera? resopló Gonzalo.

Miré el cómic y la alondra dorada en mi mano, recordé que olvidé darle sus mitones a Víctor. Y lo que comentó Estrella: de mamá Pensé en la sonrisa de Víctor, que solo aparece cuando mira a su hija. Algo dentro de mí quería brotar y florecer. Sentí pena por Gonzalo, pero engañarle a él y a mí misma no tenía sentido.

Saqué la caja de terciopelo del bolsillo, se la tendí.

Vuelve a casa, Gonzalo. Perdón, no puedo casarme contigo. Perdón repetí.

Su rostro se quedó pálido. No estaba acostumbrado a que le rechacen.

Por un momento temí que fuera a perder el control, pero guardó la caja, tomó las llaves y se fue sin una palabra.

Recogí la comida en los tuppers, agarré los mitones tejidos para Víctor y salí corriendo a alcanzar a aquellos dos, tan extraños y tan necesarios para mí en este lugar de la España olvidada.

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MagistrUm
En el confín del mundo. La nieve se colaba en las botas, quemaba la piel. Pero Rita no pensaba com…