En el caserón olía a perfume francés y a desamor. La pequeña Elisa sólo conocía unas manos cálidas: las de la asistenta, Águeda. Pero un día desapareció dinero de la caja fuerte, y aquellas manos se esfumaron para siempre. Veinte años después, Elisa vuelve, con su hijo en brazos y una verdad que le quema la garganta… *** La masa olía a hogar. No ese hogar de la escalera de mármol y la lámpara de cristal donde creció Elisa, sino el de verdad. El que ella misma imaginaba sentada en una banqueta de cocina viendo las manos de Águeda, rojas por el agua, amasar el pan. —¿Por qué la masa está viva? —preguntaba Elisa, con cinco años. —Porque respira —respondía Águeda, sin soltar el pan—. ¿Ves cómo burbujea? Se alegra porque pronto irá al horno. Es raro, ¿no? Alegrarse del fuego. Entonces Elisa no entendía. Ahora sí. De pie al borde de una carretera secundaria destrozada, apretando a su hijo Mateo, de cuatro años, contra el pecho. El autobús se marchó y sólo quedó el silencio especial de los pueblos; tan profundo que hasta se oía la nieve crujir bajo los pasos de algún desconocido, tres casas más allá. Mateo ya no lloraba. Había aprendido en el último medio año. Miraba con ojos oscuros, demasiado serios para su edad, y Elisa se estremecía cada vez: los ojos de Samuel. Su mentón. Su silencio. Ese silencio que siempre ocultaba algo. No pensar en él. No ahora. —Mamá, tengo frío. —Lo sé, hijo. Ahora veremos dónde ir. Elisa no sabía la dirección. Ni siquiera si Águeda seguía viva —han pasado veinte años, una vida entera—. Sólo recordaba: “Pueblito de Soto, provincia de Ávila”. Y el aroma de aquella masa. Y el calor de manos que fueron las únicas en acariciarla sin motivo. El camino pasaba junto a verjas torcidas. Una ventana aquí y allá con luz amarillenta, débil pero viva. Elisa se paró frente a la última casa, simplemente porque ya no podía más y Mateo pesaba demasiado. La verja rechinó. Dos peldaños cubiertos de nieve, una puerta vieja, la pintura cayéndose. Llamó. Silencio. Luego pasos arrastrados, el cerrojo abriéndose, y una voz —ronca, envejecida pero conocida— que le cortó la respiración. —¿Quién andará por ahí a estas horas? Se abrió la puerta. En el umbral, una ancianita diminuta, con un jersey de lana sobre el camisón. Cara arrugada como una manzana asada. Pero los ojos, sí, los de siempre: azules, desvaídos pero vivos. —Águeda… La anciana se quedó quieta. Luego levantó una mano —la misma, llena de nudos— y acarició la mejilla de Elisa. —¡Virgen Santa… Elisa, hija mía! A Elisa se le doblaron las rodillas. Abrazaba a su hijo y no podía decir nada. Sólo lloraba, lágrimas calientes sobre mejillas heladas. Águeda no preguntó nada. Ni “¿de dónde?”, ni “¿para qué?”, ni “¿qué ha pasado?”. Simplemente cogió su viejo abrigo de la percha, se lo puso por los hombros, y cogió a Mateo en brazos. El niño ni se movió: sólo miraba con sus ojos oscuros. —Ya estás en casa, paloma. Entra. Entra, hija. *** Veinte años. Suficientes para levantar imperios y verlos caer, para olvidar el idioma, para enterrar padres —aunque los de Elisa seguían vivos, ahora extraños, como muebles de alquiler. De niña pensaba que su casa era el mundo entero: cuatro plantas de felicidad; el salón con chimenea, el despacho del padre con olor a tabaco y severidad, el dormitorio de la madre con cortinajes de terciopelo, y abajo del todo, la cocina. Su lugar. El reino de Águeda. —No andes aquí, Elisa, —decían niñeras y preceptores—. Tienes que estar arriba, con tu madre. Pero su madre arriba hablaba siempre por teléfono. Con amigas, socios, amantes —esto Elisa no lo entendía pero lo sentía: algo andaba mal. Algo en la risa de su madre, en cómo se apagaba su rostro al entrar su padre. En la cocina, en cambio, todo era correcto. Águeda le enseñaba a hacer empanadillas, torcidas y con los bordes mal cerrados. Juntas esperaban que subiera la masa: “Shhh, Elisa, no hagas ruido, que se molesta y baja.” Cuando en el piso de arriba empezaban los gritos, Águeda la sentaba en su regazo y tarareaba algo rural, simple, sin letra; sólo con la voz. —Águeda, ¿eres mi mamá? —le preguntó una vez con seis años. —¡Ay, cielo! Yo sólo soy la asistenta. —¿Y por qué te quiero más que a mamá? Águeda se quedó callada. La acarició y luego susurró: —El amor no pregunta, sólo llega. Tú quieres a tu madre, pero de otra manera. Elisa sabía que no. Lo tenía claro, con el miedo frío de los niños. Su madre era bella, elegante, le traía vestidos y la llevaba a París, pero nunca estuvo sentada a su lado cuando ella enfermaba. Eso lo hacía Águeda —por las noches, con la mano fresca en la frente. Luego llegó aquella noche. *** —Ochenta mil euros —oyó Elisa tras una puerta mal cerrada—. Del cajón de seguridad. Yo misma los puse. —¿No los gastaste sin darte cuenta? —decía su padre, la voz cansada, hueca. —¡No digas tonterías! —¿Quién tenía acceso? —Él suspiraba. —Águeda limpiaba en el despacho. Sabe el código —yo se lo di, para quitar el polvo. Silencio. Elisa pegada a la pared, notando cómo algo importante se rompía por dentro. —Su madre tiene cáncer —dijo su padre—. El tratamiento cuesta muchísimo. Pidió un adelanto hace un mes. —Yo no se lo di. —¿Por qué no? —Porque es asistenta. Si a cada asistenta hay que darle para su madre, su padre, su hermano… —Marina. —¿Qué Marina? Lo ves claro. Necesitaba dinero, tenía acceso… —No estamos seguros. —¿Vas a llamar a la policía? ¿Hacer escándalo? ¿Contar a todos que aquí roban? Silencio otra vez. Elisa cerró los ojos. Tenía nueve años: suficiente para entender, demasiado pequeña para cambiar nada. A la mañana siguiente, Águeda hacía las maletas. Elisa la miraba desde la puerta, pequeña, en pijama, descalza. Águeda doblaba sus pocas cosas en una bolsa vieja: la bata, las zapatillas y una estampa de san Nicolás gastada. —Águeda… Se giró. El rostro sereno, sólo los ojos hinchados de llorar. —Elisa, ¿no duermes? —¿Te vas? —Sí, cielo. Mi madre está enferma. —¿Y yo? Se arrodilló a su altura. Olía a masa, siempre olía así. —Crecerás, Elisa. Serás buena persona. Y quizás algún día vengas a verme. Al Soto. ¿Te acuerdas? —Al Soto. —Eso es. Listísima. La besó en la frente y se fue. La puerta se cerró. Y ese aroma —a masa, a hogar, a calor— se desvaneció para siempre. *** La casa era diminuta. Una estancia, una estufa, una mesa con hule, dos camas tras una cortina estampada. En la pared, la misma estampa de san Nicolás, ennegrecida por el tiempo y las velas. Águeda trajinaba, ponía agua, sacaba una mermelada del sótano, hacía la cama de Mateo. —Siéntate, Elisa. Que en las piernas no está la verdad. Entremos en calor y después hablamos. Pero Elisa no podía sentarse. Estaba plantada en medio de la pobre cabaña —ella, hija de un caserón de cuatro plantas— y sentía algo extraño. Paz. Por primera vez en años, verdadera paz. Como si algo tirante por dentro, por fin, se aflojara. —Águeda, —dijo, la voz temblándole—. Águeda, perdóname. —¿Por qué, hija? —Por no defenderte. Por callar veinte años. Por… No sabía cómo explicarlo. Mateo se había dormido apenas tocó la almohada. Águeda, con una taza de té entre manos, esperaba. Y Elisa habló. De cómo, tras la marcha de Águeda, la casa dejó de ser suya. De cómo sus padres se divorciaron dos años después, al quebrar el negocio familiar y perderlo todo. De cómo su madre se marchó con otro a Alemania; su padre se hundió en el alcohol y murió solo cuando Elisa tenía veintitrés años. De cómo ella quedó completamente sola. —Luego conocí a Samuel —mirando la mesa—, nos conocemos desde el colegio. Venía a casa, ¿te acuerdas? Flacucho, siempre robando caramelos. Águeda asintió. —Me acuerdo. —Pensé: “al fin, una familia”. Pero… resultó ser jugador. Cartas, tragaperras, de todo. No lo sabía. Cuando me di cuenta ya era tarde. Deudas, usureros, Mateo… Calló. El fuego crepitaba en la estufa. —Cuando pedí el divorcio, me confesó todo. Creía que le perdonaría, que valoraría su sinceridad. —¿El qué te confesó, hija? Elisa levantó la vista. —Que él robó aquel dinero. Lo vio cuando estuvo en casa. Se lo llevó para jugar. Y le echaron la culpa a ti. Silencio. Águeda no se movía. La cara impasible. Los nudillos blancos sobre la taza. —Águeda, perdóname. Lo supe hace una semana. No tenía idea, yo… —Shhh. Se levantó. Fue hasta Elisa y, como veinte años antes, se arrodilló —con dificultad, crujían las rodillas— y la miró a los ojos. —Pero, hija mía, tú no tienes culpa de nada. —Pero tu madre, necesitabas ese dinero… —Mi madre murió al año. Dios la tenga en su gloria —se santiguó—. Yo estoy bien. Huerto tengo, una cabrita, buenos vecinos. No necesito más. —Pero te echaron. Como ladrona. —¿Y no será que a veces Dios te lleva hacia la verdad por medio de la injusticia? Si no me hubieran despedido, quizá no habría estado ese año con mi madre. El año más importante. Elisa callaba. Tenía el pecho ardiendo con vergüenza, dolor, amor, gratitud. —¿Me dolió? Claro que sí. Duele mucho que te tomen por ladrona. Pero luego… luego se pasa. No rápido, pero pasa. Porque si guardas el rencor, te come por dentro. Y yo quería vivir. Tomó las manos de Elisa: frías, ásperas, nudosas. —Y ven aquí, con tu hijo, a verme a mí, vieja, a este cuchitril. ¿Sabes lo que vale eso? Más que ninguna caja fuerte. Elisa lloró. No como los adultos. Como una niña, desconsolada, la cara hundida en el hombro flaco de Águeda. *** Al alba, Elisa se despertó por el olor. A masa. Abrió los ojos. Mateo dormía a su lado. Tras la cortina de flores, Águeda andaba de un lado a otro, moviendo papeles. —¿Águeda? —¿Ya estás despierta? Levántate, paloma, que se enfrían los panecillos. Panecillos. Elisa se levantó y, como en un sueño, fue hasta la mesa. Sobre papel de periódico estaban ellos: dorados, deformes, con borde mal cerrado, como los de antes. Y olían a hogar. —Mira, —Águeda le servía té en una taza mellada— en el pueblo hace falta ayudante en la biblioteca. Pagan poco pero aquí tampoco se gasta mucho. A Mateo lo llevamos a la guardería, que la dirige doña Carmen, una santa. Después ya veremos. Lo decía con una naturalidad tranquila, como si todo estuviera resuelto. —Águeda, —Elisa se atrevió—. Yo… Yo no soy nadie para ti. Han pasado tantos años. ¿Por qué…? —¿Por qué qué? —¿Por qué me acoges? ¿Sin preguntar? ¿Así, sin más? Águeda la miró con aquella mirada limpia y sabia de toda la vida. —¿Recuerdas que me preguntabas por qué la masa está viva? —Porque respira. —Eso es. El amor también. Respira y respira. No se puede despedir ni echar. Vive donde quiere. Aunque pasen veinte años. Le puso un panecillo delante —caliente, tierno, de manzana. —Come, hija. Has adelgazado mucho. Elisa mordió. Y, por primera vez en años, sonrió. Afuera amanecía. La nieve brillaba con los primeros rayos, y el mundo—enorme, complicado, injusto—por un instante se volvía sencillo y bueno. Como los panecillos de Águeda. Como sus manos. Como el amor que no se puede despedir. Mateo salió de detrás de la cortina, frotándose los ojos. —Mamá, huele rico. —Es la abuela Águeda, que ha horneado. —¿A-bue-la? —probó la palabra en la boca, miró a Águeda. Ella le sonrió, las arrugas iluminándose. —Abuela, abuela. Ven, mi niño. Vamos a desayunar. Sentado a la mesa, comió, y por primera vez en medio año, soltó una carcajada cuando Águeda le enseñó a hacer muñecos de pan. Elisa les miraba— a su hijo y a la mujer a la que consideró su madre—. Entendía: ésa era su casa. No las paredes, ni el mármol, ni las lámparas. Sólo unas manos cálidas. Sólo olor a masa. Sólo amor común, callado, de todos los días. Ese amor que no se compra. Que no se paga. Que simplemente existe mientras haya un corazón vivo. Extraña cosa es la memoria del corazón. Olvidamos fechas, rostros, años enteros, pero el aroma de las madalenas de mamá lo recordamos hasta el último aliento. Quizá porque el amor no vive en la cabeza, sino más adentro, donde nunca llegan ni el rencor ni el tiempo. A veces hace falta perderlo todo—estatus, dinero, orgullo— para recordar el camino a casa. A esas manos que siguen esperando.

En el caserón olía a colonia cara y a falta de cariño. La pequeña Jimena solo había conocido unas manos cálidas las de la señora Encarnación, la asistenta. Pero un día desapareció dinero de la caja fuerte y aquellas manos se esfumaron para siempre. Pasaron veinte años. Ahora era Jimena la que se encontraba ante una puerta, con su hijo en brazos y una verdad que le quemaba por dentro

***

La masa olía a hogar.

No al hogar aquel con la escalera de mármol y la lámpara de lágrimas de tres alturas, donde pasó Jimena la infancia. No. Al de verdad. Al que ella se había inventado sentada en un taburete en la cocina enorme de la casa, viendo cómo las manos de Encarnación, enrojecidas por el agua, amasaban el bollo con fuerza.

Encarnación, ¿por qué la masa está viva? preguntaba Jimena, con cinco añitos.

Porque respira contestaba ella sin perder el compás. ¿Ves cómo le salen burbujillas? Es que se alegra de ir al horno. Raro, ¿eh? Alegrarse por el fuego.

Entonces Jimena no lo entendía. Ahora, sí.

De pie, al lado de una carretera comarcal llena de baches, apretaba contra el pecho a su hijo Mateo, que tenía cuatro años. El autobús se había marchado, dejándolos allí en mitad de la tarde gris de enero, y solo quedaba el silencio ese del pueblo, tan denso que escuchas crujir la escarcha bajo los pasos de cualquiera a dos casas de distancia.

Mateo no lloraba. Ya casi no lo hacía desde hacía medio año aprendió por las malas. Solo le miraba con esos ojos grandes, serios, de adulto, y Jimena temblaba: eran los ojos de Salvador. Su barbilla, su silencio. Ese callar que siempre ocultaba algo.

No pensar en él. No ahora.

Mamá, tengo frío.

Ya lo sé, chiquitín. Ya vamos.

No sabía la dirección. Ni si Encarnación seguía viva habían pasado veinte años, toda una vida. Solo le quedaba en la memoria: Pueblo Los Pinares, provincia de Segovia. Y el olor de aquella masa. Y el calor de aquellas manos, las únicas que la acariciaron por puro cariño en aquella casa tan grande.

Siguió la carretera, sorteando vallas caídas. Algunas ventanas dejaban escapar luces amarillas, tenues pero vivas. Se detuvo al fin frente a la casa más retirada porque sus piernas decían basta y Mateo ya pesaba demasiado.

La cancela chirrió. Dos peldaños cubiertos de escarcha. Una puerta vieja, descascarillada.

Tocó.

Silencio.

Pasos arrastrados. Un cerrojo se descorre. Y una voz ronca, más vieja pero inconfundible, que a Jimena le cortó la respiración:

¿Quién anda ahí, con este frío?

La puerta se abrió.

En el umbral, una mujer menuda con un chaleco de lana sobre el camisón. Su cara, arrugada como una manzana asada, pero los ojos Esos eran los de siempre, aún claros, aún vivos.

Encarnación

Ella se quedó quieta. Luego levanta la mano, la misma de siempre, curtida y nudosa, y le rozó la mejilla.

¡Virgen Santa ¿Jimena?!

A Jimena se le doblaron las rodillas. De pie, abrazando a su hijo, sin poder pronunciar palabra solo lágrimas calientes, deslizándose por sus mejillas heladas.

Encarnación no preguntó nada. Ni ¿de dónde vienes?, ni ¿qué te pasa?, ni ¿por qué?. Solo echó mano al abrigo viejo del perchero y se lo colocó sobre los hombros. Luego cogió a Mateo, que ni se movió, solo le miraba fijo con sus ojos enormesy le estrechó también.

Ya estás en casa, niña, susurró. Anda, pasa, mi vida. Entra.

***

Veinte años.

Te da tiempo para crear un imperio y verlo caer. Para olvidar la lengua materna. Para enterrar a tus padres aunque a los de Jimena no les haya pasado eso, se habían vuelto tan extraños como los muebles de un piso de alquiler.

De pequeña pensaba que su casa era el mundo entero. Cuatro plantas de felicidad: el salón con chimenea, el despacho de su padre, donde siempre olía a puro y a severidad, el dormitorio de su madre, con cortinas de terciopelo, y, abajo del todo, la cocina. Su lugar. El reino de Encarnación.

Jimena, aquí no, la regañaban las niñeras. Que te subas con mamá.

Pero su madre arriba siempre estaba pegada al teléfono. Con amigas, con socios, con amantes Jimena entonces no entendía, pero sentía que había algo raro en el modo en que se reía por teléfono y cómo se le apagaba la cara en cuanto entraba su padre.

En la cocina, todo era correcto. Encarnación le enseñó a hacer empanadillas, que salían torcidas y abiertas por los extremos. Juntas esperaron a que subiera la masa. Calladita, Jimena, si no se asusta y se baja. Y cuando de arriba venían gritos, Encarnación la sentaba en su regazo y le tarareaba una nana simple, rural, casi sin palabras.

Encarnación, ¿tú eres mi madre? le preguntó una noche de seis años.

Qué dices, niña. Soy la del servicio.

¿Entonces por qué te quiero más que a mamá?

Se quedó mucho rato callada, acariciando su pelo. Luego lo dijo bajito, casi sin voz:

El amor no pregunta. Llega sin avisar. También quieres a tu madre, pero de otra manera.

Jimena sabía que no. Lo supo de niña, con esa lucidez que en los críos da miedo. Sí, mamá era guapa, importante, le compraba vestidos y la llevaba de viaje. Pero nunca estuvo a su lado de noche cuando ella tenía fiebre. Eso solo lo hacía Encarnación, velando su sueño con la mano fría en la frente.

Luego vino aquella noche.

***

Ochenta mil euros, oyó Jimena tras la puerta entreabierta. De la caja. Estoy segurísima de haberlos guardado.

¿No lo habrás gastado y ya?

¡Iñigo!

La voz de su padre cansada, apagada, como él en los últimos años:

Vale, vale. ¿Quién lo sabía?

Encarnación estuvo limpiando el despacho. El código lo sabía se lo di yo misma, para que quitara el polvo.

Silencio. Jimena pegada a la pared, notando cómo algo dentro comenzaba a romperse.

Su madre está muy enferma dijo él. El tratamiento es carísimo y ella pidió un adelanto hace un mes.

Y yo no se lo di.

¿Por qué?

Porque es la asistenta, Iñigo. Si le damos a cada asistenta para la madre, el padre, el primo

Marina.

¿Qué? Ya lo ves. Ella necesitaba el dinero, tenía acceso

Pero no sabemos seguro.

¿Quieres llamar a la Guardia Civil? ¿Que se entere todo el mundo que aquí se roba?

De nuevo el silencio. Jimena cerró los ojos. Había cumplido nueve años: lo suficiente para entenderlo todo y demasiado poco para hacer algo.

Por la mañana, Encarnación hacía la maleta.

Jimena la miraba desde la puerta chiquita, aún en pijama, los pies descalzos en el suelo frío. Encarnación metía en la bolsa su bata, unas sandalias, la estampita de la Virgen del Carmen de la mesita

Encarnación

Se giró. La cara tranquila pero los ojos hinchados, rojos.

¿Qué haces levantada, cielo?

¿Te vas?

Sí, mi niña. Con mi madre, que está malita.

¿Y yo qué hago ahora?

Se agachó a su altura, para mirarse a los ojos. Incluso sin hornear, seguía oliendo a pan.

Crecerás, Jimena. Serás buena persona. Y, quién sabe, igual algún día te animas a venir a Los Pinares de visita. ¿Te acuerdas?

Los Pinares.

Muy bien.

Le dio un beso rápido en la frente y se fue.

Se cerró la puerta. Sonó el cerrojo. Y aquel olor el olor de la masa, del calor, del hogar desapareció para siempre.

***

La casa era diminuta.

Un cuarto, la chimenea en una esquina, la mesa forrada con hule, dos camas tras una cortina de flores. En la pared, la misma estampita de la Virgen, ennegrecida por el tiempo y el humo.

Encarnación se movía sin parar: ponía agua a calentar, sacaba un bote de mermelada del sótano, preparaba la cama de Mateo.

Siéntate, niña. Ponte cómoda. Calienta un poco los pies y luego hablamos.

Pero Jimena no podía sentarse. De pie, en medio de aquella casa pobre, ella, la hija de dueños de un caserón con cuatro plantas, sintió algo nuevo.

Paz.

Por primera vez en años. Como si una cuerda interna, tensada y a punto de romperse, al fin cayera suelta.

Encarnación, su voz se quebró. Perdóname.

¿Por qué, chiquilla?

Por no defenderte entonces. Por estar callada veinte años. Por

Se atascó. ¿Cómo decirlo?

Mateo ya dormía, derrotado nada más tumbarse. Encarnación la miraba desde el otro lado de la mesa, taza de té en mano, esperando.

Y Jimena lo contó.

Cómo, tras la marcha de Encarnación, su casa se volvió extraña. Cómo, a los dos años, sus padres se separaron. Cómo el negocio del padre era humo, que reventó con la crisis y se llevó piso, coches y chalet. Cómo la madre se fue a Alemania con otro marido, y el padre acabó solo y bebiendo, hasta morir cuando ella tenía veintitrés años. Cómo Jimena se quedó sola.

Luego apareció Salvador susurró, mirando el mantel. Lo conocía desde primero de primaria. Venía a casa, ¿te acuerdas? Era delgaducho, siempre robando caramelos

Encarnación asintió.

Me acuerdo de ese pillo.

Pensé: por fin, familia. De verdad. Pero resultó Es adicto. Al póker, a las tragaperras, a todo. Yo no lo sabía, él lo ocultó. Y, cuando me enteré, ya era tarde. Deudas, prestamistas. Mateo

Se calló. Los troncos chisporroteaban en la chimenea, la vela ante la Virgen temblaba, dibujando sombras en la pared.

Cuando le dije que me divorciaba, él la voz le tembló Me lo confesó todo. Creía que iba a perdonarle. No sé. Agradecerle que fuera sincero.

¿Lo contó todo?

Jimena levantó la cabeza.

Fue él quien robó. El dinero de entonces. Vio el código en una visita. Lo necesitaba Ni recuerdo para qué juego. Pero culparon a ti.

Silencio.

Encarnación no se movió. La cara hermética. Solo los nudillos, blanquísimos, aferrados a la taza.

Perdóname. Si puedes. Me enteré hace apenas una semana. No tenía ni idea

Shhh

Encarnación se levantó. Se acercó, y como veinte años antes, se arrodilló le costó, con las rodillas desgastadas hasta que sus ojos se igualaron a los de Jimena.

¿Tú qué culpa tienes, niña?

Tu madre Necesitabas el dinero

Mi madre murió al año. Que Dios la tenga en su gloria se santiguó. Y yo, ¿qué quieres? Sobrevivo. Tengo huerta, una cabra. Los vecinos ayudan. No me falta de nada.

¡Pero te echaron! ¡Como si hubieras robado!

Encarnación suspiró hondo ¿No dicen que, a veces, a través de una mentira llegas a la verdad? Si no me hubieran echado, quizás no habría acompañado a mi madre en su último año. Y ese año fue el más importante.

Jimena se quedó muda. Dentro ardían el dolor, la vergüenza, el amor, la gratitudtodo mezclado.

¿Me dolió? Claro. Me cabreé un montón. No había cogido nunca un céntimo que no fuese mío. Y de repente, ladrona. Pero pasa el tiempo Y un día te das cuenta de que guardarse el rencor solo te pudre por dentro. Yo quería vivir.

Cogió las manos de Jimena entre las suyas ásperas, secas, fuertes.

Y mírame, has venido. Con tu hijo. A esta chabola con una vieja. Eso vale más que cualquier caja fuerte.

Y Jimena lloró. Como una cría. Sin vergüenza, sollozando sobre el hombro huesudo de Encarnación.

***

Por la mañana, el olor la despertó.

Masa.

Abrió los ojos. Al lado roncaba Mateo. Tras la cortina, Encarnación trajinaba, moviendo cacharros.

¿Encarnación?

Ya estás despierta, niña. Ven, que se enfrían las empanadillas.

Empanadillas.

Jimena salió, aún medio dormida. Sobre el hule, en un trozo de periódico, estaban ellas doradas, desiguales, remendadas como las de su infancia. Y olían a casa.

Oye dijo Encarnación, sirviéndole té en una taza mellada. Allí en la biblioteca del pueblo necesitan ayudante. Pagan poco, pero aquí tampoco hace falta mucho. A Mateo lo podemos meter en la guardería, la lleva doña Carmen, una santa. Y ya veremos.

Lo contaba como lo más natural del mundo, como si no hubiera más opción posible.

Encarnación titubeó Jimena. No tenemos Yo no soy nada tuyo. Han pasado tantos años. ¿Por qué?

¿Por qué qué?

¿Por qué me abres la puerta así, sin preguntas, sin nada?

La miró con esos ojos de toda la vida claros, tranquilos, sabios.

¿Te acuerdas cuando preguntabas por qué la masa está viva?

Porque respira.

Pues eso. El amor, igual. Respira solo. No lo puedes despedir. Si llegó a un sitio, ahí se queda. Aunque pasen veinte o treinta años.

Le ofreció una empanadilla, tibia, rellena de manzana.

Anda, come algo. Que estás en los huesos, hija.

Jimena mordió. Y, por primera vez en mucho, sonrió.

El sol asomaba fuera. El hielo relucía bajo la luz, y el mundotan grande, tan duro, tan injustode pronto era sencillo, bueno. Como las empanadillas de Encarnación. Como sus manos. Como ese amor que nadie puede despedir.

Mateo salió frotándose los ojos.

Mamá, huele genial.

Es la abuela Encarnación.

¿Abu-ela? repitió, probando el nombre a sorbos y mirándola.

Ella le sonrió los ojos se le llenaron de arrugas alegres, la mirada chispeó.

Abuela, claro. Siéntate, campeón. A desayunar.

Y se sentó. Y comió. Y, por primera vez en seis meses, se rió, cuando Encarnación le enseñó a hacer muñecos de masa.

Jimena los miraba a su hijo y a aquella mujer que fue su madre de verdady supo: allí estaba su hogar. No eran paredes, ni mármol, ni lámparas de cristal. Solo unas manos cálidas. El olor a pan. El amor, sencillo, terrenal y callado.

El amor que no se paga. Que no se compra. Que simplemente está ahíy sigue, mientras quede un solo corazón latiendo.

Tiene cosas extrañas la memoria del corazón. Podemos olvidar fechas, caras, años enteros. Pero el olor de las empanadillas de mamá lo llevamos hasta la tumba. Quizá porque el amor no vive en la cabeza. Está más hondo, donde ni el rencor ni el tiempo pueden alcanzarlo. Y a veces, hay que perderlo todoestatus, dinero, orgullopara encontrar el camino de regreso. Hacia esas manos que te esperan.

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MagistrUm
En el caserón olía a perfume francés y a desamor. La pequeña Elisa sólo conocía unas manos cálidas: las de la asistenta, Águeda. Pero un día desapareció dinero de la caja fuerte, y aquellas manos se esfumaron para siempre. Veinte años después, Elisa vuelve, con su hijo en brazos y una verdad que le quema la garganta… *** La masa olía a hogar. No ese hogar de la escalera de mármol y la lámpara de cristal donde creció Elisa, sino el de verdad. El que ella misma imaginaba sentada en una banqueta de cocina viendo las manos de Águeda, rojas por el agua, amasar el pan. —¿Por qué la masa está viva? —preguntaba Elisa, con cinco años. —Porque respira —respondía Águeda, sin soltar el pan—. ¿Ves cómo burbujea? Se alegra porque pronto irá al horno. Es raro, ¿no? Alegrarse del fuego. Entonces Elisa no entendía. Ahora sí. De pie al borde de una carretera secundaria destrozada, apretando a su hijo Mateo, de cuatro años, contra el pecho. El autobús se marchó y sólo quedó el silencio especial de los pueblos; tan profundo que hasta se oía la nieve crujir bajo los pasos de algún desconocido, tres casas más allá. Mateo ya no lloraba. Había aprendido en el último medio año. Miraba con ojos oscuros, demasiado serios para su edad, y Elisa se estremecía cada vez: los ojos de Samuel. Su mentón. Su silencio. Ese silencio que siempre ocultaba algo. No pensar en él. No ahora. —Mamá, tengo frío. —Lo sé, hijo. Ahora veremos dónde ir. Elisa no sabía la dirección. Ni siquiera si Águeda seguía viva —han pasado veinte años, una vida entera—. Sólo recordaba: “Pueblito de Soto, provincia de Ávila”. Y el aroma de aquella masa. Y el calor de manos que fueron las únicas en acariciarla sin motivo. El camino pasaba junto a verjas torcidas. Una ventana aquí y allá con luz amarillenta, débil pero viva. Elisa se paró frente a la última casa, simplemente porque ya no podía más y Mateo pesaba demasiado. La verja rechinó. Dos peldaños cubiertos de nieve, una puerta vieja, la pintura cayéndose. Llamó. Silencio. Luego pasos arrastrados, el cerrojo abriéndose, y una voz —ronca, envejecida pero conocida— que le cortó la respiración. —¿Quién andará por ahí a estas horas? Se abrió la puerta. En el umbral, una ancianita diminuta, con un jersey de lana sobre el camisón. Cara arrugada como una manzana asada. Pero los ojos, sí, los de siempre: azules, desvaídos pero vivos. —Águeda… La anciana se quedó quieta. Luego levantó una mano —la misma, llena de nudos— y acarició la mejilla de Elisa. —¡Virgen Santa… Elisa, hija mía! A Elisa se le doblaron las rodillas. Abrazaba a su hijo y no podía decir nada. Sólo lloraba, lágrimas calientes sobre mejillas heladas. Águeda no preguntó nada. Ni “¿de dónde?”, ni “¿para qué?”, ni “¿qué ha pasado?”. Simplemente cogió su viejo abrigo de la percha, se lo puso por los hombros, y cogió a Mateo en brazos. El niño ni se movió: sólo miraba con sus ojos oscuros. —Ya estás en casa, paloma. Entra. Entra, hija. *** Veinte años. Suficientes para levantar imperios y verlos caer, para olvidar el idioma, para enterrar padres —aunque los de Elisa seguían vivos, ahora extraños, como muebles de alquiler. De niña pensaba que su casa era el mundo entero: cuatro plantas de felicidad; el salón con chimenea, el despacho del padre con olor a tabaco y severidad, el dormitorio de la madre con cortinajes de terciopelo, y abajo del todo, la cocina. Su lugar. El reino de Águeda. —No andes aquí, Elisa, —decían niñeras y preceptores—. Tienes que estar arriba, con tu madre. Pero su madre arriba hablaba siempre por teléfono. Con amigas, socios, amantes —esto Elisa no lo entendía pero lo sentía: algo andaba mal. Algo en la risa de su madre, en cómo se apagaba su rostro al entrar su padre. En la cocina, en cambio, todo era correcto. Águeda le enseñaba a hacer empanadillas, torcidas y con los bordes mal cerrados. Juntas esperaban que subiera la masa: “Shhh, Elisa, no hagas ruido, que se molesta y baja.” Cuando en el piso de arriba empezaban los gritos, Águeda la sentaba en su regazo y tarareaba algo rural, simple, sin letra; sólo con la voz. —Águeda, ¿eres mi mamá? —le preguntó una vez con seis años. —¡Ay, cielo! Yo sólo soy la asistenta. —¿Y por qué te quiero más que a mamá? Águeda se quedó callada. La acarició y luego susurró: —El amor no pregunta, sólo llega. Tú quieres a tu madre, pero de otra manera. Elisa sabía que no. Lo tenía claro, con el miedo frío de los niños. Su madre era bella, elegante, le traía vestidos y la llevaba a París, pero nunca estuvo sentada a su lado cuando ella enfermaba. Eso lo hacía Águeda —por las noches, con la mano fresca en la frente. Luego llegó aquella noche. *** —Ochenta mil euros —oyó Elisa tras una puerta mal cerrada—. Del cajón de seguridad. Yo misma los puse. —¿No los gastaste sin darte cuenta? —decía su padre, la voz cansada, hueca. —¡No digas tonterías! —¿Quién tenía acceso? —Él suspiraba. —Águeda limpiaba en el despacho. Sabe el código —yo se lo di, para quitar el polvo. Silencio. Elisa pegada a la pared, notando cómo algo importante se rompía por dentro. —Su madre tiene cáncer —dijo su padre—. El tratamiento cuesta muchísimo. Pidió un adelanto hace un mes. —Yo no se lo di. —¿Por qué no? —Porque es asistenta. Si a cada asistenta hay que darle para su madre, su padre, su hermano… —Marina. —¿Qué Marina? Lo ves claro. Necesitaba dinero, tenía acceso… —No estamos seguros. —¿Vas a llamar a la policía? ¿Hacer escándalo? ¿Contar a todos que aquí roban? Silencio otra vez. Elisa cerró los ojos. Tenía nueve años: suficiente para entender, demasiado pequeña para cambiar nada. A la mañana siguiente, Águeda hacía las maletas. Elisa la miraba desde la puerta, pequeña, en pijama, descalza. Águeda doblaba sus pocas cosas en una bolsa vieja: la bata, las zapatillas y una estampa de san Nicolás gastada. —Águeda… Se giró. El rostro sereno, sólo los ojos hinchados de llorar. —Elisa, ¿no duermes? —¿Te vas? —Sí, cielo. Mi madre está enferma. —¿Y yo? Se arrodilló a su altura. Olía a masa, siempre olía así. —Crecerás, Elisa. Serás buena persona. Y quizás algún día vengas a verme. Al Soto. ¿Te acuerdas? —Al Soto. —Eso es. Listísima. La besó en la frente y se fue. La puerta se cerró. Y ese aroma —a masa, a hogar, a calor— se desvaneció para siempre. *** La casa era diminuta. Una estancia, una estufa, una mesa con hule, dos camas tras una cortina estampada. En la pared, la misma estampa de san Nicolás, ennegrecida por el tiempo y las velas. Águeda trajinaba, ponía agua, sacaba una mermelada del sótano, hacía la cama de Mateo. —Siéntate, Elisa. Que en las piernas no está la verdad. Entremos en calor y después hablamos. Pero Elisa no podía sentarse. Estaba plantada en medio de la pobre cabaña —ella, hija de un caserón de cuatro plantas— y sentía algo extraño. Paz. Por primera vez en años, verdadera paz. Como si algo tirante por dentro, por fin, se aflojara. —Águeda, —dijo, la voz temblándole—. Águeda, perdóname. —¿Por qué, hija? —Por no defenderte. Por callar veinte años. Por… No sabía cómo explicarlo. Mateo se había dormido apenas tocó la almohada. Águeda, con una taza de té entre manos, esperaba. Y Elisa habló. De cómo, tras la marcha de Águeda, la casa dejó de ser suya. De cómo sus padres se divorciaron dos años después, al quebrar el negocio familiar y perderlo todo. De cómo su madre se marchó con otro a Alemania; su padre se hundió en el alcohol y murió solo cuando Elisa tenía veintitrés años. De cómo ella quedó completamente sola. —Luego conocí a Samuel —mirando la mesa—, nos conocemos desde el colegio. Venía a casa, ¿te acuerdas? Flacucho, siempre robando caramelos. Águeda asintió. —Me acuerdo. —Pensé: “al fin, una familia”. Pero… resultó ser jugador. Cartas, tragaperras, de todo. No lo sabía. Cuando me di cuenta ya era tarde. Deudas, usureros, Mateo… Calló. El fuego crepitaba en la estufa. —Cuando pedí el divorcio, me confesó todo. Creía que le perdonaría, que valoraría su sinceridad. —¿El qué te confesó, hija? Elisa levantó la vista. —Que él robó aquel dinero. Lo vio cuando estuvo en casa. Se lo llevó para jugar. Y le echaron la culpa a ti. Silencio. Águeda no se movía. La cara impasible. Los nudillos blancos sobre la taza. —Águeda, perdóname. Lo supe hace una semana. No tenía idea, yo… —Shhh. Se levantó. Fue hasta Elisa y, como veinte años antes, se arrodilló —con dificultad, crujían las rodillas— y la miró a los ojos. —Pero, hija mía, tú no tienes culpa de nada. —Pero tu madre, necesitabas ese dinero… —Mi madre murió al año. Dios la tenga en su gloria —se santiguó—. Yo estoy bien. Huerto tengo, una cabrita, buenos vecinos. No necesito más. —Pero te echaron. Como ladrona. —¿Y no será que a veces Dios te lleva hacia la verdad por medio de la injusticia? Si no me hubieran despedido, quizá no habría estado ese año con mi madre. El año más importante. Elisa callaba. Tenía el pecho ardiendo con vergüenza, dolor, amor, gratitud. —¿Me dolió? Claro que sí. Duele mucho que te tomen por ladrona. Pero luego… luego se pasa. No rápido, pero pasa. Porque si guardas el rencor, te come por dentro. Y yo quería vivir. Tomó las manos de Elisa: frías, ásperas, nudosas. —Y ven aquí, con tu hijo, a verme a mí, vieja, a este cuchitril. ¿Sabes lo que vale eso? Más que ninguna caja fuerte. Elisa lloró. No como los adultos. Como una niña, desconsolada, la cara hundida en el hombro flaco de Águeda. *** Al alba, Elisa se despertó por el olor. A masa. Abrió los ojos. Mateo dormía a su lado. Tras la cortina de flores, Águeda andaba de un lado a otro, moviendo papeles. —¿Águeda? —¿Ya estás despierta? Levántate, paloma, que se enfrían los panecillos. Panecillos. Elisa se levantó y, como en un sueño, fue hasta la mesa. Sobre papel de periódico estaban ellos: dorados, deformes, con borde mal cerrado, como los de antes. Y olían a hogar. —Mira, —Águeda le servía té en una taza mellada— en el pueblo hace falta ayudante en la biblioteca. Pagan poco pero aquí tampoco se gasta mucho. A Mateo lo llevamos a la guardería, que la dirige doña Carmen, una santa. Después ya veremos. Lo decía con una naturalidad tranquila, como si todo estuviera resuelto. —Águeda, —Elisa se atrevió—. Yo… Yo no soy nadie para ti. Han pasado tantos años. ¿Por qué…? —¿Por qué qué? —¿Por qué me acoges? ¿Sin preguntar? ¿Así, sin más? Águeda la miró con aquella mirada limpia y sabia de toda la vida. —¿Recuerdas que me preguntabas por qué la masa está viva? —Porque respira. —Eso es. El amor también. Respira y respira. No se puede despedir ni echar. Vive donde quiere. Aunque pasen veinte años. Le puso un panecillo delante —caliente, tierno, de manzana. —Come, hija. Has adelgazado mucho. Elisa mordió. Y, por primera vez en años, sonrió. Afuera amanecía. La nieve brillaba con los primeros rayos, y el mundo—enorme, complicado, injusto—por un instante se volvía sencillo y bueno. Como los panecillos de Águeda. Como sus manos. Como el amor que no se puede despedir. Mateo salió de detrás de la cortina, frotándose los ojos. —Mamá, huele rico. —Es la abuela Águeda, que ha horneado. —¿A-bue-la? —probó la palabra en la boca, miró a Águeda. Ella le sonrió, las arrugas iluminándose. —Abuela, abuela. Ven, mi niño. Vamos a desayunar. Sentado a la mesa, comió, y por primera vez en medio año, soltó una carcajada cuando Águeda le enseñó a hacer muñecos de pan. Elisa les miraba— a su hijo y a la mujer a la que consideró su madre—. Entendía: ésa era su casa. No las paredes, ni el mármol, ni las lámparas. Sólo unas manos cálidas. Sólo olor a masa. Sólo amor común, callado, de todos los días. Ese amor que no se compra. Que no se paga. Que simplemente existe mientras haya un corazón vivo. Extraña cosa es la memoria del corazón. Olvidamos fechas, rostros, años enteros, pero el aroma de las madalenas de mamá lo recordamos hasta el último aliento. Quizá porque el amor no vive en la cabeza, sino más adentro, donde nunca llegan ni el rencor ni el tiempo. A veces hace falta perderlo todo—estatus, dinero, orgullo— para recordar el camino a casa. A esas manos que siguen esperando.