En el caserón olía a colonia cara y a falta de cariño. La pequeña Jimena solo había conocido unas manos cálidas las de la señora Encarnación, la asistenta. Pero un día desapareció dinero de la caja fuerte y aquellas manos se esfumaron para siempre. Pasaron veinte años. Ahora era Jimena la que se encontraba ante una puerta, con su hijo en brazos y una verdad que le quemaba por dentro
***
La masa olía a hogar.
No al hogar aquel con la escalera de mármol y la lámpara de lágrimas de tres alturas, donde pasó Jimena la infancia. No. Al de verdad. Al que ella se había inventado sentada en un taburete en la cocina enorme de la casa, viendo cómo las manos de Encarnación, enrojecidas por el agua, amasaban el bollo con fuerza.
Encarnación, ¿por qué la masa está viva? preguntaba Jimena, con cinco añitos.
Porque respira contestaba ella sin perder el compás. ¿Ves cómo le salen burbujillas? Es que se alegra de ir al horno. Raro, ¿eh? Alegrarse por el fuego.
Entonces Jimena no lo entendía. Ahora, sí.
De pie, al lado de una carretera comarcal llena de baches, apretaba contra el pecho a su hijo Mateo, que tenía cuatro años. El autobús se había marchado, dejándolos allí en mitad de la tarde gris de enero, y solo quedaba el silencio ese del pueblo, tan denso que escuchas crujir la escarcha bajo los pasos de cualquiera a dos casas de distancia.
Mateo no lloraba. Ya casi no lo hacía desde hacía medio año aprendió por las malas. Solo le miraba con esos ojos grandes, serios, de adulto, y Jimena temblaba: eran los ojos de Salvador. Su barbilla, su silencio. Ese callar que siempre ocultaba algo.
No pensar en él. No ahora.
Mamá, tengo frío.
Ya lo sé, chiquitín. Ya vamos.
No sabía la dirección. Ni si Encarnación seguía viva habían pasado veinte años, toda una vida. Solo le quedaba en la memoria: Pueblo Los Pinares, provincia de Segovia. Y el olor de aquella masa. Y el calor de aquellas manos, las únicas que la acariciaron por puro cariño en aquella casa tan grande.
Siguió la carretera, sorteando vallas caídas. Algunas ventanas dejaban escapar luces amarillas, tenues pero vivas. Se detuvo al fin frente a la casa más retirada porque sus piernas decían basta y Mateo ya pesaba demasiado.
La cancela chirrió. Dos peldaños cubiertos de escarcha. Una puerta vieja, descascarillada.
Tocó.
Silencio.
Pasos arrastrados. Un cerrojo se descorre. Y una voz ronca, más vieja pero inconfundible, que a Jimena le cortó la respiración:
¿Quién anda ahí, con este frío?
La puerta se abrió.
En el umbral, una mujer menuda con un chaleco de lana sobre el camisón. Su cara, arrugada como una manzana asada, pero los ojos Esos eran los de siempre, aún claros, aún vivos.
Encarnación
Ella se quedó quieta. Luego levanta la mano, la misma de siempre, curtida y nudosa, y le rozó la mejilla.
¡Virgen Santa ¿Jimena?!
A Jimena se le doblaron las rodillas. De pie, abrazando a su hijo, sin poder pronunciar palabra solo lágrimas calientes, deslizándose por sus mejillas heladas.
Encarnación no preguntó nada. Ni ¿de dónde vienes?, ni ¿qué te pasa?, ni ¿por qué?. Solo echó mano al abrigo viejo del perchero y se lo colocó sobre los hombros. Luego cogió a Mateo, que ni se movió, solo le miraba fijo con sus ojos enormesy le estrechó también.
Ya estás en casa, niña, susurró. Anda, pasa, mi vida. Entra.
***
Veinte años.
Te da tiempo para crear un imperio y verlo caer. Para olvidar la lengua materna. Para enterrar a tus padres aunque a los de Jimena no les haya pasado eso, se habían vuelto tan extraños como los muebles de un piso de alquiler.
De pequeña pensaba que su casa era el mundo entero. Cuatro plantas de felicidad: el salón con chimenea, el despacho de su padre, donde siempre olía a puro y a severidad, el dormitorio de su madre, con cortinas de terciopelo, y, abajo del todo, la cocina. Su lugar. El reino de Encarnación.
Jimena, aquí no, la regañaban las niñeras. Que te subas con mamá.
Pero su madre arriba siempre estaba pegada al teléfono. Con amigas, con socios, con amantes Jimena entonces no entendía, pero sentía que había algo raro en el modo en que se reía por teléfono y cómo se le apagaba la cara en cuanto entraba su padre.
En la cocina, todo era correcto. Encarnación le enseñó a hacer empanadillas, que salían torcidas y abiertas por los extremos. Juntas esperaron a que subiera la masa. Calladita, Jimena, si no se asusta y se baja. Y cuando de arriba venían gritos, Encarnación la sentaba en su regazo y le tarareaba una nana simple, rural, casi sin palabras.
Encarnación, ¿tú eres mi madre? le preguntó una noche de seis años.
Qué dices, niña. Soy la del servicio.
¿Entonces por qué te quiero más que a mamá?
Se quedó mucho rato callada, acariciando su pelo. Luego lo dijo bajito, casi sin voz:
El amor no pregunta. Llega sin avisar. También quieres a tu madre, pero de otra manera.
Jimena sabía que no. Lo supo de niña, con esa lucidez que en los críos da miedo. Sí, mamá era guapa, importante, le compraba vestidos y la llevaba de viaje. Pero nunca estuvo a su lado de noche cuando ella tenía fiebre. Eso solo lo hacía Encarnación, velando su sueño con la mano fría en la frente.
Luego vino aquella noche.
***
Ochenta mil euros, oyó Jimena tras la puerta entreabierta. De la caja. Estoy segurísima de haberlos guardado.
¿No lo habrás gastado y ya?
¡Iñigo!
La voz de su padre cansada, apagada, como él en los últimos años:
Vale, vale. ¿Quién lo sabía?
Encarnación estuvo limpiando el despacho. El código lo sabía se lo di yo misma, para que quitara el polvo.
Silencio. Jimena pegada a la pared, notando cómo algo dentro comenzaba a romperse.
Su madre está muy enferma dijo él. El tratamiento es carísimo y ella pidió un adelanto hace un mes.
Y yo no se lo di.
¿Por qué?
Porque es la asistenta, Iñigo. Si le damos a cada asistenta para la madre, el padre, el primo
Marina.
¿Qué? Ya lo ves. Ella necesitaba el dinero, tenía acceso
Pero no sabemos seguro.
¿Quieres llamar a la Guardia Civil? ¿Que se entere todo el mundo que aquí se roba?
De nuevo el silencio. Jimena cerró los ojos. Había cumplido nueve años: lo suficiente para entenderlo todo y demasiado poco para hacer algo.
Por la mañana, Encarnación hacía la maleta.
Jimena la miraba desde la puerta chiquita, aún en pijama, los pies descalzos en el suelo frío. Encarnación metía en la bolsa su bata, unas sandalias, la estampita de la Virgen del Carmen de la mesita
Encarnación
Se giró. La cara tranquila pero los ojos hinchados, rojos.
¿Qué haces levantada, cielo?
¿Te vas?
Sí, mi niña. Con mi madre, que está malita.
¿Y yo qué hago ahora?
Se agachó a su altura, para mirarse a los ojos. Incluso sin hornear, seguía oliendo a pan.
Crecerás, Jimena. Serás buena persona. Y, quién sabe, igual algún día te animas a venir a Los Pinares de visita. ¿Te acuerdas?
Los Pinares.
Muy bien.
Le dio un beso rápido en la frente y se fue.
Se cerró la puerta. Sonó el cerrojo. Y aquel olor el olor de la masa, del calor, del hogar desapareció para siempre.
***
La casa era diminuta.
Un cuarto, la chimenea en una esquina, la mesa forrada con hule, dos camas tras una cortina de flores. En la pared, la misma estampita de la Virgen, ennegrecida por el tiempo y el humo.
Encarnación se movía sin parar: ponía agua a calentar, sacaba un bote de mermelada del sótano, preparaba la cama de Mateo.
Siéntate, niña. Ponte cómoda. Calienta un poco los pies y luego hablamos.
Pero Jimena no podía sentarse. De pie, en medio de aquella casa pobre, ella, la hija de dueños de un caserón con cuatro plantas, sintió algo nuevo.
Paz.
Por primera vez en años. Como si una cuerda interna, tensada y a punto de romperse, al fin cayera suelta.
Encarnación, su voz se quebró. Perdóname.
¿Por qué, chiquilla?
Por no defenderte entonces. Por estar callada veinte años. Por
Se atascó. ¿Cómo decirlo?
Mateo ya dormía, derrotado nada más tumbarse. Encarnación la miraba desde el otro lado de la mesa, taza de té en mano, esperando.
Y Jimena lo contó.
Cómo, tras la marcha de Encarnación, su casa se volvió extraña. Cómo, a los dos años, sus padres se separaron. Cómo el negocio del padre era humo, que reventó con la crisis y se llevó piso, coches y chalet. Cómo la madre se fue a Alemania con otro marido, y el padre acabó solo y bebiendo, hasta morir cuando ella tenía veintitrés años. Cómo Jimena se quedó sola.
Luego apareció Salvador susurró, mirando el mantel. Lo conocía desde primero de primaria. Venía a casa, ¿te acuerdas? Era delgaducho, siempre robando caramelos
Encarnación asintió.
Me acuerdo de ese pillo.
Pensé: por fin, familia. De verdad. Pero resultó Es adicto. Al póker, a las tragaperras, a todo. Yo no lo sabía, él lo ocultó. Y, cuando me enteré, ya era tarde. Deudas, prestamistas. Mateo
Se calló. Los troncos chisporroteaban en la chimenea, la vela ante la Virgen temblaba, dibujando sombras en la pared.
Cuando le dije que me divorciaba, él la voz le tembló Me lo confesó todo. Creía que iba a perdonarle. No sé. Agradecerle que fuera sincero.
¿Lo contó todo?
Jimena levantó la cabeza.
Fue él quien robó. El dinero de entonces. Vio el código en una visita. Lo necesitaba Ni recuerdo para qué juego. Pero culparon a ti.
Silencio.
Encarnación no se movió. La cara hermética. Solo los nudillos, blanquísimos, aferrados a la taza.
Perdóname. Si puedes. Me enteré hace apenas una semana. No tenía ni idea
Shhh
Encarnación se levantó. Se acercó, y como veinte años antes, se arrodilló le costó, con las rodillas desgastadas hasta que sus ojos se igualaron a los de Jimena.
¿Tú qué culpa tienes, niña?
Tu madre Necesitabas el dinero
Mi madre murió al año. Que Dios la tenga en su gloria se santiguó. Y yo, ¿qué quieres? Sobrevivo. Tengo huerta, una cabra. Los vecinos ayudan. No me falta de nada.
¡Pero te echaron! ¡Como si hubieras robado!
Encarnación suspiró hondo ¿No dicen que, a veces, a través de una mentira llegas a la verdad? Si no me hubieran echado, quizás no habría acompañado a mi madre en su último año. Y ese año fue el más importante.
Jimena se quedó muda. Dentro ardían el dolor, la vergüenza, el amor, la gratitudtodo mezclado.
¿Me dolió? Claro. Me cabreé un montón. No había cogido nunca un céntimo que no fuese mío. Y de repente, ladrona. Pero pasa el tiempo Y un día te das cuenta de que guardarse el rencor solo te pudre por dentro. Yo quería vivir.
Cogió las manos de Jimena entre las suyas ásperas, secas, fuertes.
Y mírame, has venido. Con tu hijo. A esta chabola con una vieja. Eso vale más que cualquier caja fuerte.
Y Jimena lloró. Como una cría. Sin vergüenza, sollozando sobre el hombro huesudo de Encarnación.
***
Por la mañana, el olor la despertó.
Masa.
Abrió los ojos. Al lado roncaba Mateo. Tras la cortina, Encarnación trajinaba, moviendo cacharros.
¿Encarnación?
Ya estás despierta, niña. Ven, que se enfrían las empanadillas.
Empanadillas.
Jimena salió, aún medio dormida. Sobre el hule, en un trozo de periódico, estaban ellas doradas, desiguales, remendadas como las de su infancia. Y olían a casa.
Oye dijo Encarnación, sirviéndole té en una taza mellada. Allí en la biblioteca del pueblo necesitan ayudante. Pagan poco, pero aquí tampoco hace falta mucho. A Mateo lo podemos meter en la guardería, la lleva doña Carmen, una santa. Y ya veremos.
Lo contaba como lo más natural del mundo, como si no hubiera más opción posible.
Encarnación titubeó Jimena. No tenemos Yo no soy nada tuyo. Han pasado tantos años. ¿Por qué?
¿Por qué qué?
¿Por qué me abres la puerta así, sin preguntas, sin nada?
La miró con esos ojos de toda la vida claros, tranquilos, sabios.
¿Te acuerdas cuando preguntabas por qué la masa está viva?
Porque respira.
Pues eso. El amor, igual. Respira solo. No lo puedes despedir. Si llegó a un sitio, ahí se queda. Aunque pasen veinte o treinta años.
Le ofreció una empanadilla, tibia, rellena de manzana.
Anda, come algo. Que estás en los huesos, hija.
Jimena mordió. Y, por primera vez en mucho, sonrió.
El sol asomaba fuera. El hielo relucía bajo la luz, y el mundotan grande, tan duro, tan injustode pronto era sencillo, bueno. Como las empanadillas de Encarnación. Como sus manos. Como ese amor que nadie puede despedir.
Mateo salió frotándose los ojos.
Mamá, huele genial.
Es la abuela Encarnación.
¿Abu-ela? repitió, probando el nombre a sorbos y mirándola.
Ella le sonrió los ojos se le llenaron de arrugas alegres, la mirada chispeó.
Abuela, claro. Siéntate, campeón. A desayunar.
Y se sentó. Y comió. Y, por primera vez en seis meses, se rió, cuando Encarnación le enseñó a hacer muñecos de masa.
Jimena los miraba a su hijo y a aquella mujer que fue su madre de verdady supo: allí estaba su hogar. No eran paredes, ni mármol, ni lámparas de cristal. Solo unas manos cálidas. El olor a pan. El amor, sencillo, terrenal y callado.
El amor que no se paga. Que no se compra. Que simplemente está ahíy sigue, mientras quede un solo corazón latiendo.
Tiene cosas extrañas la memoria del corazón. Podemos olvidar fechas, caras, años enteros. Pero el olor de las empanadillas de mamá lo llevamos hasta la tumba. Quizá porque el amor no vive en la cabeza. Está más hondo, donde ni el rencor ni el tiempo pueden alcanzarlo. Y a veces, hay que perderlo todoestatus, dinero, orgullopara encontrar el camino de regreso. Hacia esas manos que te esperan.







