En una noche suspendida entre la vigilia y el sueño, el salón del Palacio de Cristal en Madrid se ondulaba con luces doradas y murmullos de euros cayendo en copas de cava. Alguien me había dejado sola a la entrada del baileuna escena quieta y temblorosa en la que yo era la nota de un bolero que el acordeón olvidaba. Pero yo, con una serenidad extraña, salí de allí como quien flota sobre adoquines viejos, y después él me buscó por toda la noche madrileña, entre los plátanos retorcidos del Retiro y las sombras danzantes del Paseo del Prado.
Lo más cruel, comprendí en este sueño, no eran las traiciones secretas de los hombres, sino el abandono público, ese gesto de despegarse de ti ante el mundo con una sonrisa que anuncia más favor que decepción. Parecía que me hacía un regalo permitiéndome estar allí.
Aquella noche era uno de esos eventos donde las mujeres vestían promesas en forma de seda, y los hombres se amparaban en trajes tan impecables como una coartada. El techo era tan alto como los sueños de la infancia, las lámparas de araña lanzaban destellos cálidos y las burbujas en mi copa de cava Gallego zumbaban como monedas gastadas. La música sonaba como un ejército de secretos.
De pie en la entrada, notaba las miradas deslizándose sobre mí, ligeras y pegajosas como migas de pan. Mi vestido de satén color marfil era una confesión sin palabras, sencillo y limpio. El pelo caía sobre los hombros, los pendientes pequeños como semillas de granadacaros y silenciosos, igual que yo esa noche: valiosa, callada, contenida.
Él, Mario Serrano, no me miraba. Movía la boca sin relatarme nada. Era como si hubiese traído a su lado una figura ornamental, una socia para retratos.
Entra y sonríe me susurró apretando el nudo de su corbata azul marino. Esta noche importa.
Asentí. No porque creyera en sus palabras, sino porque mi interior ya decidía que esa sería la última noche en que trataría de ser discreta y conveniente.
Mario entró primero, sin abrirme la puerta, sin una mano amiga que me invitara a su escenario. Se deslizó entre las luces, buscando impresionar a su propio círculo de cristal. Yo aguardé en el umbral, atrapada una exhalación demasiado larga.
En ese instante sentí la punzada de siempre: yo no era su compañía, sino su sombra. Crucé el umbral con quietud, como una mujer que entra en su propia mente.
Dentro, una fiesta líquida: risas, fragancias recargadas, el tintineo dorado del gentío. Le vi a él, Mario, copa en mano, ya protagonista de un corro de trajinantes. Y junto a él, la aparición de Clarapiel de porcelana, vestido de lentejuelas, cabello rubio encendido como la espuma del Cantábrico.
Clara era una provocación calculada, con una risa demasiado alta, una mano en el antebrazo de Mario demasiado cómoda, su mirada promiscua, tan directa que lo poseía todo.
Mario no apartó su mano, ni su atención. Tras una breve mirada hacia mí, como quien tropieza con una señal de tráfico que apenas recuerda, volvió a su charla.
No sentí dolor. Sentí certeza. Cuando una mujer despierta en su propio sueño, no llora, sino que deja de esperar. En mi pecho, una presilla de bolso caro hizo clic.
Me deslicé entre los invitados, no como exiliada, sino como quien por fin elige. Me detuve ante la mesa de cava, levanté una copa, bebí. Fue entonces cuando vi a mi suegra, doña Mercedes, sentada con su eterno vestido de lentejuelas negras, el gesto pétreo de quien ha despreciado a otras mujeres media vida. Clara estaba a su lado y ambas me miraban.
Doña Mercedes esbozó una sonrisa torcida: ¿Sabes lo que es ser prescindible?, parecía decir. Yo le devolví otra, igual de hueca, pero la mía respondía: Obsérvame bien. Es la última vez que me ves junto a tu hijo.
Años me esforcé en ser la nuera perfecta: no pedir mucho, no resaltar, no molestar. Me educaron para ser cómoda, y la mujer cómoda siempre tiene recambio. Aquella noche no era la primera vez que Mario se apartaba; era la primera que lo hacía ante testigos.
Las últimas semanas ya me dejaba sola en cenas, anulaba planes, volvía con un frío de cementerio en la mirada: No empieces. Yo no empezaba nada. Ahora sé que él quería matarme de silencio mientras tejía otra vida.
Pero él daba por hecho que seguiría ahí, por sumisa, por blanda, por buena. Esperaba lo mismo esa noche. Lo que ignoraba es que el silencio tiene dos formas: el de la paciencia y el de la despedida.
Miré desde lejos cómo reía junto a Clara y pensé: Déjale la escena; yo me guardo el final.
Emprendí despacio el camino hacia la salida. No hacia ellos. No hacia la mesa. Hacia Madrid nocturna. Nadie me detuvo; desprendía la decisión de quien se sabe acabada en ese cuento.
Me paré en la puerta, puse sobre mis hombros el abrigo color arena que era más adiós que protección. Agarré mi bolso pequeño, di media vuelta no para buscar su mirada, sino para encontrarme a mí.
Sentí su mirada: Mario ya fuera del grupo, descolocado, como quien recuerda una promesa olvidada. Nos miramos fijamente. No le mostré tristeza, ni rabia, solo la ausencia de necesidad. Podrías haberme perdido de mil formas. Elegiste la más torpe, decían mis ojos.
Quiso acercarse. No me moví. Dio un paso, luego otro, y en ese instante le vi por fin: no era amor, era miedo. Miedo de perder el control sobre un argumento que ya no es suyo, miedo de perder su actriz principal.
Abrió la boca para hablar. No le di tiempo. Con una leve inclinación de cabeza, puse fin al diálogo antes de que comenzara y me fui.
El aire nocturno era limpio en la Castellana, y por un segundo, hasta los faroles parecían aplaudir mi huida. El mundo me susurraba: Respira, eres libre. El móvil vibró frenético: llamadas, mensajes. ¿Dónde estás? ¿Por qué te vas? No me montes un numerito.
¿Numerito? Yo no montaba escenas, construía destinos. Frente al portal, apagué el móvil, lo dejé en el bolso. Me descalcé, serví agua, sentí la casa en silencio. Y por primera vez, esa quietud no era soledad, era fuerza.
Al día siguiente, él volvió. Con flores, excusas, la cabeza gacha como quien pide perdón a una gata. Sus ojos mendigaban mi regreso. Le miré tranquila y anuncié:
No me fui del baile; me fui del papel que me diste.
Él guardó silencio. Supe entonces que jamás olvidaría la forma en que una mujer se va sin lágrimas. Porque esa es la victoria: no herirle, sino mostrarle que puedes vivir sin él. Cuando lo entienda entonces empezará a buscarte.
Y tú, ¿qué harías tú en mi sueño surrealte marcharías con la cabeza alta o seguirías en el baile para que todo parezca normal?







