EN BUSCA DE UNA AMANTE
Marta, ¿qué haces? se sorprende Javier al ver a su mujer tendiéndole unos pantalones cortos y una camiseta.
Nada. Que mientras tú aquí duermes, todas las amantes van a desaparecer responde Marta, quitándole el edredón y dejando a Javier temblando de frío en la cama.
¿Pero de qué estás hablando?
Después de lo que dijiste ayer, eso de que ya se acerca el momento en el que tendrás una amante, he tomado una decisión. Ha sonado la hora, Javier. Son las cinco y media: es momento de levantarse e ir al frente de batalla de la infidelidad.
Pero era una broma ¡Discutíamos y ya está! Lo siento, me equivoqué.
No, no, lo dijiste bien claro. La que no tiene razón soy yo, por dejar que nuestro fuego se apagara. He gastado toda la gasolina en mí sola. Ahora sólo quedan cenizas, y no sirven ni para asar unas patatas. Voy a enmendarlo. Levántate.
¿Me estás echando de casa?
Al contrario, te estoy metiendo caña. Vas a ejercitarte cada día, a ver si sueltas la grasa. Una amante no es como una esposa; no va a aguantar una figura Michelin como talismán a su lado. ¡Arriba!
Javier se da cuenta de que Marta no va a parar, así que se desliza resignado fuera de la cama y, para redimirse, se pone los pantalones cortos por encima de los calzoncillos.
Recuérdame que te compremos un bañador en condiciones. Con esos paracaídas que llevas, miedo me da que en plena faena la amante te mande a paseo con el viento.
Tras diez minutos corriendo por la urbanización, bajo la atenta mirada de su entrenadora, Javier vuelve a casa medio muerto, se deja caer al suelo y empieza a arrastrarse hacia la cama.
¿Dónde vas? le para Marta.
Quiero morirme durmiendo en la cama.
Morirse no está permitido. Estamos buscando amante, no forense. Ve a ducharte. A partir de ahora, tendrás que ducharte dos veces al día, por lo menos. Ya que a mí no me tuviste consideración, que al menos la otra no se traumatice con tu aroma natural. ¡Y los dientes, mañana y noche! grita ya desde el pasillo. Lava bien la cabeza, que hoy vamos a un estudio de fotografía.
¿Para qué?
A hacerte una foto decente para las aplicaciones de citas. Yo no puedo hacerlo bien, porque te conozco demasiado: a través de la cámara sólo veré a un mozo de almacén, rey de la caña y adicto a la pasta con mucho aceite. Y lo que necesitamos es capturar a todo un galán.
Marta, ¿ya está bien, no?
Guarda ese repertorio para oídos femeninos delicados. Vamos a buscar candidata.
A Javier se le ilumina la cara: le gustaba de vez en cuando curiosear mujeres en las aplicaciones, pero esta vez tenía permiso oficial. Empieza a señalar en la pantalla:
¿Y esta?
¿Eso va en serio?
¿Qué pasa ahora?
Javier, al ver a tu amante, tengo que sentirme avergonzada de mí, no de ti. Fíjate bien. Tu antiguo SEAT antes de venderlo se veía mejor. Le podrías poner una señal de peligro: Atención, peligro de desprendimiento de fachada.
Pues esta
¿Esto, querías decir? Madre mía, Javier, ¿cómo miro después a la gente si mi marido me pone los cuernos con cualquier cosa? Mira, esta sí está bien.
¿Estás loca? Esa nunca me contestará
Por Dios… ¿y qué vi yo en ti, tan perlita insegura? ¿Cómo me convenciste para aguantar quince años?
¿Mi sentido del humor? sugiere Javier.
Venga ya, seamos sinceros: si el reír alargara la vida, por tus bromas yo me habría quedado viuda en la luna de miel. Mejor no tentar más a la suerte y vámonos a comprarte un traje como Dios manda; a la amante la pescamos después.
Ya está bien, Marta, haga las paces, ya.
¿Dónde ves la pelea? Tener amante es sinónimo de hombre de éxito. Y la esposa de un hombre de éxito también sube de categoría. Es más, no nos vamos a limitar a una sola amante
En el centro comercial, Marta lleva a Javier a la tienda más cara y empiezan a desvestir a todos los maniquíes.
Marta, estos pantalones y chaqueta cuestan lo que unas ruedas nuevas para el coche protesta Javier mientras Marta lo empuja al probador.
Tranquilo, que ruedas también te compro en la farmacia, de las que quieras: de verano, de invierno, pero siempre doble protección. No quiero ramos ajenos en casa.
¡Marta!
Nada de nada: lo primero es la seguridad. No estamos seleccionando un patinete, sino la hipotenusa de nuestro singular triángulo. ¿Por cierto, has llamado ya a tu jefe?
¿Y eso por qué?
Por dinero, claro. Ahora necesitas un aumento. ¿Cómo vas a mantener a dos mujeres con tu sueldo? Yo tiro con un cocido, vale, pero a la amante no la puedes invitar a garbanzos. La fórmula es clara: una cena, tres copas de vino, cinco estrellas de hotel si racaneas, se te hunden los cimientos rápido.
Javier por fin se viste y arregla la corbata.
Guapísimo como el día de nuestra boda se le escapa a Marta, emocionada.
Le queda genial dice la mujer del probador de al lado.
¿Se lo lleva? Busca amante añade Marta sin vergüenza.
No, gracias, yo ya tengo amante tres responde la otra, descarada.
Javier, ni se te ocurra elegir una así advierte Marta, queremos una leal, fiable, como una tarjeta de otro banco donde puedas traspasar fondos sin miedo. Vamos a la perfumería, te ponemos colonia y ya estás listo para volar.
Pasean una hora más hasta que Marta asiente, satisfecha.
Listo, Javier. Ni foto hace falta. Recuerda lo que te he enseñado: perseverante, galante y seguro de ti mismo, como cuando vendimos el SEAT.
Marta se va a hacer un cocido, y Javier parte en busca de la amante, después de un largo y complicado día de entrenamiento.
Una hora después, suena el telefonillo en casa de Marta.
Buenas tardes, guapa. ¿Está tu marido en casa? pregunta una voz desconocida, aterciopelada, ardiente, capaz de encender fuegos con una palabra. Hasta el zumbido del altavoz sonaba sexy.
Ay se le escapa a Marta, cayéndosele la cuchara de las manos. No, se ha ido con la amante.
¿Y me dejarías pasar? Quería ofrecerte algo
Con esas intenciones tan claras, a Marta le entra un calor, luego escalofríos; piensa en tomarse un paracetamol, pero acaba pulsando tres veces el botón del telefonillo. Javier sube a los tres minutos, con un ramo enorme de rosas rojas. Entra, rodeando la cintura de Marta. De repente el recibidor parece una sauna.
¿Has llorado? se sorprende Javier al verla con los ojos rojos.
Un poco. Pensé que la había fastidiado, pero ya veo que hacía falta leña para este fuego.
Entonces, ¿te apetece pasar la noche con un interlocutor interesante y entretenido? En los ojos de Javier brillaba la pasión y, diría yo, un pelín del brandy que se había tomado para el valor. Te invito a cenar fuera y te contaré la historia de tu belleza. Es crónica real, pero te gustará.
S-s-sí quiero tartamudea Marta, aceptando el juego. Sólo saco el cocido del fuego y me pongo rímel.
Mientras, pido un taxi asiente Javier.
¿Dónde vamos? pregunta ella, con una sonrisa boba.
¡A un restaurante de cinco estrellas!
En nuestro pueblo no hay de esos, sólo hay Pizzería Cinco Quesos.
Pues allí iremos. Lo mejor para mi amante.
¿Y tu mujer, no será celosa?
Haremos todo lo posible para que lo sea Javier le guiña un ojo pícaramente.







