Silencio. Es tan sepulcral que Andrés ni siquiera percibe al principio qué lo ha despertado. No suena el despertador, ni el bullicio de la cocina, ni el ruido del agua en el baño. Nada. Solo el zumbido monótono del frigorífico contra la pared y el lejano rugido de Madrid a través de la ventana.
Él está tumbado y escucha ese silencio. Ayer la casa aún vibraba con vida: el crujido del suelo bajo los pasos rápidos de Begoña, el susurro de las páginas del libro que leía en el sillón, el irritante rasguño de las uñas del gato contra la tapicería. Ahora el gato se ha ido con ella. El sofá está vacío, extraño.
Su primer impulso es coger el móvil y mandar a alguien: «¡Quedamos en el bar, ahora mismo!» y, entre whisky y risas, desahogar a los amigos con todo su dolor, amargura y rabia. Contar lo que ella era No, se prohíbe siquiera pensar en eso. Otro impulso, más bajo, le llama a buscar a cualquiera, aunque sea solo por una noche, para rellenar ese hueco que se abre a su lado. Un camino fácil de autodestrucción, familiar y tentador.
En lugar de eso, Andrés se levanta, va a la cocina y enciende la tetera. Mientras hierve, sus ojos se posan en la repisa del recibidor, donde aún reposa la bufanda de lana que ella adoraba. «El hacha en la cabeza», recuerda una frase que leyó la semana pasada, en el punto álgido de la desesperación.
«Vale, tío, ha llegado el momento de sacar el hacha», se dice a sí mismo.
Empieza por lo pequeño. Recoge todas sus cosas que ella no se llevó: la bufanda, el libro olvidado, la tinta reseca, la taza con gatitos. Las mete en una caja de cartón. No las tira ni las rompe, como dictaría la ira, sino que las empaqueta con cuidado y las lleva al trastero. Más tarde se las devolverá, sin escenas ni reproches. Cambia la ropa de cama, dejando que el aroma de su perfume se desvanezca en el aire. Borra las fotos comunes del móvil y vacía la papelera. Cada acción le parece quitar una venda sucia de una herida. Duele, pero es necesario.
El siguiente paso es el tiempo. Le abunda tanto que se siente como una carga sobre los hombros. El tiempo que antes se consumía en cenas juntos, en ir al cine, en charlas sin sentido pero dulces. Ahora necesita ocuparlo. No con alcohol ni con autocompasión, sino consigo mismo.
Se suscribe al gimnasio. Las primeras sesiones son un infierno. Se esfuerza hasta el punto de vomitar, descargando en las máquinas toda su ira, decepción y dolor. Las gotas de sudor sobre el suelo de goma parecen lágrimas. Con cada semana su cuerpo se vuelve más fuerte y su mente más serena.
Apúntese a clases de italiano, ese sueño que siempre habían pospuesto. Ahora va solo. Las complejas estructuras gramaticales desplazan los pensamientos obsesivos. Viaja al pequeño pueblo costero de San Vicente de la Barquera, al que ella nunca quiso ir. Sentado al atardecer en el malecón, contempla el horizonte y, por primera vez en meses, siente una melancolía ligera, un destello de libertad.
Hay días duros. En la noche le despiertan recuerdos: la risa de Begoña al tirar la cabeza hacia atrás, una discusión trivial. No los rechaza. Se queda tumbado y permite que el dolor fluya, como sugiere el artículo, dejándolo subir y bajar como ola. A veces sube al coche, sale de la ciudad, se sube a una colina desierta y grita a pulmón. Grita hasta quedarse ronco, hasta que dentro se instala el silencio deseado.
Un día hurgando entre papeles viejos, halla la foto de su boda. Andrés espera un ataque de nostalgia o ira. En vez de eso, contempla a dos personas felices, sin saber nada, y piensa: «Sí, sucedió. Fue hermoso. Y terminó».
No siente rabia ni el deseo de volver atrás. Solo una ligera nostalgia y la certeza de que ese capítulo está cerrado.
Esa noche se reúne con sus amigos. Ríen, cuentan noticias, hacen planes. Andrés se da cuenta de que durante toda la velada no ha pensado en ella. Está aquí, ahora, él mismo, entero, aunque lleve una cicatriz en el alma que ya está cicatrizando.
Se mira en la vitrina de una cafetería: erguido, tranquilo, la mirada clara. No se veía así desde hace mucho tiempo, quizá nunca.
El «hacha» ya está fuera. La herida ha sanado. Y él está listo para seguir adelante, sin el peso del pasado, ligero. Su vida, la que siempre soñó, apenas comienza.
De pronto, un hedor fuerte le golpea la nariz. Andrés no logra comprender qué ocurre. La habitación parece flotar, lenta, como emergiendo de la niebla. Está tirado en el sofá, sin ropa, cubierto de migas y manchas de origen desconocido.
Intenta sentarse y el mundo se inclina. La cabeza le estalla. Al girar, una ola helada de terror recorre su cuerpo.
No es la casa luminosa y limpia que soñó. Es un apartamento decadente. Botellas vacías de cerveza y vodka, como soldados caídos, cubren el suelo. En la mesa, un cenicero humeante rebosa de colillas. La ropa sucia se revuelca por todas partes y la televisión muestra la intro de un programa nocturno.
Con esfuerzo se levanta y se dirige al baño, agarrándose a los azoteas. La luz intensa le ciega los ojos inflamados. Entonces ve a otro. En el espejo le mira un hombre sin afeitar, con la cara golpeada y los ojos rojizos, llenos de vergüenza y vacío. Es él mismo. Andrés.
Toda la claridad, la fuerza, la sensación de totalidad que había experimentado esa mañana se evaporan, dejando solo una resaca amarga, una resaca aún más horrenda del alma.
Todo eso ha sido un sueño. Todo ese recorrido las cajas, el gimnasio, el italiano, el atardecer en el malecón solo una artimaña de su cerebro para huir de una realidad insoportable. Una huida que parecía durar una eternidad, pero que en realidad duró una sola noche.
Toca su cara en el espejo. La piel está grasienta, la barba le araña los dedos. Ese es su presente. No el hombre exitoso y esculpido, sino un ser caído que intenta ahogar su dolor en alcohol barato y autoengaños.
El silencio en el piso vuelve a ensordecerlo. Pero ahora no es el silencio de un nuevo comienzo, sino el silencio de un callejón sin salida, atronador y sin horizonte. Y el sonido más aterrador en ese silencio es el tictac del reloj, implacable, marcando el tiempo que desperdicia.
El sueño no curó. Fue un espejo puesto frente a su verdadero yo. La reflexión era tan repugnante que le dan ganas de cerrar los ojos y huir. Pero ya no hay a dónde huir.
Andrés se queda parado, mirándose, en estado de shock profundo. Ante ese hombre abatido, con la camiseta manchada, y el caos que lo rodea. Su boca tiene un sabor desagradable, y su interior una vacío abrasador. El sueño fue tan vívido, tan real y el despertar, tan cruel.
Recoge la primera botella vacía que encuentra y la arroja con fuerza al cubo de la basura. Choca contra el borde y se rompe. Luego la segunda. Después la tercera. No grita, no llora. Con rostro de piedra empieza una guerra contra el desorden que ha convertido su vida.
Recoge todo el trasto, saca las bolsas con botellas y fragmentos. Abre de par en par la ventana, dejando entrar el aire frío, cargado de olor a alcohol y tristeza. Prepara un café intenso, y sus manos tiemblan.
Vuelve al espejo. La mirada sigue siendo la misma: cansada, dolida. Pero, en lo profundo de esos ojos nublados, como un tenue rayo de luz en un charco sucio, titila una chispa. No es esperanza. Es ira. Una ira blanca, helada, contra sí mismo.
Alarga la mano al móvil, revisa los contactos y encuentra el número de su antiguo compañero de instituto, que hace un mes le ofreció ayuda como psicólogo. Entonces marca.
Carlos? su voz cruje como una puerta oxidada. Necesito tu ayuda.
Cuelga y respira hondo. El camino que le apareció en el sueño era una ilusión. Pero indicó la dirección. Andrés entiende que, para llegar al hombre puro y fuerte que vio en el sueño, tendrá que atravesar ese infierno. No en la noche, sino en la vida real.
Y su primer paso no será al gimnasio ni a la clase de italiano. Su primer paso será la ducha. Lavarse el día de ayer. Borrar al hombre sin afeitar, con la cara golpeada. Y comenzar. Desde el principio. Mañana.







