Empezar desde el principio

Silencio. Era tan sepulcral que Alejandro, al principio, ni siquiera supo qué lo había despertado. No fue el despertador, ni el ruido de la cocina, ni el chapoteo del agua en el baño. Solo el zumbido monótono del frigorífico contra la pared y el lejano rugido de la ciudad de Madrid a través de la ventana.

Se quedó allí, escuchando aquel vacío. Ayer la casa bullía de vida: el crujido del suelo bajo los pasos rápidos de Begoña, el susurro de las páginas del libro que leía en su sillón, el irritante rasguño de las garras de su gata sobre el sofá. Ahora la gata se había marchado con ella y el sofá quedaba vacío, extraño.

Primero, el impulso fue agarrar el móvil y escribir a alguien: «¡Quedamos en el bar, urgente!» para descargar en los amigos todo su dolor, amargura y rabia. Pensó en contar cómo era ella Pero se lo prohibió. Otro impulso, más bajo, le invitaba a buscar a cualquiera que, aunque fuera una noche, llenara ese hueco. Un camino fácil de autodestrucción, familiar y tentador.

En vez de eso, Alejandro se levantó, fue a la cocina y puso a hervir la tetera. Mientras el agua bullía, sus ojos se posaron en la repisa del recibidor, donde aún reposaba la bufanda de lana que Begoña adoraba. «El hacha en la cabeza», recordó una frase de un artículo que había leído una semana antes, en el pico de la desesperación.

«Vamos, tío, es hora de sacar el hacha», se dijo en silencio.

Empezó por lo pequeño. Reunió todas las cosas que ella había dejado: la bufanda, el libro olvidado, la tinta reseca, la taza con gatitos. Las metió en una caja de cartón. No la tiró ni la rompió, como le susurraba la ira, sino que la empaquetó con cuidado y la llevó al trastero. Allí la devolvería, sin escándalos ni reproches. Después lavó la ropa de cama, dejando que el aroma de su perfume se fuera con el aire. Borró las fotos compartidas del móvil y vació la papelera. Cada gesto era como arrancar una venda sucia de una herida: doloroso pero necesario.

El siguiente paso fue el tiempo. Se sentía aplastado por su peso, como una carga sobre los hombros. Ese tiempo antes se consumía en cenas, en el cine, en charlas tontas y tiernas. Ahora debía rellenarlo, no con alcohol ni con lástima, sino con él mismo.

Se apuntó a un gimnasio. Las primeras sesiones fueron un infierno. Se esforzó hasta el vértigo, descargando en las máquinas toda su rabia, su desilusión y su dolor. Las gotas de sudor sobre el suelo de goma le recordaban lágrimas. Pero, semana a semana, el cuerpo se hacía más fuerte y la mente más serena.

También se inscribió en un curso de italiano, aquel sueño que ambos habían postergado. Asistía solo. Las complicadas construcciones gramaticales desplazaban los pensamientos intrusivos. Viajó al pintoresco pueblo costero de Valencia, al que Begoña nunca quiso ir. Sentado en el malecón, mirando el atardecer, por primera vez en meses sintió una melancolía ligera, una chispa de libertad.

Hubo días duros. Por la noche, los recuerdos lo despertaban: su risa a carcajadas, su cabeza echada hacia atrás, o sus discusiones por nimiedades. No los expulsó; simplemente los dejó pasar, como aconsejaba el artículo, dejándolos subir y bajar como olas. A veces subía al coche, se escapaba fuera de la ciudad, ascendía una colina desierta y gritaba con todas sus fuerzas, hasta quedar sin voz, hasta que reinaba ese silencio ansiado.

Un día, al revisar papeles viejos, encontró la foto de su boda. Esperó una oleada de nostalgia o ira, pero solo observó a dos personas felices, ajenas a todo, y pensó: «Sí, eso fue. Fue bello. Y terminó».

No sintió rencor ni deseo de volver atrás. Solo una ligera nostalgia y la certeza de que ese capítulo había concluido.

Esa tarde se reunió con sus amigos. Reían, compartían noticias, trazaban planes. Alejandro se dio cuenta de que, todo el tiempo, no había pensado en ella. Estaba simplemente allí, en el ahora, siendo él mismo, entero, aunque con una cicatriz en el alma que ya empezaba a sanar.

Se miró en la vitrina de una cafetería: erguido, tranquilo, con la mirada clara. Hace mucho no se veía así. Tal vez nunca antes.

El hacha había sido sacada. La herida sanó. Y él estaba listo para seguir adelante, sin el peso del pasado, ligero. Su vida, la que siempre había soñado, apenas empezaba.

De pronto, un hedor repugnante le golpeó la nariz. Alejandro no tuvo tiempo de entender lo que sucedía. La habitación parecía sumergida en una niebla. Yacía en el sofá, sin quitarse la ropa, cubierto de migas y manchas de origen desconocido.

Al intentar sentarse, el mundo se inclinó. La cabeza le estalló. Miró a su alrededor y una ola helada de terror lo recorrió.

Ya no era la casa luminosa y serena de sus sueños; era un desfallecido piso de barrio. Botellas vacías de cerveza y licor, como soldados caídos, cubrían el suelo. En la mesa, el cenicero estaba humeante y repleto de colillas. Ropa sucia yacía por doquier, y la televisión mostraba el intertítulo de un programa nocturno.

Con esfuerzo, se arrastró al baño, aferrándose a los azoteas. La luz brillante le quemaba los ojos irritados. Entonces vio al otro. En el espejo se reflejaba un hombre sin afeitar, con la cara hinchada, los ojos rojos, llenos de vergüenza y vacío. Era él mismo. Alejandro.

Todo lo que había ganado: la caja, el gimnasio, el italiano, el atardecer en el malecón, resultó ser una artimaña de su mente para huir de una realidad insoportable. Una fuga que parecía durar una eternidad, pero que en realidad sólo fue una noche.

Tocó su rostro en el espejo. La piel era grasienta, la barba le picaba los dedos. Ese era su presente: no el hombre atlético y pulcro, sino ese ser abatido que intentaba ahogar su dolor en alcohol barato y autoengaños.

El silencio volvió a retumbar en el apartamento, pero ahora era el silencio de un callejón sin salida, atronador y sin luz. El sonido más aterrador era el tictac de los relojes, marcando el tiempo que desperdiciaba.

El sueño no curó; fue un espejo que le mostró su verdadero rostro. La visión era tan repugnante que le dio ganas de cerrar los ojos y huir. Pero ya no había a dónde huir.

Se levantó, tomó la primera botella vacía que encontró y la arrojó con fuerza al cubo de la basura. Estalló contra el borde. Luego la segunda, luego la tercera. No gritó, no lloró. Con rostro de piedra, empezó una guerra contra el desorden que había convertido su vida.

Recogió todo el trasto, cargó bolsas con botellas y cristales rotos. Abrió la ventana de par en par, dejando que el aire frío y limpio entrara, desplazando el hedor a la calle. Preparó un café fuerte, y sus manos temblaban.

Volvió al espejo. La mirada seguía cansada, dolida, pero en lo más profundo de esos ojos nublados, como un débil rayo de luz en una charca sucia, brillaba una chispa. No era esperanza, sino una furia blanca y fría dirigida a sí mismo.

Buscó en su móvil el número de su antiguo compañero de clase, que hacía un mes le había ofrecido ayuda como psicólogo. Lo había anotado pero nunca había llamado. Ahora marcó.

Álvaro? su voz crujía como una puerta oxidada. Necesito tu ayuda.

Colgó y respiró hondo. El camino que había soñado era una quimera, pero le había señalado la dirección. Alejandro comprendió que, para llegar al hombre puro y fuerte de su sueño, tendría que pasar por este infierno, en la vida real, no en la cama.

Su primer paso no fue al gimnasio ni al curso de italiano. Fue bajo la ducha, lavando el día de ayer, borrando al hombre desaliñado con la cara hinchada. Y a partir de ese instante, comenzó de nuevo, desde el principio. Mañana sería otro día, y con él, la oportunidad de reconstruir una vida auténtica, aprendiendo que el verdadero valor no está en huir de los fantasmas, sino en enfrentarlos con coraje y dignidad.

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MagistrUm
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