Estaba preparando la cena para mi familia, pero los amigos de mi hija se lo comieron todo.
Mi hija, Lucía, es el alma de la fiesta. Su generosidad y alegría atraen a los amigos como un imán. En nuestra casa en Madrid, siempre hay un grupo de compañeros alrededor suyo, niños de todas las edades, no solo de su clase. Me alegra que sea tan sociable, pero últimamente la situación se me va de las manos, y estoy al borde del desespero.
Todo empezó cuando Lucía empezó a invitar a sus amigos a casa. El invierno era duro, y no me pareció mal que jugaran bajo techo. Al principio, les ofrecía té con galletas, ponía música, inventaba juegos. Hasta me enternecía su hospitalidad. Pero ahora trae a desconocidos que nunca había visto, y su comportamiento me deja sin palabras.
El otro día, al volver del trabajo, encontré a dos adolescentes en la cocina. Estaban devorando el cocido que había preparado para dos días, directamente de la olla. ¡No quedaba ni una cucharada! Apilaron los platos sucios en el fregadero y se fueron sin decir adiós. Estaba furiosa. No nos quedaba nada para cenar, y estaba demasiado agotada para cocinar de nuevo.
Intenté explicarle a Lucía que no podía invitar a desconocidos y ofrecerles nuestra comida. Galletas, chuches, ¿por qué no? Pero lo que hay en la nevera es para la familia. Lucía se puso roja de rabia, me llamó tacaña y cerró la puerta de su habitación con tal fuerza que temblaron los cristales. Se encerró y se negó a hablar conmigo. Me sentí culpable, pero ¿qué podía hacer?
Preparé patatas y chuletas, llamé a todos a la mesa. Lucía se negó a comer, como si fuera su enemiga. Al día siguiente, antes de irme a trabajar, le avisé: “Hay comida para dos días, vuelvo tarde, no cuentes conmigo para cocinar.” Pero al regresar pasadas las once de la noche, encontré a mi marido, Javier, friendo patatas en una cocina vacía. Los amigos de Lucía se lo habían llevado todo otra vez. Ella estaba otra vez encerrada, sin dar explicaciones.
Estoy desesperada. ¿Cómo hacerle entender? No escucha, me lanza acusaciones absurdas: “Eres egoísta, odias a mis amigos.” ¿Será la adolescencia? ¿Hicimos algo mal Javier y yo? Ya no sé qué hacer. Mi corazón se parte: quiero que mi hija sea feliz, pero no puedo permitir este caos.
No soy tacaña, pero nuestro presupuesto ya va justo. Javier y yo trabajamos hasta el cansancio para mantener a la familia. Me agoto preparando buenos platos, y son desconocidos los que se los comen. Mi madre dice: “¡Hay que ponerse firme!” Pero yo rechazo la violencia. Quiero solucionarlo en calma, pero ¿cómo? Lucía me evita, y siento que estoy perdiendo a mi propia hija.
¿Qué haríais en mi lugar? ¿Cómo hacerle ver que sus actos nos afectan, sin herirla? ¿Cómo poner límites para que nuestra casa no se convierta en un comedor social? ¿Habéis pasado por algo así? Compartid vuestros consejos estoy al límite.







