No estaba sola. Una historia sencilla
Amanece perezoso un frío y tardío mañana de invierno en Madrid. Los barrenderos, armados con sus escobones de toda la vida, arañan la acera con una energía que ni los del Atlético. La puerta del portal no deja de dar portazos, como si compitiera con las campanas de la iglesia, soltando a la gente que sale disparada al trabajo, con los ojos medio cerrados.
El gato Pancho observa el espectáculo desde el alféizar del sexto piso, con esa dignidad que solo tienen los gatos madrileños. En otra vida, Pancho había sido banquero en la Castellana, y entonces nada fuera de los euros y el IBEX 35 tenía la mínima importancia para él.
Pero la vida da más vueltas que una noria en la feria de San Isidro, y ahora Pancho ha aprendido que hay cosas mucho más valiosas: una mirada amistosa, el calorcito del hogar y un techo decente. El resto, como dice la vecina Maruja, ya vendrá rodado.
Pancho echa un vistazo detrás. En el viejísimo sofá duerme la abuela Carmen, su salvadora. Pancho salta del alféizar y se acurruca en el cabecero, pegando su pelaje mullido y tibio a la cabecita de Carmen, justo en el borde de la almohada.
Pancho sabe que cada mañana a la abuela Carmen le duele la cabeza y trata de hacer lo poquito que puede ahora.
¡Pancho, menudo sanador estás hecho! dice al cabo la abuela, abriendo los ojos y notando el cuerpecillo suave. Otra vez me has curado, hijo. ¡Qué fenómeno eres! Gracias, ¿cómo lo harás?
Pancho mueve la patita con indolencia, como diciendo que eso es pan comido y que podría hacer mucho más si se lo propusieran. ¡Faltaría!
De pronto suenan unos resoplidos desde el pasillo. Es Manolo, el perro, que se pone celoso hasta del aire. Manolo lleva más años que el chotis cuidando de la abuela Carmen. Cada vez que oye pasos desconocidos, se arranca a ladrar como un guardia civil ante el butrón, para que todo el barrio sepa que Carmen tiene guardaespaldas.
Por eso él está convencido de que manda en la casa.
“¿Quién habrá sido Manolo en otra vida?”, piensa Pancho. “Seguro que jefe de obra o policía nacional, porque la bulla que arma no es normal. Pero mira, oye, mejor así, con un poco de ruido todo parece más seguro.”
Ay, mis niños, ¿¡qué haría yo sin vosotros!? gruñe Carmen mientras se levanta con esfuerzo. Venga, os doy de comer y luego bajamos al parque.
Y si esta semana cae la pensión, os compro un pollo de corral que ni el de la abuela de la tele.
La palabra “pollo” provoca una ola de entusiasmo. El gato empieza a amasar el sofá con sus zarpillas, ronroneando como si fuera el motor de un SEAT 600, y da cabezazos cariñosos en la mano arrugada y artrosada de la abuela.
Ay, cabezón, qué pillo eres. ¡Si parece que entiendes todo! dice Carmen enternecida. El perro también ladra bajito, para dejar claro que está al tanto, y le mete el hocico húmedo en la rodilla.
“Vaya, qué almas más nobles. Gracias a ellos la casa está más cálida y el corazón menos solitario,” piensa Carmen, con una sonrisilla.
“Cuando me muera, a saber qué pasa. Cada uno dice una cosa, y yo que me aclare Yo, si pudiera, pediría volver de gata. Pero no cualquier gata, ¡que me adopten buenas personas! Como perra lo veo difícil, que ya no tengo energías para ladrar. Pero de gata tranquila, cariñosa, eso se me daría bien. Siempre que me toquen dueños majos, claro.”
¡Anda Carmen, deja de pensar rarezas! se dijo a sí misma. Esto es lo que tiene la vejez
No se dio cuenta de cómo Pancho, con la sonrisa torcida bajo el bigote, miró al perro con superioridad: que quiere ser gata, no perro.
Ahora Pancho leía pensamientos, que ya es otro superpoder para ir tirando.
Y así andábamos por aquí ¡Mira hasta dónde hemos llegado!







