Ella nunca estuvo sola. Una historia sencilla Amanecía en una fría y tardía mañana de invierno en Madrid. Los barrenderos raspaban la nieve en el patio con sus palas. La puerta del portal resonaba a cada rato, dejando salir a los vecinos que salían apurados al trabajo. El gato Fígaro, alias Filya, se aposentaba en el alféizar de la ventana observando todo desde su reino, el sexto piso. En su vida anterior, Fígaro fue financiero y nada más que el dinero ocupaba sus pensamientos. Pero ahora, en la cálida protección del hogar, había aprendido que en la vida hay cosas mucho más importantes. Nada puede superar una mirada amable, el calor del corazón ni un techo bajo el que cobijarse. Lo demás ya vendrá. Fígaro miró hacia atrás: en el viejo sofá dormía la abuela Valeria, su salvadora. El gato bajó saltando del alféizar y se acomodó en la cabecera de la abuela, suave y cálido, acurrucado junto a su cabeza. Sabía bien Fígaro, que cada mañana la abuela Valeria se levantaba con dolor de cabeza, así que hacía todo cuanto podía ahora por ella. —¡Fígaro, menudo médico estás hecho! —murmuró la abuela, abriendo los ojos al sentir su cuerpecito—. Otra vez me has quitado el dolor, qué maravilla. ¿Cómo lo harás? Fígaro agitó la pata con desdén, como diciendo que para él eso era coser y cantar, ¡y que podía hacer mucho más! En ese momento se oyó un gruñido desde el pasillo. Era el perro Gavino, Gavri para los amigos, celoso y fiel guardián. Gavino llevaba años protegiendo a la abuela Valeria. Al mínimo ruido de pasos extraños ladraba fuerte para avisar al edificio de que la abuela estaba bien custodiada. Por eso estaba convencido de que él era el auténtico amo de la casa. “¿Qué habrá sido este en su otra vida? ¿Capataz? ¿Guardia civil quizás?”, pensaba Fígaro mirando al perro. “Mucha vozarrón, pero bueno, para algo servirá tanto ladrido. ¡Al fin y al cabo, igual así estamos más seguros!” —Ay, mis queridos, ¿qué haría yo sin vosotros? —dijo la abuela Valeria incorporándose trabajosamente del sofá—. Ahora os doy de comer, y luego saldremos a dar un paseo. Y si me pagan pronto la pensión, compro un buen pollo. La palabra “pollo” desató la alegría general. El gato, felino madrileño de pura cepa, empezó a amasar el sofá con las zarpas, ronroneando y dando topetazos a la mano artrítica de la abuela. —Ay, cabezón, ¡si hasta entiendes las palabras! —rió la abuela tiernamente. El perro ladró como diciendo que él también lo había entendido, y apoyó su gran hocico húmedo en las rodillas de la mujer. “Qué distinta es la casa con vosotros… hay calor y el corazón se siente menos solo”, pensaba ella, sonriendo. “Cuando me muera, qué será después, ni idea. Cada uno dice una cosa y a ver quién lo aclara. Yo, si pudiera elegir, me reencarnaría en gato: que me tocara una buena familia, cariñosa. Como perro no creo que valiera, no tengo voz para tanto ladrido… soy tranquila. Aunque nunca se sabe. Pero como gata de casa, seguro sería una de esas buenas y mimosas. Con tal de caer en manos amables.” —¡Ay, qué tonterías me vienen a la cabeza! —rió la abuela, recobrando el ánimo—. En fin, esto debe de ser cosa de la edad. Ella ni se dio cuenta del reluciente bigote de Fígaro, que miró con picardía al perro. ¿Ves? Ella quiere ser gata, no perro. Ahora Fígaro también sabía leer pensamientos, otro pequeño privilegio de su nueva vida. Así están las cosas, a lo que hemos llegado.

No estaba sola. Una historia sencilla

Amanece perezoso un frío y tardío mañana de invierno en Madrid. Los barrenderos, armados con sus escobones de toda la vida, arañan la acera con una energía que ni los del Atlético. La puerta del portal no deja de dar portazos, como si compitiera con las campanas de la iglesia, soltando a la gente que sale disparada al trabajo, con los ojos medio cerrados.

El gato Pancho observa el espectáculo desde el alféizar del sexto piso, con esa dignidad que solo tienen los gatos madrileños. En otra vida, Pancho había sido banquero en la Castellana, y entonces nada fuera de los euros y el IBEX 35 tenía la mínima importancia para él.

Pero la vida da más vueltas que una noria en la feria de San Isidro, y ahora Pancho ha aprendido que hay cosas mucho más valiosas: una mirada amistosa, el calorcito del hogar y un techo decente. El resto, como dice la vecina Maruja, ya vendrá rodado.

Pancho echa un vistazo detrás. En el viejísimo sofá duerme la abuela Carmen, su salvadora. Pancho salta del alféizar y se acurruca en el cabecero, pegando su pelaje mullido y tibio a la cabecita de Carmen, justo en el borde de la almohada.

Pancho sabe que cada mañana a la abuela Carmen le duele la cabeza y trata de hacer lo poquito que puede ahora.

¡Pancho, menudo sanador estás hecho! dice al cabo la abuela, abriendo los ojos y notando el cuerpecillo suave. Otra vez me has curado, hijo. ¡Qué fenómeno eres! Gracias, ¿cómo lo harás?

Pancho mueve la patita con indolencia, como diciendo que eso es pan comido y que podría hacer mucho más si se lo propusieran. ¡Faltaría!

De pronto suenan unos resoplidos desde el pasillo. Es Manolo, el perro, que se pone celoso hasta del aire. Manolo lleva más años que el chotis cuidando de la abuela Carmen. Cada vez que oye pasos desconocidos, se arranca a ladrar como un guardia civil ante el butrón, para que todo el barrio sepa que Carmen tiene guardaespaldas.

Por eso él está convencido de que manda en la casa.

“¿Quién habrá sido Manolo en otra vida?”, piensa Pancho. “Seguro que jefe de obra o policía nacional, porque la bulla que arma no es normal. Pero mira, oye, mejor así, con un poco de ruido todo parece más seguro.”

Ay, mis niños, ¿¡qué haría yo sin vosotros!? gruñe Carmen mientras se levanta con esfuerzo. Venga, os doy de comer y luego bajamos al parque.

Y si esta semana cae la pensión, os compro un pollo de corral que ni el de la abuela de la tele.

La palabra “pollo” provoca una ola de entusiasmo. El gato empieza a amasar el sofá con sus zarpillas, ronroneando como si fuera el motor de un SEAT 600, y da cabezazos cariñosos en la mano arrugada y artrosada de la abuela.

Ay, cabezón, qué pillo eres. ¡Si parece que entiendes todo! dice Carmen enternecida. El perro también ladra bajito, para dejar claro que está al tanto, y le mete el hocico húmedo en la rodilla.

“Vaya, qué almas más nobles. Gracias a ellos la casa está más cálida y el corazón menos solitario,” piensa Carmen, con una sonrisilla.

“Cuando me muera, a saber qué pasa. Cada uno dice una cosa, y yo que me aclare Yo, si pudiera, pediría volver de gata. Pero no cualquier gata, ¡que me adopten buenas personas! Como perra lo veo difícil, que ya no tengo energías para ladrar. Pero de gata tranquila, cariñosa, eso se me daría bien. Siempre que me toquen dueños majos, claro.”

¡Anda Carmen, deja de pensar rarezas! se dijo a sí misma. Esto es lo que tiene la vejez

No se dio cuenta de cómo Pancho, con la sonrisa torcida bajo el bigote, miró al perro con superioridad: que quiere ser gata, no perro.

Ahora Pancho leía pensamientos, que ya es otro superpoder para ir tirando.

Y así andábamos por aquí ¡Mira hasta dónde hemos llegado!

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MagistrUm
Ella nunca estuvo sola. Una historia sencilla Amanecía en una fría y tardía mañana de invierno en Madrid. Los barrenderos raspaban la nieve en el patio con sus palas. La puerta del portal resonaba a cada rato, dejando salir a los vecinos que salían apurados al trabajo. El gato Fígaro, alias Filya, se aposentaba en el alféizar de la ventana observando todo desde su reino, el sexto piso. En su vida anterior, Fígaro fue financiero y nada más que el dinero ocupaba sus pensamientos. Pero ahora, en la cálida protección del hogar, había aprendido que en la vida hay cosas mucho más importantes. Nada puede superar una mirada amable, el calor del corazón ni un techo bajo el que cobijarse. Lo demás ya vendrá. Fígaro miró hacia atrás: en el viejo sofá dormía la abuela Valeria, su salvadora. El gato bajó saltando del alféizar y se acomodó en la cabecera de la abuela, suave y cálido, acurrucado junto a su cabeza. Sabía bien Fígaro, que cada mañana la abuela Valeria se levantaba con dolor de cabeza, así que hacía todo cuanto podía ahora por ella. —¡Fígaro, menudo médico estás hecho! —murmuró la abuela, abriendo los ojos al sentir su cuerpecito—. Otra vez me has quitado el dolor, qué maravilla. ¿Cómo lo harás? Fígaro agitó la pata con desdén, como diciendo que para él eso era coser y cantar, ¡y que podía hacer mucho más! En ese momento se oyó un gruñido desde el pasillo. Era el perro Gavino, Gavri para los amigos, celoso y fiel guardián. Gavino llevaba años protegiendo a la abuela Valeria. Al mínimo ruido de pasos extraños ladraba fuerte para avisar al edificio de que la abuela estaba bien custodiada. Por eso estaba convencido de que él era el auténtico amo de la casa. “¿Qué habrá sido este en su otra vida? ¿Capataz? ¿Guardia civil quizás?”, pensaba Fígaro mirando al perro. “Mucha vozarrón, pero bueno, para algo servirá tanto ladrido. ¡Al fin y al cabo, igual así estamos más seguros!” —Ay, mis queridos, ¿qué haría yo sin vosotros? —dijo la abuela Valeria incorporándose trabajosamente del sofá—. Ahora os doy de comer, y luego saldremos a dar un paseo. Y si me pagan pronto la pensión, compro un buen pollo. La palabra “pollo” desató la alegría general. El gato, felino madrileño de pura cepa, empezó a amasar el sofá con las zarpas, ronroneando y dando topetazos a la mano artrítica de la abuela. —Ay, cabezón, ¡si hasta entiendes las palabras! —rió la abuela tiernamente. El perro ladró como diciendo que él también lo había entendido, y apoyó su gran hocico húmedo en las rodillas de la mujer. “Qué distinta es la casa con vosotros… hay calor y el corazón se siente menos solo”, pensaba ella, sonriendo. “Cuando me muera, qué será después, ni idea. Cada uno dice una cosa y a ver quién lo aclara. Yo, si pudiera elegir, me reencarnaría en gato: que me tocara una buena familia, cariñosa. Como perro no creo que valiera, no tengo voz para tanto ladrido… soy tranquila. Aunque nunca se sabe. Pero como gata de casa, seguro sería una de esas buenas y mimosas. Con tal de caer en manos amables.” —¡Ay, qué tonterías me vienen a la cabeza! —rió la abuela, recobrando el ánimo—. En fin, esto debe de ser cosa de la edad. Ella ni se dio cuenta del reluciente bigote de Fígaro, que miró con picardía al perro. ¿Ves? Ella quiere ser gata, no perro. Ahora Fígaro también sabía leer pensamientos, otro pequeño privilegio de su nueva vida. Así están las cosas, a lo que hemos llegado.