Ella nunca estuvo sola. Una historia sencilla Amanecía en una fría mañana de invierno. Los barrenderos rasqueteaban animosamente la nieve en el patio. La puerta del portal no paraba de sonar, dejando salir a los madrugadores que iban corriendo al trabajo. El gato Felipe se acomodaba en el alféizar de la ventana, y desde lo alto del sexto piso observaba el trasiego del vecindario. En su vida anterior, Felipe fue contable y nada le interesaba fuera del dinero; no le ocupaban otros pensamientos. Pero ahora comprendía que en la vida existen cosas mucho más importantes. Ahora sabía que no hay nada más valioso que una mirada bondadosa, el calor del cariño y un techo bajo el que cobijarse. Lo demás es secundario. Felipe miró hacia atrás: en el viejo sofá dormía la abuela Carmen, su salvadora. El gato se deslizó desde la ventana y se tumbó junto a su cabecera, en el borde de la almohada, apoyando su suave y cálido pelaje sobre su cabeza. Felipe sabía que cada mañana le dolía la cabeza a la abuela Carmen y procuraba hacer todo lo que estaba en su mano. —¡Felipe, menudo curandero estás hecho! —murmuró la anciana entre sueños, al notar el cuerpecillo caliente—, otra vez me has quitado el dolor, eres un fenómeno, muchas gracias, ¿cómo lo haces? Felipe agitó la patita distraídamente, como queriendo decir que no era nada, ¡él podía con todo! Pero enseguida se oyó un gruñido en el recibidor: era Bruno, el perro, al que le daba celos. Bruno era el amigo fiel y leal de la abuela Carmen desde hacía años. Ante cualquier ruido extraño, alertaba ladrando para que supiesen que la abuela Carmen estaba bien protegida. Y por eso, por supuesto, se tenía por el jefe de la casa. “¿Quién fue Bruno en su vida anterior? Seguro que capataz, o policía,” pensaba Felipe mirando al perro, “es demasiado ruidoso. Bueno, que ladre si quiere, quizás con él estamos más protegidos.” —Ay, mis queridos, ¿qué haría yo sin vosotros? —gruñó la abuela Carmen, levantándose lentamente del sofá—. Ahora os doy de comer y luego salimos a pasear. Y si en unos días me pagan la pensión, compro pollo. La palabra “pollo” hizo saltar de alegría a todos. El gato, henchido de felicidad, empezó a amasar el sofá con sus patas, ronroneando fuerte y empujando con la cabeza la mano artrítica de la anciana. —¡Vaya, Felipe! Qué listo eres, si entiendes hasta las palabras —sonrió la abuela. El perro ladró como para decir que también él lo había entendido y apoyó su gran y húmeda nariz en sus rodillas. “Qué almas tan vivas, qué calorcito dan en casa y qué poco se siente una sola a su lado”, pensó la anciana esbozando una sonrisa. “Cuando me muera, ¿qué será de mí? Quién sabe. Hay tantas versiones que no se aclara una. Pero a mí me gustaría reencarnarme en gata y que me llevasen personas buenas. De perro no valdría, no sabría ladrar ni ser tan ruidosa, soy tranquila. Aunque, a saber… Pero de gata sería cariñosa y buena. Solo me gustaría que me tocase una familia bondadosa”. —¡Anda ya! —se interrumpió la abuela Carmen—, qué ideas más locas me vienen. Así es la vejez, lo que nos hace pensar. No se percató de cómo el gato, sonriendo bajo sus bigotes, miraba victorioso al perro. Como diciendo: ella quiere volver como gata, no como perro. Desde que había aprendido a leer los pensamientos, Felipe se sentía muy afortunado. Así son las cosas, a lo que hemos llegado.

No estaba sola. Una historia sencilla

Era un amanecer perezoso en pleno invierno, tan extraño como si el alba bailara torpemente sobre los tejados de Madrid. Los barrenderos, con sus escobas metálicas, arañaban la nieve en la acera, produciendo un ritmo que sonaba a música lejana en un sueño. La puerta del portal se abría y se cerraba sin cesar, como si jugara a dejar escapar a los fantasmas de vecinos que marchaban, con prisas tintineando monedas de euro en los bolsillos, rumbo a algún lugar que parecía imposible en la claridad blanca de la mañana.

Sobre el alféizar de la ventana, en el sexto piso de un edificio antiguo de Lavapiés, el gato Mateo oteaba la calle con sus ojos color aceituna, como si buscara comprender el idioma de los humanos. En una vida anterior, Mateo había sido banquero en la Gran Vía. Sólo le importaba el dinero, los balances, los números que danzaban entre las sombras de la memoria. Pero en este sueño convertido en pelaje, por fin había despertado a algo más sutil que el crujido de un billete nuevo.

Ahora creía, bajo la lógica cambiante de la noche, que no había nada más valioso que una mirada sincera, un poco de calor de hogar y un techo bajo el que acurrucarse cuando silba el viento. El resto, pensaba, se le añadirá como por arte de magia.

Mateo se giró. En el sofá desgastado, envuelta en una manta tejida a mano, dormía la abuela Rosario, la mujer que lo había rescatado de la indiferencia de la ciudad infinita. Bajó de la ventana con el sigilo de las criaturas sabias y se acomodó en la cabecera del sofá, dejando que su cálido costado rozara la mejilla de Rosario.

Sabía que cada mañana ella sufría un dolor de cabeza persistente, y él, en ese mundo onírico y caprichoso, se esforzaba en hacer lo único que aún le era posible: acompañarla.

Mateo, qué médico tan peculiar eres susurró Rosario, al despertar, con una sonrisa que se le escapó entre las arrugas. Otra vez me has curado el dolor, eres un fenómeno, de verdad. ¿Cómo lo haces?

Mateo movió la patita con una indiferencia fingida, como diciendo: para mí esto no es nada, ¡puedo con más todavía!

Pero, de repente, un gruñido desde el pasillo rompió el encanto del momento. Era la perra Trini, eternamente celosa.

Trini llevaba años siendo la guardaespaldas leal de Rosario. Bastaba oír unos pasos desconocidos en el portal para que sus ladridos retumbaran en todo el bloque, para garantizar que nada ni nadie dañaría el corazón de la abuela.

Por eso mismo, Trini se sentía la reina de aquella casa de sueños y radiadores antiguos.

“¿Quién habrá sido ella antes? ¿Capataz de obra, tal vez guardia civil?” pensaba Mateo, con esa mente de gato que viaja por las vidas como si fueran estaciones de metro. “Siempre tan ruidosa… Bueno, que ladre, igual así estamos todos más seguros.”

Ay, mis queridos, ¿qué haría yo sin vosotros? dijo Rosario, incorporándose lentamente con el crujido de los huesos. Ahora os doy el desayuno y luego salimos a tomar el aire fresco, que hoy huele a castañas y a misterio.

Y cuando llegue la pensión, os prometo pollo asado.

La palabra “pollo” encendió una fiesta secreta entre ellos.

Mateo empezó a amasar el sofá con sus patas, ronroneando como una tormenta pequeña, y acariciando con la frente la mano artrítica de Rosario.

¡Qué cabezón eres, pillo! se rindió la abuela, enternecida. Si es que lo entiendes todo… La perra dio un ladrido teatral, como si se sumara a la conversación, y acercó su hocico frío como el mármol a las rodillas de Rosario.

“Al final, sólo hace falta un alma viva en casa para que se caliente el aire y el corazón,” pensaba Rosario, sonriendo sin motivo aparente.

“Cuando me muera, ¿qué será después? Dicen tantas cosas… nadie lo sabe, todo es confuso, como los sueños dentro de un sueño.

Yo quisiera volver, pero como gata, a ver si alguna familia buena me recoge y me da una casa. Ser perro no creo que pudiera, no sabría ladrar; soy demasiado tranquila… Pero gata sí, sería buena y cariñosa. Ojalá me encontrara gente buena.”

¡Qué cosas se me ocurren! dijo Rosario de repente. La vejez saca cada ocurrencia

Y no notó cómo el gato, entrecerrando los ojos y sonriendo con sus bigotes, miraba a Trini con un aire de complicidad burlona.

Ella quiere ser gata, no perra, parecía decir el gesto misterioso de Mateo.

Ahora podía leer pensamientos, una habilidad extra en este sueño donde todo era posible.

Así andamos; hasta dónde nos ha llevado la vida, pensó el gato, perdiéndose de nuevo en la surrealista luz de la mañana madrileña.

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MagistrUm
Ella nunca estuvo sola. Una historia sencilla Amanecía en una fría mañana de invierno. Los barrenderos rasqueteaban animosamente la nieve en el patio. La puerta del portal no paraba de sonar, dejando salir a los madrugadores que iban corriendo al trabajo. El gato Felipe se acomodaba en el alféizar de la ventana, y desde lo alto del sexto piso observaba el trasiego del vecindario. En su vida anterior, Felipe fue contable y nada le interesaba fuera del dinero; no le ocupaban otros pensamientos. Pero ahora comprendía que en la vida existen cosas mucho más importantes. Ahora sabía que no hay nada más valioso que una mirada bondadosa, el calor del cariño y un techo bajo el que cobijarse. Lo demás es secundario. Felipe miró hacia atrás: en el viejo sofá dormía la abuela Carmen, su salvadora. El gato se deslizó desde la ventana y se tumbó junto a su cabecera, en el borde de la almohada, apoyando su suave y cálido pelaje sobre su cabeza. Felipe sabía que cada mañana le dolía la cabeza a la abuela Carmen y procuraba hacer todo lo que estaba en su mano. —¡Felipe, menudo curandero estás hecho! —murmuró la anciana entre sueños, al notar el cuerpecillo caliente—, otra vez me has quitado el dolor, eres un fenómeno, muchas gracias, ¿cómo lo haces? Felipe agitó la patita distraídamente, como queriendo decir que no era nada, ¡él podía con todo! Pero enseguida se oyó un gruñido en el recibidor: era Bruno, el perro, al que le daba celos. Bruno era el amigo fiel y leal de la abuela Carmen desde hacía años. Ante cualquier ruido extraño, alertaba ladrando para que supiesen que la abuela Carmen estaba bien protegida. Y por eso, por supuesto, se tenía por el jefe de la casa. “¿Quién fue Bruno en su vida anterior? Seguro que capataz, o policía,” pensaba Felipe mirando al perro, “es demasiado ruidoso. Bueno, que ladre si quiere, quizás con él estamos más protegidos.” —Ay, mis queridos, ¿qué haría yo sin vosotros? —gruñó la abuela Carmen, levantándose lentamente del sofá—. Ahora os doy de comer y luego salimos a pasear. Y si en unos días me pagan la pensión, compro pollo. La palabra “pollo” hizo saltar de alegría a todos. El gato, henchido de felicidad, empezó a amasar el sofá con sus patas, ronroneando fuerte y empujando con la cabeza la mano artrítica de la anciana. —¡Vaya, Felipe! Qué listo eres, si entiendes hasta las palabras —sonrió la abuela. El perro ladró como para decir que también él lo había entendido y apoyó su gran y húmeda nariz en sus rodillas. “Qué almas tan vivas, qué calorcito dan en casa y qué poco se siente una sola a su lado”, pensó la anciana esbozando una sonrisa. “Cuando me muera, ¿qué será de mí? Quién sabe. Hay tantas versiones que no se aclara una. Pero a mí me gustaría reencarnarme en gata y que me llevasen personas buenas. De perro no valdría, no sabría ladrar ni ser tan ruidosa, soy tranquila. Aunque, a saber… Pero de gata sería cariñosa y buena. Solo me gustaría que me tocase una familia bondadosa”. —¡Anda ya! —se interrumpió la abuela Carmen—, qué ideas más locas me vienen. Así es la vejez, lo que nos hace pensar. No se percató de cómo el gato, sonriendo bajo sus bigotes, miraba victorioso al perro. Como diciendo: ella quiere volver como gata, no como perro. Desde que había aprendido a leer los pensamientos, Felipe se sentía muy afortunado. Así son las cosas, a lo que hemos llegado.