Ella no es mi madre 🍎

¿Ainara? ¿Para qué la queremos? Que se la lleve el orfanato.
Tía Marta, es una lástima intervino Lucía.
¿Lástima? Entonces encárgate tú, pues eres tan buena se rió sarcástica Carmen, atando una mecha gris de su cabello detrás de la oreja y ajustándose el delantal de cocina. Tengo mucho que hacer: la cena, el marido vuelve del trabajo y los nietos llegan de la guardería, y mis ollas están vacías. ¡Ya tengo suficiente gente!

Lo veo. Yo también tengo tres niños, ¿dónde pondré a Ainara?
Entonces, ¿de qué sirve la conversación? concluyó Carmen, echando a la sobrina por la puerta. En un orfanato le irá mejor que en este refugio de borrachos.

Ainara, de quien hablaban sus familiares Carmen y Lucía, quedó huérfana cuando apenas era una bebé; poco después también perdió a sus abuelos, que la habían criado hasta los seis años. En realidad, la justicia le había arrebatado los padres.

Mi madre empezó a beber en la escuela contaba ahora, con treinta años, Ainara a su amiga Sofía. Mis abuelos, sus padres, se culpaban a sí mismos porque lo consentían todo. No estudiaba, sacaba casi siempre sobresaltos. Apenas terminó la secundaria, dio a luz a mi hermano con un muchacho de dieciocho años, también amante de la botella, llamado Samuel.

Qué horror exclamó Sofía, sorprendida por la franqueza. Ainara nunca había revelado tanto de su infancia.

Mis abuelos maternos me criaron. Por parte de padre había una línea de alcohólicos que se remontaba a generaciones. Era una dinastía de borrachos. Sé que te resulta repugnante yo viví en eso.

Sofía se estremeció.

¿Qué pasó con tus abuelos? ¿Por qué se fueron tan pronto? preguntó.

El abuelo tenía problemas cardíacos y la abuela, incapaz de vivir sin él, falleció al año. Mi madre fue su única y tardía hija, la consentían mucho, pero aun así se fueron antes de tiempo, agotados por el estrés. suspiró Ainara.

¿Y tú? indagó Sofía, más callada.

Me enviaron al orfanato. Ninguno de los parientes quiso adoptarme. Lo descubrí después, todos se negaron. Y mi padre

¿Tu padre?

Estuve tres años en el orfanato. Fue terrible, lloraba cada día. Me matricularon en la escuelainternado del centro, pero no podía aprender. No había preparación, y aunque todos éramos niños de la zona, yo estaba por debajo. Recuerdo a una profesora de matemáticas que, furiosa, me dijo que los hijos de borrachos nacen tontos y morirán así. Me dolió mucho.

¿Qué hizo tu padre? preguntó Sofía.

Resultó que él no se había olvidado de mí. Pasó esos tres años luchando por recuperar la patria potestad sonrió Ainara.

¿Le importaba? sorprendida Sofía.

¡Claro que sí!

Samuel, el padre, dejó el alcohol de golpe. En aquel momento ya era propietario de una casa semidecaída en el pueblo de Valdepeñas; su madre había muerto en una riña etílica. Una mañana, tras una noche de juerga, se dio cuenta de lo vacío que era su vida. En su borrachera, apareció su madre fallecida, a quien no había podido enterrar por falta de recursos. En su sueño ella lo reprendió, jurando que nunca lo perdonaría y amenazando con enterrarlo como a un perro cuando su hígado fallara.

Despertó temblando, la habitación giraba. Se volvió a sentar, intentando disipar la visión, y recordó a su hija.

Ainara Ainara ¡tengo una razón para vivir! No te rendiré, vieja bruja gritó al vacío. Fuiste tú quien me dio la botella a los doce años

Lloró lágrimas de licor, pero al fin decidió abandonar la bebida. Sus antiguos compañeros se burlaron, intentaron arrastrarlo de nuevo, pero él siguió firme.

Tengo sólo veinticinco años, toda la vida por delante. Me curaré y recuperaré a Ainara proclamaba a sus amigos, echándolos de su casa.

Consiguió trabajo, ahorró dinero y reparó la casa del pueblo. Reunió los documentos y presentó la demanda para recuperar la custodia. También fue a ver a Nerea, su expareja y madre de Ainara, proponiéndole comenzar de nuevo sin alcohol, pero ella lo rechazó, prefiriendo seguir en su círculo de borrachos.

Cuando mi padre vino por mí, no podía creer mi suerte recordó Ainara, con lágrimas brillando en los ojos. Creía que viviría toda mi vida en el orfanato, como una condena.

Qué pobre criatura dijo Sofía, con lágrimas también.

Desde ese día, la vida de Ainara cambió radicalmente. Su padre se esforzó mucho; al principio la asistencia social los visitaba con frecuencia, pero no había nada que criticar. Temía a esas tías estrictas y estaba segura de que pronto volverían a enviarla al orfanato. Ahora admira a su padre, un joven sin estudios ni apoyo familiar que, con tenacidad, volteó su destino y la hizo feliz.

Cuando Ainara cursaba el noveno grado, Samuel se preocupó por comprar un piso en Madrid y abandonar la casa del pueblo, que atesoraba recuerdos dolorosos. No solo quería mudarse; quería que su hija terminara los once años obligatorios y luego ingresara a la universidad. Vendió la casa, que ya estaba en buen estado, y con los ahorros de un trabajo en el gran almacén que había abierto en la zona, adquirió un apartamento. Ese almacén había creado empleo para muchos del pueblo. Mientras tanto, Nerea seguía bebiendo, cambiando de novio a novio. Ainara la avergonzaba y, a veces, temía salir porque podía encontrarse con ella en la calle.

Se instalaron en el piso de una habitación; Samuel dividió el espacio, dándole a cada uno su propia habitación. La vida mejoró.

Ainara pasó al décimo grado en una escuela donde nadie conocía su pasado ni a su madre alcohólica, una mujer que había perdido la dignidad humana, acechaba en los callejones, pedía dinero para beber y nunca lo recibía.

¿De dónde sacaba el dinero? preguntó Sofía, gesticulando. Me avergonzaba hasta las lágrimas, como si yo fuera responsable de su estado.

Es una pesadilla respondió Ainara.

A sus veinticinco años, Ainara perdió a su padre.

Supongo que los efectos tardíos del alcoholismo le pasaron factura le explicó al doctor, sin entender del todo. Su corazón falló rápidamente y quedó sola.

Lo siento mucho murmuró Sofía. ¿Por qué nunca me lo habías dicho antes?

Porque ya no aguantaba más contestó Ainara.

¿Quién?

Ellos dijo con voz queda. Llaman, escriben. Los bloqueé, pero siguen llamando con otros números.

¿Quiénes?

Familia materna, que no es mi familia. Olga, su marido, la tía Marta, su hija muchos.

¿Qué quieren?

Ainara guardó silencio y, después, reveló:

Hace un mes, mi madre sufrió un ictus. Está en cama, solo mueve los ojos, no puede comer ni hablar.

¿Cómo lo supiste? preguntó Sofía.

Mantuve contacto con Olga y la tía Marta desde que era niña; ellos ayudaron a mi abuela cuando enfermó y también asistieron al funeral de mi padre. Ahora, al saber que mi madre está indefensa, quieren que me haga cargo de ella.

¡Qué horror! Pero ella no es mi madre, ¡déjalos! exclamó Sofía furiosa.

No se van. Me agobian con videos de su rostro desfigurado No dormí en toda la noche.

Borra esos videos, olvídalos, bloquea a todos.

Voy a mudarme. He buscado pisos en la ciudad vecina; allí no podrán alcanzarme, cambiaré mi número. El tren me llevará al trabajo.

Eres valiente, lo lograrás afirmó Sofía, abrazándola. Te extrañaré.

Seguiré cerca respondió Ainara, sonriendo débilmente. No quiero nada de esa mujer. No es mi madre.

Era una madrugada fría cuando Ainara esperó el cercanísimo en la estación para ir al trabajo. La mudanza salió perfecta; su nuevo apartamento, aunque pequeño, le parecía enorme después de los dos cuartos que su padre había dividido. La joven se sentía libre, liberada de un pasado que se negaba a soltarla. A veces pensaba en su madre, si seguiría viva; pero se obligaba a olvidar, porque incluso ese último atisbo de preocupación no merecía su energía.

Ainara ya no hablaba con la tía Marta ni con Olga, y desconocía que sus cariñosos parientes, al perder el contacto, habían conseguido que Nerea fuera ingresada en un internado estatal, donde su vida quedó suspendida en una cama pública, sin dignidad.

Al final, Ainara comprendió que la verdadera fortaleza no reside en vengarse del pasado ni en cargar con culpas ajenas, sino en decidir cada día vivir con dignidad y construir un futuro propio. Así, aprendió que la libertad interior es el mejor regalo que uno puede darse, y que el pasado, por duro que sea, solo tiene el poder que le concedemos.

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Ella no es mi madre 🍎