ELIJE: ¡O TU PERRA O YO! ¡ESTOY HARTO DE OLER A ANIMAL! GRITÓ MI MARIDO. ELLA ESCOGIÓ AL MARIDO, LLEVÓ A SU PERRA AL MONTE Y POR LA NOCHE ÉL DIJO QUE SE IBA CON OTRA.
Claudia amaba a su marido, Javier, con locura. Llevaban cinco años juntos, aún sin hijos, pero a cambio compartían su vida con Vega, una pastora alemana anciana que Claudia había recogido siendo un cachorro, mucho antes de conocer a Javier.
Vega era parte de la familia. Inteligente, leal, parecía comprender todo sin necesidad de palabras. Pero los años no pasan en balde: a la perra le dolían las patas, su olor se volvió fuerte y el pelo caía por todas partes.
Javier aguantó mucho. Pero el día que Vega, sin poder esperar al paseo, hizo un charco en el pasillo sobre el parquet recién puesto, perdió la paciencia.
¡Se acabó! gritó Javier, empujando el hocico de la perra contra el charco ¡Vivo en una perrera! ¡Olor, pelos en la comida y ahora esto! Claudia, elige: o yo, o esta ruina.
Javier, ¿qué quieres que haga? Tiene doce años sollozaba Claudia, abrazando a su perra, avergonzada.
¡Me da igual! ¡Al refugio, al monte, a dormirla! ¡Me da igual! sentenció él Si no se ha ido para esta noche, me largo. Quiero vivir limpio, no limpiando la mierda de tu hija peluda.
Claudia era débil. Tenía pánico a la soledad. Temía perder a Javier, que sostenía la casa y con quien planeaban el verano, la hipoteca
Eligió a su marido.
Llevó a Vega fuera de Madrid, cerca de la Sierra.
La pobre apenas pudo subir al coche, gimiendo de dolor, pero le lamió la mano. Creía que iban de excursión.
Claudia lloró todo el camino.
La dejó en una zona arbolada, a unos veinte kilómetros de la ciudad. Ató la correa a un árbol para que no la siguiera.
Perdóname, Vega perdóname murmuraba sin atreverse a mirar sus ojos cansados y fieles.
Vega no forcejeaba. Sólo se sentó y la contempló. Lo entendió todo.
Claudia dejó una bolsa de pienso, subió al coche y aceleró. Por el retrovisor vio cómo la perra, olvidando el dolor de las patas, tiró de la cuerda y ladró. Un ladrido ronco, desgarrador.
Ese eco la acompañaría todo el camino de regreso.
Llegó a casa hecha polvo, los ojos hinchados de llorar.
Javier estaba en el dormitorio, haciendo la maleta.
¿Qué haces? preguntó desorientada Ya no está Vega, la llevé al monte
Javier la miró con una sonrisa fría.
Muy bien. Rápido y eficaz. Pero, ¿sabes? Me voy de todos modos.
¿Cómo que te vas? ¿Adónde vas?
Con Inés. La conoces, la de contabilidad. Llevamos medio año viéndonos. Está embarazada.
Claudia cayó desplomada sobre una silla. El mundo se desmoronó.
Pero ¡tú fuiste el que me dio el ultimátum! ¡La perra o tú! ¿Por qué?
Era una prueba respondió Javier, cínico Quería ver si tenías carácter. Por si acaso Y tú has traicionado a tu amiga por mi culpa. ¿Sabes? Me da miedo vivir con alguien capaz de abandonar así a quien la quiso toda la vida. Si a tu perra, que te adoró diez años, la dejas en el monte, a mí enfermo me tirarás a la basura.
Cerró la maleta.
Adiós, Claudia. Y por cierto Vega era el único ser con coraje en esta casa. Tú sólo eres una traidora.
Cuando la puerta se cerró, Claudia rompió a llorar.
Comprendió su error. Por un hombre que no la quería, había destruido el alma de quien la idolatraba de verdad.
Cogió las llaves y condujo de vuelta al bosque.
Ya era de noche. Llovía a cántaros.
Llegó al árbol.
La correa estaba mordida y rota. El pienso, volcado. Vega ya no estaba.
¡Vega! ¡Vega, mi niña! gritaba, corriendo entre los árboles mojados, arañándose el rostro con las ramas.
La buscó tres días. Puso carteles, avisó en asociaciones y redes de voluntarios. Ni comía, ni dormía.
El cuarto día la llamaron.
¿Buscas una pastora alemana? Han encontrado una perra, igual, junto a la autovía. La atropelló un camión.
Claudia fue a reconocerla.
Era ella.
Vega, seguramente, mordió la correa y fue a buscarla. Volvía a casa, a pesar del dolor y el miedo. Corría hacia la única persona que le importaba. Y terminó muerta en la cuneta, sin esperarla nunca más.
Claudia enterró a Vega.
Pasaron dos años.
Vive sola. No ha vuelto a casarse, no confía en nadie, ni siquiera en sí misma.
Javier es feliz con su nueva esposa y su hijo. Ya ni recuerda a Claudia; todo fue, para él, una prueba, una excusa fácil para marcharse echándole la culpa a ella.
Claudia ahora trabaja de voluntaria en una protectora de perros ancianos. Limpia jaulas, recoge sus desechos, cura sus heridas. Intenta redimirse.
Cada noche sueña lo mismo: está en el bosque, frente al árbol, y Vega la mira. La llama, pero la perra no se acerca. Sólo la observa. Sin rabia, con una tristeza infinita.
En esa mirada está su condena.
Moraleja: La traición no se perdona. Jamás sacrifiques a un amigo fiel por quien te pone en un aprieto. Quien te quiere de verdad nunca te obliga a elegir. Y si te obliga, es que ya te ha traicionado, y te arriesgas a cometer el peor error de tu vida.







