¡O yo, o tu perro! ¡No aguanto más este olor!exclamó su marido. Ella eligió a su esposo y llevó al perro al monte… Pero esa misma noche él le dijo que se marchaba con otra.
María estaba enamorada de su marido, Javier, hasta la locura. Llevaban cinco años casados. No tenían hijos todavía, pero en la casa había alguien más: Duque, un pastor alemán anciano al que María había recogido de la calle siendo cachorro, mucho antes de conocer a Javier.
Duque formaba parte de la familia. Inteligente, leal y tranquilo, parecía entenderlo todo sin necesidad de palabras. Pero los años no pasaban en balde: Duque sufría de las patas, olía mal y perdía pelo a montones.
Javier aguantó durante un tiempo, pero el día que Duque, incapaz de llegar al paseo, orinó en el pasillo sobre el parquet nuevo, su paciencia se agotó.
¡Ya basta!gritó Javier, empujando al pobre perro con rabia. ¡Esto parece una perrera! Hay pelo por toda la comida, y ahora encima se mea en casa. María, elige: o yo o este despojo.
Javier, ¿qué voy a hacer con él? Tiene doce años…sollozaba María, abrazando al perro avergonzado.
¡Me da igual! ¡Llévalo a una protectora, al campo, sacrifícalo! Si por la noche sigue aquí, me marcho. Quiero vivir limpio, no recogiendo mierda de tu “hijito” peludo.
María era débil. Le aterraba quedarse sola. Temía perder a Javier, quien era el sostén del hogar, con quien tenía planes de vacaciones, la hipoteca…
Eligió al marido.
Cargó a Duque en el coche rumbo al monte, cerca de la Sierra de Guadarrama, a unos veinte kilómetros de Madrid. Duque apenas pudo subir, gemía por el dolor de las articulaciones, pero aun así, lamió la mano de María como agradecimiento. Él pensó que era un paseo especial.
María lloró durante todo el camino.
Dejó a Duque atado a un árbol, para que no la siguiera. Le susurró entre lágrimas:Perdóname, Duque, perdóname…
Duque no se resistió. Se quedó sentado mirándola con sus ojos cansados. Lo comprendía todo.
María le dejó un cuenco de pienso, subió al coche y se alejó. Por el espejo retrovisor vio cómo su perro, olvidando el dolor, trataba de correr tras ella. El collar tiró de golpe y ladró, ronco y desesperado.
Ese lamento la persiguió todo el camino de vuelta.
Cuando regresó a casa, destrozada y con los ojos hinchados, Javier estaba haciendo la maleta.
¿Qué haces?preguntó confundida. Ya me deshice de Duque, lo llevé al monte…
Javier la miró con frialdad e incluso una pizca de desprecio.
Bien, has sido rápida. Pero me voy de todas formas.
¿Cómo que te vas? ¿Dónde?
Con Elena. La de contabilidad. Llevamos medio año juntos. Está embarazada.
María notó que el mundo se le venía abajo.
¿Pero… si acabas de obligarme a elegir entre vosotros…? ¿Por qué?
Solo quería ver si tenías carácter.respondió Javier, cruel. Pensaba que igual te plantabas… Pero has preferido traicionar a tu mejor amigo por mí. Me das miedo. Si eres capaz de dejar tirado a quien lleva diez años contigo, sólo por mí, el día que yo enferme me tirarás a la basura igual.
Embuchó la cremallera de su maleta.
Adiós, María. Y, por cierto, el único hombre en esta casa era Duque. Tú eres una traidora.
Cuando él cerró la puerta, María se derrumbó. Comprendió el horror de su decisión. Había sacrificado el alma más pura de su vida por alguien que jamás la había querido.
Agarró las llaves y salió disparada hacia el monte bajo la lluvia. Buscó el árbol donde lo dejó. El collar estaba roto, el cuenco volcado. Duque ya no estaba.
¡Duque! ¡Duque! ¡Mi niño!gritaba por el bosque, arañándose la cara con las ramas. No comió ni durmió durante varios días, pegando carteles, pidiendo ayuda a voluntarios.
Al cuarto día, la llamaron:¿Buscas un pastor alemán? Han encontrado uno en la autovía, lo atropelló un camión.
María fue a reconocerlo. Era él.
Duque había partido el collar, intentando volver a casa. Caminó con sus patas doloridas, atravesando el miedo y el dolor, en busca de la que lo había traicionado. Murió en la carretera, sin conseguir regresar.
María lo enterró entre sollozos.
Han pasado dos años.
Vive sola. No ha podido volver a confiar en nadie, ni en sí misma. Javier rehizo su vida con Elena y el bebé, olvidó a María con total facilidad. Para él todo fue una “prueba”, una excusa para irse sin culpa.
María, sin embargo, dedica sus días a trabajar como voluntaria en una protectora de animales, cuidando a los perros viejos y enfermos. Barre, limpia jaulas, cuida heridas. Es su forma de buscar perdón.
Cada noche sueña lo mismo: está frente al árbol, Duque la mira en silencio. Ella lo llama, pero él no se acerca, sólo la observa con esa tristeza infinita de los perros buenos.
En esa mirada está su condena.
Moraleja: La traición no tiene perdón. Jamás sacrifiques a un amigo leal por quien te obliga a elegir. Quien de verdad te quiere, nunca te pondrá en esa tesitura. Si lo hace, ya te ha traicionado y sólo retrasas lo inevitable, cometiendo el peor de los errores.







