Lucía estaba junto a la ventana, contemplando desde arriba cómo su marido se alejaba llevando de la mano a una niña… Su hija. Su antigua hija… En cualquier momento el coche arrancaría y se los llevaría a ambos, aunque él regresaría solo. Lágrimas amargas rodaban por sus mejillas, cayendo sobre la cabeza de su bebé de un año, que se quejaba inquieta, intentando escapar de sus brazos… Lucía la apretó con más fuerza contra su pecho, sintiendo cómo el corazón se le encogía de dolor, vergüenza y arrepentimiento.
Llevaban años intentando tener un hijo sin éxito, por lo que la decisión de adoptar había sido fácil de tomar. Lo difícil fue cumplirla. Lucía recordaba aquella visita al orfanato con su marido, los ojos infantiles llenos de cautela y esperanza que los observaban.
A pesar de que su esposo soñaba con un niño, Adela le conquistó al instante. Trenzas rubias, ojos claros enormes… La niña de once años se parecía asombrosamente a la difunta madre de Lucía, y su corazón se conmovió. Adela también se encariñó con ellos, alegrándose cada vez que iban a verla.
El shock llegó cuando la directora les reveló que Adela era una “niña eterna del orfanato”. Había sido adoptada cuatro veces y devuelta otras tantas. Lucía no indagó en los motivos; su corazón compasivo solo se llenó de lástima por esa criatura traicionada una y otra vez por quienes llamó padres.
Mientras esperaban la aprobación de los documentos, empezaron a llevarla a su piso de dos habitaciones en Madrid. Adela tenía ya su propio cuarto, algo que la emocionaba profundamente. Los niños del orfanato anhelaban más amor que cosas materiales, y ahora lo recibía en abundancia.
Y entonces llegó el milagro: Lucía descubrió que estaba embarazada. Esa vieja creencia de que adoptar traía suerte se cumplió. Aunque felices, jamás pensaron en cancelar la adopción; ya amaban a Adela como propia.
Pasó el tiempo, los trámites se aprobaron y Adela dejó el orfanato para siempre… Con once años, era consciente de todo, y el psicólogo que la ayudaba recomendó hablarle del bebé que llegaría.
Lo hicieron. Un monólogo más que una conversación. Mientras Lucía y su esposo le explicaban la situación, Adela los escuchaba con sus enormes ojos grises, pasando la mirada de uno a otro… Le aseguraron que seguirían queriéndola igual, que nadie la reemplazaría. Pero al mencionar que tendría que compartir su habitación, su expresión se endureció. Se dio la vuelta y se marchó sin escuchar más.
A partir de entonces, Adela comenzó a comportarse de forma extraña. Cuando los adultos llegaban a casa, se abrazaba a ellos con fuerza, como si temiera que se esfumaran. Apretaba el cuello de Lucía hasta casi ahogarla, murmurando “Te quiero, mamá” con los dientes apretados y la mirada vidriosa.
Lucía respondía a sus abrazos, pero su marido se inquietaba. El psicólogo, sin embargo, insistió en que la niña solo temía perder su lugar.
El infierno comenzó con el nacimiento de Carlota. El bebé, prematuro, lloraba constantemente. Para no molestar a Adela, la cuna se colocó en la habitación de los padres. Lucía se esforzaba por atender a ambas, agotándose cada noche. Su esposo ayudaba lo que podía, pero poco a poco notaron algo…
Cada vez que Adela se quedaba sola con Carlota, la bebé estallaba en llanto desesperado. Lucía corría y encontraba a Adela “cuidando” de su hermana, pero una vez la sorprendió tapándole la nariz. Al verla, la soltó y Carlota gritó ahogándose.
Adela no dio explicaciones. El psicólogo insistió en que solo necesitaba más atención. Pero luego vino otro aviso: Lucía la pilló a punto de darle a Carlota un biberón con leche hirviendo. Esa vez, al mirar esos ojos claros, Lucía no vio amor… solo vacío.
Con el tiempo, Carlota creció y Adela pareció aceptarla. Pero llegó el verano y, aunque habían prometido llevarla a la playa, con un bebé era imposible. Adela estalló en una rabia animal, pataleando y gritando. El psicólogo, incomprensiblemente, la encontró “perfectamente adaptada”.
Esa noche, tras acostar a Carlota, Lucía habló con Adela durante horas, casi convencida de ser injusta con ella… hasta que la niña preguntó: “¿Qué pasaría si Carlota desapareciera? ¿Me amaríais más? ¿Iríamos a la playa?”.
Lucía contestó con cautela, pero supo entonces que Adela necesitaba un psiquiatra. Al acostarse, se durmió de agotamiento… hasta que ruidos extraños la despertaron. Adela estaba sobre Carlota, ahogándola con una almohada.
Lucía la apartó de un salto. Carlota estaba lívida. Al mirar a Adela, vio odio puro en sus ojos. La niña confesó entonces que deseaba la muerte de su hermana, que arruinaba su felicidad.
Tras consultas infructuosas con especialistas, los padres tomaron una decisión. Y ahora Lucía miraba desde la ventana cómo su marido llevaba a Adela de vuelta al orfanato. Su antigua hija.
Adela se detuvo, miró hacia la ventana y Lucía retrocedió como si le hubieran golpeado. Cuando se atrevió a asomarse de nuevo, ya no estaban. La nieve cubría sus huellas como si nunca hubieran existido.






