Me llamo Rafael Contreras y llevo veintidós años afinando pianos en Union City, Nueva Jersey — toco timbres de edificios con olor a café cubano en el pasillo y subo escaleras cargando mi maletín de herramientas como si todavía tuviera treinta años. Conocí a Ismael Duarte en 1998, cuando me llamó porque su piano Baldwin desafinaba cada vez que su hija practicaba. Terminé quedándome dos horas esa tarde, no por el piano — ya estaba afinado en los primeros cuarenta minutos — sino porque Ismael empezó a contarme su historia y no pude levantarme de esa banca.
Ismael era compositor. Nadie lo conocía fuera de un círculo pequeño de músicos latinos de Nueva Jersey y Nueva York, pero había escrito, junto a su amigo el poeta Nelson Figueroa, una canción llamada "Su propia primavera" — una balada sobre el destino y las segundas oportunidades que, él juraba, debía sonar como un bolero lento, casi un quiebre a mitad de camino. La escribieron pensando en una voz específica: la de Carmen Elvira, una cantante dominicana que se había hecho famosa en los clubes de Washington Heights y después cruzó a la radio en español de toda la costa este.
Pero antes de que Carmen Elvira la cantara, otra banda la grabó primero: un grupo de salsa de Perth Amboy que tocaba en bodas y en el Festival de la Herencia Hispana de Union City cada septiembre. Le subieron el tempo, le metieron timbales y una trompeta que entraba como un grito, y la convirtieron en un pegajoso número de pista de baile. La gente la bailaba en las quinceañeras, la pedían en las bodas del Salón Marisol en la avenida Bergenline. Fue un éxito real.
Ismael, sin embargo, no la reconocía. Me lo dijo mientras guardaba sus partituras en una caja de zapatos Buster Brown que todavía olía a cuero viejo, apretando la tapa con las dos manos como si quisiera encerrar algo adentro: "Rafael, esa no es mi canción. Le sacaron el alma y le pusieron maquillaje." Nelson, el poeta, tampoco la soportaba. Decían que la versión bailable convertía algo que debía doler en algo para aplaudir sin pensar, y que eso era una traición pequeña pero real a lo que habían escrito juntos, encerrados en la cocina de Nelson una noche de enero de 1976 con la estufa de gas prendida porque no había calefacción.
Toda la esperanza de Ismael descansaba en Carmen Elvira. Él la había escuchado cantar en un club de la calle 181 años antes de que nadie supiera su nombre, y decía que ella entendía el silencio dentro de una canción mejor que cualquier otro cantante que conocía — igual que Héctor Lavoe entendía el dolor dentro de una clave, o que Celia Cruz entendía la alegría dentro de un lamento. Ismael repetía siempre, mientras pulía las teclas amarillentas de su propio piano con un trapo: "Carmen no canta las notas. Carmen canta lo que hay debajo de las notas."
En 1979, durante un festival de música latina en el Lincoln Center de Manhattan — de esos que transmitían por Telemundo en diferido —, Carmen Elvira cantó "Su propia primavera" exactamente como Ismael la había soñado: lenta, con la voz quebrándose justo donde debía quebrarse, construyendo hacia un final que dejó al público quieto, sin aplaudir, por varios segundos largos. Ismael me contó que, apenas bajó del escenario esa noche, llamó a Nelson desde un teléfono público porque todavía no tenían celular, con una sola pregunta: "¿La oíste, viejo? ¿Cómo estuvo?" Y del otro lado solo hubo un silencio largo, y después la voz de Nelson diciendo que sí, que por fin era la canción que habían escrito los dos.
Yo seguí afinando el piano de Ismael durante quince años más, hasta que murió en 2013. Un mes después de su funeral, su hija me llamó para vender el Baldwin — ya no quedaba nadie en la casa que lo tocara. Antes de que se lo llevaran los compradores, abrí la banqueta del piano por última vez y encontré, debajo de hojas sueltas de otras canciones a medio terminar, un recorte de periódico amarillento del Diario de Nueva York con la foto de Carmen Elvira en el Lincoln Center, y al reverso, en la letra apretada de Ismael, una sola línea: "Esta vez sí me entendieron." Lo dejé ahí, metido entre las cuerdas, cuando cerraron la tapa del piano para subirlo al camión de mudanza.







