Doña Carmen, la abuela, mecía a su nieta con una delicada torcedurita de brazos, intentando encontrar la posición que finalmente la hiciera dormirse. Celia había llegado al mundo inquieta; durante los primeros meses lloraba prácticamente sin parar. La lactancia, tanto de la madre de Doña Carmen como de la propia Celia, no despegó. Tuvieron que recurrir a leches artificiales que le provocaban constantes cólicos. Cambiaron de fórmula, le dieron agua con eneldo, infusiones de manzanilla, lo que fuera; nada servía. Al final, la abuela pasaba horas meciendo. La enfermera de atención domiciliaria a la que llamaron sólo le hacía un gesto con la mano: «Pobre niña. A los tres meses quizá se le pase».
Doña Carmen contemplaba con ternura el diminuto rostro de su nieta dormida. «Nada, crecerá una belleza y una lista, se parece a mi pequeña Celia».
Su pensamiento se vio interrumpido por el yerno, Máximo, que entró en la cocina y, con aire de espectáculo, echó un vistazo al cazo de sopa, resopló en silencio y lo cerró de golpe. Doña Carmen se encogió y pensó: «Que venga pronto Alicia de la Universidad, que ya quiero volver a mi casa».
Máximo no quería que Alicia terminara los dos últimos cursos universitarios, convencido de que, con la llegada de su hija, la carrera debía quedar atrás. Doña Carmen, por su parte, no veía con buenos ojos que Alicia se casara con él. El pacto quedó en que la hija debía acabar los estudios; sin permisos académicos, que a la postre suelen abandonar la carrera.
Pero todo tiene su precio: Doña Carmen dejó a un lado su trabajo para ayudar a Alicia con el bebé hasta que Celia pudiera entrar en la guardería. Tuvo que apretar el cinturón, pues no tenía otras fuentes de ingresos. Ahorrando en la compra, llegaba a casa hambrienta, perdió peso y se sentía agotada. Y eso sólo fue el comienzo.
Mamá, ¿te imaginas? En un mes ya tendremos que entregar todos los exámenes y la monografía, y yo sigo sin avanzar. Mañana tengo cuatro clases, ¿puedes quedarte con Celia? Ahora mismo son seminarios y pruebas continuas, no se pueden faltar, o no nos dejan presentarnos al examen.
¿Y si Máximo se queda mañana? Creo que tiene libre.
Doña Carmen, yo también necesito descansar algún día. Alicia, si a tu madre le cuesta, quédate en casa mañana. No pasa nada con la universidad. De todos modos, el sobresaliente ya no se consigue.
Ya ni pienso en el sobresaliente sollozó Alicia. Al menos aprobaría algo. Modelado matemático es un bosque oscuro. No entiendo nada y encima hay fórmulas que ocupan media página cada una.
Eso de estudiar no te dará nada en la vida. Yo nunca estudié y ya estoy cobrando la pensión a los cuarenta años. ¿Y tu madre? ¿Qué gana un maestro hoy?
El corazón de Alicia se encogió por la ofensa contra su madre. Pero, sin querer alargar la discusión, le ofreció a su madre una sonrisa culpable y propuso tomar un té mientras el bebé dormía.
Los pesimistas se equivocaron: Alicia aprobó la sesión y todas las siguientes con sobresaliente. Dos años después obtuvo su título con matrícula de honor y consiguió un puesto como profesora en su propia facultad. Doña Carmen estaba orgullosa y celebraba los logros de su hija. Máximo, sin compartir la alegría, le explicó a su esposa y suegra, con tono desdeñoso, que «todas esas titulaciones ya no sirven a nadie».
Celia creció, entró en la guardería. Las primeras palabras, las travesuras, los recitales, los vestidos de colores, esa ternura que solo los niños saben dar, llenaban el corazón de Alicia y ahuyentaban la irritación que sentía por su marido, cada vez más frío y brusco.
Una nueva cuestión surgió en su matrimonio: los celos sin motivo de Máximo, que a menudo sobrepasaba los límites del decoro. Cuando llamaban a Alicia por trabajo, él se lanzaba a coger el teléfono y a meterse en la conversación. En esas situaciones la joven esposa se sentía avergonzada y sin saber qué hacer.







