Viajaba a menudo por trabajo y yo estaba acostumbrada a ello. Me respondía a los mensajes tarde, volvía a casa cansado y decía que había tenido reuniones largas. Nunca le miraba el móvil ni le hacía preguntas innecesarias. Confiaba en él.
Un día estaba doblando ropa en la habitación. Él se sentó en la cama, sin ni siquiera quitarse los zapatos, y me dijo:
Quiero que me escuches sin interrumpirme.
En ese instante supe que algo no iba bien. Me confesó que estaba saliendo con otra mujer. Le pregunté quién era. Dudó unos segundos y después me dijo su nombre: Lucía. Trabajaba cerca de su oficina. Ella era más joven que él. Le pregunté si estaba enamorado. Me contestó que no lo sabía, pero que con ella se sentía diferente, menos agotado. Le pregunté si pensaba irse de casa. Me respondió:
Sí. Ya no quiero seguir fingiendo.
Aquella noche durmió en el sofá. Se fue temprano a la mañana siguiente y no volvió en dos días. Cuando regresó, ya había hablado con un abogado. Me dijo que quería divorciarse lo antes posible, sin dramas. Comenzó a explicarme qué cosas iba a llevarse y cuáles no. Yo le escuchaba en silencio. Menos de una semana después, ya no vivía allí.
Los meses siguientes fueron duros. Me tocó ocuparme sola de todo lo que antes compartíamos: papeles, facturas, decisiones. Empecé a salir más, no porque lo necesitara, sino porque lo sentía indispensable. Aceptaba invitaciones solamente para no quedarme en casa. En una de esas salidas conocí a un hombre haciendo cola en una cafetería. Charlamos de cosas banales: el tiempo, la cantidad de gente, el retraso.
Seguimos viéndonos de vez en cuando. Un día, sentados en una pequeña mesa, me dijo su edad: era quince años más joven que yo. No lo comentó como algo raro, ni en tono de broma. Me preguntó mi edad y siguió la conversación como si no tuviera importancia. Me invitó a salir otra vez. Acepté.
Con él todo era distinto. No había promesas grandilocuentes ni palabras dulces. Me preguntaba cómo estaba, me escuchaba, se quedaba a mi lado cuando hablaba del divorcio, sin cambiar de tema. Un día me dijo claramente que le gustaba y que sabía que yo venía de una situación difícil. Yo le confesé que no quería repetir errores ni depender de nadie. Él me aseguró que no buscaba controlarme, ni ser mi salvador.
Mi ex se enteró por otros. Meses después de no hablar, me llamó. Me preguntó si era verdad que salía con un hombre más joven. Le dije que sí. Me preguntó si no me daba vergüenza. Le contesté que la vergüenza fue su traición. Colgó, sin despedirse.
Me divorcié porque él me dejó por otra. Pero al final, sin buscarlo, acabé al lado de alguien que me quiere y me respeta.
¿Será esto un regalo de la vida?







