El vestido ajeno En nuestra calle, justo tres casas más allá del ambulatorio, vivía entonces una mujer llamada Esperanza. Su apellido, sencillo – Beltrán. Era una mujer discreta, callada, tan silenciosa como la sombra de un abedul al mediodía. Esperanza trabajaba en la biblioteca del pueblo. Durante meses no les pagaban el salario, y cuando lo hacían, perdón por la expresión, les daban galochas, vino peleón, o arroz con gorgojos. Esperanza no tenía marido. Cuando se fue a trabajar a Bilbao buscando fortuna, su hija aún lloraba en la cuna; desde entonces, nunca más se supo de él. Si había rehecho su vida, si se perdió por los montes… nadie sabía nada. Así que Esperanza criaba sola a su hija, Luz. Se dejaba la piel por ella, cosía hasta altas horas de la noche con la máquina de coser. Era una artista entre nosotras: lo importante era que a Luz no le faltaran pantys ni lazos tan bonitos como los de las demás. Y Luz crecía… ¡ay, la chiquilla, un torbellino! Guapísima, ojos azul añil, trenza de trigo, cuerpo delicado. Pero orgullo tenía para dar y regalar. Le avergonzaba su pobreza. Le dolía. Es joven, quiere florecer, ir a fiestas, y lleva las botas de plástico remendadas por tercer año seguido. Finalmente, llegó aquella primavera. El último curso. Ese momento en que los corazones de las muchachas laten fuerte y sueñan. Un día, vino Esperanza a verme para tomarse la tensión. Era principios de mayo, y el espino apenas empezaba a perfumar el aire. Sentada en el diván, flaquita, con los hombros duros bajo la blusa lavada. —Valentín—me dijo bajito, entrelazando las manos nerviosas—Estoy en un apuro. Luz no quiere ir a la graduación. Se pone hecha una furia. —¿Por qué?—le pregunté, apretando la muñeca delgada con el manguito. —Dice que no quiere ir a pasar vergüenza. A la hija de la alcaldesa, a Elena, le han traído un vestido de Madrid, extranjero, pomposo. Pero yo…—suspiró tan hondo que casi me duelen los huesos—No tengo ni para tela, Valentín, acabamos el poco ahorro en invierno. —¿Y qué piensas hacer?—le pregunté. —Ya lo tengo—y de repente sus ojos brillaron, volvieron a la vida—¿Recuerdas las cortinas de mi madre que quedaron guardadas en el arcón? El raso es grueso, bueno. El color… precioso. Le quitaré el encaje viejo del cuello, bordaré con abalorios. No será sólo un vestido, ¡será una obra de arte! No dije nada, aunque conocía el carácter de Luz. No quería una obra de arte: quería algo caro, con etiqueta extranjera. Pero guardé silencio. La esperanza de una madre es ciega, pero es sagrada. Todo mayo vi la luz encendida en casa Beltrán hasta bien pasada la medianoche. La vieja máquina de coser retumbaba: tac-tac-tac… Esperanza hacía magia. Dormía apenas tres horas, con los ojos rojos, las manos llenas de pinchazos, pero tan feliz… La desgracia se presentó tres semanas antes de la fiesta. Fui por ungüento para la espalda – Esperanza se quejaba de tanto estar encorvada. Entré a la sala, y… ¡Dios mío! Sobre la mesa no había sólo un vestido, era un sueño. La tela corría fluida con destellos mates, el color noble, rosa grisáceo, como el cielo antes de una tormenta. Cada costura, cada pedrería, cosidas con tanto mimo que el vestido parecía brillar por dentro. —¿Qué te parece?—me preguntó Esperanza, con sonrisa tímida de niña. Las manos temblorosas, todas llenas de tiritas. —Majestuoso—le dije de verdad—Esperanza, tienes manos de oro. ¿Lo ha visto Luz? —No, aún está en el instituto. Es una sorpresa. Entonces, la puerta se cerró de golpe. Entró Luz, furiosa, tiró la mochila en un rincón: —¡Otra vez Elena presumiendo!—gritó—Le han comprado zapatos de charol, ¡merceditas nuevas! ¿Y yo qué? ¿Voy con mis tenis agujereados? Esperanza se acercó, cogió el vestido de la mesa, se lo mostró con mucho cuidado: —Mira, hija… Terminó. Luz se quedó paralizada. Sus ojos se agrandaron, recorrieron el vestido. Pensé que se alegraría. Pero de pronto, explotó. —¿¡Esto qué es!?—fría como el hielo—¡Reconozco esas cortinas de la abuela! Huelen a naftalina desde hace cien años. ¿Me tomas el pelo? —Luz, es raso auténtico, mira qué bien queda…—Esperanza balbuceaba, con la voz rota, acercándose a su hija. —¡Cortinas!—gritó Luz tan fuerte que temblaron los cristales—¿Pretendes que salga al escenario envuelta en una cortina? ¡Que toda la escuela me señale! “La pobre Beltrán disfrazada de cortina.” No me lo pongo, nunca, ¡antes muerta que con esa miseria! Saltó, arrebató el vestido de manos de la madre, lo tiró al suelo y lo pisó con rabia. Justo sobre los abalorios, sobre el esfuerzo de una madre. —¡Te odio! ¡Odio esta pobreza! ¡Odio todo! Todas las madres luchan, se buscan la vida, y tú… ¡Eres una inútil de madre! Quedó un silencio terrible, denso… Esperanza se puso tan pálida como la cal de la chimenea. No gritó, ni lloró. Sólo se inclinó despacio, como una anciana, recogió el vestido y lo apretó contra el pecho. —Valentín—me susurró, sin mirar a Luz—por favor, vete. Tenemos que hablar. Me fui. Tenía el corazón en un puño. Me habría gustado tomar el cinturón y espabilar a esa cría… Al día siguiente, Esperanza desapareció. Luz vino corriendo a mi ambulatorio a mediodía, con el rostro desencajado, sin rastro de soberbia, sólo un miedo animal en los ojos. —Tía Valen… Valentín… Mi madre no está. —¿Cómo que no está? Quizá en el trabajo… —Nada en la biblioteca, todo cerrado. No durmió en casa. Y…—Luz titubeó, el labio tembloroso—Y falta la Virgen. —¿Qué Virgen?—casi me caí de la sorpresa. —San Nicolás. La que estaba en el rincón rojo, antigua, con el marco de plata. La abuela decía que nos salvó de la guerra. Mi madre siempre decía: “Es nuestro último pan, Luz. Para el día más negro.” Se me heló la sangre. Supe lo que Esperanza había hecho. En aquellos años, los anticuarios pagaban fortunas por iconos antiguos, pero te podían robar, engañar, perder en la carretera. Y Esperanza era confiada como una niña. Se fue a Madrid, seguro, a venderlo, para conseguirle a su hija el dichoso vestido “de moda”. —Búscalo como agua en una esparraguera—murmuré—Ay, Luz, ¿qué has hecho…? Tres días vivimos en el infierno. Luz se quedó en mi casa—no se atrevía a dormir sola. Casi no comía, sólo bebía agua. Sentada en el porche, miraba la carretera, esperando. Cualquier ruido de motor le hacía saltar y correr a la verja. Pero siempre eran desconocidos. —Es culpa mía—repetía por las noches, hecha un ovillo. —La he matado con mis palabras, Valentín. Si vuelve… le pediré perdón de rodillas. Sólo que vuelva… Al cuarto día, cerca del atardecer, sonó el teléfono en el ambulatorio. Seco, urgente. Descolgué: —¡Ambulatorio! —¿Valentín?—voz de hombre, cansada, oficial. —Llamamos desde el hospital comarcal. Urgencias. Se me aflojaron las piernas, caí en la silla. —¿Qué ocurre? —Ha ingresado una mujer hace tres noches. Sin documentación. La encontraron en la estación, le dio un ataque al corazón. Apenas ha recuperado el sentido y solo dijo su pueblo y su nombre: Esperanza Beltrán. ¿La conoce? —¡¿Viva?!—grité. —De momento, sí. Pero está muy grave. Vengan urgente. El viaje al hospital fue otra historia. El autobús ya se había marchado. Fui al ayuntamiento a pedir un coche, casi de rodillas. Nos dieron el viejo “Land Rover” con Pedro al volante. Luz no dijo ni una palabra en todo el camino. Apretaba el tirador de la puerta hasta dejar los nudillos blancos, mirando fija al frente. Los labios se movían—rezaba, seguramente. Por primera vez en su vida, rezaba de corazón. El hospital olía a tragedia. A lejía, medicinas y esa quietud especial que sólo se siente donde la vida pelea con la muerte. El médico vino, joven, con los ojos rojos de no dormir. —¿Van a ver a Beltrán? Sólo un minuto. Y nada de lloros, ¡no puede alterarse! Entramos. Los aparatos pitando, tubos transparentes como serpientes. Y allí, nuestra Esperanza… El rostro gris, como ceniza, ojos hundidos, pequeña bajo la sábana del hospital, como una niña. Luz al verla, perdió el aliento. Se arrodilló junto a la cama, escondiendo la cara en la sábana, temblando en silencio. Temía desmoronarse, como había advertido el médico. Esperanza entreabrió los ojos. La mirada aún vaga, confundida. Pero luego, su mano amoratada se posó en la cabeza de Luz. —Luz…—susurró, seca como hoja de otoño—Me encontraste… —Madre—gimió Luz, besando la mano fría—Madre, perdóname… —El dinero…—Esperanza movía el dedo sobre la sábana—Vendí la Virgen, hija… Está en el bolso… Cómprate un vestido… De esos con brillitos… Como tú querías… Luz levantó la cabeza, miró a su madre, las lágrimas cayendo a raudales. —No quiero vestido, mamá. ¿Me oyes? No quiero nada… ¿Por qué, mamá? ¿Por qué? —Para que fueras guapa…—sonrió Esperanza, apenas un esbozo—Para que no fueras menos que nadie… Yo en la puerta, la garganta cerrada, sin respirar. Las miraba y pensaba: esto es el amor de madre. No piensa, no calcula. Lo entrega todo, hasta la última gota de sangre, el último latido del corazón. Aunque el hijo sea un insensato, aunque duela. El doctor nos echó a los cinco minutos. —Ya basta—dijo—No tiene fuerzas. Ya pasó el peligro, pero está muy débil. Tendrá que quedarse. Empezaron días de espera. Casi un mes pasó Esperanza en el hospital. Luz iba a verla todos los días. Por la mañana, instituto y exámenes; por la tarde, como podía, a la ciudad. Llevaba caldos caseros, manzana rallada. La chica cambió—irreconocible. El orgullo desapareció. Todo limpio en casa, huerto arreglado. Venía por las noches a contarme cómo iba su madre, y tenía la mirada adulta. —Sabe, Valentín—me dijo una vez—, aquel día, aunque le grité… Me probé el vestido después, a escondidas. Es tan delicado… Huele a las manos de mi madre. Fui muy boba. Pensaba que si el vestido era caro, la gente me respetaría. Ahora lo sé: si falta mi madre, ni todos los vestidos del mundo sirven. Esperanza mejoró. Lento, con esfuerzo, pero salió adelante. Los médicos hablaban de milagro. Yo creo que fue el amor de Luz que la sacó de las sombras. Le dieron el alta justo antes de la graduación. Estaba débil, apenas caminaba, pero quería ir a casa. Llegó la noche de la graduación. Todo el pueblo frente al instituto. Música, “Los Secretos” sonando por los altavoces. Las chicas, cada una con lo que había. Elena con su vestido de princesa, girando como un pastel de bodas, rodeada de pretendientes. Entonces, la gente se apartó. Un silencio solemne. Entró Luz. Del brazo de Esperanza. Esperanza blanca, caminando despacio, apoyada en su hija, pero sonriente. Y Luz… nunca he visto tanta belleza. Llevaba aquel vestido. Hecho con cortinas. Bajo el sol de la tarde, aquel tono “ceniza de rosa” brillaba con una luz especial. El raso caía perfecto sobre su cuerpo elegante, tapando lo justo y destacando lo más bonito. En los hombros, el encaje bordado con abalorios relucía. Pero lo importante no era el vestido. Era cómo caminaba Luz. Como una reina. La cabeza alta, pero los ojos ya no tenían vanidad. Ahora eran profundos, serenos, con una fuerza tranquila. Llevaba a su madre como si fuera una joya preciosa. Como diciendo: “Mirad, esta es mi madre. Y estoy orgullosa”. Un chaval, Juanito, quiso hacer una broma: —¡Eh, mirad, va la cortina! Luz se detuvo, lo miró despacio, con dignidad y dulzura, sin rabia, con compasión. —Sí—dijo alto para que todos lo oyeran—. Las manos de mi madre lo cosieron. Para mí, este vestido vale más que todo el oro. Y tú, Juanito, eres tonto si no sabes ver la belleza. El chico se sonrojó y calló. Elena en su vestido comprado perdió brillo de repente. Porque la ropa no hace a nadie, no, no lo hace. Luz esa noche apenas bailó. Prefería sentarse con su madre en el banco. La arropaba con el chal, le traía agua, la tomaba de la mano. Y en ese gesto había tanto cariño, tanta ternura que me saltaron las lágrimas. Esperanza miraba a su hija y se le iluminaba la cara. Sabía que todo había valido la pena. La Virgen milagrosa hizo su labor: no ayudó con dinero, sino que salvó un alma. Han pasado muchos años. Luz se fue a Madrid, estudió cardiología. Es una gran médico en la provincia, capaz de devolver la vida. Se llevó a Esperanza con ella, la cuida como a un tesoro. Viven en perfecta armonía. Dicen que Luz encontró después la Virgen milagrosa. La buscó por todos los anticuarios, pagó mucho dinero, y la recuperó. Ahora cuelga en su casa, en el rincón más importante, con una lámpara siempre encendida… A veces miro a la juventud de ahora y pienso: cuánto daño hacemos a los que más nos quieren por la opinión de los demás, exigiendo y protestando. Y la vida es corta, como una noche de verano. Y madre, solo hay una. Mientras vive, somos niños y tenemos una muralla que nos protege de los vientos gélidos de la eternidad. Cuando se va… quedamos a la intemperie. Cuidad a vuestras madres. Ahora mismo, llamadlas si viven. Si no, recordadlas con afecto. Allí arriba, en el cielo, seguro que lo oyen… Si os ha gustado la historia, pasad de nuevo y suscribíos al canal. Seguiremos recordar juntos, llorar y alegrarnos por las cosas sencillas. Para mí, cada suscripción es como una taza de chocolate caliente en una larga noche de invierno. Os espero con cariño.

El vestido prestado

En aquellos años, en nuestra calle de un pueblo de La Mancha, vivía, justo tres casas más allá del centro de salud, Esperanza. Su apellido era sencillo García , y en general era una mujer callada, discreta, como la sombra de un olivo al mediodía. Esperanza trabajaba en la pequeña biblioteca municipal. El sueldo, si llegaba, era una miseria, y a veces le pagaban con sacos de arroz, garrafas de vino o botellas de aceite que ya olían a rancio.

Esperanza no tenía marido. El suyo se marchó a Cataluña buscando trabajo cuando la niña aún tomaba biberón, y nunca volvió. Algunos decían que había formado otra familia, otros que se perdió en la vida de ciudad. Nadie lo sabía.

Ella sola sacó adelante a su hija, Macarena. Se desvivía por la niña, cosía cada noche en su vieja máquina Singer. Era manitas la mujer, solo quería que a Macarena no le faltara nada, que los leotardos estuvieran sin agujeros y los lazos de las trenzas fueran tan bonitos como los de las demás.

Macarena crecía ¡Vaya chica! De esas a las que uno no les podía quitar ojo. Ojos claros, melena dorada, figura esbelta. Pero también era orgullosa de más. Le dolía la pobreza de casa. Quería flores, juventud, discotecas, y al final tenía que apañarse con botas reparadas por tercera vez.

Y llegó aquella primavera. Último curso en el instituto. Esa época en la que las muchachas sueñan y el corazón late fuerte.

Una tarde, Esperanza vino a casa a tomarse la tensión. Era a principios de mayo, los almendros aún andaban en flor. Estaba sentada en el sofá, delgaducha, los hombros afilados bajo el jersey desgastado.

Rosario me dijo, bajito, entrelazando los dedos con nerviosismo , tengo un problema. Macarena no quiere ir a la graduación. Está hecha un mar de lágrimas.

¿Y eso? pregunté, ajustando la manga del tensiómetro en su brazo.

Dice que no quiere hacer el ridículo. La hija del alcalde, Lucía, se ha traído de Madrid un vestido de esos extranjeros, de lo más pomposo. Y yo Esperanza suspiró tan hondo que a mí me dolió el corazón Yo no tengo ni para tela de algodón, Rosario. No queda nada en casa después del invierno.

¿Y qué vas a hacer? le pregunté.

Ya he pensado algo de repente sus ojos brillaron , ¿Te acuerdas de las cortinas de mi madre, esas de raso bueno? Son preciosas Voy a quitarle el encaje viejo y bordarle con cuentas. Va a quedar precioso, ya verás.

Solo negué con la cabeza. Conocía a Macarena. Ella no quería originalidad, quería lujo, una etiqueta de París asomando por el cuello. Pero no le dije nada. La esperanza de una madre es ciega, pero también sagrada.

Durante todo mayo, vi la luz encendida en casa de los García hasta la madrugada. Sonaba la máquina de coser: trá-trá-trá Esperanza tejía su milagro. Dormía tres horas, los ojos rojos, las manos llenas de pinchazos, pero iba feliz.

El desastre llegó unas tres semanas antes de la graduación. Fui a llevarle a Esperanza una pomada para la espalda últimamente se quejaba mucho del dolor de tanto coser encorvada.

Entré en la casa y ¡Madre mía! Sobre la mesa estaba tendido no un vestido, sino un sueño. La tela relucía, tenía un color rosa-grisáceo, como el cielo manchego al atardecer. Cada costura, cada cuenta, estaba hecha con tanto cariño que el vestido parecía iluminar la habitación.

¿Qué te parece? preguntó Esperanza con una sonrisa tímida, infantil. Las manos le temblaban, con los dedos llenos de tiritas.

Es digno de una reina le dije de corazón . Tienes manos de oro. ¿Macarena ya lo ha visto?

No, aún está en clase. Es una sorpresa para ella.

Justo entonces se abrió la puerta. Entró Macarena, colorada, furiosa, lanzó la mochila a un rincón.

¡Otra vez Lucía alardeando! gritó desde el pasillo . Le han traído zapatos de charol de Madrid. ¿Yo qué hago? ¿Voy con las zapatillas rotas?

Esperanza se acercó, tomó el vestido con mimo.

Mira, hija Ya está listo.

Macarena se quedó quieta. Los ojos se abrieron de par en par, repasando la prenda. Creí que iba a alegrarse. Pero de repente se encendió de rabia.

¿Esto qué es? su voz era fría como el viento en enero . ¡Son las cortinas de la abuela! ¡Huelen a naftalina! ¿Te estás quedando conmigo?

Es raso auténtico, míralo cómo cae Esperanza apenas susurraba, acercándose.

¡Cortinas! chilló Macarena tan alto que temblaron los cristales . ¿Pretendes que suba al escenario con una cortina? ¿Para que todos me señalen? La pobre Macarena en la cortina reciclada. ¡No me lo pongo! ¡Prefiero ir desnuda, te juro!

Rasgó el vestido de las manos de su madre, lo tiró al suelo, lo pisoteó, aplastando las cuentas y los sueños de Esperanza.

¡Te odio! ¡Odio esta miseria! ¡Odio tu inutilidad! Todas tienen madres normales, que les consiguen todo, y tú ¡Eres una inútil!

El silencio se quedó tan denso, que parecía que asfixiaba.

Esperanza palideció tanto que se confundía con la pared blanca. No gritó, no lloró. Solo se agachó despacio, recogió el vestido, quitó una pelusa imaginaria y lo abrazó.

Rosario me susurró sin mirar a su hija , vete por favor. Necesitamos hablar.

Me fui, con el corazón deshecho, ganas de coger la zapatilla y darle un escarmiento a esa cría

A la mañana siguiente, Esperanza desapareció.

Macarena vino corriendo a la consulta a mediodía. Estaba pálida, asustada, sin el brillo altivo de siempre.

Tía Rosario Mamá no está.

¿Cómo que no está? ¿No estará en la biblioteca?

No, está cerrada. Tampoco durmió en casa. Y se le partió la voz Tampoco está la virgen.

¿Qué virgen?

La Virgen del Socorro, la del rincón, la antigua, con marco de plata. La abuela decía que protegía la casa. Mamá siempre decía: Es el último pan que tenemos, para el día más negro.

Me temblaron las piernas. Supe lo que Esperanza pensaba hacer. Por aquella época, se pagaba mucho en los anticuarios por vírgenes antiguas, pero podía ser peligroso: gente sin escrúpulos y engaños. Esperanza era confiada, como una niña. Había ido a la ciudad, seguro, a venderla para conseguir el vestido moderno que quería su hija caprichosa.

Ahora sí que estamos en la ruina susurré. Ay, Macarena, ¿qué has hecho?

Tres días vivimos como en el purgatorio. Macarena se mudó a mi casa, tenía miedo de dormir sola. Apenas comía, sólo bebía agua. Se sentaba en el porche mirando la carretera, esperando. Cada vez que oía un motor, corría al portón. Y siempre era un desconocido.

Es culpa mía repetía por la noche, hecha un ovillo Yo la maté con mis palabras. Si vuelve, me arrastro a sus pies. Por favor, que vuelva

Al cuarto día, por la tarde, sonó el teléfono en el centro de salud. Con urgencia.

Cogí el auricular:

¡Dígame! Centro médico.

¿Rosario? voz masculina, cansada Llamo desde el hospital comarcal. Urgencias.

Sentí como si me cortaran las piernas.

¿Qué pasa?

Ingresamos a una mujer hace tres días. Sin papeles. La encontraron en la estación, con el corazón mal. Infarto. En un rato de conciencia, dijo el nombre del pueblo y el suyo. Esperanza García. ¿La conoce?

¡¿Está viva?! grité.

De momento sí, pero está grave. Vengan cuanto antes.

Ir al hospital fue otra odisea. El autobús ya había salido. Fui a suplicar al alcalde que nos dejara el coche. Al final, nos prestaron una vieja furgoneta y Pepe, el conductor.

Macarena fue todo el camino en silencio, agarrada a la puerta tan fuerte que se le pusieron los nudillos blancos. Los labios se movían, rezaba, por primera vez en su vida.

El hospital olía a tragedia: desinfectante, medicinas y esa calma extraña que sólo hay donde la vida y la muerte se miran cara a cara.

El médico salió a recibirnos, joven, los ojos rojos de cansancio.

¿Para ver a Esperanza? Solo un minuto, y nada de lloros delante. No debe alterarse.

Entramos. Máquinas pitando, tubos, luces apagadas. Allí estaba Esperanza

Dios mío, ni parecía la misma. El rostro gris, ojeras profundas, menudita bajo la sábana, como una niña enferma.

Macarena la vio y casi se cayó. Se arrodilló junto a la cama, la cara en la sábana, el cuerpo temblando sin ruido, conteniendo el llanto.

Esperanza abrió los ojos. La mirada perdida, pero poco a poco reconoció a su hija. Su mano, llena de hematomas por las agujas, se movió y acarició la cabeza de Macarena.

Macarena susurró, apenas audible.

Mamá sollozó la chica, besándole la mano fría Mamá, perdóname

Dinero Esperanza movía el dedo sobre la sábana Lo vendí, hija En la bolsa tienes Compra el vestido Con brillos Como tú querías

Macarena alzó la cara, llorando.

Ya no quiero vestido, mamá. Nada quiero. ¿Por qué fuiste? ¿Para qué?

Para que fueras bonita sonrió Esperanza con debilidad Que no fueras menos que nadie

Yo me quedé en la puerta, sin poder respirar, pensando: así es el amor de madre no calcula, no pide cuentas. Da hasta la última gota, incluso si el hijo no ha sabido valorarlo.

El médico nos echó tras cinco minutos.

Basta, se queda sin fuerzas. El peor momento ha pasado, pero el corazón está débil. Tendrá que permanecer mucho tiempo aquí.

Comenzaron semanas eternas. Esperanza pasó casi un mes ingresada. Macarena la visitaba cada día. Por la mañana iba al instituto y luego viajaba en autostop hasta el hospital. Le llevaba comida casera, fruta triturada.

La chica cambió por completo. Se volvió irreconocible. Desapareció todo el orgullo. La casa limpia, el jardín cuidado. Venía cada noche a contarme cómo había ido, con unos ojos adultos.

Sabe, Rosario me confesó una vez , aquella noche que grité, después me probé el vestido, a escondidas. Es tan suave y huele a mamá. Fui tonta. Pensaba que con un vestido caro me respetarían. Pero ahora sé: si mi madre no está, no me vale ningún vestido del mundo.

Esperanza fue recuperándose, despacio. Los médicos decían que era un milagro. Yo pienso que fue el amor de Macarena el que la salvó. Le dieron el alta justo antes de la graduación. Estaba débil, apenas se tenía en pie, pero quería volver a casa.

Llegó la noche del baile.

Todo el pueblo se juntó delante del instituto. Música, bullicio, Hombres G sonando en los altavoces. Las chicas iban vestidas cada una a su manera. Lucía, la hija del alcalde, con su vestido comprado en Madrid, como una tarta nupcial, lucía altiva, rodeada de chicos.

De pronto la gente se apartó, el silencio llenó el aire.

Entraron Macarena y Esperanza. Esperanza pálida, apoyándose en su hija, pero con una sonrisa.

Y Macarena Jamás he visto tal belleza.

Llevaba el vestido hecho de cortinas.

Con la luz del atardecer, ese tono rosa polvo resplandecía con una magia especial. El raso bajaba por la figura con elegancia, el encaje y las cuentas brillaban en el cuello.

Pero lo importante no era el vestido. Se notaba en cómo Macarena avanzaba: con la cabeza alta, pero con una mirada serena y profunda. Llevaba a su madre con tanta ternura que parecía sostener un tesoro. Parecía decir: Mirad, esta es mi madre. Y estoy orgullosa de ella.

Uno de los chicos, el bromista del pueblo, Jesús, quiso hacer burla:

¡Eh, mirad, que va con la cortina!

Macarena se paró, le miró de frente, sin enfado, con pena.

Sí, la cosió mi madre. Para mí, este vestido vale más que el oro. Y tú, Jesús, no entiendes nada si no ves la belleza.

El chico se puso rojo y se cayó. Lucía, que iba de princesa, de pronto pareció deslucida, sin brillo. Porque no hay vestido caro que pronuncie la palabra humanidad.

Macarena apenas bailó esa noche. Se sentaba con su madre en el banco. La tapaba con la chaqueta, le traía agua, la cogía de la mano. Había tanto amor en esos gestos que no pude evitar llorar. Esperanza miraba a su hija y el rostro le brillaba con luz propia. Sabía que todo había valido la pena. Que la virgen, la milagrosa, había obrado el milagro, no con dinero, sino salvando su corazón.

Pasaron los años. Macarena se fue a Madrid, estudió para ser cardióloga. Ahora es una gran médico en la región, cura corazones. Lleva a Esperanza con ella, la cuida como un tesoro. Viven juntas y felices.

Dicen que Macarena buscó la virgen durante años. Pagó mucho para recuperarla, y ahora está en su salón, ocupando el mejor rincón, con una vela encendida noche y día

A veces, cuando veo a los jóvenes de ahora, pienso cuánto daño hacemos por querer aparentar delante de otros, exigiendo, protestando. Y la vida, ay, es tan corta como una noche de verano. Madre solo hay una. Mientras viva, somos niños aún, protegidos del viento de la eternidad. Cuando falte, estamos solos.

Cuidad a vuestras madres. Llamadlas ahora, si las tenéis. Si no, recordadlas con cariño. Ellas, allá arriba, siempre lo escuchan

Estas son las lecciones que me deja la vida: nadie nos amará con el sacrificio y la devoción de una madre, y la auténtica belleza no se mide por telas, sino por el amor con que se viven los días.

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MagistrUm
El vestido ajeno En nuestra calle, justo tres casas más allá del ambulatorio, vivía entonces una mujer llamada Esperanza. Su apellido, sencillo – Beltrán. Era una mujer discreta, callada, tan silenciosa como la sombra de un abedul al mediodía. Esperanza trabajaba en la biblioteca del pueblo. Durante meses no les pagaban el salario, y cuando lo hacían, perdón por la expresión, les daban galochas, vino peleón, o arroz con gorgojos. Esperanza no tenía marido. Cuando se fue a trabajar a Bilbao buscando fortuna, su hija aún lloraba en la cuna; desde entonces, nunca más se supo de él. Si había rehecho su vida, si se perdió por los montes… nadie sabía nada. Así que Esperanza criaba sola a su hija, Luz. Se dejaba la piel por ella, cosía hasta altas horas de la noche con la máquina de coser. Era una artista entre nosotras: lo importante era que a Luz no le faltaran pantys ni lazos tan bonitos como los de las demás. Y Luz crecía… ¡ay, la chiquilla, un torbellino! Guapísima, ojos azul añil, trenza de trigo, cuerpo delicado. Pero orgullo tenía para dar y regalar. Le avergonzaba su pobreza. Le dolía. Es joven, quiere florecer, ir a fiestas, y lleva las botas de plástico remendadas por tercer año seguido. Finalmente, llegó aquella primavera. El último curso. Ese momento en que los corazones de las muchachas laten fuerte y sueñan. Un día, vino Esperanza a verme para tomarse la tensión. Era principios de mayo, y el espino apenas empezaba a perfumar el aire. Sentada en el diván, flaquita, con los hombros duros bajo la blusa lavada. —Valentín—me dijo bajito, entrelazando las manos nerviosas—Estoy en un apuro. Luz no quiere ir a la graduación. Se pone hecha una furia. —¿Por qué?—le pregunté, apretando la muñeca delgada con el manguito. —Dice que no quiere ir a pasar vergüenza. A la hija de la alcaldesa, a Elena, le han traído un vestido de Madrid, extranjero, pomposo. Pero yo…—suspiró tan hondo que casi me duelen los huesos—No tengo ni para tela, Valentín, acabamos el poco ahorro en invierno. —¿Y qué piensas hacer?—le pregunté. —Ya lo tengo—y de repente sus ojos brillaron, volvieron a la vida—¿Recuerdas las cortinas de mi madre que quedaron guardadas en el arcón? El raso es grueso, bueno. El color… precioso. Le quitaré el encaje viejo del cuello, bordaré con abalorios. No será sólo un vestido, ¡será una obra de arte! No dije nada, aunque conocía el carácter de Luz. No quería una obra de arte: quería algo caro, con etiqueta extranjera. Pero guardé silencio. La esperanza de una madre es ciega, pero es sagrada. Todo mayo vi la luz encendida en casa Beltrán hasta bien pasada la medianoche. La vieja máquina de coser retumbaba: tac-tac-tac… Esperanza hacía magia. Dormía apenas tres horas, con los ojos rojos, las manos llenas de pinchazos, pero tan feliz… La desgracia se presentó tres semanas antes de la fiesta. Fui por ungüento para la espalda – Esperanza se quejaba de tanto estar encorvada. Entré a la sala, y… ¡Dios mío! Sobre la mesa no había sólo un vestido, era un sueño. La tela corría fluida con destellos mates, el color noble, rosa grisáceo, como el cielo antes de una tormenta. Cada costura, cada pedrería, cosidas con tanto mimo que el vestido parecía brillar por dentro. —¿Qué te parece?—me preguntó Esperanza, con sonrisa tímida de niña. Las manos temblorosas, todas llenas de tiritas. —Majestuoso—le dije de verdad—Esperanza, tienes manos de oro. ¿Lo ha visto Luz? —No, aún está en el instituto. Es una sorpresa. Entonces, la puerta se cerró de golpe. Entró Luz, furiosa, tiró la mochila en un rincón: —¡Otra vez Elena presumiendo!—gritó—Le han comprado zapatos de charol, ¡merceditas nuevas! ¿Y yo qué? ¿Voy con mis tenis agujereados? Esperanza se acercó, cogió el vestido de la mesa, se lo mostró con mucho cuidado: —Mira, hija… Terminó. Luz se quedó paralizada. Sus ojos se agrandaron, recorrieron el vestido. Pensé que se alegraría. Pero de pronto, explotó. —¿¡Esto qué es!?—fría como el hielo—¡Reconozco esas cortinas de la abuela! Huelen a naftalina desde hace cien años. ¿Me tomas el pelo? —Luz, es raso auténtico, mira qué bien queda…—Esperanza balbuceaba, con la voz rota, acercándose a su hija. —¡Cortinas!—gritó Luz tan fuerte que temblaron los cristales—¿Pretendes que salga al escenario envuelta en una cortina? ¡Que toda la escuela me señale! “La pobre Beltrán disfrazada de cortina.” No me lo pongo, nunca, ¡antes muerta que con esa miseria! Saltó, arrebató el vestido de manos de la madre, lo tiró al suelo y lo pisó con rabia. Justo sobre los abalorios, sobre el esfuerzo de una madre. —¡Te odio! ¡Odio esta pobreza! ¡Odio todo! Todas las madres luchan, se buscan la vida, y tú… ¡Eres una inútil de madre! Quedó un silencio terrible, denso… Esperanza se puso tan pálida como la cal de la chimenea. No gritó, ni lloró. Sólo se inclinó despacio, como una anciana, recogió el vestido y lo apretó contra el pecho. —Valentín—me susurró, sin mirar a Luz—por favor, vete. Tenemos que hablar. Me fui. Tenía el corazón en un puño. Me habría gustado tomar el cinturón y espabilar a esa cría… Al día siguiente, Esperanza desapareció. Luz vino corriendo a mi ambulatorio a mediodía, con el rostro desencajado, sin rastro de soberbia, sólo un miedo animal en los ojos. —Tía Valen… Valentín… Mi madre no está. —¿Cómo que no está? Quizá en el trabajo… —Nada en la biblioteca, todo cerrado. No durmió en casa. Y…—Luz titubeó, el labio tembloroso—Y falta la Virgen. —¿Qué Virgen?—casi me caí de la sorpresa. —San Nicolás. La que estaba en el rincón rojo, antigua, con el marco de plata. La abuela decía que nos salvó de la guerra. Mi madre siempre decía: “Es nuestro último pan, Luz. Para el día más negro.” Se me heló la sangre. Supe lo que Esperanza había hecho. En aquellos años, los anticuarios pagaban fortunas por iconos antiguos, pero te podían robar, engañar, perder en la carretera. Y Esperanza era confiada como una niña. Se fue a Madrid, seguro, a venderlo, para conseguirle a su hija el dichoso vestido “de moda”. —Búscalo como agua en una esparraguera—murmuré—Ay, Luz, ¿qué has hecho…? Tres días vivimos en el infierno. Luz se quedó en mi casa—no se atrevía a dormir sola. Casi no comía, sólo bebía agua. Sentada en el porche, miraba la carretera, esperando. Cualquier ruido de motor le hacía saltar y correr a la verja. Pero siempre eran desconocidos. —Es culpa mía—repetía por las noches, hecha un ovillo. —La he matado con mis palabras, Valentín. Si vuelve… le pediré perdón de rodillas. Sólo que vuelva… Al cuarto día, cerca del atardecer, sonó el teléfono en el ambulatorio. Seco, urgente. Descolgué: —¡Ambulatorio! —¿Valentín?—voz de hombre, cansada, oficial. —Llamamos desde el hospital comarcal. Urgencias. Se me aflojaron las piernas, caí en la silla. —¿Qué ocurre? —Ha ingresado una mujer hace tres noches. Sin documentación. La encontraron en la estación, le dio un ataque al corazón. Apenas ha recuperado el sentido y solo dijo su pueblo y su nombre: Esperanza Beltrán. ¿La conoce? —¡¿Viva?!—grité. —De momento, sí. Pero está muy grave. Vengan urgente. El viaje al hospital fue otra historia. El autobús ya se había marchado. Fui al ayuntamiento a pedir un coche, casi de rodillas. Nos dieron el viejo “Land Rover” con Pedro al volante. Luz no dijo ni una palabra en todo el camino. Apretaba el tirador de la puerta hasta dejar los nudillos blancos, mirando fija al frente. Los labios se movían—rezaba, seguramente. Por primera vez en su vida, rezaba de corazón. El hospital olía a tragedia. A lejía, medicinas y esa quietud especial que sólo se siente donde la vida pelea con la muerte. El médico vino, joven, con los ojos rojos de no dormir. —¿Van a ver a Beltrán? Sólo un minuto. Y nada de lloros, ¡no puede alterarse! Entramos. Los aparatos pitando, tubos transparentes como serpientes. Y allí, nuestra Esperanza… El rostro gris, como ceniza, ojos hundidos, pequeña bajo la sábana del hospital, como una niña. Luz al verla, perdió el aliento. Se arrodilló junto a la cama, escondiendo la cara en la sábana, temblando en silencio. Temía desmoronarse, como había advertido el médico. Esperanza entreabrió los ojos. La mirada aún vaga, confundida. Pero luego, su mano amoratada se posó en la cabeza de Luz. —Luz…—susurró, seca como hoja de otoño—Me encontraste… —Madre—gimió Luz, besando la mano fría—Madre, perdóname… —El dinero…—Esperanza movía el dedo sobre la sábana—Vendí la Virgen, hija… Está en el bolso… Cómprate un vestido… De esos con brillitos… Como tú querías… Luz levantó la cabeza, miró a su madre, las lágrimas cayendo a raudales. —No quiero vestido, mamá. ¿Me oyes? No quiero nada… ¿Por qué, mamá? ¿Por qué? —Para que fueras guapa…—sonrió Esperanza, apenas un esbozo—Para que no fueras menos que nadie… Yo en la puerta, la garganta cerrada, sin respirar. Las miraba y pensaba: esto es el amor de madre. No piensa, no calcula. Lo entrega todo, hasta la última gota de sangre, el último latido del corazón. Aunque el hijo sea un insensato, aunque duela. El doctor nos echó a los cinco minutos. —Ya basta—dijo—No tiene fuerzas. Ya pasó el peligro, pero está muy débil. Tendrá que quedarse. Empezaron días de espera. Casi un mes pasó Esperanza en el hospital. Luz iba a verla todos los días. Por la mañana, instituto y exámenes; por la tarde, como podía, a la ciudad. Llevaba caldos caseros, manzana rallada. La chica cambió—irreconocible. El orgullo desapareció. Todo limpio en casa, huerto arreglado. Venía por las noches a contarme cómo iba su madre, y tenía la mirada adulta. —Sabe, Valentín—me dijo una vez—, aquel día, aunque le grité… Me probé el vestido después, a escondidas. Es tan delicado… Huele a las manos de mi madre. Fui muy boba. Pensaba que si el vestido era caro, la gente me respetaría. Ahora lo sé: si falta mi madre, ni todos los vestidos del mundo sirven. Esperanza mejoró. Lento, con esfuerzo, pero salió adelante. Los médicos hablaban de milagro. Yo creo que fue el amor de Luz que la sacó de las sombras. Le dieron el alta justo antes de la graduación. Estaba débil, apenas caminaba, pero quería ir a casa. Llegó la noche de la graduación. Todo el pueblo frente al instituto. Música, “Los Secretos” sonando por los altavoces. Las chicas, cada una con lo que había. Elena con su vestido de princesa, girando como un pastel de bodas, rodeada de pretendientes. Entonces, la gente se apartó. Un silencio solemne. Entró Luz. Del brazo de Esperanza. Esperanza blanca, caminando despacio, apoyada en su hija, pero sonriente. Y Luz… nunca he visto tanta belleza. Llevaba aquel vestido. Hecho con cortinas. Bajo el sol de la tarde, aquel tono “ceniza de rosa” brillaba con una luz especial. El raso caía perfecto sobre su cuerpo elegante, tapando lo justo y destacando lo más bonito. En los hombros, el encaje bordado con abalorios relucía. Pero lo importante no era el vestido. Era cómo caminaba Luz. Como una reina. La cabeza alta, pero los ojos ya no tenían vanidad. Ahora eran profundos, serenos, con una fuerza tranquila. Llevaba a su madre como si fuera una joya preciosa. Como diciendo: “Mirad, esta es mi madre. Y estoy orgullosa”. Un chaval, Juanito, quiso hacer una broma: —¡Eh, mirad, va la cortina! Luz se detuvo, lo miró despacio, con dignidad y dulzura, sin rabia, con compasión. —Sí—dijo alto para que todos lo oyeran—. Las manos de mi madre lo cosieron. Para mí, este vestido vale más que todo el oro. Y tú, Juanito, eres tonto si no sabes ver la belleza. El chico se sonrojó y calló. Elena en su vestido comprado perdió brillo de repente. Porque la ropa no hace a nadie, no, no lo hace. Luz esa noche apenas bailó. Prefería sentarse con su madre en el banco. La arropaba con el chal, le traía agua, la tomaba de la mano. Y en ese gesto había tanto cariño, tanta ternura que me saltaron las lágrimas. Esperanza miraba a su hija y se le iluminaba la cara. Sabía que todo había valido la pena. La Virgen milagrosa hizo su labor: no ayudó con dinero, sino que salvó un alma. Han pasado muchos años. Luz se fue a Madrid, estudió cardiología. Es una gran médico en la provincia, capaz de devolver la vida. Se llevó a Esperanza con ella, la cuida como a un tesoro. Viven en perfecta armonía. Dicen que Luz encontró después la Virgen milagrosa. La buscó por todos los anticuarios, pagó mucho dinero, y la recuperó. Ahora cuelga en su casa, en el rincón más importante, con una lámpara siempre encendida… A veces miro a la juventud de ahora y pienso: cuánto daño hacemos a los que más nos quieren por la opinión de los demás, exigiendo y protestando. Y la vida es corta, como una noche de verano. Y madre, solo hay una. Mientras vive, somos niños y tenemos una muralla que nos protege de los vientos gélidos de la eternidad. Cuando se va… quedamos a la intemperie. Cuidad a vuestras madres. Ahora mismo, llamadlas si viven. Si no, recordadlas con afecto. Allí arriba, en el cielo, seguro que lo oyen… Si os ha gustado la historia, pasad de nuevo y suscribíos al canal. Seguiremos recordar juntos, llorar y alegrarnos por las cosas sencillas. Para mí, cada suscripción es como una taza de chocolate caliente en una larga noche de invierno. Os espero con cariño.