El único hombre de la familia
Era por la mañana y durante el desayuno, la hija mayor, Carmela, miró la pantalla de su móvil y preguntó:
Papá, ¿has visto la fecha de hoy?
No, hija, ¿qué pasa con la fecha?
Carmela, sin mediar palabra, giró el móvil y en la pantalla se veían los números: 11/11/11 11 de noviembre de 2011.
Es tu número de la suerte, el once, ¡y hoy hay tres seguidos! Este día te va a ir de fábula.
Ojalá, hija mía, ojalá soltó Jacinto mientras untaba mantequilla en la tostada. Viendo tu optimismo, deberías venderlo en botellas.
Sí, papá intervino la pequeña, Jimena, también enganchada al móvil dicen que hoy los Escorpio tendrán un encuentro sorprendente, ¡y recibirán un regalo para toda la vida!
Estupendo. Seguro que ha muerto un primo lejano que no conocemos de nada, y nosotros, por supuesto, somos los únicos herederos Vamos, seguro que era millonario.
De esos que sólo tienen un par de millones de euros, papá se rió Carmela. Para ti tiene que ser un multimillonario, que si no, no nos sirve.
Eso mismo pensaba yo. Y claro, no sé ni qué haríamos con tanto dinero ¿Qué tal si lo primero compramos una villa en la Costa Brava o en Mallorca? Luego un yate
Y un helicóptero, papá se apuntó Jimena con su mirada soñadora. Quiero un helicóptero solo para mí
Eso está hecho, hija. ¿Y tú, Carmela? ¿Qué quieres tú?
A mí me gustaría salir en una peli de Bollywood con Salman Khan.
Poca cosa, anda. ¿Quieres que llame a Amitabh Bachchan y se lo comento? Bueno, soñadoras, id terminando el desayuno, que hay que salir ya.
Es que así no hay manera de soñar en paz suspiró Jimena.
Sí, sí podéis, soñad, pero luego no olvidéis el camino al colegio Jacinto apuró el café y se levantó. Ahora, a clase.
Por algún motivo, esa charla matutina volvió a su cabeza al final del día, empujando el carro de la compra por el supermercado. Había sido un día agotador, lleno de trabajo extra, hasta tuvo que quedarse una hora más en la obra. Nada de buen día, ni regalos místicos ni encuentros sorprendentes.
«La felicidad me ha pasado por encima como si fuera un AVE y yo un caracol», pensó Jacinto, saliendo del supermercado.
Afuera, junto a su viejo Seat Panda, fiel escudero desde hacía casi veinticinco años, se arremolinaba un chaval. Tenía pinta de haber salido de la Guerra Civil: pelo sucio, ropa destrozada, calzado de saldo una zapatilla marrón cuyo color original era ya una incógnita en el pie izquierdo y una bota de seguridad en el derecho, sujeta con un cable azul eléctrico. Sobre la cabeza, un gorro de lana quemado por un lado.
Señor yo tengo hambre ¿me da un poco de pan? Musitó el chaval, mientras Jacinto buscaba las llaves del coche.
La frase sonaba tan fuera de época que debía ser la misma que decían en los años de la posguerra. A Jacinto le vinieron a la cabeza clases de teatro amateur que tuvo de joven, justo sobre cómo una vacilación en la voz podía distinguir si una emoción era real o impostada.
El niño mentía. Aquella vacilación era la sirena de alarma. Todo era un teatro, y además, montado para él en exclusiva. ¿Con qué fin? Si existe el sexto sentido, Jacinto lo tenía a flor de piel.
«Bueno, amigo, si quieres jugar tu partida, yo te la juego. A mis hijas les encanta hacer de detective».
El pan solo no alimenta. Un platito de cocido madrileño, unas papas con bacalao y, de postre, un flan casero, ¿eso te va?
El chaval titubeó un instante, pero enseguida se recompuso, con la mirada encendida.
«Ahí está, ya menos farsa y más instinto», pensó Jacinto.
¿Entonces, qué? ¿Te apuntas?
Sí susurró el niño.
Estupendo. Aguántame esto.
A Jacinto le gustaba hacer la prueba del paquete. Cuando realmente son niños necesitados, nada más darles la compra, salen zumbando, y él tenía cogida la maña de alcanzarlos y regañarles:
No seas bicho, que eres una persona, muchacho
Se tomó su tiempo: buscó las llaves hasta que casi le dio vergüenza, grabó un mensaje largo a sus hijas para que pusieran la olla, y todo para ver si el chaval salía huyendo con la compra. No, allí permanecía firme, mirando el suelo, apretando los nudillos sobre las bolsas de comida.
«Menos mal que hoy no estoy para hacer de Lucía García-Coronas en maratón».
Por fin, abrió el coche:
Adelante, joven, la carroza espera. El cocido está que echa humo.
El muchacho suspiró y, sin apenas mirarle, subió al coche. Fueron en silencio hacia el pueblo, a más de siete kilómetros. Jacinto, soldador del ayuntamiento, vivía allí con sus hijas. Huérfano de orfanato, había criado a sus niñas solo, entregándoles todo el amor que a él le faltó. Siempre ayudaba a niños que estaban solos, los llevaba a su casa, luego a nuevas familias. Si tanto políticos y leyes tontas no pusieran piedras, habría adoptado a todos los niños que cupieran en la casa, aunque su piso fuera pequeño y los euros no abundaran.
Pero, claro, según los burócratas, es mejor que los críos se pudran en un orfanato, porque en una familia monoparental, con mucho amor pero pocos metros cuadrados, no pueden vivir bien. Una lógica de oficina digna de Valle-Inclán.
El chaval no era como los recogidos anteriores. Tenía pinta de haber escapado de casa y apenas sabía estar en la calle. Jacinto recapacitó: «Tal vez fui precipitado en acusarte de mentir. Igual es solo el susto del momento».
Al llegar a casa, las chicas estaban en el porche esperando:
¿Y esto, papá? al fin vieron al niño.
Vuestro famoso encuentro sorprendente, y quién sabe si regalo para toda la vida soltó Jacinto.
Lo que papá trae del súper no tiene fin rió Jimena, asomándose bajo la gorra del crío. ¿Seguro que no lo has cambiado en la caja?
Ni hablar. Se me pegó al pantalón y gritaba que era el regalo prometido del día siguió la broma Jacinto.
¿Y cómo se llama este regalo? preguntó Carmela, recogiendo las bolsas.
Sin etiqueta respondió Jacinto.
Vaya, papá, te han colado uno defectuoso fingió quejido Jimena. Tendremos que devolverlo.
El chico parecía a punto de arrancar a correr, pero Jimena le agarró por el hombro y, con la otra mano, le tocó el gorro:
¿Hola? ¿Hay alguien ahí dentro?
El niño no contestaba, más rígido que el pescuezo de un jamón.
Nada, línea ocupada bromeó Carmela. Vamos dentro, a ver si con wifi habla más.
Carmela le echó una mirada a Jacinto. Con un parpadeo se entendieron: ponían en marcha la vieja táctica de poli bueno, poli malo.
Jimena, trae el regalito dentro. Vamos a ver qué misterioso objeto hemos recibido hoy.
Las chicas, agarrándole como una pinza, pasaron adentro. Jacinto siguió con su ritual vespertino de meter el coche en el garaje y dejarlo listo para el día siguiente.
Después de tres tandas de cinco minutos, Jimena apareció en la puerta del garaje, jadeando:
¡Papá, este chico miente!
¿Y eso cómo lo sabes?
Sencillísimo, Watson dijo con sorna. No huele a niño de la calle, huele a hogar, y mucho. Le he olido.
¿A flan? ¿A jabón? ¿A leche fresca?
No, mira le mostró la mano manchada de negro. Huele a maquillaje.
¿Maquillaje?
¡Premio! El chaval se ha embadurnado entero para dar pena.
Dijo que se llamaba Toro. Busqué en Google: Toro, animal fuerte. Pero detrás de tanto disfraz había un plan: acercarse, observar, actuar.
Papá intervino Jimena, dejando a un lado la broma, yo creo que se ha montado el teatro solo para ti. Quiere entrar en casa.
¿Un infiltrado? Jacinto fingió suspicacia. ¿Vamos a tener que requisar la cocina?
Pero no hacía falta mucho. Carmela salió gritándole a Jimena:
¿Queda ácido sulfúrico?
Sí, media garrafa. Lo traigo. Pasó corriendo junto al padre y añadió: Ahora los disolvemos en la pila y ni rastro.
Sois unas brujas, de verdad suspiró Jacinto.
Nada más entrar, las chicas acababan de poner la mesa. El niño ya sin disfraz, pelirrojo de verdad, parecía otro. Ahora sí, era visible: calculó unos diez años, buena presencia, camiseta a rayas, pantalones cortos y sin zapatos.
Anda, Toro, a la mesa dijo Jimena. ¿Esto lo comes? ¿O prefieres pienso, como buen toro?
O ensalada de alfalfa siguió Carmela.
Chicas, a comer sin bromas cortó Jacinto. Atentas a vuestras cucharas.
El niño, ya relajado, comía con la confianza de quien cena entre familia.
«Algo tiene este chico pensaba Jacinto mientras le miraba de reojo. Todo apunta a que quería venir aquí. Pero si no busca robar ni ocultarse ¿Para qué?».
Papá, que te has ido de la olla le interrumpió Carmela tirándole de la manga. ¿Quieres más?
No, muchas gracias, cocineras. ¿He dormido mucho?
Muchísimo saltó Jimena. Nuestras hijas ya han crecido, se casaron y todo. Hola abuelo, aquí tus nietas.
Y este, ¿es tu pretendiente? bromeó Jacinto señalando al chico.
No, abuelo, es nuestro toro doméstico dijo Jimena, acariciando su cabeza.
Lo estamos engordando, dicen que subirá la carne en verano siguió Carmela.
Chuletón, será. Jimena revolvía el pelo del niño.
¡Ya está bien! saltó de pronto el chaval, algo rojo. Carmela, Jimena me rindo. Se acabó. Don Jacinto, perdone usted este numerito
Tranquilo, siéntate y cuéntanos, pero con la verdad.
Sí, nada de mentiras o lo noto saltó Jimena, levantando el pulgar.
No quiero mentir, me da rabia
La historia era tan sencilla que dejó mudas a las tres. El chico se llamaba León Toro (sacó el libro de familia para probarlo), tenía un día más que Jimena, o sea, once años también. Perdieron a su padre, guardia civil, en una operación. Su madre, embarazada entonces, solo pudo salvar a la hermana pequeña, también Jimena. Quedaron cuatro hermanos y casi ningún familiar. La hermana mayor, Sofía, apenas era mayor de edad, pero luchó para no dejar que los separasen.
Un día, León notó a su hermana extraña, como enferma: estaba enamorada. Jamás se habían ocultado nada, así que acabó confesándole el nombre: Jacinto Fernández, un soldador divorciado del ayuntamiento, con dos hijas. Un hombre de fiar, que ayudaba niños y que, además, había crecido en un orfanato. León, como único chico, sentía que debía asegurarse de que la familia era el sitio adecuado para Sofía, así que urdió un plan: hacerse pasar por niño perdido para observar in situ.
No contaba con dos detectives como Jimena y Carmela, que le sacarían la verdad en menos de diez minutos.
De verdad, me habéis gustado mucho dijo León, mirando a las chicas. Carmela, Jimena, sois geniales. Don Jacinto, por favor, acepte a mi hermana Sofía como esposa. No se arrepentirá. Se la doy de corazón, como único hombre en la familia.
¿Qué os parece? dijo Carmela sonriendo a su hermana. Papá, ¿nos vamos de pedida?
Esto parece película, la verdad sonrió Jacinto. Yo también pensé en Sofía muchas veces. Pero, tras mi primer matrimonio la vida
Papá, suelta el rollo. le cortó Carmela, cómplice.
Bueno, venga. Yo solo quiero que haya amor. Aunque una familia grande da respeto.
Sofía tiene 23 años saltó León. Está perfecta para ti.
Papá, sólo te lleva diez años añadió Jimena. Eres todavía joven, podéis ayudaros. Nosotras os echaremos una mano, ¿a que sí, León?
Por supuesto.
¿Sí, papá, sí?
Bueno vamos a preguntarle a la novia
Sofía dice que sí afirmó León, solemne, apretándole la mano a Jacinto. Gracias, don Jacinto. Como único hombre en casa, de corazón se la entrego.
Jacinto le abrazó emocionado, con el nudo en la garganta. Carmela también tuvo que sonarse la nariz.
Papá ató cabos Jimena, para cortar antes de que las lágrimas lo inundaran todo, ¿ves? Por la mañana te reías de las supersticiones, pero al final se cumplieron: encuentro especial, regalo para toda la vida. Una familia grande y feliz. Era lo que siempre habías deseado, papá, y mira, ha llegado.







