El único hombre de la familia
Aquella mañana, mientras desayunábamos en la cocina del antiguo piso madrileño, mi hija mayor, Inés, sin apartar la vista de su móvil, lanzó una pregunta:
Papá, ¿has visto la fecha de hoy?
No, hija, ¿qué tiene de especial?
Inés giró el móvil hacia mí. En la pantalla aparecían unos números curiosos: 11.11.11, es decir, 11 de noviembre de 2011.
Es tu número de la suerte, papá: el once, y hoy viene triplicado. Seguro que te espera un día grandioso.
Ojalá, Inés. Con tus palabras, me endulzarías hasta el café dije yo esbozando una sonrisa.
La menor, Carmen, también absorta en su móvil, intervino:
Papá, dice el horóscopo que hoy los Escorpio van a hacer un encuentro especial y recibir un regalo de esos que duran toda la vida.
¡Ah, estupendo! Igual resulta que ha fallecido algún pariente desconocido en Francia o Alemania, y somos nosotros los herederos, claro, millonarios
No, no, papá, seguro que multimillonarios respondió entre risas Inés, siguiendo mi broma. A ti un simple millón de euros te sabe a poco.
Eso es, hija. ¿Y qué haríamos con tanto dinero? Por ejemplo, podríamos comprarnos una casa en la Costa Brava o en Mallorca. Y luego un yate
Y un helicóptero, papá añadió Carmen mientras fingía entusiasmo. Yo quiero uno propio.
Marchando un helicóptero para Carmen. ¿Y tú, Inés? ¿Qué deseas?
Quiero salir en una película con Antonio Banderas.
Eso está hecho. Llamo ahora mismo a Almodóvar y nos apaña un papel Bueno, chicas, id acabando el desayuno, que en seguida tenemos que salir.
Ni soñar nos dejas, papá suspiró Carmen.
Hay que soñar, hijas, siempre dije mientras apuraba mi café y me levantaba de la mesa. Pero sin olvidarse del colegio
Ahora, décadas después, aún recuerdo aquel desayuno cada vez que el otoño viste las calles de Madrid. Ese día, sin embargo, no fue especialmente dichoso, sino uno más de esos llenos de trajín: trabajo extra, salí tarde del taller y estaba agotado. Nada de encuentros especiales, ni regalos inolvidables.
Menuda suerte, pasó mi felicidad volando sobre la Plaza Mayor, pensé mientras salía del supermercado con las bolsas.
Y entonces, al llegar al viejo SEAT 124 familiar casi un miembro más de la familia vi a un chiquillo dando vueltas a mi alrededor. Era, sin duda, un niño de la calle. Su aspecto lo gritaba: ropajes andrajosos, zapatos desparejados una sandalia raída y una zapatilla descosida atada por un cable azul, un gorro de lana con la orejera quemada. Era un crío digno de los cuentos de la posguerra.
Caballero yo tengo hambre, ¿me daría pan? balbuceó el muchacho con voz insegura.
No fue el lamentable aspecto lo que me tocó el alma, ni la frase que parecía salida de una novela de Galdós. Fue más bien esa vacilación en la voz; recordaba las clases de interpretación de mi juventud en el grupo de teatro del barrio: una vacilación tan sutil marca la diferencia entre verdad y mentira.
Aquel niño no era sincero. Mi intuición me decía que aquello era una representación, una pantomima montada solo para mí. ¿Por qué? ¿Qué pretendía?
Interesante. Vale, pequeño, seguiré tu juego. Y seguro que las chicas disfrutan luego con la historia: se mueren por jugar a detectives, pensé.
El pan está bien, pero mucho mejor sería un plato de cocido, luego chorizo frito, una buena tortilla de patata y, de postre, leche frita bien calentita. ¿Qué te parece?
El crío se quedó boquiabierto, pero reaccionó rápido; frunció el ceño y me miró de reojo.
Bien jugado, pensé. Menos teatro y más persona. Veamos a dónde lleva esto.
¿Te animas? ¿Sí o no?
Sí musitó apenas audible.
Perfecto. Sujeta esto, por favor.
Con esa prueba siempre sonreía. Los niños realmente hambrientos, cuando les dabas comida, solían salir huyendo cargados con lo que podían. Yo, entonces, les soltaba una broma y les advertía:
No te portes como un animalillo, que eres un chaval
Metí la mano en el bolsillo buscando las llaves, luego hice una llamada a casa sin dejar de observarle por el retrovisor.
Inés, ¿pusiste ya las patatas a cocer? ¿Y preparasteis la ensalada? Genial. Por favor, aparta un poco de cocido en un cazo pequeño y caliéntalo. Llego en veinte minutos. Hasta ahora.
El chico no se movió ni un centímetro, el paquete de comida bien apretado entre sus manos. Gracias, amigo, pensé al ver que no tenía que salir corriendo detrás de él.
Adelante, señorito le abrí la puerta, tu carruaje está listo. Vamos que la comida se enfría.
El niño, cabizbajo, subió al coche con timidez.
Condujimos en silencio los siete kilómetros hasta nuestro pueblo, en las afueras de Alcalá de Henares. Yo llevaba años trabajando de soldador para el ayuntamiento y vivía solo con mis hijas desde que su madre nos dejó por un poeta argentino. Siempre he sentido especial debilidad por los niños huérfanos o abandonados, tal vez porque nunca supe lo que era tener padres. En cuanto podía, ayudaba, buscaba familias para los que no tenían suerte. Si no fuera por las absurdas leyes y los empapelados que ponen los burócratas, habría adoptado a todos los niños perdidos de Madrid. Pero claro, no tiene usted recursos suficientes, es padre solo, ya tiene dos hijas pequeñas Siempre las mismas excusas. ¿Acaso en un centro estarían mejor? Ya lo he vivido y no el amor es lo que necesitan, no metros cuadrados ni cheques al portador.
Miré de reojo al chico: seguía encogido, la gorra tapándole media cara, sin decir palabra. No parecía de un centro, más bien era un muchacho que acababa de escaparse y le temblaba todavía el alma.
Quizá juzgué demasiado rápido; está en shock, y por eso lo vi como farsa Tranquilo, amigo. Llegaremos, te lavaremos, te daremos cena y cariño y cuando descanses ya nos contarás tu historia. Todo saldrá bien”.
Mis hijas nos esperaban en la puerta, correteando como siempre, impacientes por descargar la compra.
¿Y este quién es, papá? preguntaron al ver al muchacho.
Este es, hijas mías, ese encuentro especial y ese regalo que os prometía el horóscopo dije mientras sonreía.
¡Genial, papá! dijo Carmen mientras se asomaba a la cara del niño levantándole la gorra. Este regalo es la bomba, aunque lo mismo te has equivocado y es de otra familia
¿Y cómo se llama este regalo? quiso saber Inés mientras apilaba las bolsas en la encimera.
Sin nombre, hijas.
¿Ni una etiqueta ni el precio, papá? insistió Carmen.
Nada de nada.
Te han colado uno defectuoso, papá bromeó Carmen. No te preocupes, lo reciclaremos igual.
El chico se puso tenso, a punto de salir disparado. Pero Carmen, que siempre ha sido rápida, lo sujetó del hombro:
A ver, ¿quién vive en esta cabecita? le dijo dándole un golpecito en la gorra.
El chaval no respondía, parecía encogerse más todavía.
No contesta, papá. Lo mismo aquí dentro no hay cobertura. Vamos a ver si en el salón se anima dijo Inés.
Entendí al instante lo que querían hacer: cuando alguno de estos chicos llegaba a casa asustado o desconfiado, ellas jugaban a “buen y mal policía” para sacarle la verdad.
Cinco minutos, eh gesticulé yo para que me entendieran.
Con tres nos sobra replicó Inés en voz baja.
Venga, Carmen, lleva el regalito al interior, veamos qué tiene dentro.
Mis hijas, bien entrenadas, se llevaron al chico casi a la fuerza. Mientras, yo metí el coche en el garaje y me aseguré de que estuviera listo para el día siguiente. Pasaron sus buenos quince minutos antes de que Carmen apareciera de nuevo, con la cara encendida:
¡Papá, nos ha mentido!
¿Cómo lo sabes, hija?
Facilísimo, papá. Este niño no huele a calle, es casero de los pies a la cabeza.
¿Lo has olido? sonreí.
Exacto. ¿Adivinas a qué huele?
¿A roscón de Reyes, a jabón para niños, a leche entera?
Te quedan tres intentos. Mejor mira esto me mostró la mano manchada de un polvo negro.
¿Hollín?
No, papá. Huele tú mismo.
Olfateé y raspé una manchita: era maquillaje.
¡Por San Isidro! solté. Así que se disfrazó de niño perdido
Dice que se llama Toro. Seguro es un mote de la calle. Lo busqué, toro es el que lidera la manada
¡Pues a engordar el toro! bromeé yo.
Ahora en serio, papá. Estoy convencida de que Toro vino directo a por ti. Se maquilló, se puso los harapos y todo para estar aquí. Es un Teatro de Un Solo Actor, TOUA.
¿Y para qué?
Eso nos preguntamos Inés y yo, pero no habla. Dale un poco más y verá cómo canta.
Antes de que pudiera decir nada, Inés salió gritando:
¿Nos queda un poco de ácido? preguntó en broma, con una garrafa en la mano.
¡La mitad de una garrafa, lo bajo ya! seguía la broma Carmen. Ahora los deshacemos en ácido y los tiramos por el desagüe
¡Sois unas villanas! reí yo.
¡Villanas! corrigió Carmen entre risas y huyó a la cocina.
Entré tras ellas. El pobre chico estaba sentado en el banco central, mirando de soslayo mientras ellas repartían platos y cuchillos como si nada. Ahora podía verle bien: cabello rojizo y cortito, unos diez años, camiseta a rayas rojinegras heredada de algún hermano, pantalón vaquero roído, pies descalzos escondidos bajo la silla. Se secaba el pelo con una toalla.
A la mesa, Toro. ¿Te gusta esto o prefieres un poco de pienso para animales? ironizaba Carmen.
O le podemos hervir trigo como a los pavos añadía Inés.
Basta, niñas corté yo. A comer, que el estómago está vacío.
Qué cambios en unos minutos, pensé mientras observaba al niño. Ahora se sentaba erguido, miraba casi desafiante, como si estuviera en la mesa de su casa y no en la nuestra, como si la trama que había montado allí fuera cosa de otro.
“¿Por qué, chico? Estaba claro que tu espectáculo era para llegar aquí. ¿Por qué querías tanto entrar? No tienes pinta de buscar pelea ni eres de esos que venían para abrir la puerta a una banda. Eres un solitario. ¿Qué buscas realmente?”.
Papá, ¿te has dormido? me sacó del ensueño la voz de Inés. ¿Quieres más?
No, gracias, hijas. Ya me habéis dado salud para una semana. ¿He estado mucho rato en las nubes?
Mucho, mucho saltó Carmen. Tus hijas ya se casaron, tienes nietas, y este chico es tu yerno.
Anda ya sonreí. ¿Y Toro?
Toro es nuestro nuevo amigo. Lo cebamos porque dicen que este verano la ternera sube de precio Carmen le revolvía el pelo como si fuera un cachorro.
Vale, suficiente ya el chico se puso en pie de golpe, nervioso. Ya está, chicas, no sigáis. Yo yo me rindo. Don Jaime, lo siento mucho por toda esta farsa
Siéntate y relájate le dije despacio. Ahora, cuéntanoslo todo desde el principio y, por favor, sin esconder nada.
Sí no aguanto más Es muy sencillo, pero no sabría cómo empezar
Nos sorprendió a todos. El chico sacó de su bolsillo un destartalado carné de familia numerosa a nombre de Martín Toro Pérez. Tenía solo un día más que Carmen, once años justos. Su padre murió en un accidente de tráfico cuando Martín y su hermana pequeña que casualmente también se llamaba Carmen apenas eran bebés y su madre, sola y sin apenas familia, siempre tuvo problemas para sacarles adelante. Su hermana mayor, Sofía, había luchado contra mil adversidades para no acabar todos en distintas casas de acogida. Desde pequeños, los mayores se habían convertido en padres de los menores.
Hace solo un mes, Sofía empezó a comportarse raro. Martín creyó que estaba enferma y temía quedarse solo con las niñas. Al final, ella le confesó que se había enamorado, como una loca. Le contó que el hombre que le robó el corazón se llamaba Jaime Fernández Hidalgo, trabajaba de soldador, no bebía, no fumaba, hacía más de diez años que se había divorciado y criaba a sus dos hijas solo porque su mujer lo dejó por un argentino. Pero le dijo Jaime no sabía nada de ellas; Sofía no se atrevía a confesarle que tenía media familia a su cargo.
Martín entonces ideó lo que consideró un plan maestro: hacerse pasar por un niño de la calle, colarse en la casa de Jaime, investigar a fondo al que tal vez sería su futuro cuñado, ver cómo se comportaba en casa, con sus hijas, y decidir si era digno de Sofía. Pero no sabía que Carmen e Inés lo pondrían contra las cuerdas en minutos.
Me habéis caído todos muy bien, la verdad. Carmen, Inés, sois fantásticas Y usted, don Jaime, si pudiera acepte a mi hermana. No se va a arrepentir. Ella es buena, de verdad, como mamá Ella quería decírselo, pero tenía miedo
¿Miedo a qué? preguntó Inés.
A que usted no quiera casarse con una mujer con tantos niños a su cargo
¡Martín! ¡Eso no se pregunta! protestó Carmen sacudiendo el aire. Eso es lo que importa menos, hombre.
Venga, papá, ¿sigues en shock o qué? bromeó Inés, rodeándome el brazo con Carmen y mirándome fijamente. ¿Vamos a pedir la mano de Sofía o qué?
Me reí, emocionado, y ahora, con los años a mis espaldas, aún recuerdo ese instante en que di la mano a Martín, el único hombre de su familia, y le prometí cuidar de Sofía y de todas sus niñas como si fueran propias.
La vida nos regaló aquella noche lo que tanto habíamos soñado: una gran familia donde nunca falta cariño ni un motivo para reír, y donde soñar no solo estaba permitido, sino que era cuestión de cada día, como un desayuno con churros y chocolate caliente junto a mis tres hijas y, desde entonces, también con el propio Martín, el verdadero regalo de nuestras vidas.







