El último vestido
Hija, la hija de mi compañera Rosa Fernández se va a casar, quieren encargarte un vestido de novia. ¿Te animas?
No, mamá, tengo muchísimo trabajo, no llego a nada. Que busquen a otra modista.
Pero es que sólo quería que fueras tú, dicen que coses fenomenal, todas te recomiendan.
De verdad, no puedo…
Bueno, ellas se disgustarán, claro…
Carmen trabajaba desde casa, la clientela nunca le faltaba y se veía obligada a rechazar a muchos. Desde pequeña, al vestir a sus muñecas, ya sabía que quería dedicarse a la costura. Tras acabar el instituto, tuvo claro el camino.
Sus prendas eran muy cuidadosas, caían perfectas sobre los cuerpos, las clientas salían siempre encantadas. Su trabajo no sólo le daba placer, también un buen sustento. Y eso que, a pesar de la oferta de las tiendas, muchas seguían prefiriendo los trajes hechos a medida.
Una semana después, su madre apareció llorando en la puerta.
Hija, qué desgracia… La hija de Rosa Fernández, la que quería el vestido de novia, ha fallecido en un accidente junto con su prometido. Iban en coche a visitar a unos familiares en Valencia, y el chico, David, se quedó dormido al volante de noche. Perdieron el control y chocaron contra un árbol. Eran tan jóvenes, tan felices, preparando la boda… y ahora, en vez de boda, hay funeral… Qué injusticia.
A Carmen se le encogió el alma. Qué cruel puede ser la vida…
Ahora los padres tendrán que comprar el vestido, lo enterrarán con él… No llegaron a encargártelo… Qué horror, enterrar a una hija así…
Esa noche, Carmen no dejó de pensar en la tragedia. No había tenido hijos, los médicos le diagnosticaron esterilidad. Sufrió mucho, pero con el tiempo se resignó. Y ya tenía una edad, cumplió cuarenta y tres hace poco. Se imaginaba el dolor de enterrar a un hijo, y sentía compasión por aquellos padres.
De repente, una ráfaga de viento abrió la ventana de su taller. Desconcertada, Carmen se acercó a cerrarla: no comprendía cómo podía haberse abierto sola.
Al regresar al escritorio, vio junto a la mesa a una joven. Parecía casi transparente, traslúcida.
Ya trabajo demasiado, ya empiezo a ver visiones Me tengo que ir a dormir ya
¿Podrías coserme un vestido, por favor? No pude casarme aquí, al menos quiero marcharme vestida como deseo… Será mi último vestido… David y yo estaremos juntos para siempre. Así estaba escrito…
Pero… ¿quién eres? ¿Qué broma es esta?
Soy Lucía, la hija de Rosa. Solo tú podrás coserlo como sueño…
Se me ha concedido ver lo que hay después y, ¿sabes?, es maravilloso. No temo marcharme, sobre todo porque él estará conmigo… Solo quiero ser guapa una vez más, por favor…
Carmen no daba crédito. ¿Le estaba pasando de verdad? Parecía una escena de película. Absurdo.
Tenía que dormir. Seguro que la imaginación, desbordada por la tragedia, le jugaba una mala pasada…
Carmen se acostó y cayó en un sueño profundo. Por la mañana, intentó convencerse de que lo había soñado, fruto del cansancio.
Cuando tocó recogerse temprano esa noche, tras ordenar su mesa, de nuevo la vio: la joven, envuelta en una bruma translúcida.
Empiezo a acostumbrarme a mi estado… Lo peor es ver a mi madre así… Intenté acercarme, hacerme notar, pero está tan abatida que no percibe mis vibraciones. Tú sí puedes, no todos tienen ese don.
Lucía, ¿qué ocurrirá cuando te entierren? ¿Te irás al cielo? ¿Cómo es eso?
Mi guía me dijo que, durante un tiempo, seguiré en el lugar donde vivía. Luego me llevará donde corresponde… No puedo contar más cosas, está prohibido. Se me han revelado muchas verdades. La muerte no es terrible, es simplemente otro estado, donde seguiré existiendo. Y volveré, en otro cuerpo, ni siquiera sé si de niña. Pero quiero terminar este viaje terrestre como una novia guapa. ¿Me ayudas?
Carmen suspiró, sin saber cómo podía coser un vestido para quien ya no estaba…
No sé ni siquiera qué clase de traje quieres, ni tu talla… ¿Y qué le digo a tus padres?
Cóselo sin preocuparte. Todo encajará. Mira, debe ser así.
La joven giró por la sala, mostrando un vestido blanco precioso, todo de encaje. Carmen estudió bien el corte y los detalles. El vestido, desde luego, era espectacular.
Se puso a dibujar el boceto, fijándose en cada adorno. Cuando terminó, Lucía se desvaneció como el humo.
Al día siguiente, Carmen se acercó a su escritorio y, al ver el boceto, se dio cuenta de que no había sido un sueño.
Fue a la mercería, compró el encaje más delicado y la mejor tela. Lo calculó a ojo: Lucía era menuda y delgada. Al volver, se puso a coser, perdiendo la noción del tiempo. Ya era de noche cuando su marido la sacó del trance.
Carmencita, ¿te encuentras bien? Te noto rara desde hace días…
Te contaría, pero seguro que me tomarías por loca… Mejor nada, no te preocupes…
En apenas dos días, el vestido estaba terminado. Nunca le resultó tan fácil y tan rápido coser, como si alguien guiara sus manos. Lo colocó cuidadosamente en el maniquí y lo contempló con tristeza: qué injusto, Lucía no había podido llegar a ser novia
Aquella noche su madre llegó con novedades.
Fíjate hija, no han logrado enterrar todavía a Lucía… Que si el forense no entregaba el cuerpo, problemas con los papeles… Y no encuentran vestido de novia, nadie les quiere vender, una cosa rarísima Rosa está deshecha.
Mamá, el vestido de Lucía lo tengo yo cosido… Que lo lleven, es para ella…
Pero, hija, me habías dicho que no lo harías, ni tenías sus medidas…
Mamá, créeme, así debe ser.
Al día siguiente, la familia de Lucía vino a por el vestido. Carmen no cobró ni un euro.
Lucía y David fueron enterrados juntos. El vestido encajó a la perfección: como por milagro, su cuerpo se volvió suave, como vivo, para poder ponérselo.
Hija, iba tan guapa que parecía sonreír en el ataúd… Dios los tenga en su gloria…
Días después, Carmen soñó con Lucía. Bailaba con David, feliz, en un jardín precioso, lleno de flores extrañas y pájaros. Cuando terminaron de bailar, Lucía la miró y le sonrió.
Es fabuloso, gracias. Soy feliz. Y pronto llegará a tu vida Alicia. He querido mostrarle el camino hacia ti…
Carmen se despertó de golpe. Lucía era feliz, el vestido le gustó… ¿Pero quién sería Alicia?
Volvió a sumergirse en el trabajo, pero el tema no se iba de su cabeza. De vez en cuando visitaba a su amiga para despejarse, charlaban y recordaban viejos tiempos tomando té.
Ay, Verónica, últimamente me encuentro fatal, tengo que mirar el estómago, y al ginecólogo también debería ir, hace mucho que se me retiró la regla. Mañana mismo pido cita privada, que no quiero perder el día esperando en la Seguridad Social.
¡Carmen, sí que te dejas! Tienes que cuidarte más…
***
Carmen, estás embarazada. Es sorprendente, con tu edad pocas pueden lograrlo…
Eso no puede ser, llevo años diagnosticada de infértil. Haga otra prueba…
No hay duda. Mire, aquí en la pantalla: los bracitos, las piernas, el corazón late perfecto. Todo va normal. Y es una niña. Enhorabuena.
Carmen salió de la consulta llorando de alegría. Un milagro, después de tantos años… ¡Una niña! Así que Lucía le hablaba de Alicia; ¡al fin llegaba su hija!
Compró un ramo de flores y fue directa al cementerio, buscando la tumba de Lucía. No sabía dónde estaba, pero sus pies la llevaron hasta ella.
Gracias, Lucía. Me has dado lo más valioso, una hija… Espero que tú y David seáis felices allí donde estéis…
Dejando el ramo, Carmen salió del cementerio con una sonrisa, acariciando su vientre. Si no llega a ayudar con el vestido, nunca habría llegado Alicia. Haz el bien, y la vida te lo devuelveDicen que la vida es un hilo sutil que se teje con misterios y azares; Carmen, modista de manos prodigiosas, lo supo mejor que nadie. Preparó un pequeño ajuar blanco para Alicia, cosido con la misma devoción y ternura con que un día vistió en sueños a Lucía. Cada puntada era una oración silenciosa, un lazo entre el mundo de los vivos y el de los que, de algún modo, nunca se han ido del todo.
Pasaron los meses. El taller se llenó de telas suaves, de risas, de esperanza renovada. Cuando Alicia abrió por fin sus ojos al mundo, Carmen la envolvió en la manta nacarada y sintió, por un instante, el perfume de lilas y la brisa ligera que tantas noches había acompañado la presencia de Lucía. Cerró los ojos y, bajo el parpadeo dorado del sol que entraba por la ventana, le pareció oír una voz lejana y dulce: Siempre harás el vestido perfecto, porque coses con amor.
Afuera, el viento de junio agitó las cortinas. Alicia dormía, y Carmen supo que, de algún modo inexplicable, la vida se había bordado con hilos de milagro. Y en el silencio luminoso, mientras acariciaba la mejilla suave de su hija, comprendió que toda despedida oculta una promesa, y que toda lágrima, siembra una flor.






