El último encuentro en el parque otoñal

La última reunión en el parque de otoño

Se encuentran de nuevo en el mismo parque donde todo empezó hace veinte años. No por un plan, sino por el capricho del viento otoñal que recorre la ciudad como quien hojea las páginas de vidas pasadas.

Alberto camina por la alameda, iluminada por faroles de hierro forjado, y en el bolsillo de su abrigo lleva un ticket arrugado del tren que parte esta noche. Se va para siempre, y este paseo constituye su silencioso adiós a la ciudad que ha guardado todo su verano y su primera juventud.

Ella está sentada en la banca que comparten. Esa misma, con el borde del asiento astillado y unas iniciales talladas «M.+C.» en el respaldo. Lleva un abrigo beige y contempla el estanque donde los patos picotean el pan que algunos transeúntes les lanzan.

Alberto se detiene y su corazón da aquel viejo movimiento olvidado: no late, sino que oscila como un péndulo que marca el tiempo hacia atrás. La reconoce entre mil, no por el elegante hombre algo cansado, sino por el gesto de la cabeza, por la forma en que cruza las manos sobre las rodillas.

¿Carmen? balbucea, y su voz suena ronca y extraña.

Carmen se vuelve, no con sobresalto, sino como si esperara que la llamaran. Sus ojos grisverdes se agrandan.

¿Alberto? Dios mío Alberto.

Él se acerca y se sienta a su lado, dejando entre ellos una distancia que fácilmente podría acoger dos décadas. El aire huele a hojas húmedas, a humo leve y a perfumes caros, ya no a los dulces y atrevidos de la juventud.

¿Qué haces aquí? preguntan casi al unísono y sueltan una risa torpe.

Resulta que ella ha venido a pasear tras una reunión en la Universidad Complutense, que está cerca. Él, en cambio, se despide.

Se instala una pausa, cómoda y pesada a la vez.

¿Recuerdas? empieza ella, mirando el agua, cómo nos conocimos aquí por primera vez? Ibas en patineta y casi me vuelves a pisar.

No «casi», sí te golpeé sonríe Alberto. Caíste en un charco y, en vez de disculparme, empecé a gritar que habías roto mi patineta.

Yo lloré no por los pantalones rotos, sino porque eras tan maleducado niega Carmen, y en el rabillo de sus ojos aparecen arruguitas que le parecen joyas más preciosas que cualquier adorno. Y al día siguiente llegaste con una caja de bombones Arcoíris.

Y nos quedamos en esa banca hasta que se hizo de noche concluye él en voz baja.

Entonces la memoria, como un viejo proyector, se enciende y proyecta en la actualidad imágenes luminosas y algo descoloridas. Los ven, jóvenes y cómicos, asando salchichas al fuego con amigos; ella, embarrada de salsa, le alimenta con el tenedor mientras él finge morder su dedo. Corren bajo una lluvia torrencial después del estreno de una película, empapados hasta los huesos, gritando de alegría. Alberto le regala en su cumpleaños una sortija de plata con un zafiro diminuto, pagada con los ahorros de aquel verano, y ella llora, llevándose la mano a los labios.

Conversan ahora de todo eso y las palabras fluyen como si no hubieran estado enterradas durante años bajo la rutina y las desilusiones de la vida adulta.

¿Te acordaste de la pelea por la universidad? pregunta Carmen. Querías ir a Barcelona, yo no podía ir por culpa de mi madre.

Era un idiota susurra Alberto. Decía que, si amabas, irías al fin del mundo.

Yo decía que, si amabas, lo comprenderías exhala ella. Éramos tan jóvenes y tan seguros de que el amor era una fuerza mágica que lo resolvía todo. Pero resultó ser frágil, como el primer hielo del estanque.

Se quedan en silencio. El viento despega otra tanda de hojas del arce y giran en un lento vals de despedida.

¿Todo bien para ti? le pregunta, ya sabiendo la respuesta. Bien no es la palabra que describa su vida. Ella tiene familia y trabajo, él dirige su propia empresa en otra ciudad, con sus preocupaciones. Todo es correcto, normal, habitual, pero no «bien» en el sentido que dos veinteañeros le daban a la palabra en aquella banca.

Sí contesta ella, y en sus ojos él lee lo mismo. Todo bien.

Alberto mete la mano en el bolsillo y aprieta el ticket, el papel que lo separa de la ciudad, del parque, de ella.

Sabes, dice, sacando la mano, aún recuerdo cómo olían tus cabellos. No era perfume, sino solo cabello, una mezcla de champú de manzana y sol.

Carmen lo mira y sus ojos brillan.

Yo recuerdo tu silbido. Tenías un silbido especial, con dos dedos. Silbabas al acercarte a mi portal y yo salía al balcón como una loca.

Intenta silbar ahora, pero sale una nota tímida y vacilante. La habilidad se ha perdido. Ambos vuelven a sonreír, esta vez con una tristeza ligera pero punzante.

Es hora de irse. Se levantan de la banca simultáneamente, como por costumbre.

Adiós, Alberto dice ella.

Adiós, Carmen.

No se abrazan, no se besan en la mejilla. Simplemente toman caminos opuestos por la alameda, como hace veinte años, cuando sabían que se volverían a ver al día siguiente. Ahora, nunca.

Alberto llega a la salida del parque, se da la vuelta. Carmen ya es una silueta que se funde en el crepúsculo. Saca el ticket, mira las letras borrosas y los números, y despacio, sin prisa, lo rompe en pedazos y lo arroja a la papelera.

No se va cargando con ese peso. Lo deja donde siempre ha debido estar. Y continúa adelante, hacia el frío que anuncia la noche, llevando solo el dulce y lejano aroma del champú de manzana.

Al salir del parque, el ruido urbano lo envuelve: el rugido de los coches, bocinas intermitentes, pasos apresurados. Huele a gasolina y a bocadillos de un puesto de la esquina. Alberto se abrocha el abrigo y, sin rumbo fijo, se desvía hacia la estación, aunque el tren ya no lo espera.

Camina por calles conocidas, y ahora cada rincón es una página del libro que una vez escribieron juntos. El cine Patria, cuyas escaleras fueron testigo de besos bajo la lluvia inesperada. La cafetería que antes era acogedora, donde Carmen probó por primera vez el café a la turca y comentó: «Sabe a tierra amarga». Sonríe. Hoy allí luce el cartel de un gran banco.

Pensar en volver, en encontrarla, en decir ¿decir qué? ¿Que todos esos años buscó su reflejo en rostros desconocidos? ¿Que ningún éxito huele tan dulce como su champú de manzana? Sería una locura. Son adultos con obligaciones, horarios, biografías que ya no están destinadas el uno al otro.

Mientras tanto, Carmen se sienta en otra banca, a pocos metros. Observa cómo el viento lleva sobre el agua las últimas hojas amarillentas y reflexiona sobre lo extraña que es la vida. Veinte años, una vida entera construida con otro hombre, un hijo criado, una tesis defendida, una rutina estable y todo podría desvanecerse en diez minutos de una conversación casual.

Recuerda la mirada que él le lanzaba: directa, ligeramente inquisitiva, la que una vez le dejó sin aliento. La mirada que no veía a un catedrático respetado, sino a la chica con patineta, empapada hasta los huesos y feliz.

Siente de repente un impulso agudo, casi físico, de ponerse en marcha, correr, alcanzarlo. Preguntar: «¿Y si?» Pero sus piernas no obedecen. Están acostumbradas a la mesura, a la previsibilidad. Conocen el camino a casa, a su marido, que probablemente ya se pregunte por qué se ha retrasado.

Reúne sus pensamientos, se levanta y se dirige al instituto, donde su coche la espera. Camina sin volver la vista al estanque, a la banca, a los fantasmas de su juventud.

Alberto llega a la estación. El enorme cuadro de horarios muestra destinos donde nadie lo aguarda. Se acerca a la taquilla.

¿A dónde va? pregunta la cajera con voz cansada.

Alberto la mira, luego sus manos que hace apenas media hora sostenían el billete hacia la nada.

A ninguna parte responde en voz baja. Ya he llegado.

Da la vuelta y se aleja de la estación. No sabe qué le deparará el mañana. Quizá encuentre trabajo aquí. Tal vez alquile un piso pequeño con vista al parque. O simplemente pase unos días más en la ciudad, inhalando su aire otoñal.

No busca otra reunión. Esa ya ocurrió. Le sacudió, le recordó quién es bajo la capa de años y acuerdos.

Por primera vez en mucho tiempo, no tiene prisa. Es simplemente Alberto, que una vez amó a Carmen. Y eso, curiosamente, basta para la noche. El pasado no vuelve, pero puede dejar de ser una persecución. En esa pausa hay una libertad agridulce y sanadora.

Camina por las calles vacías del atardecer, y la ciudad ya no es un museo de sus pérdidas. Las farolas se encienden no como guirnaldas del recuerdo, sino para iluminar el camino adelante. Siente una leve desolación, como si en su interior se abriera espacio para algo nuevo. El pasado, al fin, lo suelta no con el estruendo de una puerta que se cierra, sino con un suspiro silencioso, parecido a un alivio. En ese silencio comienza algo propio, real.

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